ARRIETA, Joxe Austin:
La sobremesa del 15 de agosto
Uno nunca sabe qué es lo más aconsejable para que en nuestra cocina haya aunque sea un poco de frescor: si abrir esa ventana que da al patio o mantenerla cerrada. Si la bares, es cierto que todo ese humo asfixiante y plagado de olores que se ha acumulado en nuestro pequeño recinto sale hacia el exterior, pero entonces resulta que el humo de las otras trece cocinas de la vecindad penetra en la nuestra. De todos modos la ama acaba de decirte: «abre esa ventana, porque si no, vamos a ahogarnos», te levantas: el picaporte de la ventana está duro y debes accionarlo con fuerza, tirando de él hacia ti. Sin duda, el bochorno que hace hoy habrá dilatado la madera, piensas, y ése es el motivo por el que estas dos malditas jambas están más adheridas que de costumbre. «Ya está», dices, cuando por fin, tras un prolongado chirrido, consigues que se abra ante ti. Ahí está el patio, aquí mismo. La primera impresión resulta bastante agradable, incluso vivificante. No es que entre mucho el aire, siendo como es este patio nuestro un rincón más bien angosto y recóndito, pero algo sí, y la verdad es que no cabía esperar otra cosa con el calor que hace. Pronto te asalta, sin embargo, una sensación bien distinta: una gruesa humareda, una pegajosa vaharada de vapor que sube desde las ventanas de las cocinas de los pisos inferiores y se mezcla con el húmedo bochorno que transpiran las grietas enmohecidas de las paredes del viejo patio. Olor a fritanga, olores a arroz con leche, «farias» y café recién hecho, mezclados en una especie de densa avalancha en la que resulta difícil distinguirlos unos de otros. Tenderetes, algunos con ropa colgando, otros en puro esqueleto. En la ventana de la señora María, a la izquierda, una jaula cuelga de un clavo, con una perdiz dentro. En la ventana de la señora Bitxori, a la derecha, una bacalada, envuelta en un plástico para que no se ensucie de hollín: hoy, en la sobremesa de este 15 de agosto, el olor a sal semipodrida del bacalao descabezado no resulta tan hiriente a nuestro olfato como otras veces, porque hoy son otros olores, más violentos, los que predominan en el ambiente. De la misma manera que, en cuanto a sonidos, normalmente suele ser el gorjeo sincopado de la perdiz presa el que resalta sobre todos los demás, pero hoy no, hoy se escuchan otros, más bullangueros, en esta recién iniciada sobremesa del 15 de agosto: altibajos de catorce conversaciones diferentes, murmullos y carcajadas, zumbidos de molinillos de café, descorches de botellas de champán, tintineos de cubiertos y vajillas, y la voz de la radio que retumba en algún sitio: «escuchen a continuación la comparsa de las iñudes y artzaias por gentileza de manufactura-ra-ras feli-li-lix ra-mo-mos». La verdad es que no resulta nada fácil tomar una decisión acertada, sobre si conviene o no que esta ventana esté abierta. Los balcones que dan a la calle creo sí lo están, pero se hallan tan lejos de la cocina que, por mucho que mantengamos de par en par todas las puertas interiores de la casa, no llega hasta aquí ni la más mínima brizna de aire. Y casi mejor que no llegue, piensas, ya que en la calle tampoco se podrá respirar otra cosa que no sea el pegajoso y asfixiante viento sur de las primeras horas de la tarde de este 15 de agosto.
Vuelves a sentarte, y observas los rostros del aita y de la ama, saturado el uno, sofocado el otro, y la mano de la ama, con sus venas en bajorrelieve, derramando a nuestras tazas el negro reguero del café, y los ojos amarillentos del aita, escondidos tras la nube de vapor. Maite retira de la mesa los platos de postre y los lleva a la fregadera: platos blancos y rastros amarillos de natilla. Arantxa, que acaba de encender el calentador del agua, se dirige a Maite y le dice: «venga, maja, que hoy te toca a ti». La ama se acerca a la cocina de gas y empieza a verter detergente en polvo sobre el fogón, mientras Maite replica: «no señora, yo fregué ayer». El aita palpa cuidadosamente el puro, le da vueltas y lo huele con fruición. Arantxa afirma que el turno para el fregado de los cacharros nunca lo han llevado día a día, sino domingo a domingo y que, claro, no es lo mismo la vajilla de un día normal y la de un día de fiesta, «pues no hay diferencia ni nada, maja: venga, no te hagas la longuis». «Pero si hoy no es domingo». «¿Y qué?, pero es un día de fiesta». El aita enciende el puro: una corona incandescente se forma en la cima del «Montecristo», exhala las primeras bocanadas grisáceas y hace un gesto de aprobación mirando a la punta del habano: «tira bien». «El domingo que viene lo hago yo y en paz», dice Maite. «Ni hablar, oye, que no es lo mismo, que el domingo que viene usaremos un solo plato», le contesta Arantxa. «Bueno, ya basta» -interviene la ama, intentando cortar la discusión- «¡qué raro que vosotras dos estéis siempre a la greña!»; no parece, sin embargo, que ambas hermanas estén dispuestas a llegar a un acuerdo, así que probablemente tardará en amainar su cuchicheo junto a la fregadera. Observas su disputa con cierta curiosidad, aunque con indudable desapego e incluso aburrimiento: al fin y al cabo, piensas, esas son cosas de mujeres y tú eres el chico de la casa. Coges un «Ducados» del paquete de aita y «mira qué bonito» -dice la ama, con una voz que denota una muy débil convicción- «un mocoso de dieciséis años y ¿fumando?», pero sí, hoy es un día especial y sí, hijo, «déjale mujer», dice el aita un tanto bruscamente, y percibes en su voz, y sobre todo en el guiño que te hace, el signo de una complicidad satisfecha, como si quisiera decir: «tú y yo nos entendemos bien, hijo, tú eres el chico de la casa, el hijo estudiante de la casa». A través de la ventana del patio penetran los olores a aceite frito y café recién hecho de las trece cocinas de la vecindad, y tú enciendes el cigarro. Por fin es Maite la que friega y Arantxa la que seca. «¡Qué bochorno más asqueroso!» -dice el aita, y acerca la taza a sus labios: su rostro aparece difuminado por el vapor del café y la nube del humo del habano- «y además, con todo este humo? ¿por qué no volvéis a cerrar esa ventana?». «Espera un poco, hombre, hasta que se vaya el de nuestra cocina» -contesta la ama, mientras sigue restregando el fogón con un estropajo. Maite pasa uno a uno bajo el grifo los platos hondos blancos, para que el agua caliente vaya desprendiendo las adherencias de granos de arroz, que caen a la fregadera; a continuación pone a remojo los otros platos, también uno a uno, en un balde de agua con jabón. Arantxa tiene en sus manos un trapo blanco a cuadros rojos, que ha sacado del armario grande del otro extremo de la cocina, y aguarda de pie junto a la fregadera su turno para secar la vajilla. Tú das las primeras caladas al cigarro, y el aita comenta: «pero eso si, más te valdría que no cogieras el vicio de fumar, que luego cuesta mucho dejarlo». «Así es, no conozco otro vicio más tonto que ése: tragar humo y echar humo», añade la ama. «Para humo, el que hay en esta cocina, maldita sea» -dice el aita- «ni el mismísimo Císcar echaba tanto, cuando tuvimos que escapar a toda máquina» -y te das cuenta de que la última parte de su frase la ha dicho inclinando un poco su cabeza hacia ti. La historia del Císcar, piensas, no la has contado cientos de veces, aita, pero en fin, siempre te las apañas para añadir algún detalle nuevo: «¿cómo fue eso, aita?», preguntas. Él clava sus ojos ?las bolsas moradas de sus ojeras resaltan sobre unas mejillas tersas y brillantes por el sudor- en la corona de ceniza del cigarro habano, y pasa la mano derecha por las arrugas de su frente y de la calva oronda de su cabeza, como si quisiera escardar los recuerdos. Los pequeños ojos amarillentos de tu padre: diabetes, aita, estás jodido, aita, piensas. En estos momentos de pausa, llega con total nitidez a nuestros oídos, aún en medio de la relativa algarabía del patio, el canto monótono de la perdiz presa. Hicisteis todo lo posible, aita, es cierto. La radio del patio también ha enmudecido.
«Caobania, Caobania, para merendar, Caobania, Caobania Louit»: la vocinglera radio del patio sonaba al máximo de volumen en la tarde gris de septiembre. Hace cuatro años: entonces, ahí lo decidí, piensas ahora. El aita y la ama estaban en la siesta, tus hermanas trabajando, por la mañana habías ido a la playa y estabas cansado: la salita junto a la cocina, estás tumbado en el sofá verde, la ventana del patio abierta, paladeas pausadamente cada uno de los ruidosos minutos. Tienes una cita a las cuatro para ir con los amigos al Castillo: fumaréis unos cuantos cigarros y os deslizaréis sigilosamente por los vericuetos más intrincados para espiar a las parejas, «¡jo, mirad qué lote esos!» dirá Joxan. Y no te encuentras a gusto en el sofá verde, te sientes inquieto y piensas que los veranos anteriores fueron mucho mejores: entonces, incluso el mismo verano pasado, ibais a jugar al Castillo, a hacer guerras contra las cuadrillas del frontón o a gritar «tres navíos en el mar» desde la explanada del Macho, mientras otros contestaban «otros tres en busca van» desde el Cementerio de los Ingleses. Este año no es lo mismo. Otros años, el pasado y los anteriores, cuando oscurecía, bajabais a San Telmo a jugar al «pote-pote», a incordiar a las chicas que saltaban a la cuerda o a robarles los patines: «limonada, limonada, las chicas no valen nada; sifón, sifón, los chicos campeón», cantabais. Este año no. Bajaréis a San Telmo pero ellas no estarán ni saltando ni patinando, sino sentadas allí, en el pretil, cuchicheando entre ellas y mirándoos, y eso te pondrá muy nervioso. Joxan se les acercará fumando un cigarro y les preguntará a ver si también ellas quieren uno, y a ti, hasta ahora no pero ahora sí, hace dos años, mientras jugabais a la cadeneta, te caíste de bruces contra el pretil y se te rompió un diente, y hoy os acercaréis a ese mismo pretil a hablar con las chicas y a ti, hasta ahora no pero ahora sí, te da vergüenza ese diente tuyo roto y podrido: no querrás sonreír y tartamudearás y estarás serio todo el rato delante de las chicas, y delante de Marisa sobre todo. Y por eso has decidido, en esta tarde gris de hace cuatro años, tumbado en el sofá verde de la salita y al ritmo del cha-cha-cha del anuncio Caobania, meterte al seminario.
«El Cementerio de los Ingleses»: en el camino que va desde los «retretes de Napoleón» hasta «El Macho». Tumbas cubiertas de hiedra y musgo, verjas herrumbrosas, epitafios, casi ilegibles, grabados en la arenisca erosionada. Estatuas sin nariz, gorros de piedra encasquetados, muñones de brazos sin manos: el soldado manco que apunta con un muñón de fusil sin cañón, el gesto trágico de un flamante capitán -también él desnarigado, también él mutilado desde el antebrazo- que no cesa de dar órdenes con su boca abierta petrificada, y las figuras agazapadas de otros dos hombres, dos paisanos, que empujan durante siglo y medio un enorme cañón de piedra cuyas ruedas de piedra se atascan en un lodazal de piedra: mutilada comparsa de vísperas de San Sebastián, trágica fanfare apelotonada al pie del monumento. Hay una torreta almenada que sobresale de la terraza, ceñida por un grueso pretil: estás sentado allí, grabando sobre la piedra, con el filo romo de una navaja, un corazón, la punta y la guía de una flecha, incluso has empezado a grabar el nombre: Mar... pero en ese preciso momento, desde la cima de la roca gigante que corona el monumento, te llega un grito: «¡Eh, mira: traen a un prisionero!». Hay una inscripción, en inglés y español, en la cara vertical de la roca: «A los bravos soldados británicos que dieron su vida por la libertad e independencia de España», y, en la cumbre de la roca, un águila negra de bronce, y, sentado sobre el lomo del águila, agarrado a las alas desplegadas del águila, Ramontxo. Con el brazo extendido señala que desciende de El Macho: un prisionero, piensas alarmado, mientras te encaramas al pretil, lo más seguro será para encerrarlo en la chabola.
Han pasado ya la cancela del cementerio -vieja cancela de hierro herrumbroso-: ahí vienen Joxan, los hermanos Zurutuza, los hermanos Sanz y Jose Mari, armados con sendos palos, lanzando chillidos a lo indio: en medio de ellos traen a un chico del frontón, con las dos manos atadas. Xalbador, se llamaba Xalbador, sí. Ya han llegado hasta el monumento. Joxan, serio como los generales de las películas, os pregunta a Ramontxo y a ti a ver si habéis cumplido con vuestro deber defendiendo nuestro cuartel general, a ver si no ha pasado por allí el enemigo, a ver si nuestra chabola está intacta, sí, mi general, la cubierta de la chabola estaba estropeada por las últimas lluvias y la he cambiado por otra, dices tú: Ramontxo señala con su brazo el águila negra que se cierne sobre la roca y tú enseñas la navaja que tienes entre las manos y miras hacia la chabola que se halla a unos veinte pasos de vosotros, camuflada bajo una roca y un árbol, la chabola: suelo y paredes recubiertos de helecho seco y paja, incluso tiene una puerta: cuatro palos verticales, otros cuatro horizontales, cosidos entre sí con pita, y un cartón duro encima -para otra ocasión habéis decidido poner una chapa de ocume, más apropiada para proteger la chabola de las lluvias-.
*Lo escrito en cursiva está en castellano en el original
© Arrieta, Joxe Austin. La sobremesa del 15 de agosto, Hiru, Hondarribia, 1994.
© Traducción del autor
