CANO, Harkaitz:
El colchón

Fragmento del cuento: «El Colchón». In Enseres de ortopedia inútil, Hiru, 2002. Traducción de Bego Montorio. Publicado originalmente como «Koltxoia» en Telefono kaiolatua, Alberdania, 1997.


El tejado roto estaba parcheado con chapas de uralita verde, y el compartimento principal de la desaliñada caravana lo ocupaba de parte a parte un gran colchón colocado en el suelo, obstaculizando el paso dentro de la habitación. Sol estaba sentado en una esquina del colchón, fumando un cigarrillo. Además de cama, el colchón era también una especie de oficina, y al parecer, cumplía otras muchas funciones. Las esquinas del colchón estaban manchadas de café y nicotina, y sobre él se acumulaban todo tipo de facturas arrugadas, latas de cerveza vacías de color naranja y botes de Sopinstant. En uno de los sucios rincones del colchón había también un teléfono. El cable del teléfono seguía hasta la ventana y, fuera de ella, hasta el poste telefónico de la acera. Allí, el cable de cobre se conectaba con la red principal de la compañía telefónica mediante un nudo marinero clandestino y con total apariencia de provisionalidad. El colchón estaba mil veces rasgado, como si hubiera sido arrastrado una y otra vez de una habitación a otra a través de puertas demasiado estrechas. Docenas de remiendos hechos con hilos y telas de diferentes colores y texturas aparecían por doquier.

En las etiquetas de los numerosos botes de sopa esparcidos sobre el colchón y por el suelo se podía ver la fotografía de una maravillosa playa: Sorteamos un viaje a la Isla de los Caimanes. La Isla de los Caimanes era, al parecer, la hermana gemela del paraíso en la tierra. Quizás el propio colchón fuera, a su vez, un gigantesco mapamundi que también tendría su propia Isla de los Caimanes. Seguro que era alguna de aquellas manchas. Todas las actividades de la casa se desarrollaban en torno al colchón. Cada una de las manchas de aquel colchón jamás lavado, tenía su significado y su historia: igual que los nombres y los colores de los países dibujados en un mapamundi nos ofrecen datos sobre los dictadores que mandan en ellos.

En aquella caravana de chapas onduladas vivían un padre y su hijo. A pesar de la protección de la uralita verde, el tejado tenía varias goteras. Las puertas producían un crujido insoportable, parecido al de unas viejas tijeras herrumbrosas que no pueden abrirse. Vivían en un barrio pobre -en el extremo de un barrio pobre, más exactamente-, y la caravana estaba atada a un árbol desde hacía seis meses. Aunque parezca extraño, tenían también un teléfono que extendía su cable de cobre hasta el poste telefónico de la calle. Un teléfono, sí señor. Y cuando Sol estaba sentado en el colchón fumando un cigarrillo, sonó el teléfono.

-¿Es usted Sol?

-Sí, yo mismo...

-Sol... ¿qué más?

-Sol, sin más.

-¿Ése es su nombre o su apellido?

-Ambas cosas. Nombre y apellido. Mi padre trabajaba en una tienda de lámparas.

-Entiendo, estoy haciendo demasiadas preguntas. Yo soy García. La señora García, a secas... O bueno, Matusa, mi nombre es Matusa. Quizás me conozca como Lula. La del número trece. Bueno, no me resulta fácil decir lo que tengo que decirle... siento mucho llamar así, de repente, inmiscuirme en su... bueno, en su intimidad... pero su hijo Gabi me ha dado el número de teléfono. Él está aquí. En nuestra casa. Creo que ha sido una chiquillada, ya sabe, su hijo le ha robado al nuestro un balón de cuero, y...

Los cueros siempre traen problemas, pensó Sol. El horizonte era de color café con leche. El sol se iba. Sol suspiró, expulsando la última bocanada de humo del cigarrillo, dibujando con él anillos ovalados.

-Ahora mismo voy.

La número trece era una de las pocas casas del barrio que tenía la verja pintada. Se trataba de una casa modesta, sí, pero comparada con las restantes del barrio no lo era tanto. Se notaba a primera vista que, en su simplicidad, era una de las más dignas y aparentes del barrio. Incluso la hierba estaba recién cortada. A pesar de que ya anochecía, Sol distinguió desde lejos tres figuras en el umbral de la casa: la señora García -Lula, Matusa, Matusalén o como quiera que se llamara aquella fulana-, una mujer de unos cuarenta y ocho años, aún atractiva, su hijo Gabi, con la cabeza gacha; y una tercera persona que sin duda debía ser el muchacho al que Gabi había robado el balón, junto a su madre. En apariencia, era mayor que Gabi y Sol calculó que tendría unos trece años. Tres más que su hijo.

-¿Tienes algo que decir, Gabi? -el hijo continuó en silencio, cabizbajo, como si estuviera buscando lombrices-. Realmente me avergüenzas delante de los demás, hijo. Y no es la primera vez. Pero juro por las cenizas de mi padre que ésta será la última. Vamos a acabar ahora mismo con este asunto. Devuélvele inmediatamente el balón a tu amigo.

-Pero... yo no tengo ningún balón, papá.

-¡Otra vez mintiendo! -el padre reprendió severamente a su hijo, sacudiéndolo por los hombros hacia un lado y otro-. Será mejor que le devuelvas el balón cuanto antes, si no, voy a hacer carbón contigo, demonio de niño. Perdone, señora García -al dirigirse a la mujer bajó al mismo tiempo un escalón y el tono de voz-, pero si ese balón no aparece, le aseguro que yo mismo le pagaré uno, ya se lo haré pagar después a este diablo. ¿Cómo era el balón?

-¡De cuero! -era la primera vez que el muchacho hablaba, tímido, sin atreverse a levantar la mirada. Tenía unas inmensas pestañas y, como miraba al suelo, a Sol le pareció que era una mirada abatida capaz de barrer las hojas. El muchacho no parecía muy feliz. Tras un tenso silencio pronunció otra frase, como dudando-. Era de reglamento. Nuevo. Y de cuero. Sobre todo era de cuero.

Los cueros siempre traen problemas, volvió a pensar Sol mirando a Lula, y en esta ocasión, una pequeña sonrisa afloró a sus ojos.


© Enseres de ortopedia inútil: Hiru

© Telefono kaiolatua: Alberdania