Introduction

HISTORIA LITERARIA VASCA

© Jesús María Lasagabaster (Profesor Emérito de la Universidad de Deusto)




Debe ser un resto, imborrable ya a mi edad, de deformación profesional, tras más de treinta años de docencia universitaria con una insistencia obsesiva casi, en el rigor conceptual y metodológico en el tratamiento y en el estudio de los temas.

Y a esto se debe sin duda el hecho de que cuando se me ha propuesto escribir la introducción de una obra que llevará por título "historia literaria vasca", me ha surgido inmediatamente la pregunta: por qué "historia literaria" y no "historia de la literatura", que habría sido, según parece, lo "políticamente correcto"?

Porque en el guión de los diferentes capítulos de que constará la obra, se habla, por ejemplo, de "literatura oral vasca", "literatura clásica", "literatura del siglo XX", "literatura infantil y juvenil", etc. Aunque bien es verdad que en las recomendaciones que se hacen a los autores se insiste en la contextualización de los textos, en el "sistema literario vasco" en el que se inscriben y funcionan, etc. Lo cual me hace pensar que cuando se ha escogido el título de "historia literaria vasca" ha sido por algo y es este "algo" precisamente lo que en estas breves páginas voy a intentar humildemente dilucidar.

Hablar de "historia literaria vasca" quiere decir de entrada considerar la literatura vasca como constituyente de un sistema, el sistema literario, del que forma parte y del que recibe sentido y orientación; y para esto no es necesario recurrir a la teoría marxista de la literatura, porque ya un formalista como Tomachevski, había señalado la dimensión social de la obra literaria, aunque desde una perspectiva formal la mediación que determina la función social de la literatura es la lengua.

Y es precisamente la mediación lingüística la que resulta fundamental a la hora de hacer, y de sistematizar, una "historia literaria vasca".

Prácticamente hasta el siglo XX la historia de la literatura vasca es la historia de lo escrito en euskara. Y lo escrito en euskara, hasta esas fechas, en su inmensa mayoría, son textos que no entrarían en lo que hoy se considera "literatura" en el sentido convencional del término. En mis clases de teoría literaria , y en ese afán didáctico de simplificar el planteamiento de los problemas ante los alumnos, a mí me gustaba repetir que la literatura es lengua y "algo más" precisamente dilucidar en qué consiste ese "algo más" que da su especificidad a la literatura frente a la lengua ha sido la cuestión fundamental de la teoría literaria desde el formalismo ruso hasta la pragmática ha tratado de dilucidar. Y a modo de apotegma incuestionable me gustaba también sentenciar pomposamente: "Todo lo que se escribe corre el riesgo de convertirse alguna vez en literatura".

La lengua como objeto material de la literatura, como los colores en la pintura o los sonidos en la música, forma con el texto literario un "unum" indivisible y está presente, aunque no sea más que implícitamente, en toda historia literaria.

La especificidad que en este aspecto ofrece la historia literaria vasca es a todas luces evidente: En primer lugar porque la cristalización del proceso de lengua unificada no se da de hecho hasta época muy reciente; si quisiéramos poner una fecha tendríamos que apuntar el año 1968, donde, en la reunión de Euskaltzaindia en Aranzazu se sientan de manera definitiva las bases del euskara unificado, al menos para su uso literario. La diversificación dialectal de los textos euskéricos, labortano, zuberotarra, guipuzcoano, vizcaíno..., aun constituyendo en sí una riqueza lingüística e incluso literaria importante, no dejaba de ser un obstáculo para el desarrollo de una literatura que aspiraba a su innovación y a su puesta al día e integración en el sistema general de las literaturas europeas, sobre todo de las más próximas, geográfica y socialmente, a nuestra literatura autóctona, es decir, la española y la francesa.

La famosa reunión de Aranzazu en el 68 supuso la canonización de un modelo de euskara unificado, pensado en primera instancia para el uso literario.

Se puede decir de modo general que la inmensa mayoría de escritores aceptan el modelo de lengua unificada - el "euskara batua" - y ello abre el camino a un desarrollo más armónico y más viable de la literatura euskérica.

Pero la lengua no la hacen los académicos, sino los hablantes, y los escritores, en cuanto hablantes cualificados, tienen ante sí el arduo problema de convertir un modelo de lengua un tanto "artificial" en una herramienta viva y flexible, adaptable a la expresión literaria de las nuevas realidades y las nuevas visiones del mundo a las que debe hacer frente una literatura que aspira a instalarse en la modernidad.

Otro elemento que ha condicionado la historia literaria vasca en cuanto tal, es decir, en lo que respecta a su diacronía o desarrollo histórico, ha sido no ya la relación lengua literatura, cosa normal en todas las lenguas y literaturas, sino la verdadera subordinación - la servidumbre, incluso - que en la práctica ha tenido la literatura vasca con relación al euskara: hacer literatura euskérica ha sido hasta bien entrado el siglo XX, una manera no ya implícita sino hasta explícita en muchas ocasiones no simplemente de cultivar el euskara, sino de hacer una implícita apología de la lengua y de demostrar en la práctica su validez, comparable a la de otras lenguas desarrolladas para expresar los complejos universos de la realidad o de las ideas. El primer escritor vasco conocido - Etxepare - es un ejemplo paradigmático de lo que venimos diciendo.

En este contexto se entiende perfectamente que una línea central del sentido de la historia literaria vasca el de la conquista de la autonomía de la literatura frente a la lengua, en el contexto de la vida social y cultural.

El escritor, cuando hace literatura de creación, empieza a no sentirse ya un mero apologeta de una lengua minorizada, marginada y desvalida en el concierto de las literaturas europeas occidentales. Hace literatura en una lengua "menor", pero que aspira a la mayoría de edad y a funcionar como sistema en el contexto del sistema literario occidental.

Los rasgos esenciales de esta progresiva autonomía de la literatura vasca en su última historia afectan a los diferentes dominios que constituyen el funcionamiento de la literatura en la sociedad: la creación, la distribución y el consumo de la literatura.

Por lo que se refiere a la creación literaria, hay que empezar señalando el cambio profundo en el estatuto personal y social del escritor, que hace literatura no ya como testimonio paradigmático de militancia lingüística o sociopolítica, sino como una práctica que, desde esos componentes, el lingüístico y el sociopolítico que por supuesto no se ignoran ni mucho menos se niegan, obedece a unas reglas específicas e inmanentes al propio sistema literario que el creador de literatura no puede menos de respetar. Lejos de un idealismo formal como de un sociologismo vulgar, escribir es una práctica social específica, que funciona según reglas propias y que además son respetables. En última instancia el escritor escribe porque le gusta y porque le da la gana y no siente ninguna necesidad de apelar a trascendentales razones extraliterarias, del orden que sean, para justificar su actividad.

Ser escritor en Euskadi y escribir en euskara es como serlo en cualquier otro país y en cualquier otra lengua.

Pero este nuevo estatuto literario y social del escritor vasco ha supuesto necesariamente una alteración profunda de los referentes sobre los que se asienta toda actividad de creación a través de la escritura.

El territorio de una nueva literatura vasca que quiere asentarse en la modernidad no es ya el de una lengua minoritaria y marginada, su situación problemática por no decir agónica y sus necesidades, o el de un país en conflicto casi permanente y que aspira a reclamar de la literatura el compromiso y la complicidad. La autonomía de una literatura vasca renovada y en proceso continuo de renovación tiene como una de sus primeras exigencias la "gratuidad" sin caer en el esteticismo hueco de una manera nueva de "arte por el arte" - ya pagó en los años setenta el tributo necesario al culto de la forma - es decir, la recuperación, y de forma definitiva, de la identidad y de la especificidad de lo literario en el contexto de la vida de la lengua y de la sociedad.

"La novela vasca al borde de la realidad", titulaba yo una reflexión sobre la novela vasca contemporánea, con ocasión del II Congreso Mundial Vasco en 1988. Había, creo yo ahora, si no un reproche, sí un implícito lamento de que nuestra novela no estuviera siendo una expresión cabal de una realidad cargada de situaciones conflictivas, que, vistas al menos desde fuera parecían constituir material apasionante para la construcción de universos novelescos. Siempre pensé que la novela vasca de aparición tan tardía, no tuvo, no pudo tener un desarrollo histórico como el que sí tuvo entre nosotros la poesía, y se vio obligada a pasar, sin solución de continuidad, de un costumbrismo anacrónico y de claras raíces idealistas y románticas, al experimento y la vanguardia, sin pasar por el realismo, que es el que, en las literaturas europeas, marca la mayoría de edad y la solidez como género de la novela.

Pero no parecerá exagerado decir que el terreno perdido se ha recuperado, y si no una prueba no deja de ser un indicio significativo que los Premios Nacionales que han recaído sobre la literatura vasca hayan sido concedidos precisamente a narradores: Bernardo Atxaga en 1989 por su famoso Obabakoak, y Unai Elorriaga en 2002 con SPrako tranbia.

Estos autores y sus respectivos textos pueden marcar los nuevos referentes de la creación literaria vasca actual y el nuevo estatuto literario del escritor.

Y no se trata de casos aislados en el panorama actual de la literatura en euskara, de la excepción que confirma la regla. Bernardo Atxaga, a raíz de la concesión del Nacional de Narrativa reaccionaba, como los buenos futbolistas, diciendo que se trataba de una labor de "equipo" y él no era sino el testimonio ejemplar de ese "equipo" de escritores, de narradores, en este caso que había llevado por primera vez a la literatura euskérica a la cima de un premio nacional, con todo lo que de relativo hay en los premios literarios, también en los nacionales.

La autonomía de la literatura, que había tenido precursores patentes en revistas literarias como Ustela o Pott, es ya algo adquirido e integrado en la vida y la historia literaria vasca, de manera irrenunciable y definitiva.

Es verdad que en esta conquista de la autonomía de la literatura y del trabajo de creación del escritor, hay circunstancias extraliterarias que tienen una influencia beneficiosa. La más importante en nuestro caso es el derrumbe de la dictadura franquista tras la muerte de Franco y el establecimiento de un marco democrático de convivencia política, aunque se trate de una democracia incipiente, cargada de contradicciones y, sobre todo en el caso de Euskadi, que no ha sido capaz de resolver lo que algunos, con terminología discutible, han dado en llamar el "conflicto vasco".

Pero de cualquier manera, el contexto sociopolítico y cultural en el que se inscribe a partir de ahora la tarea de escribir ha cambiado de manera sustancial y ofrece al escritor posibilidades nunca hasta entonces conocidas.

Y no vale decir, como más de uno se atrevió a sostener, que crear en una situación de censura obligaba al escritor a buscar maneras indirectas de decir, y que silencios, eufemismos y reticencias contribuían a enriquecer el nivel retórico de la escritura. Yo siempre he pensado que la censura era como el infierno que nos definían en el catecismo, el mal sin mezcla de bien alguno. Aunque tampoco había que caer en la ingenuidad de pensar que la desaparición de la censura iba a alumbrar una luminosa nueva edad de oro en la literatura.

La nueva situación política tuvo efectos positivos en la vida y la actividad cultural, y agitó fuertemente las aguas de la vida literaria vasca: proliferación de editoriales, de ayudas a la creación, de premios literarios... Tal vez, estos últimos sobre todo, con una profusión a la que apenas podía responder la actividad literaria en una lengua tan minoritaria y con un número tan restringido de lectores potenciales como el euskara.

Pero las estadísticas son elocuentes, y aunque cantidad no es sinónimo de calidad, la producción de libros vascos y el número de autores aumentó en pocos años en progresión casi geométrica. Sirvan de ejemplo estos pocos datos: Mientras que entre 1876 y 1975 se publicaron 31,5 libros al año, en el período comprendido entre 1975 y 1994 se alcanzaba la cifra de 659,2 publicaciones anuales. En 1998 se publicaron 1458 libros y el catálogo de escritores en lengua vasca consta de unos 300 nombres.

Mari Jose Olaziregi ha propuesto un perfil del escritor vasco, del que recogemos, a modo de ejemplo, algunos rasgos: el 90% son hombres y hay tan sólo un 10% de mujeres. La media de edad es de 49 años (hay una mayoría, un 70%, de edades comprendidas entre los 30 y los 50 años), lo que nos muestra que en la actividad actual de creación literaria conviven diferentes generaciones de escritores. La de los nacidos entre los años 20 - 30, como puede ser el caso de Txillardegi, la que algunos historiadores o críticos han dado en llamar generación del 64, que es una fecha emblemática, por la publicación ese año de la importante obra de Aresti Harri eta Herri, y en la que se incluirían, entre los narradores, autores como Saizarbitoria, Urretabizkaia, Lertxundi..., la de los nacidos después de 1950 y que Olaziregi denomina la generación "de la autonomía literaria", con nombres significativos como Atxaga, Iturralde, Sarrionaindía, o una generación posterior de autores nacidos en los años 60 y que empiezan a publicar en los 80.

¿No son demasiadas generaciones, para una literatura de dimensiones tan cortas, a pesar del significativo aumento de obras y de autores en las últimas décadas?

La periodización literaria es una cuestión no suficientemente resuelta en la historiografía literaria vasca. Una mecánica transposición a la historia de la literatura euskérica de los períodos fundamentales que se vienen distinguiendo en la historia de las literaturas occidentales no respondería en más de un caso a la especificidad de la literatura vasca en su desarrollo histórico. Pero tampoco sería acertado subrayar desmesuradamente la singularidad de la literatura vasca, sobre todo en el período contemporáneo, que abarcaría de mediados casi del siglo XX a nuestros días, cuando el proceso de "aggiornamento" de nuestra literatura ha sido evidente, rápido y, diríamos, completo en buena medida. Tal vez, en esta tarea de periodización habría que tener en cuenta algunos elementos específicos de nuestra historia literaria.

La primera es que la literatura euskérica no ha sido nunca expresión literaria única y total de la realidad vasca. No hay que olvidar la existencia de una literatura en español y en francés, identificable como vasca por el origen de sus autores, por la temática o incluso por una singular visión del mundo vasco que en esa literatura se significa. Yo he preferido siempre hablar de "las literaturas de los vascos" más que de "literatura vasca", por la ambigüedad de esta expresión y por la polémica que a causa de ello se ha suscitado en más de una ocasión entre nosotros.

El segundo elemento al que quiero aludir es que la literatura en euskara se ha hecho y se hace en los dos estados en que se sitúa la realidad lingüística y político-cultural vasca, el español y el francés. Esto quiere decir que la literatura euskérica está "contaminada" en el sentido más etimológico del término de las influencias no sólo lingüísticas, sino también socio-culturales del espacio político en el que surge.

Con esto no queremos, naturalmente, dar a entender que haya dos literaturas euskéricas, aunque sí dos historias literarias "vascas" que más allá de la lengua común en que se expresan tienen recorridos históricos claramente diferenciados, porque las mediaciones extraliterarias en las que se inscribe la literatura euskérica en Euskadi sur, es decir, en el estado español, y en Euskadi norte, estado francés, son también diferentes en muchos aspectos.

Esta complejidad de lo que hemos dado en llamar "historia literaria vasca", se ha intentando resolver en más de un caso compartimentando con criterios lingüísticos o geográficos, aplicados seguramente de una forma demasiado mecánica, la creación literaria que se hace hoy en Euskal Herria. Ya sé que con los modelos operatorios que pone hoy en manos del historiador la actual teoría de la literatura, la única literatura "vasca" propiamente dicha sería la escrita en lengua vasca, mientras que escritores como Unamuno, Baroja o Gabriel Celaya son escritores vascos cuya obra se inscribe y contextualiza en el sistema literario español.

Naturalmente, todas estas disquisiciones son deudoras de un modelo de historia literaria, o mejor de historia de la literatura, que surge en el romanticismo y que tiende a entender, explícita o implícitamente, las historias de la literatura como historias "nacionales": una lengua, una nación y una literatura que utiliza esa lengua para expresar el hecho o la historia nacional.

Esta concepción de la historia de la literatura ha venido perdido consistencia últimamente, al ritmo en que las nuevas teorías literarias han puesto en circulación conceptos operativos que hacen estallar las fronteras, limitadas en definitiva, de las literaturas nacionales.

Uno de estos conceptos, usado y manoseado entre los que se ocupan hoy de estudias la literatura o la historia literaria, como es ahora nuestro caso, es el de "intertextualidad".

No esta ocasión ni momento de hacer disquisiciones académicas sobre la intertextualidad y su operatividad en el estudio diacrónico de la historia literaria.

Todo texto literario es un "intertexto": está en un "carrefour" de otros textos, de todos los textos en definitiva, con los que dice implícita, pero en algún caso explícitamente, una relación que podemos denominar intertextual. El texto existe porque antes que él han existido otros textos.

Desde esta perspectiva, la evolución literaria, y en este caso la de la literatura vasca puede contemplarse como una sucesión o más bien como una sustitución de intertextualidades. De donde resulta que la literatura, más allá de la lengua con que trabaja, aparece inscrita y definida en el marco intertextual que la especifica.

Los años que separan la primera novela de Txomin Agirre - Auñemendiko lorea - de la primera de Txillardegi - Leturiaren egunkari ezkutua - , marcan diferencias claras entre ambos textos. Por supuesto, el estadio de lengua que cada autor encuentra a su disposición en el momento de escribir, y también las técnicas narrativas y estrategias novelescas que el género novelesco tiene en cada momento incorporadas a su sistema. Pero también, claro está, las visiones del mundo que cada texto sostiene en su representación de la realidad.

Los estudiosos han podido resumir todas estas características que pueden definir a las dos novelas diciendo que mientras la novela de Agirre es definida como histórica y costumbrista, la de Txillardegi es con suficiente claridad un texto existencialista.

Esta contraposición entre costumbrismo y existencialismo puede ser ahora descrita como un cambio o una sustitución de intertextualidades.

La autonomía de la literatura y su correspondiente institucionalización como sistema específico en el interior de la vida socio cultural vasca, así como el nuevo estatuto del escritor, no ha encontrado su correlato con una innovación paralela en el nivel de la recepción. No hay tampoco apenas estudios rigurosos planteados desde las modernas metodologías científicas sobre la recepción literaria, si exceptuamos los trabajos de Mari Jose Olaziregi. En realidad, en ella se van a inspirar las pocas ideas que vamos a dedicar aquí al tema de la recepción en la moderna historia literaria vasca.

Dos son los aspectos que queremos de entrada subrayar. El primero es que no tenemos hoy por hoy un conocimiento mínimamente riguroso del perfil sociológico del lector vasco. Sí se puede señalar que la lectura en euskara disminuye con la edad, sin duda porque está muy condicionada por la obligatoriedad escolar. Se lee cuando y lo que la enseñanza impone a los alumnos. Esto explicaría que se lee más Leturiaren egunkari ezkutua que Haizeaz bestaldetik, más Egunero hasten delako o Ehun metro que Ene Jesus, más Abuztuaren hamabosteko bazkalondoa que Manu militari, etc

Desde la propia teoría estética de la recepción, habría que decir que se leen aquellos textos que encajan sin mayores dificultades en el 'horizonte de expectativas' de los lectores que aquellos textos que obligarían al lector a cambia, a enriquecer en el fondo, su horizonte de expectativa para adaptarlo a un texto renovador. Cosa fácilmente explicable si la lectura de literatura en euskara forma parte obligatoria del programa escolar. Estamos lejos de esa lectura gratuita, que no tiene más servidumbre que la estética o lo que Roland Barthes llamó "el placer del texto".

Si no conocemos con suficiente rigor el perfil de lector de literatura en euskara, lo poco que conocemos nos permite llegar a algunas conclusiones sobre la recepción literaria.

La autonomía de la literatura, adquirida de manera definitiva desde la perspectiva de la creación, es todavía una conquista que debe hacerse en el nivel de la recepción, por parte del lector vasco de literatura. Porque los textos literarios, en buena medida, están siendo leídos todavía como un ejercicio de aprendizaje y de práctica lingüística. No sólo hay que leer más - el 36% de vascoparlantes alfabetizados no lee un solo libro al año - sino que hay que leer mejor, es decir, leer literatura por el placer estético que comporta.

Otra forma eminente de la recepción literaria es la recepción crítica. La crítica literaria es, junto a la teoría y la historia de la literatura, una de las tres grandes ramas que hoy en día se vienen distinguiendo en el estudio científico de la obra literaria.

Por esto, no se podría hacer una historia literaria vasca mínimamente rigurosa sin incluir en el capítulo dela recepción la crítica que de los textos literarios vascos se ha venido haciendo lo largo de la historia.

Realmente la crítica, como disciplina específica con un objeto formal definido, no nace hasta el siglo XIX. En realidad, en el caso vasco, va apareciendo una crítica literaria si no balbuciente, sí al menos esporádica y sin unos patrones mínimos en los que apoyarse. Son las reflexiones sobre textos literarios que aparecen en las revistas y en la prensa periódica que va surgiendo en esa época, finales del XIX.

Pero en lo que a la crítica literaria se refiere, como forma específica y eminente de recepción de los textos literarios es de capital importancia en el caso vasco el nacimiento de llamada crítica universitaria o académica, en contraposición a la crítica periodística, que no surge de una razón científica ni de una metodología rigurosa frente al texto objeto del comentario.

Para una historia literaria vasca de los últimos treinta años es un dato de capital importancia en del comienzo, en San Sebastián, Deusto y Vitoria, de los estudios de Filología Vasca, dentro de las secciones más generales de Filología.

Desde este momento, el estudio del euskara, tanto la lengua como la literatura, adquieren carta de ciudadanía en la Universidad Vasca, rompiendo, sobre todo por lo que a la literatura se refiere, con hábitos anteriores, cargados de subjetivismos críticos, "diletantismos" y sobre todo, ausencia de modelos operatorios rigurosos y que se estaban revelando eficazmente operativos en la aplicación al estudio de otras literaturas, entre las cuales habría que señalar la crítica que se estaba haciendo en Francia, por ser la más próxima a nosotros y porque es Francia de manera especial la cuna fundamental de las nuevas corrientes críticas y el espacio donde adquiere más protagonismo y furor la polémica crítica tradicional-nueva crítica.

Las facultades de Euskal Filología se abren a la nueva Teoría de la Literatura y a las nuevas metodologías de la nueva crítica literaria, como rigurosa base operatoria de tesinas de licenciatura y sobre todo de tesis de doctorado. Los autores más importantes de la literatura vasca, tanto clásicos como contemporáneos, desde Etxepare o Axular hasta Atxaga, Agirre, Lauaxeta, Lizardi y un largo etcétera, son ahora objeto de estudios críticos rigurosos y de base científica, mediante la aplicación de metodologías que van del estructuralismo a la estética de recepción.

La crítica universitaria supone pues un salto cualitativo en la diacronía del estudio de la literatura vasca y es por lo mismo un elemento decisivo en una historia literaria vasca, que enriquece un aspecto importante de la historia de la recepción y una mediación decisiva en el funcionamiento de la literatura en la sociedad.

Si tras estas breves reflexiones volvemos al punto de partida, resulta evidente que historia de la literatura e historia literaria no se superponen y que la literatura, en su devenir histórico sólo puede ser estudiada cabalmente inscrita en el marco y en el contexto de lo que con mayor propiedad llamaríamos la historia literaria.




© Foto de Jesús María Lasagabaster: Sautrela 2006

© Obabakoak: Erein

© Auñemendiko lorea: Ostoa

© Ene Jesus: Erein