GARZIA, Juan:
Gubbio
(in Garzia, Juan. Sombra de sombras, Alga, 2005)
Traducción de Manuel López Gaseni
UNA POETA MEDIEVAL DESCONOCIDA.
Desde Gubbio, Virginia Ossiani.
Gubbio es gris. Grises son sus tejados, grises las paredes de sus casas, grises las baldosas de sus calles.
No es que sean de pizarra: Gubbio está construido con una piedra más sólida y noble; incluso el propio Palazzo dei Consoli está hecho de esa misma piedra, con su rígida estructura en el justo medio de la pendiente, sobre la que trepa la ciudad medieval, proyectando su sombra sobre uno de los lados de la plaza cuadrada que se abre ante la vista del valle.
Tal es el panorama que se le presenta al visitante: una ciudad medieval de piedra gris situada en un altozano que se eleva de izquierda a derecha, con la gran silueta del Palazzo como fiel de la balanza conformada por la línea de edificaciones.
El viajero ignora qué se encontrará allí, puesto que para la publicidad Gubbio no es casi otra cosa que el pueblo en el que San Francisco habló con el famoso lobo, y ya llega el viajero desde Asís algo hastiado por el montaje turístico en torno al santo. Tal vez por ello agradece la medievalidad genuina de los agrupamientos de casas grises, la uniforme rudeza de la áspera piedra, junto con la populosa animación del mercado con el que, todavía en la parte baja de la ciudad, se topa de frente mientras admira la vista. Ambiente campesino; gritos teatrales de los comerciantes; toldos refulgiendo bajo el sol.
Tras recorrer el mercado, el viajero asciende por las sombrías calles contemplando las ornamentaciones de hierro enrejado que rematan los pórticos tanto de las edificaciones de sillería como de otras menos distinguidas. El brillo del hierro negro contra el gris mate de la piedra.
Adornos, utensilios, armas... El acero se ha forjado desde siempre en Gubbio, el polvo de hierro tiñe de gris las manos y el rostro de sus habitantes, cuyos ojos destilan tristeza de puro mirar a los trozos de metal al rojo vivo.
El visitante no tiene noticia –no lee las revistas locales– del hallazgo que ha conmocionado a los alrededores durante los últimos días. Los lugareños, por su parte, parecen haber perdido la capacidad de sorprenderse por nada; desde que el temible lobo domesticado por el Poverello anduvo de casa en casa como un dócil perrillo hasta que murió de viejo, se diría que la vena de lo maravilloso se les ha agotado para siempre. Incluso cabría dudar que conozcan la noticia.
Todo comenzó cuando se acometieron las obras de restauración del edificio llamado La Casa del Capellán, una hermosa casa antigua muy estropeada a causa de años de abandono y de su pésima ubicación –totalmente expuesta al viento y la lluvia–, y que se quiere acondicionar ahora como casa de cultura. Fue durante dichas obras cuando apareció el viejo manuscrito que ha generado tanta polémica. Los pliegos se encontraban en un escondite disimulado en la misma piedra, lo que explica tanto que aún permaneciera allí como el buen estado del pergamino.
En cuanto al autor del manuscrito –aparte de su nombre– no hay grandes dudas: se trata del clérigo que estaba a cargo de la capilla del convento de las clarisas; la narración principal está escrita en el dialecto de la Umbría, aunque algunos pasajes aparecen en latín, y podría datar de mediados del siglo trece. Está compuesto por treinta y tres hojas y, si bien cabrían algunas dudas tanto sobre algunos pasajes poco verosímiles de la historia que narra como sobre el destino que el capellán quería dar a las mismas, por lo demás no parece haber razones para no dar crédito en lo esencial a la información que contiene. Poco importa si estaban destinadas al Santo Oficio o por el contrario las amparaba el secreto de confesión, si las fantasías intercaladas en el texto se deben al informante o si la pluma del clérigo ha puesto algo de su cosecha: a nuestro entender, la angustia del protagonista refleja a las claras que nos hallamos ante un suceso real. Si así fuere, los documentos descubiertos ahora por azar nos darían noticia de una obra materialmente irrecuperable pero que hace llegar hasta nosotros el nombre y las circunstancias de una poeta desconocida.
Me ceñiré a la versión del capellán, dejando a la inteligencia del lector el trabajo de separar de la paja el grano de la veracidad, a fin de no entorpecer el hilo dramático de los acontecimientos, si bien intentaré transcribir el texto eliminando las digresiones y de forma resumida, puesto que nuestra intención no es hacer una recreación literaria del texto del capellán, sino ofrecer a nuestros lectores la crónica de un vestigio literario perdido, la presentación, inevitablemente indirecta, de la olvidada monja poeta Bettina Mariani.
Antes de seguir adelante, aclaremos que el capellán había tenido acceso a todos los extremos que relata por medio de una compañera de confianza de Bettina, una monja mayor que ella y única confidente de sus penas, gracias a la especial relación que mantenía con ella. Se trataba de una mujerona, muy ducha en las labores de la huerta y la cocina, llamada Dorotea Viglione, a quien debemos, por tanto, este importante testimonio, a pesar de que (como se verá más adelante) era de naturaleza más bien simple y, en consecuencia –la ingenuidad tiene esas cosas–, demasiado dada a revestir de sus fantasmas personales la realidad. Puede que fuera esa simpleza lo que la hizo más digna de confianza a los ojos de Bettina. Con todo, es difícil saber en esta historia cuánto es debido a Bettina y cuánto lo es a Dorotea, sin olvidar, naturalmente, lo que el capellán añadiera de su propia cosecha.
Bettina Mariani era una monja del convento fundado en Gubbio por la propia Santa Clara por mandato y bajo la regla de San Francisco. Desde muy joven debió de tener inclinación hacia la poesía. Estaba poseída por una pasión sentimental hacia el Señor, lo que le proporcionó elocuencia para cantar Su alegría cósmica reflejada en los elementos más humildes de la naturaleza: no es por ello de extrañar que pronto diese el paso hacia la Segunda Orden de San Francisco. Sus hermanas la amaban con fervor, y admiraban sin empacho su don para la poesía, tanto en las ocasiones en que se elevaba hacia la mística cuanto en aquellas otras en que descendía a los cantos de las celebraciones ordinarias.
El Señor, la Poesía... son grandes palabras. Bettina amaba la naturaleza, de ella tomaba todo su sentimiento, ella era el origen de toda su mística, y a ella le dedicaba todo el tiempo que le dejaban sus obligaciones y sus rezos. Su devoción más sentida consistía en pasear en soledad por los caminos de la montaña, paseos que le proporcionaban no el mero solaz del alma, sino también aliento poético. Con el tiempo, la fama de la monja poeta Bettina se fue extendiendo a otros conventos, acompañada de los aspectos más utilitarios de su obra: cantos, lecturas para los rezos... Incluso trascendió fuera de los conventos el rumor al menos de que había una monja poeta en las clarisas de Gubbio.
Bettina tenía su rincón preferido en un collado al que acudía los días más hermosos a recostarse sobre la hierba e imaginar el rostro del Señor en la grandeza de las montañas del horizonte y en el azul infinito del cielo.
En tales ocasiones solía llevar consigo sus utensilios de escritura, pues gustaba de aprehender en el mismo instante las poéticas chispas divinas que de pronto la asaltaban, tal era la especie de plena comunión que allí sentía. Pretendía que su pluma se impregnase de todas las sensaciones de la naturaleza que le penetraban los sentidos.
Así fue que, como quiera que la época del año le daba menos oportunidades para ello, y viendo con alegría el excelente tiempo que deparó aquel día de finales del invierno, se pasó el día esperando con impaciencia el momento en que pudiera quedar libre de sus obligaciones para acudir al paraje de sus gozos.
Por fin pudo partir nuestra monja al caer la tarde por el abrupto sendero entre espinos, dispuesta a saborear desde su pequeño paraíso la belleza de aquel día tan hermoso.
Y el atardecer resultó tan admirable como sólo puede ofrecerlo una tarde de marzo. Cuando llegó el momento de retomar el camino de regreso antes de que se cerrara la noche, volvió en sí como si acabase de despertar de un sueño, enmudecida, aturdida, en trance: le había sido dado contemplar al Señor, y se sentía capaz de expresarlo mediante palabras. Entonces advirtió que había olvidado traer sus útiles de escritura, tal había sido la urgencia de subir a sus montes aquel día.
Al mismo tiempo, se dio cuenta de que se le había pasado la hora del regreso, pues para entonces la oscuridad había empujado a la luz tras las montañas, del mismo modo que en su olvidadiza memoria terrenal se oscurecía ya el brillo divino de aquellas palabras celestiales. Y experimentó un temblor en sus entrañas.
Si iba repitiendo las palabras por el camino, quizá podría fijarlas en su conciencia, pero temía que cualquier error en una sola letra pudiera hacer desaparecer aquella viva presencia del Señor, y ya nunca más podría alcanzar algo semejante, ni aunque pasara la vida entera en aquel lugar. Sin saber bien lo que hacía, recogió una rama del suelo, junto a un acebo lleno de frutillos rojos, y se puso a escribir con ella en un claro que había bajo el árbol. Escribió las palabras con marcas profundas en la tierra, que allí era blanda, y comenzó a sosegarse. Incluso en ello creyó hallar un mensaje del Señor: aquellas palabras admitían ser escritas sin necesidad de útiles sofisticados; el don de la naturaleza revertido a la naturaleza por medio de la propia naturaleza.
Terminado el poema, con la noche ya sobre ella, se puso en marcha hacia el convento, no sin volver la mirada con frecuencia a lo largo del camino. La roía la impaciencia por ver cuándo devolvería la luz del día aquella noche apenas comenzada. Completó en un santiamén el camino hasta el convento.
© Itzalen itzal: Alberdania
