IRIGOIEN, Joan Mari:
Una tierra más allá
En el año en que vuestra merced fue mi profesor en Salamanca, le hablé a veces de mis padres del señor Martín y de la señora Graciana, y de mi tío Joanikot.
También le hablé de mi hermano Mattin.
Pero escasas veces del abuelo Nicolás.
Mi abuelo Nicolás y no menos mi padre tenía cual asunto principal, la reputación, la honra y el buen nombre de mi casa, de sus gentes, ello arrimado a lo más hondo del ser. Por ello, cuántas veces no nos dijeron, tanto uno como otro, a Mattin y a mí:
No olvidéis, rapaces, que desde las guerras contra los francos, todos los urbiaindarras somos nobles..., pero lo son unos más que otros.
¡Que era lo mismo que decir que éramos del linaje de Etxegoien!
A lo que se dice, la historia de nuestra casa en su último siglo y medio no era algo para sentir orgullo, pues dado que nuestros ancestros, los agramonteses, fueron vencidos en aquellas malditas guerras que asolaron el reino de Navarra, hubieron de sufrir humillaciones y desquites incontables, entre los que cumple señalar la demolición de las murallas del castillo, además del desmochamiento de sus dos torres de defensa.
Y así, tras penalidades y quebrantos, tuvimos que marcharnos de Urbiain hacia el destierro... nos decía nuestro abuelo Nicolás, como si él hubiese padecido tales desgracias e infortunios en propia carne, a pesar de que el testigo principal no fuera él, sino su abuelo, y el abuelo de mi abuelo a lo último, el señor Eusebio Etxegoien.
Una vez en el destierro, nuestros pasados tuvieron que vagar de casa de unos hidalgos que eran amigos a la de otros, de Lapurdi a la Baja Navarra, y de la Baja Navarra a Lapurdi; también, alguna que otra vez, a tierras del Bearn, hasta que al fin compraron casa y tierras a un señor que deseaba marchar a las Indias, donde apercibieron nuevo nido. Aquel destierro, a dicha, medido en leguas no era infinito, mas, al igual que un pequeño alejamiento entre los cuerpos acarrea a los amantes un desprendimiento de sus almas, sucedía así con los hombres y las mujeres de nuestro linaje, a quienes lo próximo se les hacía inalcanzable, y el destierro insufrible. Para paliar en algo aquel sentimiento acerbo e irse acostumbrando, poco a poco, al nuevo lar, les hubiese venido que ni de molde un ambiente de sosiego y paz; al contrario, tanto en Lapurdi como en Baja Navarra y Zuberoa, sucedíanse incontables disputas entre católicos y protestantes las que hubo entre Charles de Luxe y el señor de Belzunze pueden servir de ejemplo, que nuestros ancestros trataron de evitar y, de una forma u otra, lo lograron, pero sin poder arrumbar en sus cuerpos y almas aquel rastro de peligro, desazonado y enojoso, ante el temor de que el paso dado hacia delante se les trocara, en cualquier momento, en paso atrás, como condenados a peregrinar, un día sí y el siguiente también, por un camino enjuto, a cuyos bordes abriéranse un par de abismos.
El abuelo Nicolás nos decía muchas veces:
¡En cuántas ocasiones me llevó mi padre y vuestro bisabuelo Albert, por tanto a alguna de esas cimas de los montes Pirineos, desde donde se columbraban las ruinas del castillo que perdieron nuestros mayores. Y ¡cuántas veces nos dijo, asimismo: "Navarra se perdió, y se perdió para siempre, pero el palacio tal vez no!...". Y sonriéndome, añadía: "Nicolás, los Etxegoien hemos sido cual el aceite, que siempre anda arriba, y seguiremos siéndolo... porque, como reza el refrán, cien años pueden convertir al señor en villano, mas otros cien pueden convertir al villano en señor...
Mi abuelo Nicolás nos hablaba en euskara, pero también lo hacía en francés, máxime desde que nombró a don Francisco, el cura del pueblo, preceptor de mi hermano Mattin e igualmente de mí en aquel tiempo en que, cansado y maltrecho, dio en dejar de lado las competencias que le correspondían como dueño y señor de la casa y es que don Francisco no sabía francés, y mi abuelo era, bien al contrario, muy afecto al francés y a la cultura francesa, y pretendía, además, que se nos enseñara y acostumbrara en la mayoría de las lenguas posibles.
Le he hablado a vuestra merced del cansancio del abuelo, y añado ahora que sus causas hay que encontrarlas tanto en el fracaso que padeció en sus negocios, de los que le hablaré en páginas posteriores, como en su carestía de salud por culpa del reúma, ya que sus artejos recordaban a un carro chirriante, y parecíale un calvario el mantenerse en pie. Y, apoyándose en sus muletas, era costumbre de él salir fuera de la casa y sentarse en el banco de dura piedra, que por respaldo tenía el frontispicio del palacio, mientras nos decía:
Dios nos otorgó dos piernas, pero al final ya veis, he de caminar con cuatro, a usanza de animales... ¡Y no, cabalmente, para marchar más presto!...
Y tras encender la pipa y llevársela a la boca, nos decía:
Doy gracias por el tabaco, porque de otro modo... Y es que, para mí, el respirar el humo es respirar la vida... y fumaba sin tregua, como chimenea, o aspiraba polvo de tabaco a falta de mejor cosa.
Era maravilla ver fumar a mi abuelo. Y es que no solamente aspiraba y rechazaba el humo, sino que parecía su manera de hablar. Y cuando se amoscaba, le salía una pequeña nube-remolino, como modo de mostrar su enfado; o arrojaba esa nube sobre quien le había disgustado, como si pretendiera hacerlo desaparecer entre los humos; por el contrario, si pretendía llamar la atención de los otros, alzaba la perilla, juntábanse los labios y de su boca salían unos bucles de humo que, en su camino hacia arriba, se hacían cada vez más ostentosos.
Y cuando nos hablaba de su admirado padre y del palacio de los Etxegoien, mi abuelo pergeñaba parecido invento, en gran danza de humo con nubes acá y allá.
¿Dicen que Pizarro, Almagro y otra gente de su clase conquistaron las Indias?... nos dijo en uno de aquellos parlamentos, mientras nos llegaba el rumor de la fuente que había frente al palacio y en mitad del jardín. ¡No fue menos mi padre! ¡Aquél sí era un hombre inteligente y, además, bien entendido! Pues aunque era cierto que nos sobreponíamos al destierro, lo estábamos haciendo, según él, harto despacio, hasta el punto de que, una vez, dijo aquellas palabras que no podré ya olvidar: "Si un sueño no te deja, debes correr riesgos...", y, mirando afuera, a los maizales, determinó: "El porvenir de nuestra casa no está escrito en tierra, sino en hierro". Y, pensando darles a los bienes de la casa otra utilidad, compró la ferrería de Laiotza. "Ándate con tiento", decíanle los amigos, "que ya pasaron los mejores tiempos del hierro", a lo que él dijo: "Sí, puede que los tiempos del hierro y su provecho cumpliéranse ya, pero los míos, no". Y a partir de entonces creció alto, y le fue de perlas...
En esto, mi abuelo Nicolás, siguiendo las huellas de su padre, no hacía sino alabar ese mundo del hierro, y se admiraba de las ferrerías y los ferrones, a tal punto que porfiaba en que solamente los ferrones eran hombres derechos, curtidos día a día en los hornos incandescentes. Y después añadía: "Todos los demás son hombres demediados...".
Y, con esto, interrumpía sus soliloquios, aprovechados para emperezar sus aros y sus coronas de humo. Y, mirándolos, no deseaba yo sino que alguna de aquéllas pusiérase en su cabeza como sucede en los altares con los santos y las beatas... Imaginaba entonces que, al igual que cada pueblo, cofradía o congregación, y aun cada gremio del mismo oficio, tiene su santo y así tiene Urbiain a Santa Clara, los franciscanos a San Francisco, y los sastres a Santa Lucía, pudiera ser mi abuelo Nicolás el mejor abogado de los ferrones, si en buenhora tomáranlo como santo. Siguiendo con su historia, él nos dijo:
Y otra vez, así me habló mi padre: "Nicolás, esto no tiene vuelta. Hasta hace poco, nuestro destierro y otras calamidades han propiciado los dimes y diretes de la gente; hoy, bien al contrario, no hacen otra cosa que hablar de nuestra ferrería y de nuestra fortuna. Pero, con todo eso, no es suficiente, y si pretendemos crecer, será remedio el extender nuestro negocio e ir de aquí para allá, por despabilarnos con hidalgos de alcances y mercaderes poderosos que sepan nuestros propósitos. Fabricaremos una red para que sepamos, en cada momento, adónde hemos de ir y qué corresponde hacer. Mira, si no, cómo la araña hace la suya, para disponer luego de su caza. Y tengo ahora presente nuestro palacio y la casa solar..., e imagino Urbiain, nuestro lugar de nacimiento. Es aquél, además, sitio excelente para disponer de otra ferrería, y por tanto hemos de hablar con su alcalde y con los gobernantes de la Alta Navarra, y hasta con el virrey. Hace tiempo que pusimos casa y hacienda al servicio ambas de Navarra, y llegada es la hora de poner Navarra a nuestro servicio..., porque siendo, como es, la voluntad de Dios inescrutable, ¿quién sabe si no hizo a nuestros pasados perdedores para que gozáramos nosotros de las mieles de la victoria?". Y aquél, ya sabéis, decir y hacer: escribió raudo al virrey, y éste le respondió dándole cita. Y tras leer ante todos la carta, dijo mi padre: "Tú, Nicolás, eres mi hijo único y mi sucesor, y vendrás conmigo".
© Irigoien, Joan Mari. Una tierra más allá, Ttarttalo, Donostia, 2002. Traducción de Jorge González Aranguren.
