CILLERO, Javi:
Un beso en la oscuridad

En esta noche de bochorno, amor, te has vuelto hacia mí bajo las sábanas. Como no puedes conciliar el sueño, me has pedido que te cuente una historia. Entre besos, y al tiempo que me aclaraba la garganta, he fijado mi mirada en esos ojos empañados. Como de costumbre, me has pellizcado en la mejilla y me has mirado a la cara.

Antes me has dicho que tengo cara de niño, y que ésa es la razón por la que muchas mujeres me ponen ojos tiernos. Es algo que te hace sentirte contrariada. Si tú supieras... La mirada más tierna –por encima de todas, amor, tengo presente la tuya– fue la que en cierta ocasión me dirigió una señora mayor. Es una vieja historia que, quizás por pudor, nunca le he confesado a nadie.

Aquel día –tenía yo catorce años y acababa de empezar el instituto– fui con un amigo a la comisaría a hacerme el carné de identidad. Nos hicieron las fotos en una tienda de fotografía del barrio de Uribarri, y no salimos muy contentos del estudio con aquellos cuadritos blanquinegros de papel en las manos. En la foto tenía la cara aniñada, a pesar de llevar el pelo muy largo para aparentar una imagen más dura. Como ves, en aquella época aún conservaba mi cara de niño.

Para entregar las fotos y los impresos del carné tuvimos que bajar una cuesta muy pronunciada y atravesar toda la ciudad. Había que ir al barrio de Indauchu, y, aunque nos ponía enfermos la mera mención de la comisaría, no quedaba otro remedio. Sin embargo, para dos chavales como nosotros aquella travesía era, al menos, una buena oportunidad para vagar por la ciudad. La verdad es que al centro íbamos poco, si acaso al cine Olimpia o a los recreativos de la calle Euskalduna, y por ello la ciudad tenía aspecto de laberinto para todos los chicos y chicas del barrio.

A la altura del puente del ayuntamiento, mi amigo se dio cuenta de que se había dejado el dinero en casa. Ya sabes, el dinero para pagar los impresos y demás. Le dije que pagaríamos a medias, pero, echando cuentas, vimos que no teníamos bastante para los dos, de modo que decidió volver a casa a por el dinero. Así que nos despedimos, tras quedar citados en la comisaría.

Como decía, raras veces iba al centro, y muchas menos a Indauchu, de modo que tenía una fantástica excusa para darme un paseo por los alrededores. A medida que iba callejeando, aparecían ante mis ojos cines, recreativos, tiendas donde cambiaban tebeos, bares elegantes y algún que otro club de mala muerte con su puerta roja. Sin embargo, al dejar atrás aquel barrio y llegar a la comisaría, no pude sino comprobar que ésta tenía sólo horario de mañana y que, por tanto, me vería obligado a regresar al día siguiente.

Así pues, pensé que era inútil esperar a mi amigo y decidí tomar otro camino para regresar. Desorientado, comencé a caminar por otra calle, cerca de la Alhóndiga. Miraba a mi alrededor, y en las esquinas aparecían rostros ceñudos, viejos almacenes, persianas roñosas, lúgubres tabernas y ruidosos garajes. Bajo los efectos del mareante olor de los coches del garaje, empecé a correr.

Me detuve a tomar aire junto al semáforo del final de la calle. De repente, una mano ajada me tocó el brazo. Era una mujer mayor que en la atestada calle del centro de la ciudad pedía ayuda. Quería que le colocaran la bombillita del techo del recibidor de su casa. En la mano, para dar credibilidad a la historia, mostraba el globo de cristal. Yo estaba seguro de que ella había advertido mi cara de niño, y de que por eso se dirigía a mí. A mí, amor, maldita la gracia que me hacía, pero no le dije que no.

Me guió hasta su casa, escapando del barullo de la calle. Vivía en una casucha oscura, muy sombría, con una desvencijada escalera de madera. El interior no era mejor a pesar del letrero de la entrada, cuyo BIENVENIDOS intentaba transmitir un poco de alegría. El suelo crujía y en el pasillo había tablillas sueltas. La pintura de las paredes estaba descascarillada, y unas manchas amarillas resaltaban la desnudez del pasillo. En el fregadero de la cocina se apilaban los cacharros, como si hubiesen quedado abandonados a medida que la vejez imponía su propio ritmo. Desde el patio llegaba la música de un aparato de radio, junto al olor amargo y húmedo provocado por la berza que cocía para el almuerzo.

Finalmente, entramos en la habitación, a oscuras. Por miedo a subir a una vetusta y polvorienta escalera, decidí coger una silla a la que subirme, y cuando por fin se encendió la luz, descubrí a ambos lados periódicos viejos amontonados en imposible equilibrio. La mujer me dio las gracias, me prometió que rezaría por mi alma a todos los santos del cielo, y me ofreció café. Yo estaba demasiado nervioso como para aceptarlo, y más aún a cambio de un favor sin importancia. De todas formas, no encontré excusa alguna y asentí con la cabeza. Ahora sé por qué lo hice. En aquel momento tuve la impresión de que aquella luz se le consumía al mismo tiempo que la vida. De que aquélla era su última luz.

He dicho café, pero en realidad había preparado la mesa para hacer todo un señor almuerzo. Sacó platos para dos personas y, ante mis asombrados ojos, con sumo cuidado extendió sobre la mesa los cubiertos de plata. Estaba encantada colocando la vajilla de porcelana, y enseguida comprendí que no era la primera vez que lo hacía. A continuación, sin más, me dijo que me sentara y sirvió la comida con mucho garbo, como si tuviera veinte años menos.

Fue entonces cuando me confesó que era el cumpleaños de su hijo, y que quería celebrarlo conmigo. Me dirigió entonces –nunca en mi vida he sentido nada parecido– una mirada plena de amor. Era una mirada que me decía que, hiciera lo que hiciese, estaba perdonado de antemano. Una mirada afable que sólo se dirige a los niños, una mirada fatalmente ensuciada por las idas y venidas de la vida. Dicho sea de paso, amor, no espero de ti, claro está, una mirada semejante.

Almorzamos felices, ella sin dejar de servirme, yo con la cuchara en la boca, degustando platos a cual más sabroso. De vez en cuando, la señora entornaba los ojos y me preguntaba por el instituto. Le conté todo lo habido y por haber: que si acababa de empezar a estudiar, que si había suspendido un examen de matemáticas, que pasaba la mayor parte del tiempo dibujando y leyendo novelas, sobre todo en clase de filosofía. Ella también me contó algunas cosas. Que tenía a su hijo en el extranjero, y que vivía sola. Que no salía nunca de casa y que, incluso, de la tienda del barrio le traían las compras a casa.

A los postres, encendió la radio y me sirvió pastel de arroz y café con leche. Empecé a preocuparme, pensando que en casa se estarían impacientando por mi tardanza, pero, aun así, sentí que lo estaba pasando de maravilla sentado en aquel sillón de gutapercha, reparando en los ojos claros de aquella señora y disfrutando de su compañía. Poco después me puse a mirar el álbum de fotos que la señora había traído junto con un montón de cartas.

Eran viejas fotos de familia, en blanco y negro, y en todas aparecía ella, más joven, junto a un niño. Eran fotos hechas en muchos lugares mientras paseaba al niño. Parecían frágiles retales del pasado. La playa de Neguri, los soportales del funicular de Archanda, la Plaza Nueva, los barcos pesqueros del muelle del Arenal. Seguidamente, advertí que al acordarse de su hijo las pupilas de la señora se habían dilatado un poco, y le pedí que me hablara de aquel muchacho.

Había dejado de ser un chaval, claro, pero ella siempre lo conservaría así en su memoria. Trabajaba como médico en el extranjero. Al principio había ejercido en un barco y posteriormente en una conocida clínica de Nueva York. La madre estaba muy orgullosa de su hijo, y en aquella vieja vivienda siempre tenía reservado un lugar para él, con la cama recién hecha, por si se presentaba de improviso. Por desgracia, hacía mucho que no pasaba por Bilbao, aunque no dejaba de enviarle flores y postales.

Además, me enseñó su foto preferida: en ella podía verse a un hombre joven, con bigote, vestido con un traje de franela, nariz grande y ojos sensibles, tenue sonrisa en los labios, con un gran parecido a Rock Hudson. Fumaba. "Éste necesita un cigarro para hacerse el interesante", pensé, pero me guardé el comentario. Le dije a la señora que parecía un chico muy majo, que había salido a su madre, como lo atestiguaban sus ojos y su nariz. No sé por qué, pero me avergonzaba un poco la posibilidad de manchar la imagen de su hijo.


© Olaziregi, Mari Jose (comp.)Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo,2005.

© Traducción: Carlos Cid Abasolo.