LETE, Xabier

(Oiartzun, 1944-2010)

(© Estibalitz Ezkerra)

Xabier Lete nace en Oiartzun en 1944. Comienza a escribir desde bien joven, hasta el punto de que sin haber cumplido los veinte años ya es un colaborador asiduo de la revista Zeruko Argia. En 1965 participa en la creación del grupo Ez Dok Amairu junto a Mikel Laboa, Benito Lertxundi, JoxAnton Artze, Jose Angel Irigaray y Lourdes Iriondo. Jorge Oteiza es quien idea el nombre del conjunto; el conocido escultor tiene en mente organizar un movimiento cultural que agrupe a las diferentes disciplinas artísticas con el objetivo de recuperar y dar aliento a la cultura vasca. Ésta se halla en un momento crítico debido al continuo acoso del régimen franquista. En el apartado musical, la iniciativa oteiziana da sus frutos merced de la labor que realiza Ez Dok Amairu. Su repertorio, que incluye canciones recuperadas del antiguo cancionero vasco así como piezas elaboradas por los propios miembros del grupo, es muestra de un compromiso ideológico claro para con su pueblo, pero dicha actitud no es excusa para descuidar la calidad artística de su trabajo. Al contrario, se decantan por un cancionero fácil de entender pero a la vez muy elaborado. Sobre aquella época Lete recuerda lo siguiente: «El trabajo de los cantantes era, ante todo, un trabajo de recuperación. Además de recuperar una manera tradicional de cantar —lo cual incluía a las canciones antiguas—, debía darse una recuperación del idioma y de la conciencia del pueblo. (...) De una manera u otra, la canción se une con la lucha. Concretamente con la lucha extenuante de un pueblo que quería seguir existiendo» (in Lete, Xabier. Euskal kanta berria, Jakin, núm. 4, 1977).

Sin embargo, al igual que ocurre con los grupos de artistas plásticos Gaur, Hemen y Orain, Ez Dok Amairu termina por desaparecer. La desintegración del conjunto sucede a comienzos de la década de 1970, poco después de la presentación del espectáculo Baga, biga, higa . Lete continúa por la senda musical junto a la que ya es su esposa, Lourdes Iriondo. Así mismo, realiza varias colaboraciones con otros cantantes, entre ellos con Antton Valverde, con quien pone voz y música a la poesía de Lizardi y a los bertsos de Txirrita entre 1975 y 1978. También dedica un tiempo al teatro, en este caso con el claro objetivo de sentar las bases de un teatro vasco moderno. En esta labor tiene como acompañante a Eugenio Arozena. Las obras fruto de esta colaboración son escenificadas por el grupo de teatro Intxitxu de Oiartzun.

En 1968 sale a la luz el primer poemario de Lete: Egunetik egunera orduen gurpillean. En dicho trabajo se hace notar el eco de la poesía social de Gabriel Aresti, sobre todo la recogida en Harri eta Herri (Piedra y Pueblo), y en ese sentido el de Oiartzun se sirve de la palabra para denunciar las injusticias que ve a su alrededor. De la palabra decimos porque tras preguntarse una y otra vez cuál debe ser el cometido del poeta Lete llega a la conclusión de que su arma debe ser el lenguaje escrito. Por eso critica tanto a los poetas que agasajan al poder como a los que se pierden en simples juegos estilísticos obviando la realidad. Según señala Maribel Sánchez, «de ninguna manera ve necesario Lete que el poeta pase a ser el pionero o el mensajero de la revolución, pero no puede cerrar los ojos ante la realidad; es decir, no hay poeta ni poesía inocente, no hay poesía sin mancha. (...) El poeta debe estar impregnado de la conciencia del ser social. La máxima expresión de esa sociabilidad residiría en la plasmación de un pueblo que quiere ser pero que lamentablemente no consigue serlo, todo ello dentro del contexto de un pueblo desgarrado y violentado. En este contexto hay quien tiene como primera norma la acción política del "todo o nada", pero Lete se decanta por los hombres que tienen como lema el "cuando sea posible todo lo posible"» (Autores varios. Gaurko poesia, Labayru, Bilbao, 1993).

Aresti decía que la poesía es un martillo, una herramienta para atizar las conciencias. Lete está de acuerdo con ese postulado, aunque opina que el compromiso debe comenzar desde uno mismo lo que significa que el poeta no puede dejar de lado sus sentimientos. Tal y como recuerda Sánchez, «para Lete la fuente principal de la poesía es el sentimiento, si no no hay poesía, y junto a él vendrá la decisión de nombrar las razones, los sujetos, el mundo, pero no antes. (...) Todo esto lleva al poeta a hacer la siguiente afirmación: "La poesía sin sentimiento y sufrimiento es pura retórica, me da lo mismo si es retórica social o retórica preciosista» (AAVV. Op. cit., 1993).

En 1974 publica Bigarren poema liburua (Segundo libro de poemas). En esta obra Lete continúa analizando el rol del poeta, pero a comparación del anterior trabajo su poesía es más íntima. Debido a la influencia de la filosofía existencialista de Francia el poeta dedica un mayor espacio a la reflexión sobre la vida y la muerte. En el siguiente poemario, Urrats desbideratuak (Los pasos equivocados, 1981; fue galardonado con el premio Ciudad de Irún), el cambio se mostraba de manera evidente. Además de endurecerse el idioma, los poemas eran fiel reflejo del pesimismo y de la desesperación. En opinión de Sánchez, «en los poemarios de Lete apreciamos una clara evolución. En su primera obra se nos aparece un poeta joven, vigoroso y preocupado con la realidad que le rodea; siente la necesidad de cambiar el ambiente incluso se siente capaz de poder participar en la lucha. En el segundo poemario ya es un hombre de mayor experiencia, es un hombre adulto. Se mantienen las mismas ideas, pero al mismo tiempo se pueden apreciar las dudas, las huellas que le han dejado el tiempo vivido lo conducen a la reflexión. Y a consecuencia de esa reflexión surge la citada duda: el problema de la concienciación. En su tercer libro la decepción cobra protagonismo, el poeta se muestra como un ser que no espera nada bueno de la vida, a pesar de que aún sigue preocupado por la libertad. Así mismo, aparecen dos conceptos: la necesidad de la lucha y la resignación» (AAVV. Op. cit., 1993). Si bien en Urrats desbideratuak permanece la influencia existencialista, el poeta ha dado paso a nuevas reflexiones filosóficas que tienen como principal eje la visión de Nietzsche. En opinión de Esther Zarraua, «La única salvación está en la huida, incluso en la más dramática de ellas, en la muerte. [El poeta] está hastiado de este mundo del que quiere escapar de alguna manera. Esto contrasta con lo que pensaba en el 66. Entonces es el existencialista que piensa que el hombre no tiene esperanza porque es consciente de que un día morirá, y de que nunca podrá hacer lo que quiere porque en cualquier momento la muerte se puede interponer en su camino. De todos modos, tiene una solución para esa situación desesperada del hombre, y esa solución es el amor, lo cual lleva a creer en Dios, porque es el único que puede hacer pervivir al amor incluso después de la muerte» (in Zarraua, Esther. Xabier Lete: Mirando atrás, Zurgai, Bilbao, 1991).

Tras la publicación de Urrats desbideratuak Lete abandona por un tiempo la creación literaria para meterse de lleno en el mundo de la política. A lo largo de la década de 1980 el poeta ostenta los cargos de Director General primero y Consejero después dentro del Departamento de Cultura de la Diputación Foral de Gipúzcoa, pero debido a problemas de salud se aparta definitivamente de la actividad pública. Una vez recuperado, Lete publica su tercer poemario: Zentzu antzaldatuen poemategia (Poemario de los sentidos truncados; 1992). Con dicha obra consigue el premio de poesía Felipe Arrese Beitia otorgado por la Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia. Poco después, es una edición revisada, el poemario adopta el título de Biziaren ikurrak (Los símbolos de la vida). Según cita el crítico literario Iñaki Aldekoa, en esta obra «La visión existencialista que daba el tono a Urrats desbideratuak entra en diálogo con una concepción más interiorizada y esencial de la vida. El poeta se siente más alejado de la vorágine de los eslóganes publicitarios e ideológicos, al margen de cualquier realidad social que lo distraiga de los más inmediato y anímicamente esencial para su salud física y, por qué no, espiritual. En ese sentido, Xabier Lete escribe una poesía agradecida a la vida, en la que no hay nada más sublime que la mirada contemplativa que celebra el "milagro" de la existencia misma en la secuencia cadenciosa de las estaciones: una poesía en la que el canto se confunde con la oración. (...) Es el tono de voz de quien contempla los avatares de la vida con una mirada desapasionada y teñida de pesimismo, y que apela, desde la conciencia vívida de la muerte sentida siempre próxima, a valores tradicionalmente cristianos como la humildad, la piedad y el perdón» (in Aldekoa, Iñaki. Historia de la literatura vasca, Erein, San Sebastián, 2004).

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