ITURBE, Arantxa:
Dos cuentos
Traducción de Jorge Giménez Bech
MARÍA Y JOSÉ
A María, el primer hombre le destrozó el corazón; el segundo, los dientes; y el tercero, el coche nuevo.
A José, la primera mujer le robó el corazón; y la segunda, todo el dinero de la cuenta corriente.
María no tenía nada entero cuando conoció a José.
José no tenía nada cuando conoció a María.
Cuando José apareció mendigando, María le ofreció un lugar para dormir. Para una noche.
Al cabo de un mes, dormían en la misma cama.
No se prometieron nada.
Jamás hablaron del futuro.
Nunca mencionaron el amor.
José se puso a trabajar con un mecánico. Llegaba a casa de María con las manos negras de grasa. Ella se las limpiaba minuciosamente con un jabón especial. No quería que le ensuciara las sábanas.
Un día llevaron al taller un coche destrozado por completo en un accidente.
Si lo arreglas, para ti le dijo a José su jefe.
Y, hasta que lo hubo arreglado, José trabajó una hora más todo los días. María no le preguntó nada. José no le dijo nada, aunque encontraba todos los días fría su cena.
¡Mira, María! gritó José cuando el coche ya podía circular. María se asustó. Nunca había visto a José contento.
¡Si quieres, te llevo a ver el mar! le dijo desde el portal de casa.
Y María respondió que sí.
Camino del mar, Maria comenzó a pensar que vivir con un hombre que no te va a romper nada es estar cerca de la felicidad. José, cuando llegaron al mar, comenzó a pensar que encontrar a una mujer que no te va a robar nada es suficiente para ser feliz.
Sin salir del coche, sin hablar, se besaron.
Por primera vez.
EL PAÑUELO ROJO
Si aquel sobre de color rosa le causó sorpresa fue porque no estaba habituada a encontrar en el buzón más que facturas y folletos de propaganda. Tras examinarlo detenidamente por ambas caras (en más de una ocasión había recibido por sorpresa un sobre que luego resultaba ser para algún vecino), comprobó que no llevaba nombre alguno. Ni nombre ni tampoco dirección, y eso le extrañó un poco más. Pero la sorpresa alcanzó su grado máximo cuando, antes de entrar en el ascensor su curiosidad era excesiva para esperar hasta casa, abrió el sobre y leyó su contenido.
Sólo dos palabras. Escritas con cuidada caligrafía, bien pensada, en pleno centro del papel: "Te quiero". Ni firma, ni sello, ni nada. Esas dos palabras, una al lado de la otra. Las leyó una media docena de veces, y pensó en la escasa frecuencia con que las había escuchado. En consonancia con ese pensamiento, creyó que se trataría de alguien que había introducido aquella carta en el buzón equivocado, y se acostó.
Durante los días siguientes, recordó aquel suceso de tanto en tanto, pero sus cavilaciones siempre giraban en torno a ideas como lo afortunada que era la destinataria de la misiva. Hasta que encontró la segunda en el mismo buzón en el suyo.
También aquel sobre era rosa. Sin nombre ni dirección y con un contenido algo más largo: "Te quiero cada día más".
La segunda no fue suficiente. Según el dicho, el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra, así que entró en casa convencida de que el amante anónimo había errado de nuevo la entrega. Sin embargo, no pudo quitarse aquel asunto de la cabeza hasta que la venció el sueño. "¿Por qué no?", se preguntaba. "¿Por qué no había de enamorarse alguien de mí?". Una sonrisa floreció en sus labios, marcándole las incipientes arrugas, pero su ánimo era excelente cuando se levantó con las primeras luces.
Recibió la tercera dos días después: "No lo niegues. Sabes quién soy. Me conformaría con una sonrisa". ¿Y si era cierto? ¿Y si verdaderamente alguien se había prendido de ella? Si al menos le hubiera dado una pequeña pista... Repasó la nómina completa de los hombres que conocía en los alrededores, y no podía imaginar a ninguno de ellos enviándole anónimos. Joaquín el carnicero le tenía aprecio, y la trataba muy bien siempre que iba a comprarle los filetes, pero de ningún modo lo veía usando sobres rosas. ¡Y qué decir de don Ramón! Llevaba veintidós años trabajando de secretaria para él, y en tantos años no había sido capaz de dirigirle una sola palabra amable, ¡sólo faltaba que, a estas alturas, le diera por semejantes tonterías! Porque no sería él, ¿no? ¡Sería muy mala señal! Vaya ocurrencia...
¿Y quién le decía, además, que se trataba de un hombre? ¿Y si era una mujer? Además, eso sería más normal. ¡Claro, por eso no se atrevía a hablarle cara a cara! La mera idea le producía escalofríos, y decidió dejar de lado el asunto y dormirse.
La siguiente llegó antes de que transcurriera una semana. Ésta incluía una petición ridícula: "Si quieres conocerme, sal con el pañuelo rojo al cuello". ¡Un pañuelo rojo! ¿Y de dónde sacaba ella un pañuelo rojo? ¡Vaya un trabajito! Pensó que tal vez fuera una osadía excesiva, pero la ocasión lo merecía, y por fin se decidió a acudir a Rosa Mari, la nueva vecina:
Rosa Mari, perdóname el atrevimiento... pero ¿no tendrás por casualidad un pañuelo rojo como para mí? Es que mañana tengo un compromiso, y...
Rosa Mari le prestó encantada el suyo. Que se lo llevara tranquila y, ¡qué diablos!, además se lo regalaba. Que estaba un poco harta de aquel pañuelo... y si necesitaba algo más, que no se anduviera con remilgos para pedirlo, ¡porque para eso están las amigas!
Aquella noche apenas pudo conciliar el sueño. Pasó las horas de sueño en sueño, y asistió despierta a la mayoría de ellos. No se veía como para ir por ahí con un pañuelo rojo al cuello, pero bueno, si gracias a eso iba a conocer al misterioso autor de los anónimos, se lo pondría.
Y así lo hizo. Combinó el pañuelo lo mejor que pudo, y salió airosa a la calle. Su regreso no fue tan airoso. Se había pasado el día entero buscando por todas partes, prolongó más que nunca el paseo desde el trabajo a casa, pero nadie se le acercó, y terminó con el ánimo completamente sombrío aquel día que con tanta esperanza había iniciado.
Al día siguiente, abrió ansiosa el buzón al distinguir desde fuera el sobre rosa: "¿Por qué le has dejado tu precioso pañuelo rojo a esa vieja? ¿Significa eso un no definitivo?", decía la carta.
© Ezer baino lehen: Elkar
