ARANBARRI, Iñigo:
Algunos poemas

Loreley

Habitabas en rastros postales Loreley
En la muerte de las palabras La más desviada
Suzanne de estos caminos
Enterrados en el umbral del día
Los pasos de la infancia
No hay ya lo sabes ninguna imagen de jade
En el hayedo
No hay atajos recuerda
Pero emprendimos el camino sin embargo
A través del otoño de los jabalíes
Hacia las frías estancias del tiempo
Conscientes de que son fácilmente corruptibles
Muy conocidas para los acemileros
Frágiles cuadernos
Sin signo alguno
De los quemados por la viruela

© Aranbarri, Iñigo. Jonas Poisson, Susa, 1986.




Habitación 203

Todos los amaneceres
el viajante de la habitación 203 recuerda
los colores de los coches que van hacia la playa
mientras dobla en su pequeña maleta
sonrisas y besos negros
ve ese sol comprado en alguna granvía
hasta clavar uno a uno
los nombres de aquellos que se comió la flaqueza
sin llegar a cien seguramente
lloviznas puede hacer
malas comparaciones en el balcón
un charco un espejo por ejemplo
para al fin y al cabo acariciar
el bronce de los puentes (a sabiendas
de que está prohibido) en el cuerpo
de una mujer obesa
qué lejos la sábana del mar
en la habitación 203

© Aranbarri, Iñigo. Jonas Poisson, Susa, 1986.




El camino es del color de tu cabello
Gris
Voy como un ciervo herido
Imaginando lagos plateados
O llanuras sin horizonte
Y la tierra no va conmigo
Soy un Giacometti asustado
Mientras las calles tejen su blanca red
A lo lejos
Veo eunucos bajo tu ventana
Esperando la claridad que mana de las colinas
Al amanecer
Y la lluvia trae conchas
Estamos en la era del rinoceronte -son
tus primeras palabras

© Aranbarri, Iñigo. Dordokak eta elurrak (Las tortugas y la nieve), Susa, 1989.




Aún llevo atado a la muñeca
Aquel reloj Isidore Ducasse Luxe Quartz
Que las pasadas fiestas de San Juan me regalaste
Puedo necesitarlo tanto como tu flor
Al abrir la puerta, los dí-
As insulsos de zumo de limón.
No he escrito ni palabra
Me conoces, c'est trop topique
Mientras miraba la niebla de membrillos viscosos
He oído el rumor de hojarasca,
La ola de fresas de entre tus muslos.
Y la ceniza de la tarde en el hueco de la puerta.
Sí, se me hace tarde.

© Aranbarri, Iñigo. Dordokak eta elurrak (Las tortugas y la nieve), Susa, 1989.




Cuando era un niño atrevido
sentado a la vera del río
de la redondez de las piedras manaba sangre
y sangre también de la mujer gigantesca
que se extendía por la fresneda
como si hubiera muerto guardando recuerdos
y el tiempo me dejaba libre
en el prado de sus ojos negros
me dejaba libre
para adentrarme en la podredumbre de los días
a cazar ensangrentadas mariposas amarillentas
de las tierras fértiles
me dejaba libre
para mi bautizo en las aguas azules de los años
en el prado de sus ojos negros
donde la hierba se adentraba en el cielo
hasta que hacía rebrotar sus heridas
cortados todos los senderos
degollando leones

© Aranbarri, Iñigo. Dordokak eta elurrak (Las tortugas y la nieve), Susa, 1989.




Navego en las últimas horas
a lo largo de palabras enfiladas
no enviaré sino esta carta
todo anda mal, ya te imaginas
sabrás que sigo bien
que el musgo cubre
mi corazón minúsculo
que los ríos son largos aquí
y queriendo ahogar el rastro del tiempo
se encogen y serpentean
casi todas las tardes salimos al monte
en busca de nostalgia
pero la única captura son grillos muertos
y gotean las flores del laurel
al descubrir nuestra pequeña américa accesible
y de repente todo es oscuro
o bien enorme
tan grande como lo es el pasado
y recuerdo vuestras cartas
que me ofrecen besos de polvo
como si fueran grullas fugitivas
hasta que se me vuelve cal el recuerdo

© Aranbarri, Iñigo. Dordokak eta elurrak (Las tortugas y la nieve), Susa, 1989.




Siempre queda algo
botellas, prados llenos de zapatos
tus pies dentro de la cama
tan blancos como la nieve de Navarra
pañuelos en las estaciones, los enemigos
representan el fragmento más sutil
de las horas de las aves
el lamento de las garzas imperiales: las plumas
ahí está también la soledad de las calles
la desesperanza machacada en tus ojos
y lágrimas
es preciso odiar
el odio es nuestro tesoro
más escondido
altos árboles alrededor
nos acompañarán como un escolta
cubierto con los trapos más extraños
mientras se acerca a pequeños pasos
lo lóbrego del día
como si fuera una de las garzas heridas
y nos mirara con ojos compasivos
luego se oyeron sonrisas

© Aranbarri, Iñigo. Dordokak eta elurrak (Las tortugas y la nieve), Susa, 1989.




Esta cuestión de la patria

Cómo aligerar la carga de tanta impaciencia
Cómo usar nuestro orgullo castigado

Cómo odiar el hipócrita mercado de nuestra lengua
Los árboles santos que hace tiempo debimos abatir
Las jaras indomables que nunca debieron abatirnos
Que nunca debimos abatir
Cómo olvidar los prados donde apedreamos
a pájaros de oscura sombra
Cómo olvidar tanto camino vallado, tanta valla hecha camino

Dime cómo hemos de enseñar nuestra casa
Sin cerrar con llave ningún cuarto
Cómo mostrar nuestras manos, cómo cerrar los ojos
Cómo hacer que enmudezca su código
Dime cómo hemos de ensuciar nuestra memoria
Tan frágil, tan íntima
Una geografía tan salvaje que los senderos
Se precipitan al mar
Nos precipitan al mar
Las rocas que abrazan los cadáveres olvidados
Aguas que arrullan los sueños de antaño
Dime cómo ha de amarse
Lo que se requema tan despacio
Esta rosa de cristal, herida tan amordazada
Cómo encontrar su rostro si no es con dedos de ciego
Cómo llevarse a la boca sus dedos sin un pequeño mordisco
Cómo podemos aprender tanto deber
Cómo debemos aprender

Cómo escribir sobre terrones
Cómo desescribir sin dejar yermo el suelo

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.




Los Nerviones del Bidasoa

Sobre la piel del agua, los niños hacen brincar las piedras
Las gaviotas se han vuelto veleros
Alguien ha abierto un camino en la fábrica abandonada

Sobre la piel del agua, vapores alemanes protegen
los pasos de los desconocidos
Quizá debería gritar
Pero mis manos son ligaduras

Sobre la piel del agua, alguien ha dado fuego a un autobús
Los teléfonos no callan en casa de los amigos
Ven imágenes de una guerra lejana en televisión
Alguien llora. Sé por qué lo hace:
Al atardecer todos los muertos nos parecemos
sobre la piel del agua

Sobre la piel del agua, manos conocidas hacen agujeros
como si buscaran algo
Dicen que tienen el tiempo de su lado
No hay operarios en las grúas. Las zarzas han crecido como nunca este año

Sobre la piel del agua la gente rehúye al amigo que se acerca
a hablar con él, haciendo gestos por la acera
Yo me aferro a las piedras, pero pesan como la noche

Sobre la piel del agua, las sospechas pesan tanto como las piedras

Sobre la piel del agua, las bañeras se tapan por la noche
para que los niños no se caigan en ellas
El agua no se come los rostros. Los muertos no sabemos nadar

Hablo con los muertos adheridos al lecho del río
A fin de que las palabras no se me oxiden en el fondo del agua

En el fondo del agua mi desdicha no tiene idioma
Pero es difícil saberlo

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.




Miedo a decir no en cuarenta minutos

Dilo con calma. Dímelo. Dilo bruscamente
Di que no acertamos a amarnos
Di que no nos tomamos el tiempo de dulcificar las heridas
Dímelo. Dilo bruscamente. Dilo despacio

Di bruscamente que el futuro no nos quiere así
Di que no queremos así el futuro
Di que hemos echado demasiada sal en ellas
Di que han aprendido demasiado nuestras aberturas

Dilo tranquilamente. Dímelo. Dilo bruscamente
Di que también a ti te ha crecido una humillación raída
Di que se enfrenta escarbando a cada amanecer
Di que ya basta, que se agotan los corazones

Di que no alabaremos el sufrimiento
Di que no nos quiere de cualquier manera
Di que esperar también es vivir
Di que esperar también es vivir

Dilo dulcemente. Solamente dilo. Di

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.




Casas abandonadas

Todos tenemos una casa que espera
al atardecer nuestra llegada
Una ventana recién mojada en la cocina
Una mesa que la noche no puede hacer suya
junto a la nevera
Una botella de vino sin descorchar,
Señal de que aún no ha venido nadie
Un profundo mar de amenazas
en que alguien camina ahíto de amor

Encendemos la luz y nos sentamos en sendas sillas
El silencio necesita reposo
La humedad ha levantado la pintura del techo
Han robado las manillas de puertas y ventanas
Llenamos los vasos que estaban vacíos
Las aguas rojas van crecidas, revueltas por dentro
Así es como nos contamos
nuestro miedo a la soledad
No llueve, y vemos más luces en la lejanía
Son del color del papel viejo y palpitan
Guardan la agrietada felicidad ajena
La noche es un gran barco volcado bajo las estrellas

Marcamos algunos números conocidos
Los amigos reducidos a números
Soy yo llamamos diciendo Soy yo Soy yo
Pero el verbo ser es inútil sin línea telefónica
Nuestras palabras, amigos borrachos que no pueden volver a casa
Perdidos por callejones del pueblo
Un barco volcado sin timón

Es tarde, me ha dicho mi amiga
Y sus dedos han dibujado un viejo gesto
Como si estuviera quitando el corcho
A la botella en que mira un mar agotado
Pero el dial no trae otra cosa que la noche
Mensajes de amor en voces extrañas
Que no comprendemos

Tora mea tunsa chilug
Sora mea de detentie si singuatate

Las aguas del mar embravecidas
Vosotros no sabéis lo que es
No sabéis qué es oír esos mensajes
Caminar y oír esos mensajes lejos de casa
Moartea citeste ziarul

Las luces palpitan en la lejanía
Del color del papel viejo

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.




Si lo oyes

Si oyes el galope de las piedras
No me llames al alba

Si oyes el galope de las piedras
Bajo un tejado que parecía seguro
No te refugies en ninguna amistad
Es tan sólo para ti ese golpe de la tierra
Para ti la herida de esa bala dum-dum asesina
Este deseo de huir. Estos pasos de desheredado
Dormitorios habilitados en talleres vacíos

Si oyes el galope de las piedras
Te pisará la mano con la que escribes
Te buscará los ojos
Te echará la soga al cuello
En el sertaô de tierras blancas
Y en la extrañeza del desierto
No me llames al alba
Prefiero amar en la ignorancia
Si oyes el galope de las piedras

Si oyes el galope de las piedras
Respira las nubes de algún recuerdo
Cierra las ventanas y oye: escucha
La veloz cabalgada. El sonido de las piedras sobre la tierra

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.




Cazador nocturno

Soy cazador de la noche que derrite tus ojos

La luna llena de estrellas el suelo bajo la cama
Todos los coches pisan la tapa de la alcantarilla
al pasar bajo nuestra ventana: estamos vivos
Déjame dibujar una red para envolver tu cuerpo
Déjame soltar miles de globos negros
que en su camino
La podredumbre no te muerda los tobillos
Te quiero dormida en el cálido suero de la oscuridad
No descalza en las peñas del insomnio
Tampoco caminando de su mano
Miles de globos negros para esa noche que llega con paso firme
Para proclamar que el sueño no es derecho de unos pocos
No dejaré ninguna noche que te abra las heridas
Un corazón agotado no puede latir más rápido que el que funciona
Esos ojos enternecidos no serán pasto de mohos azulados
Y yo te quiero dormida

Déjame mecerte al barlovento de mis palabras
Déjame dar a tu sueño un tejado de abril

Soy cazador de esos ojos que te derrite la noche

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.




Piedras conmemorativas

Vayas a donde vayas
Tráeme una piedra
Tráeme una piedra
Hagámosle una hermosa tumba musulmana
Vayas a donde vayas
A cada roja trinchera de nuestros corazones
Que en lugar de fatigarnos descansen
Una verde luna menguante con forma de hoz
Más ligera la estrella que el martillo
Que nos sea leve la tierra
Que nos acompañará en todas las fugas
Vayas a donde vayas por la piel del agua

También yo quisiera, para pintarlos de vivos colores,
A los de aquí y a los de allá
A los lisos y a los mellados
La borrachera de un pintor vudú
Para vestir la piel de las piedras demasiado desnudas para mí
Un pequeño museo ofensivo para todos los coroneles
Pero todo cuanto necesitaría se me ha debilitado
Y me ensucia, tan deslucido como la lluvia
Vayas donde vayas
Tráeme una hermosa piedra
Para que ponga una nube generosa
Sobre la roja Boavista de nuestra soledad
Una simple piedra
Un golpe amargo de la memoria
Para hacer un barco altivo a nuestras ganas de estar quietos
Vayas a donde vayas

Vayas a donde vayas
No te olvides nunca de mi piedra
Las tumbas necesitan una nube de piedras
La nube y el orgullo del barco de piedra
Dan la proa sin esfuerzo a las olas negras
La bella fotografía que nunca olvidaré
La lengua que nunca te daré a conocer

Tráeme una piedra
Cuando vayas a los pueblos que no están en ningún lado

© Aranbarri, Iñigo. Harrien lauhazka (El galope de las piedras), Susa, 1998.





© Traducción: Gerardo Markuleta