LASA, Mikel

(San Sebastián, 1938)

La poética social de Gabriel Aresti marcó de manera profunda en las letras vascas, hasta el punto de que años después de la muerte del poeta de Barakaldo su impronta aún seguía viva en la obra de los poetas que posteriormente fueron surgiendo. Aunque también hubo excepciones, como es el caso de Mikel Lasa. Tal y como explica Koldo Izagirre, gracias a la poesía del de San Sebastián «de anteriores a Baudelaire pasamos a ser sucesores de Baudelaire, es decir, situó a nuestra poesía dentro de la historia moderna de la literatura, y sin ningún complejo reivindicaba nuestro poeta a sus amigos inmortales: Tzara, Aragon, Lautréamont, Kafka... Pero la modernidad que trajo Mikel Lasa no surge sólo de la asimilación de la literatura contemporánea. La tristeza que mostraba, sin ser una actitud, era fruto de un ambiente asfixiante, de los terribles 1950-60 en Euskal Herria, del largo reinado de la deshistoria, de aquel guetto. Es más social de lo que se suele mencionar su hastío existencial» (in Izagirre, Koldo koord. Mikel Lasa, XX. mendeko poesia kaierak bilduma, Susa, 2001).

Pese a que ya para la década de 1960 tenía publicados diversos poemas en revistas como Egan, Olerti, Yakin, Argia, Literatur Gazeta y Porrot , no fue hasta 1971 cuando Lasa se decidió a sacar su primer –y último– poemario. Bajo el título Poema bilduma (Colección de poemas), la obra recogía además de varios poemas de la hermana de Lasa, Amaia, poemas que para la fecha ya gozaban de un gran reconocimiento. Entre ellos figuraba el célebre Tamariza eta pikondoa (El tamariz y la higuera), que había sido publicado con anterioridad en la revista Papeles de Sons Armadans, dirigida por Camilo José Cela.

El propio Lasa había dado cuenta de sus intenciones poéticas, de su adhesión al existencialismo en "L'homme revolté", artículo que vio la luz en la revista Egan allá por 1963. Según recuerda Jon Kortazar, «en dicho artículo, además de declararse admirador de Camus, decía que el eje de su poesía era la "duplicidad trágica". No hay duda de ello, puesto que a través de esa duplicidad aparecerán el ser y la existencia, el paraíso y la historia» (in Kortazar, Jon. Euskal literatura XX. mendean, Prames, Zaragoza, 2003). Aunque en opinión de Felipe Juaristi habría que matizar esa supuesta actitud existencialista. A su modo de ver, «Mikel Lasa no ha sido ni fue un existencialista en el sentido correcto de la palabra. Aunque el tema de muchas de sus poesías sea el hombre y sus problemas, hoy, vulgramente, llamados "existenciales", tales como el sentido de la vida, el dolor, de la muerte, el paso del tiempo, etc... llamarlo poeta existencialista sería como utilizar el mismo adjetivo para denominar la obra del novelista Fedor Dostoievski o el poeta alemán Rainer Maria Rilke.

»Mikel Lasa es ante todo un humanista que da gran importancia al hombre y a todos los sentimientos que le rodean, que sitúa al hombre en el centro de su mirada, que vibra, tiembla y llora con los avatares del hombre. El que a veces coloree su pensamiento con la filosofía de Albert Camus o de Simone Weil, una de las personas que más ha influido en su manera de ser, no quiere significar que sea un puro existencialista, no al menos en el más estricto sentido que dio Sartre al término. De Albert Camus retoma la idea del hombre rebelde, que se alza sobre las ruinas de su propia existencia y se acerca al abismo de su propia identidad. De Simone Weil, la idea de la trascendencia de nuestros actos» (in Juaristi, Felipe eta Maraña, Felix coord. Mikel Lasa. Memory dump, UPV, Leioa, 1993). Según Iñaki Aldekoa, «como a otros muchos poetas de la Modernidad, la imagen del primer Adán de la Edad de Oro –aquel paraíso donde "los hombres y las piedras volverán a hacer las paces"– también llegó a turbar la imaginación solitaria de Lasa. Pero el poeta es consciente de que la naturaleza –en este caso la presencia del mar es reveladora– es autosuficiente, la perfección misma, a pesar de las nostalgias que suscite en el poeta. Pero al mismo tiempo, el poeta sabe que el único modo de poseer esta naturaleza es la separación. Y no es otro el caso del amor. Pues, precisamente, los amores verdaderos son los perdidos, aquellos que dejando el recuerdo se esfumaron. Y el poeta se apercibe de lo vano de tanto esfuerzo por renovar lo inalcanzable. (...) Es la eterna dialéctica de la consciencia y negación, en una poesía que debe muchas de sus intuiciones a ese período de la poesía que acuñó algunos de los símbolos mejor asentados en la modernidad: el individuo solitario de las multitudes, el hastío de los días festivos, las ciudades anegadas, playas de guijarros, etc.» (in Aldekoa, Iñaki. Historia de la literatura vasca, Erein, Donostia, 2004).

Para reflejar todo ello Lasa «no propone un estilo ostentoso, sino una novedad a nivel sensible: un espíritu melancólico para expresar las cosas que aún así no se recrea en exceso en la tristeza», explica Koldo Izagirre. «Según el mismo ha confesado, el poeta suele tener ciertos cambios de humor, días de debilidad que lo empujan a desahogar su interior. Así como los antiguos poetas tiraban al monte, en esos momentos débiles Lasa acude a la orilla del mar tars un paseo meditativo sin rumbo. Este paisaje tiene una función simbólica humilde, parece que sirve para crear ambiente, pero al final los árboles que parecían decorativos, por ejemplo, se convierten en la perdición del sueño, o en el refugio del amor, o en testigos de la fatiga. La palabra se materializa en el paisaje, pero el entorno del poeta nunca es colorido, y pese a que la abundante presencia de la lluvia nos pueda recordar a un cuadro impresionista, se puede decir que la geometría se impone en lo gris» (in Izagirre, Koldo. Opus cit., 2001).

Tras la aparición de Poema bilduma la voz de Lasa se silenció, por lo menos de manera pública, porque no dejó de escribir aunque de ahí en adelante nada llegara a publicar. Una muestra de las anotaciones y poemas que realizó en los posteriores años fueron recogidos en la colección Mikel Lasa. Memory dump (1960-1990), publicada en 1993 por la Universidad del País Vasco.

Lasa también ha ejercido como traductor. A él se deben las traducciones al euskera de Mime (Mimoak; Baroja, 1985) de Marcel Schowb, Vendredi ou la vie sauvage (Ostirale edo bizitza basatia; Auskalo, 1986) de Michel Tournier, y Une saison en enfer (Denboraldi bat infernuan; Erein, 1991) de Arthur Rimbaud. Así mismo, ha traducido al euskera la pieza Historia de una muñeca abandonada (Bazterrean utzitako panpinaren ixtorioa; Antzerti, 1984) de Alfonso Sastre y varios poemas de Gabriel Celaya. Por otra parte, suyo es el ensayo Nobela berria Hego Amerikan (La nueva novela en Sudamérica; Etor), publicado en 1972.

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© Foto: Zaldi Ero