ARREGI, Rikardo:
Cartografía

Oasis en el desierto

No hay en el desierto carreteras marcadas,
infinitos son los caminos posibles, incontables las salidas.
Busco en las estrellas un sueño de oasis,
un amable lugar donde encontrar reposo,
palmeras verdes y aguas dulces,
cuerpos perezosos y deseos de amar.

Cien mil palmeras,
senderos dulcemente perfumados.
Como momentos de felicidad en la vida,
así los oasis en el desierto.

Cuando hallamos sosiego en cabañas de ladrillo
olvidamos que al alba partirá la caravana
y la fragilidad de la tienda será quien proteja
la próxima noche nuestros sueños.

Cien mil palmeras no son nada
al contar granos de arena.

Deseos y pasiones

No se acercan las luces blancas que nos buscan,
nuestra velocidad sobre las llanuras
se amolda a la de las estrellas,
se pierden todos los movimientos
y aunque dejamos nuestras huellas en el camino
en la inmovilidad se apaciguan el deseo y las pasiones.

Las montañas se olvidan en la mirada,
la nostalgia de los lagos se extiende por las heridas.

El viajero no desea llegar a la ciudad,
daría su corazón a cambio
de caminos sin fin.

Enmudecen las voces, se aplacan los latidos,
son inútiles lágrimas y risas,
el futuro se desmigaja
en la quieta marcha del tiempo.

Las agujas del reloj sueñan
con aquella época en que fueron olas
y rememoran con nostalgia
los juegos de la plata fundida sobre los cuerpos.

Papeles caídos en la calle

Y se reflejaban sobre el asfalto mojado
las distintas luces de la calle, duraderas.
Por un momento vivir y morir y vivir
en la oscura mirada de un único planeta.
El viento insufla las sábanas húmedas
obstinado en crear imágenes abstractas.
Y, al otro lado, nosotros, buscando refugio,
como una mosca cualquiera al llegar al invierno,
como una simple mosca que atrapó la nevada.
Y a quién diré, y cómo y cuándo,
la alquimia que el espejo revela
en un segundo: el mayor de los mendigos.
Como, por ejemplo, aquél que cruzaba la calle
cada día, hacia la misma hora.
Recordamos aún los días y las casas,
aquel tiempo en que aún nos gustaba la verdad.

Se mojaron los papeles caídos en la calle
y las palabras destilaban tinta turbia.
Los recuerdos, a partir de entonces,
nos llegan desde el futuro.

Charlas entre amigos

Cuando en mitad de una charla entre amigos,
llega el acostumbrado momento de los recuerdos,
y en sus labios resucita en claroscuros
la flor seca del pasado, pienso sorprendido
que los clásicos llevaban razón
cuando escribieron con tal sutileza sus bellos tópicos
acerca de la fugacidad del tiempo,
y me sacude con violencia
la inutilidad de estas repeticiones.

La fugacidad del tiempo
no es cosa que me asombre,
más raro fuera
detener el orden de las hora;
pero oír cuestiones
que en los viejos libros ya eran viejas
repetidas de forma torpe y presuntamente nueva
es cosa que me asusta.

Tierra dormida III

Viajeros incansables a través de las llanuras;
aquí se habla poco de la meta,
se charla más bien del camino, y de los bosques.
Quizá la meta reduzca a cenizas
el conocimiento acumulado en el camino, y las miradas.
Y tú duermes, ahora que mi carne
te quiere despierto.
Sólo entonces pueden servir de consuelo
los míticos trenes forjados de literatura y niebla,
cumpliendo entre sombras los sueños,
y las pesadillas.
Los soldados alegres de vuelta a casa.
La mujer que visita a su familia
una vez al año, ya sabéis.
Aquí la apariencia no es cosa que importe,
y el tiempo sólo se mide en paradas y estaciones.
Trubetzkoy y aquellos revolucionarios románticos,
que amaron demasiado a diciembre.
Jugadores de ajedrez. Niños tranquilos.
Jóvenes hermanos y hermanas, los más bellos.
Y el hombre que se despertaba en cuanto aparecía Pushkin:

No, la vida no me aburre,
amo la vida, quiero vivir;
y, aunque vea huir la juventud,
no se enfría mi ánimo.
Mi curiosidad se alegra aún
en los queridos sueños de la fantasía,
en toda sensación.

Ligera vuela la pluma de Pushkin
sobre los ríos enamorados.
No es literatura: en la tierra dormida,
también los ríos se enamoran, hay ejemplos.
Y, después, Tatiana Nikolaievna. Los marinos
y grumetes borrachos de Lauaxeta, los más hermosos.
Mesas y asientos de madera ante las tumbas,
para hablar y comer con las sombras.
Un nombre y dos fechas.
Si tras la segunda fecha escribieran
Usolie-Sibirskoie, qué elegante mi lápida.
Y el hombre que se despertaba en cuanto aparecía Pushkin:

¿Qué significa para ti mi nombre?
Como único recuerdo,
un rastro muerto dejado sobre el papel,
como un epitafio
escrito en caracteres extraños,
en una lengua que nadie comprende.

Y después los niños jugando en la orilla.
La mujer que se veía obligada a vender
su pasado y sus recuerdos del pasado.
El chaval inquieto, el más hermoso,
que ante la iglesia de Listvianka me habló de pendientes,
del suyo y del mío, y de sus significados.
Y el hombre que se despertaba en cuanto aparecía Pushkin:

Si la vida te engaña,
no te aflijas, no protestes,
sobrelleva los días oscuros,
llegarán otros más alegres.
Nuestra mente en el futuro
vive; la oprime el presente.
Todo es fugaz.
Bienvenido lo que venga.

Y después todos los buriatos, los de Ust? Orda,
los de Aginsk y los de la república,
exiliados en su patria. Gente ya olvidada
que llamó a esta gran parte del mundo tierra dormida.
Y el hombre que se despertaba en cuanto aparecía Pushkin:

No puedo borrar las líneas tristes.

66 versos en la ciudad sitiada

Cuando atravieso sin prisa las calles y plazas de Gasteiz
yendo, como cada día, camino del trabajo o a ver a los amigos,
pienso, sobresaltado de repente,
que hacer esto mismo allí
resulta ciertamente peligroso muchos días,
y con la vista hacia lo alto de las casas calculo,
la mirada fría y el ánimo en suspenso,
qué lugar elegiría el francotirador,
por dónde llegará la bala
que tornará mi cabeza en flor negra de sangre,
porque esa plaza demasiado ancha resulta sospechosa. Esa calle.
El parque rodeado de edificios altos.

He oído que en los parques de Sarajevo
ya no hay árboles,
porque los habitantes los han cortado para calentar sus casas,
y pienso, sobresaltado de repente,
que no tengo en mi casa un lugar apropiado para hacer fuego.
Mi calle además está llena de edificios oficiales,
y dado que las oficinas gubernamentales suelen ser importantes
en tiempo de guerra,
pienso, sobresaltado de repente,
que quizá mi calle se haya convertido en zona de conflicto
y puede que esté ya destruida
mi casa en Sarajevo.

¿Cómo se las arregla el que soy yo en Sarajevo?
¿Va aún a trabajar, por ejemplo? ¿O acaso
hace tiempo ya que todas esas vulagres costumbres desaparecieron?
Y pienso, sobresaltado de repente,
que seguramente las escuelas estarán cerradas,
y que la mía, además, está al otro lado del ferrocarril, cerca de estación,
y que los ferrocarriles y estaciones son, al parecer, cosas que se deben controlar
en tiempo de guerra.

Aguardar largo tiempo cartas que no llegan
y poder escribir otras nuevas.

¿Cómo hago la compra en Sarajevo?
Desde que un kilo de patatas cuesta diez marcos
me paso horas haciendo sumas y restas
pero los resultados siempre tienen hambre.
Y pienso, sobresaltado de repente,
que el hambre, el frío, el terror, las colas, la mala suerte
son costumbres demasiado vulgares
en tiempo de guerra.

La ciudad está ya dividida,
son heridas las fronteras interiores
y esa sangre no es una metáfora,
más allá de las vías los enemigos amigos,
a este lado del puente los amigos enemigos.
¿De qué suerte me he adaptado a la situación que me ha tocado en suerte?

Y pienso, sobresaltado de repente,
que mi madre vive en el Oeste y yo en el centro
y que los dos barrios, también el de mi hermano, pueden estar más alejados
en tiempo de guerra,
y que tales divisiones son imprevistas, y crueles,
si estoy aquí es porque esa noche me quedé a cenar en tu casa.

No faltan en los alrededores de Gasteiz
lugares apropiados para situar la artillería;
quizá Zaldiaran o los montes de Vitoria
no sean tan espectaculares como el monte Ilidza,
pero las bombas lanzadas desde allí pueden hacer un buen trabajo.
Y después echarse a andar carretera adelante, con el equipaje a cuestas,
ciudadanos sin ciudad,
si es verano bajo el bochorno, si es invierno sobre el hielo,
perdidos por caminos que no llevan a ningún lado,
en busca de un amparo que no existe en ningún lugar.
La cestión es seguir vivo hasta que se firmen los acuerdos de paz.
Que no escriba otro 6 el diablo.

Alabanza del invierno

Me gustan las costumbres que traee el invierno,
oír por televisión que bajan las temperaturas
y mañana estaremos a sólo cinco grados bajo cero,
cinco diamantes de hielo.

Y a la mañana siguiente, antes de salir,
ponerme lentamente, recordando ritos de antiguas religiones,
abrigo, gorro, bufanda, botas y guantes.

Comprobar luego que el cielo está gris,
el viento afilado, el parque desnudo,
aspirar por la nariz el frío hasta el fondo de los pulmones
y probar el mareo de esa droga conocida,
admirar partículas de alma que salen de las bocas
y caminar entre espectros asustadizos.

Rezar a los dioses invernales de todos los pueblos,
ayudadme, ayudadme,
adorar la escarcha y la nieve,
acariciar los carámbanos de hielo,
perder la mirada sobre la nieve sucia
con una ternura que nunca antes ha existido
y despreciar en secreto los lamentos ajenos.

Conducir mi mente hasta los montes desdibujados,
gozar del barroquismo que muestra la ciudad
y, a escondidas, reírme de los coches.

De vez en cuando, sacudir las piernas y los brazos bajo un pórtico
y después volver a sentir en el rostro
los mil húmedos besos que el invierno ofrece cordialmente,
¿dónde se ha visto amante como los copos de nieve?

He oído que morir congelado es muy dulce,
te atrapa el sueño lentamente, y en sueños
ya, el Rey del Invierno con toda su corte
te lleva para siempre a su Palacio Blanco.

Flores de cementerio

Sobre algunas tumbas sólo musgo,
señal del cuidadoso olvido.
Sobre otras tumbas, flores marchitas,
vigilante el recuerdo descuidado,
todos los muertos no son iguales.
Y le pauvre Apollinaire, qué hace aquí,
y qué hace aquí le pauvre Thierry,
qué hacen aquí mezclados los muertos y los vivos,
siempre distintos y siempre iguales.

Al tomar aire, junto con el olor del cementerio,
aspiramos hasta el fondo los deseos de todos nosotros.
Las rosas se han deshecho sobre las lápidas,
no así esas humildes flores silvestres que han pasado el invierno
dormidas en pequeños prados, insignificantes florecillas,
pero vivas: amarillas diminutas.

Y, después, recordaré estos cielos,
la lluvia de hoy, estas horas y, por qué no,
los cuerpos hospitalarios que aún siguen vivos.
Ridículos los consuelos de los sabios,
y los ojos no ven sino palabras,
dudas que no son duda, ha comentado alguien.

Y, de pronto, los rectos cipreses
han tomado un taxi y se han ido a la ciudad,
¿en busca de qué? ¿qué es lo que buscan?

Sobre la hojarasca veo a menudo
restos vivos de todos nosotros
y en las piedras rotas
sucios rostros de desconocidos,
cadáveres hermosos en ningún lugar.

Como si fueran las líneas doloridas de una mano
atravieso, todo está ya adivinado,
los estrechos y húmedos senderos entre las tumbas.
La vida se nos acerca corriendo.

Promesas por teléfono

No hay forma de saber cómo limpiar esos ríos.
Entre los automóviles, con la mente perdida,
junto con las bolsas de la compra se cae
al suelo el ánimo, no hay piedad en ningún sitio.
Ya se van aquellos tiempos en que las palomas
se posaban en el hombro, lo que sólo fue carne
se ha vuelto estatua. Por todas partes polvo
y hojarasca, aguas turbias, ventanas oscuras.
He reconocido el olor que dejaste aquí.
Necesitamos trompetas, por favor, trompetas.
Mirando al cielo en busca de nubes,
no para esperar la lluvia sino las sombras.
Al otro lado del cristal una mujer
con lágrimas en los ojos habla por teléfono,
con las bolsas de la compra desparramadas por el suelo;
parece que la vida va a terminar
pero sigue adelante por desgracia imparable.
Como el agua que erosiona el monte,
así nos erosiona el cuerpo una sola lágrima.
¿Hay acaso algo más doloroso que las promesas por teléfono?

Cartografía celeste

Y por la noche, observando el firmamento,
descubrir las vías sutiles de las estrellas,
hasta que bajo esos movimientos imparables
el dulce extravío del tiempo
conquiste ojos y mente.

Cantar, después, con los niños ewe:
el firmamento es una gran armonía,
no hay en él pérdida ni accidente,
allí, todo cuanto es conoce su camino.


©Arregi Díaz de Heredia, Rikardo. Cartografía, Bassarai, Vitoria-Gasteiz, 2000.

©Traducción: Gerardo Markuleta.