ATXAGA, Bernardo:
Lectura del diario de Dalí

Fragmento del cuento «Lectura del diario de Dalí», de Bernardo Atxaga, escrito originariamente en castellano, se publicó en Uve, suplemento del diario El Mundo (4 de agosto de 2004).


"La historia que voy a contar comenzó el día que entré en una biblioteca pública y encontré en ella un ejemplar del libro de Salvador Dalí "Diario de un genio". El bibliotecario, que, por decirlo así, es un verdadero delincuente, bajó la voz y me dijo: "Si se lo quiere llevar, es suyo. Me conformo con la mitad de lo que le costaría en una librería". Aquello era irregular, y tuve miedo de que alguien nos estuviera escuchando. "No se preocupe -sonrió él-. Estamos los dos solos. Ya no hay afición a la lectura. Podría vender todos los volúmenes de la biblioteca sin que nadie los echara en falta".

Soy una persona dubitativa. No supe qué contestar. "Ya se habrá dado cuenta de que ese libro tiene las huellas del anterior lector. Está lleno de subrayados y de notas escritas a mano -insistió el bibliotecario-. Eso le añade atractivo, a mi parecer." Abrí el libro, y me encontré con la trascripción de la carta que Salvador Dalí escribió a Josep Plá el 13 de julio de 1952. Desentendiéndose del asunto del mensaje, relativo al átomo daliniano -"el único que en la comarca del Ampurdán se encuentra en periodo de incubación"-, el lector había subrayado con trazo grueso las palabras de cortesía que precedían a la firma: "Venga a comer. Se le preparará lo que más le agrade o aquello que convenga a su régimen". Me pareció una marca pintoresca.

Seguí mirando el libro en busca de algo más enjundioso, y encontré enseguida, entre las páginas 42 y 43, el recorte de una revista. Se trataba de una receta: "Ragout de carne con vino tinto". En la lista de ingredientes, donde decía "1kg de carne de vaca en trozos cuadrados", el lector había subrayado con doble raya la parte final de la frase: "en trozos cuadrados". Miré al bibliotecario: ¿Quién había sido el lector? ¿El cocinero de un restaurante? ¿Se acordaba de él? El bibliotecario asintió sin perder su sonrisita: "Me acuerdo bien. Está en la cárcel". "¿En la cárcel? ¿Lo dice en serio?", exclamé. Él reparó en mi sorpresa, y su tono y su sonrisa se volvieron burlones: "Claro que se lo digo en serio. Está en la cárcel -dijo. Luego susurró-: En la galería de los especiales".

Es tan grande la monotonía de la vida cotidiana que cualquier suceso que nos permita alejarnos de ella resulta grato: cuando niños, basta con un poco de nieve; cuando adolescentes, con un beso furtivo o una carta inesperadamente amorosa; después, cuando entramos en la edad discreta y la nieve no nos importa y los besos o las cartas escasean o desaparecen, quedamos a merced de algún accidente, de un encantamiento que brille de pronto en medio de las horas y los minutos grises y nos deslumbre. "¿Cuánto le debo?", pregunté. Pagué el precio, y me marché con mi ejemplar del "Diario de un genio" escondido bajo la camisa.

Volví a abrirlo nada más llegar a mi habitación. En la página 168, en la anotación correspondiente al día 4 de septiembre de 1956, el lector había aislado con una raya el último párrafo, que decía: "Mientras me encuentro de rodillas veo por la ventana el bote amarillo de Gala que llega al muelle. Salgo y corro al encuentro de mi tesoro para abrazarlo. Ella se parece más que nunca al león de la Metro Goldwyn Mayer. Nunca tuve tantas ganas de comérmela como ahora. Le ruego a Gala que me escupa en la frente, lo que ella hace sin hacerse rogar". Había en el párrafo una raya más. El lector había subrayado la penúltima frase: Nunca tuve tantas ganas de comérmela como ahora.

Aquel párrafo me excitó, y preferí, para que la cosa no fuera a mayores, dejar el libro y bajar a la sala para ver la película que daban en la televisión. Era bastante buena, pero no me quedé hasta el final, porque los vecinos -con los que, por decirlo así, comparto el aparato- no hacían sino fumar y dar voces. Antes de una hora estaba de nuevo en la cama, leyendo.

Sentía dos deseos distintos. Quería, por una parte, leer el diario en orden cronológico; pero, por otra, las huellas del lector que pasaba sus días y sus noches en la galería de "los especiales" me robaban la atención. Aprovechaba cualquier interrupción para traicionar el texto impreso y leer lo de aquel "otro". Un poco antes de quedarme dormido, el libro se me cayó de las manos dejando a la vista la punta de un papelito. Lo saqué con cuidado y lo leí. Era la receta para preparar un rollo de carne picada para 60 personas. Después de la lista de los ingredientes y las instrucciones para mezclar la carne con el ajo y el perejil, venían dos subrayados: "Mójese las manos y fórmese un rollo con la carne como si fuese un asado", señalaba el primero. Y el segundo: "Con un cuchillo se hace una raya poco profunda a lo largo del rollo".

Me entró una duda: era raro aquello de "un rollo de carne picada para 60". Habitualmente, las recetas hablan de 4 o 6 personas, no de 60. "A no ser que se tenga que preparar comida para los presos de la galería", se me ocurrió. La precisión de mi cálculo me desconcertó. Es verdad que en la galería de los presos "especiales" suele haber 60 presos. No sé de dónde he podido sacar ese dato.

Traicioné definitivamente a Salvador Dalí y llevé mis ojos por donde el lector había dejado sus huellas. Uno de los pasajes que había elegido era interesante. Decía Dalí -y subrayaba el lector: "Como ya he descrito en mis profundos estudios sobre el canibalismo, la necesidad de engullir corresponde mejor a un deseo impulsivo de orden afectivo y moral que a una necesidad de nutrición. Se traga para identificarse totalmente y de la manera más absoluta con el ser amado". La palabra canibalismo tenía dos rayas debajo. Sentí entonces lo que el abogado de una película famosa llamaba "un impulso irrefrenable", y añadí una tercera raya con mi propio lápiz. La palabra "caníbal" siempre me ha gustado. Nada más pronunciarla me veo lejos, en una selva, con amigos que ríen y con mujeres desnudas que nos ofrecen sus tetas. No es nada malo pensar así. Son sólo fantasías."