ELORRIAGA, Unai

(Bilbao, 1973)




© Estibalitz Ezkerra




Unai Elorriaga es licenciado en Filología Vasca. Durante varios años trabajó como traductor en el instituto Labayru, y a él se deben las traducciones al euskera de El laboratorio del doctor Nogueira (Elkar, 2000) de Agustín Fernández Paz y Sin futuro (Elkar, 2001) de Marilar Aleixandre. Elorriaga ha ofrecido clases de literatura y traducción, y también ha participado en la elaboración de libros de texto. Es colaborador habitual en varios medios de prensa escrita.

Elorriaga publicó su primera novela en 2001, SP-rako tranbia (Un tranvía a SP, publicado por Alfaguara), la cual obtuvo el premio Nacional de Literatura un año después. El protagonista de dicha obra es Lucas, un hombre de edad avanzada que tras la muerte de su esposa vive al cuidado de su hermana María. Lucas no pide grandes cosas a la vida. Disfruta viajando en tranvía –al igual que hiciera cuando su mujer estaba viva–, o viendo los reportajes sobre montañismo que dan en la televisión. Viendo las hazañas de los montañeros suele soñar, despierto, que forma parte de una expedición que se dirige a la cima de un ochomil. En el mundo hay catorce: él se conformaría con subir el Shisha Pagma, el más pequeño de los ochomiles, porque a sus ojos tiene un encanto especial. Y además su nombre le resulta muy bonito. Lucas apenas se da cuenta, pero la gente de su alrededor es consciente de que la memoria del hombre no funciona como antes. Muestra los primeros síntomas de esa enfermedad que ninguno osa a nombrar pero que de sobra les es conocida: el Alzheimer.

Elorriaga se declara admirador de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo y William Faulkner, y precisamente la influencia de este último se hace notar a lo largo de toda la novela. Haciéndose eco de la multiplicidad de voces que el estadounidense empleó en la célebre El sonido y la furia –entre las que figuraba la de un muchacho con deficiencia psíquica–, en SPrako tranbia Elorriaga nos muestra la particular manera de ver el mundo que tiene Lucas, enfermo de Alzheimer, que no logra distinguir la fantasía –propia de su pérdida de memoria– de la realidad. El de Algorta nos ofrece escenas que rozan el estilo del Cortázar de Rayuela, como la de Lucas tratando de desalojar las polillas que supuestamente habitan bajo su cama y que no le dejan dormir –cabe resaltar que la introducción de insectos, como si de un personaje más se trataran, es una de las constantes en la narrativa de Elorriaga como más tarde comprobaremos–. Esta visión irreal del mundo está magníficamente plasmada a través de una escritura sencilla y directa, llena de juegos, dando a la obra una enorme frescura.

Dos años después de la publicación de SPrako tranbia llegaba a las librerías Van't Hoffen ilea (El pelo de Van't Hoff, publicada por Alfaguara), para cuya elaboración Elorriaga contó con la beca Igartza, otorgada por el ayuntamiento de Beasain, la empresa CAF y la editorial Elkar. En este caso la historia se desarrolla en un escenario imaginario, el pueblo de Idus. A dicho lugar va a parar Matías Malanda, un funcionario que grabadora en mano se dedicará a grabar los testimonios de los habitantes más curiosos de la zona. En cierta ocasión Faulkner dijo que «cada persona que muere es una biblioteca en llamas», y algo de ello encontramos en esta novela, puesto que Elorriaga da voz a esos personajes corrientes, sin grandes hechos que contar pero repletos de sueños, que pueden encontrarse en cualquier pueblo o ciudad. El propio Malanda es una persona inusual, lleno de matices que contradicen la imagen gris que se suele poner en relación con el funcionariado. Es un amante de las enciclopedias, y no le disgustan los insectos, ni siquiera las abejas que tanto abundan en Idus. Ese afán suyo por guardar el testimonio de las gentes del lugar nos recuerda en cierta manera a lo reflejado por Danilo Kis en su Enciclopedia de los muertos, donde parafraseando a Borges –no hay que olvidar que dicha obra tiene como punto de partida la Historia universal de la infamia del argentino, que a su vez bebe de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob– el escritor serbocroata nos dice que «nada se repite en la historia del ser humano, lo que a primera vista parece igual apenas se parece; cada ser es una estrella única e irrepetible, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito de manera irrepetible». Por ello se imagina Kis una singular enciclopedia cuyo material no es otro que las vidas de personas corrientes, personas que están lejos de pasar a formar parte de esa Historia que se suele escribir con mayúsculas, pero que no por ello dejan de ser importantes ya que su saber es único e irremplazable.

Esta "inmortalización" de la memoria de las gentes humildes tal vez nos recuerde a la tan ansiada fama que los antiguos buscaban como manera de hacer frente a la muerte. Todo perece, excepto el recuerdo. Pero sería descabellado comparar este gusto de Elorriaga por los personajes marginales –en el sentido de que no suelen ser muy habituales en la literatura–, sean niños, ancianos o simplemente soñadores, con los arcos de triunfo que se solían hacer erigir los emperadores romanos. Más acertado es pensar que se trata de un homenaje a esa gente que vive el día a día repleta de ilusión, sin negarse el derecho a la fantasía. Porque en la literatura del de Algorta todo es juego y esperanza. Incluso la muerte se analiza desde una óptica desdramatizada: el verdadero motivo que lleva a Malanda a Idus no es otro que encontrar un lugar donde poder morir, puesto que todo ser tiene derecho a elegir tanto un sitio para vivir como para morir, pero en ningún momento el singular funcionario se muestra apesadumbrado por su suerte, al contrario, está maravillado con el pueblo en el que reposará para siempre.

Curiosamente, en un pasaje de Van't Hoffen ilea Malanda aparece hojeando el libro que a continuación publicaría el propio Elorriaga: se trata de Vredaman (Elkar, 2005), que ya desde el título da muestras de la vinculación que el autor siente hacia Faulkner. De hecho, uno de los personajes de Mientras agonizo se llamaba Vardaman, nombre que tras un juego de letras pasa a formar Vredaman. El propio Elorriaga afirma que Vredaman no significa nada, no es más que lo dicho, un juego, tal y como son las peripecias que acometen los personajes de la obra. Por una parte tenemos a los hermanos Tomás e Iñes, cuyo padre está gravemente enfermo por lo que su madre los deja al cuidado de sus tíos. Tomás analiza lo que ocurre a su alrededor con la mentalidad propia de un niño. Quiere ser inteligente para poder arreglar todos los problemas del mundo, y así es como la libélula azul pasa a convertirse en el objeto de sus deseos, pues su hermana le ha dicho que esta extraña especie otorga la inteligencia a aquel que la aprese. Por otro lado nos encontramos con la imaginación desbordante del tío de Tomás e Iñes, Simón, que junto a su amigo Gur pretende crear un campo de rugby en el pueblo.

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© Foto: www.mertin-litag.de

© Un tranvia a SP: Alfaguara

© El pelo de Van't Hoff: Alfaguara

© Vredaman: Alfaguara