ARISTI, Pako:
Los informes informales

El reencuentro

Fue el viejo Guillermo quien rescató a Genaro Romara de las rocas cuando se estaba ahogando entre las olas con la cabeza ensangrentada y los brazos inmóviles. Guillermo había salido a pescar chipirones entre Guetaria y Zumaya, sin alejarse mucho de la orilla. Un destello en la carretera entró en sus ojos por un lateral, y tras el gesto instintivo alcanzó a ver el corto vuelo de algo hacia las rocas; un coche se había llevado por delante el petril y tras la caída quedó como un viejo acordeón imposible de cerrar. El viejo pescador sintió en sus entrañas la virulenca del golpe sordo y metálico, y navegó en su auxilio.

Genaro Romara es un escritor italiano que cultiva la literatura infantil. Nosotros, lógicamente, no hemos podido leer nada suyo, pero en Italia debe tener mucho éxito, ya que aparentemente vive de eso. No como nosotros, que gastamos el tiempo rectificando y puliendo hierros retorcidos sin poder evitar que la vida deforme, cada vez más, nuestros músculos y nuestros doloridos huesos.

Genaro Romara llegó a Guetaria hace seis meses, de vacaciones, estancia que luego prolongó indefinidamente. Los curiosos barajábamos tres hipótesis para explicar la decisión de Genaro Romara. Una era positiva: buscaba nuevos escenarios para sus historias y decidió escribir sobre esta hermosa tierra. Otra era negativa: su pasado albergaba algo aborrecible e inconfesable, y vino a rehacer su vida guiado por la creencia de que el cambio de espacio puede borrar la memoria. (La tercera fue esgrimida por unas amas de casa desengañadas de su matrimonio: intentaba olvidar un fracaso amoroso).

El accidente renovó las discusiones en torno a las distintas conjeturas y fue utilizado por cada cual como prueba definitiva de lo acertado de su teoría.

Para los positivos no fue más que un desgraciado percance. Los negativos no dudaron en achacarlo a un intento de suicidio provicado por los periódicos latigazos de una memoria tenaz que se negaba al olvido. Las amas de casa fueron las únicas que se preocuparon de su estado y le visitaron en el hospital.

Genaro Romara salió con vida, y el tiempo que nos llevó arreglar su automóvil, un Renault 21, fe casi el mismo que emplearon los médicos en recomponerle a él, como si una profunda compenetración hubiera dotado a ambos cuerpos, de hierro uno, de carne el otro, de una sensibilidad pareja tanto en vulnerabilidad como en capacidad de recuperación.

Empotrado contra las rocas, el chasis quedó reducido y desviado, se rompió una mangueta, una llanta, reventó el radiador, se deformaron las aletas, la cremallera de dirección se desbarató y el parabrisas quedó hecho añicos. Lo desmontaron todo en la parte delantera; el motor, los amortiguadores, las manguetas, los frenos, y nos trajeron el coche con la carrocería suelta el mismo día en que llevaron a Genaro de la UVI a una habitación normal. El motor apenas sufrió daños; el arduo y lento trabajo se refería casi exclusivamente a la carrocería. Colocamos el vehículo en la bancada, y después de calibrar, sobre su medida exacta, la desviación del chasis, calentamos el hierro con un soplete para alargarlo unos veinte centímetros.

Aunque el cuerpo de Genaro Romara no registró fracturas de importancia, algo fallaba en su cabeza. El engranaje de su mente parecía estar formado por piezas que habían perdido toda coordinación y ya no encajaban n se relacionaban entre sí: la amnesia más total e impenetrable asomó su mirada alucinada.

Se sentía saludable y fuerte, pero no llegaba a recordar nada de sí mismo. De repente, y tras la visita del viejo Guillermo, la desconfianza e inseguridad provocadas por la amnesia fueron sustituidas por una inesperada sensación de certeza. Creyó descubrir en cada visitante que pasaba por su habitación, incluso en aquella mujer italiana que aseguraba ser su última y abandonada esposa, una actuación teatral realizada a la sombra de un guión escrito que formaba parte de un plan para volverle loco, ingresarle en un manicomio y quedarse con su fortuna. Él no lo recordaba, pero deducía que si tanta gente participaba en la farsa era porque había dinero suficiente para repartirlo entre todos, y creía, por la misma razón, que todos aquellos actores no cejarían en su empeño de trastornarle hasta ver felizmente resuelta la conspiración y haber cobrado su trabajo. En lugar de suponer ayuda alguna, cada visita volvía al escritor más nervioso e irascible.

Con el chasis a punto devolvimos el vehículo al taller para que le montaran el motor. Entonces llegó su editor italiano y sorprendió a los médicos con una propuesta tan evidente como deslumbrante: hacer leer a Genaro sus propios libros. Éste reaccionó furibundamente ante la perspectiva de tener que leer aquellas chorradas para niños. Era una burla, porque él prefería revistas más acordes a su edad. Pero pronto, la puesta en práctica de la idea del editor nos proporcionó una agradable y esperanzadora sorpresa. A Genaro Romara le encantaron los libros y pidió más obras del mismo autor. El hecho de que el nombre de la portada concidiera con el que decían que era el suyo lo atribuyó a la insistencia médica de llevar hasta el límite la estrategia de la confusión.

Su petición de más libros infantiles fue interpretada por los médicos como una aceptación de su probable locura, bien porque sin el apoyo de la memoria su batalla era como dar palos de ciego, bien porque la promesa de su alta inminente le había hecho creer en su ictoria sobre aquellos farsantes vestidos de blanco.

Fueron veintiséis los libros que leyó, uno tras otro. Entonces le comunicaron que era todo lo que el autor había escrito hasta el momento y que actualmente se hallaba muy deprimido y tal vez le fueran de gran ayuda las cartas de ánimo y admiración de sus lectores.

La estratagema dio en el blanco. Genaro Romara escribió una carta a Genaro Romara en la que describía los buenos momentos vividos gracias a sus libros, al tiempo que le solicitaba que continuase escribiendo.

La carta, mandada por los médicos con acuse de recibo, fue devuelta al hospital, esperando que una carta, llegada para Genaro Romara con su nombre, la dirección del hospital, y el número de su habitación, le haría reaccionar.

Pero no ocurrió nada. El escritor tiró la carta a la basura, sin percibir el mensaje simbólico puesto astutamente por los médicos en sus manos. La memoria se negaba a tomar el camino de regreso a aquella personalidad previa al accidente. Los médicos decidieron contarle toda la verdad e insistir en ella, aún sabiendo que era contraproducente, preocupados más por aliviar la desesperación de su fracaso que por las consecuencias que aquel paso podía acarrear a su paciente. Cuando Genaro Romara, acuciado otra vez por la neura del complot, recordó de nuevo la promesa de su alta hospitalaria, los médicos, resignados, lo arreglaron todo para que saliera al día siguiente. Ellos ahora tratarían de olvidar, con una amnesia sólo parcial pero interesada, su fracaso contra la amnesia total e inconsciente de Romara.

Después de colocar el motor nos trajeron de nuevo el coche para encajar la carrocería, dar los últimos toques y dejarlo listo para correr sobre el asfalto. Ya era hora. Llevamos veintiséis días a vueltas con él, y entre piezas y mano de obra el presupuesto había alcanzado el millón.

Hoy, por cumplirse un mes justo del accidente, se ha presentado Genaro Romara pidiendo las llaves del coche. En nuestro taller suele haber normalmente una quincena de coches, y se me ha ocurrido un juego. He puesto las llaves en su mano y me he alejado apresuradamente con la excusa de que no puedo perder un minuto de trabajo, le he dejado en medio del pabellón sin otra compañía que la niebla de su mente.

Ha mirado las llaves traspasado por la duda. Iba a decir algo, pero ha cerrado la boca y ha cambiado las llaves de mano. Con las cejas arrugadas a modo de visera imposible ante el olvido, que desorienta su mente, ha contemplado los vehículos (los cuales parecían realmente estar esperando su decisión).

No ha perdido mucho tiempo. El Renault 21 metalizado ha apresado instantáneamente su mirada, y Genaro Romara lo a reconocido con asombro, con alegría, desgana, dolor y otros sentimientos que han desfilado por su rostro, como si sucumbiera a la extraña descolocación sentimental que causan a veces las evidencias repentinas y absolutas (sobre todo cuando —como ocurre en este caso— no está claro si nuevo es el mundo en que Romara entra ahora, o aquel otro que abandona). No sabía qué hacer, si entristecerse o alegrarse, si coger el coche o huir del taller, si caminar o seguir parado.

Al fin se ha decidido. Ha entrado en el coche, lo ha puesto en marcha y me ha saludado a la salida. Creo saber cuál de las hipótesis esgrimidas en torno a su figura es la acertada, y una corazonada me señala el lugar a donde se dirige Genaro Romara en estos momentos. Como ocurre a algunos personajes de cuentos mágicos chinos, durante un mes ha vivido fuera de sí mismo, desterrado de sí. La parte más importante y decisiva de su persona quedó en las rocas, mientras su cuerpo deambulaba por las distintas habitaciones del hospital.

Queda por saber, y esto confirmará o desmentirá mi intuición, si cuando llegue al acantilado rescatará su persona de entre las rocas o será el cuerpo el que se deslice pendiente abajo hasta sumergirse.

German Oliden, carrocero

©Aristi, Pako. Los informes informales, ed. Hiru, 1997
©Traducción: Aristi, Pako; Etxegoien, Fermin




El último domingo de cada mes

El último domingo de cada mes, Nemesio, el viejo sacristán, engrasaba el motor del órgano. No era tan viejo, ya que aún podía subir las escaleras del coro sin apoyarse en la baranda cuando llegaba después de pasar la limosna entre los fieles. Yo casi siempre estaba ocupado con los acordes de la consagración, y entonces él se acercaba a mí con un suave murmullo.

"Sigue con eso, muchacho, en este mundo no encontrarás un amigo mejor que el órgano".

Algo quería decir con eso, pero yo no lograba entenderle.

Otras veces me guiñaba el único ojo que tenía sano, y desaparecía dentro del órgano para echar aceite.

En cierta ocasión se me ocurrió que yo también debía aprender los pormenores de un quehacer tan importante para la vida del órgano, saber si una vez al mes bastaba realmente, qué tipo de aceite utilizaba, dónde se podía comprar y cuánto costaba. Se lo pregunté directamente a Nemesio, bajo el apremio de una súbita inquietud.

"Para el día en que falte usted".

Mi pregunta sorprendió a Nemesio tanto como a mí me asombró su reacción. Se mostró triste y alicaído, y desapareció en absoluto silencio. Yo no llegaba a comprender qué era lo que había hecho mal, porque Nemesio dejó de hablarme y de guiñarme cuando pasaba delante de mí el último domingo de cada mes. Supimos por sus familiares que de u tiempoa esta parte se hallaba raro, con el humor descompuesto, como alguien que, siendo feliz, se da cuenta repentinamente de algo terrible.

Un domingo se me quedó mirando.

"Tienes razón, chaval, aquí nadie se queda para siempre".

Y desapareció dentro del órgano.

La misa siguió su curso, y con ella toda mi atención se sumergió en cantos, salmos, réplicas y variaciones de tono. Sólo al final alguien del coro se percató de que Nemesio aún no había abandonado las entrañas del órgano, y entramos precipitadamente en su busca.

Allí estaba, muerto sobre la banqueta instalada para facilitar la operación del aceite, sin señal alguna de sufrimiento, como si los latidos de su corazón hubieran volado a través de los tubos del órgano entrelazados con las notas musicales, en un silencioso acorde urdido por la dulce aceptación de la muerte que pasó desapercibido para nuestros oídos.

Paquito, organista.

©Aristi, Pako. Los informes informales, ed. Hiru, 1997
©Traducción: Aristi, Pako; Etxegoien, Fermin