ITURRALDE, Joxemari:
Las moscas no salen en las fotos

Salí a la calle. El aire fresco me sentó bien y comprobé que conseguía tranquilizarme. Luego respiré profundamente dos o tres veces para sentir que aquel aire fresco me llegaba hasta el fondo de los pulmones. Pronto serían las nueve y me di cuenta de que andaba algo retrasado, por lo que, si no quería llegar tarde tenía que coger un taxi cuanto antes.

Había que seguir con el trabajo, y era el momento de acometer mi segundo proyecto o, tal como yo lo llamaba, el caso de las Libertinas. Yo era el único que lo llamaba así, y desde el principio sabía que no era un nombre adecuado, pero me daba igual. No me importaba, porque nadie más que yo lo conocía y no pensaba contárselo a nadie. Por el momento tenía que dejar de lado el caso de la mañana, el del profesor y la ex alumna enamorados y olvidar también, al menos por ahora, lo que había sucedido en mi apartamento. Ya tendría tiempo más tarde de pensar y reflexionar sobre todo aquello.

Llegué hasta la Gran Vía. En la parada de taxis estaban esperando una pareja de ancianos y un hombre con un maletín y aspecto de representante comercial. Encendí un cigarrillo. Este caso no tenía nada que ver con el anterior. Hacía poco que trabajaba en él, pero inmediatamente me había percatado de ello. En el primer caso había sucedido algo que el cliente no deseaba y la labor de la agencia —por lo tanto, mi trabajo— consistía en intentar que ese algo no volviera a suceder. Es decir, mi labor consistía en impedir que siguiera ocurriendo, detenerlo. Para ello tenía que hablar con los implicados en el suceso, hablar con ellos y convencerlos. Era mi función en el primero de los casos.

El segundo asunto, el de las Libertinas, no era exactamente igual. Lo que deseaba saber el cliente que había acudido a la agencia era si había sucedido algo, y en caso de que así fuera, quería saber con quién, cuándo, cómo y cuántas veces. Se trataba en ambos casos de asuntos amorosos. Cuestiones de amor y, casi siempre, de desamor. En el primer caso una joven había huido de casa para caer en brazos de un hombre adulto que había sido su profesor. Y al saber lo que había hecho, el padre quería solucionar de alguna forma el tema. De la forma más rápida, decorosa y discreta posible. Esa era la razón por la que había recurrido a la agencia de los hermanos Morales. La razón de que yo estuviera allí intentando solucionar el caso.

Antes de veinte minutos conseguí hacerme con un taxi libre. Camino de nuevo al Casco Viejo, me dispuse a repasar el segundo caso. Estaba implicado un grupo de muchachas. Eran amigas y, por lo que yo sabía, se reunían con frecuencia para hablar, cenar y pasar un buen rato. Luego apareció un hombre en la agencia diciendo que una de ellas era su novia, pero que por razones de trabajo no solían estar juntos muchas veces. El hombre, debido a sus ocupaciones, tenía que pasar largas temporadas fuera y era ahí, subrayó el cliente, donde entraba en acción la agencia. No se fiaba demasiado de su novia y quería que nuestra empresa le enviara periódicamente un informe. Deseaba informes en los que se le informara de las idas y venidas de su novia. Quería saber a dónde iba la joven en las largas temporadas en que él estaba fuera, con quién y a qué, dónde y cómo pasaba su tiempo pero, especialmente, con quién salía. Todavía tenía cierta confianza en ella, comentó en la agencia el primer día, y no creía que mientras él estaba fuera hubiera empezado con otro hombre, pero quería tener la certeza de que era así. Con las mujeres nunca se sabe. Esa era su teoría y para ello gastaba su dinero, para probar que aquella teoría era cierta.

Y ahí empezaba mi trabajo. Tengo que comprobar una teoría, nada más —me dije a mí mismo en el taxi, camino del Casco Viejo—. No tengo que hacer nada, únicamente estar quieto y observar. Observar lo que hacían ellas y luego contarlo, eso era todo. Llevaba sólo algunas semanas cumpliendo esa tarea y, realmente, me sentía bastante cómodo. No era un trabajo difícil, más bien todo lo contrario, y yo lo realizaba con mucho gusto. La joven que tenía que vigilar no me gustaba mucho, en mi opinión no era nada del otro mundo, pero había otra que sí. Normalmente se reunían cuatro mujeres y una de ellas me gustaba mucho. Tanto que en más de una ocasión me había sucedido que al acabar la labor de vigilancia de las muchachas y dirigirme a casa, el hermoso rostro de la otra joven se me quedara clavado como una diapositiva fija.

Cuando llegué, el restaurante chino La Gran Muralla estaba bastante lleno. Aprovechando que cerca de la entrada, a la derecha, había una mesa libre, me senté en ella antes de que la camarera —una simpática chinita con la sonrisa siempre en los labios— dijera nada, pues era un buen puesto de observación para mis objetivos. La camarera se acercó, me tendió el menú y rápidamente elegí la cena: rollitos de primavera con ensalada china y, de segundo, pollo al curry con arroz tres delicias. Para beber, media botella de vino tinto de Rioja.

Mientras encargaba la cena, la camarera china no cesaba de decir muchas gracias cada vez que yo pedía un plato. Lo mismo hizo cuando pedí el vino, muchas gracias, muchas gracias. Era un comedor bastante grande y de forma circular. Primero me pareció que tenía el aspecto de una plaza de toros, pero después, al fijarme en los dibujos pintados en la pared me di cuenta de que aquel inmenso escenario simulaba la gran muralla china. En todo el perímetro podía verse pintada la gran muralla y, tras ella, los típicos paisajes pictóricos chinos, con sus bosques, montes y ríos; finalmente, a lo lejos, una enorme luna alzándose hacia el cielo. O sea, que lo que estaba a este lado de la muralla tenía que ser China, es decir, el propio comedor era China y los allí presentes éramos chinos o extranjeros visitantes.

Mi mesa estaba junto a la pared, a la derecha del local. Algo más adelante había otra mesa y, hacia el centro, una gran mesa redonda en medio de las seis columnas que sostenían el techo del comedor. Las columnas, en su base tenían un aspecto vulgar, pero hacia la mitad dejaban de serlo y poco a poco se convertían en culebras o dragones, que al final, apoyaban sus cabezas en el techo. Las cuatro jóvenes que tenía que observar estaban al otro lado del comedor, justo en la otra punta, y por eso mismo pensé que mi mesa era la más apropiada para la vigilancia, pues había tres mesas, una tras otra, que me protegían, y además no estaban vacías. Por otra parte, si lo deseaba, también podía girarme un poco hacia la derecha, y una de las columnas me ocultaría por completo.

Acababa de llegar la cuarta muchacha. Ya están reunidas las cuatro libertinas, me dije. Para disimular mejor saqué una revista con jeroglíficos y crucigramas, que siempre llevaba conmigo, y me puse a despistar mientras comía la ensalada china. Las Libertinas. Ya no recordaba por qué se me había ocurrido aquel curioso nombre para denominar el caso. Es cierto que me gustaba poner a todos los casos una muletilla que sólo yo comprendía, pero ahora dudaba si aquel mote de Las Libertinas era realmente apropiado. Pensaba que el nombre que había dado al otro caso que me ocupaba aquella temporada era mucho más adecuado, es decir, el caso de la Alumna Enamorada. La cuestión era que, ahora, aunque aquella no me pareciera la mejor apelación, no se me ocurría otra cada vez que pensaba en ellas. Y la cuestión era, también, que tres de ellas habían empezado a cenar antes de que llegara la cuarta, que llegó casi al mismo tiempo que yo. Venía con bastante retraso, tal como pude comprobar por la acogida malhumorada que le dedicaron las demás. La última en llegar había sido la que me gustaba a mí. Para entonces yo ya conocía su nombre, Lucía. Me parecía muy hermosa. Realmente me pareció muy hermosa desde la primera vez que la vi. Ya aquel primer día quedé medio prendado de ella. Desde entonces, todo lo que hacía la muchacha me parecía maravilloso. Incluso decidí que su propio nombre, Lucía, era un nombre precioso, el más bonito que podía existir. Y también me parecía encantador que llegara tarde a donde sus amigas, me parecía que acudir con un cierto retraso a un local elegante como aquél era un detalle refinado, que añadía un atractivo complementario a aquel ambiente chic.

Al ver la acogida de sus amigas, Lucía acababa de ganar un punto más ante mis ojos en el ranking de la elegancia. Realmente, una joven hermosa como ella tenía todo el derecho del mundo a aquellos detalles. Y yo pensaba que el hecho de que un tipo como yo se enamorara de una joven tan hermosa y especial como aquélla era prueba de mi inteligencia y del alto nivel de mis gustos. Puestos a hacer comparaciones, Brezo no quedaba en muy buen lugar, pues quedaba en un lugar muy inferior con relación a Lucía.

Lucía, además de su hermosura, tenía clase, una distinción natural; comparada con ella, Brezo no tenía nada, decidí al tiempo que vaciaba de un trago el vino que me quedaba en el vaso.

El comedor fue llenándose poco a poco hasta que llegó un momento en que todas las mesas estaban ocupadas. Este hecho, tal como pude comprobar rápidamente, obstaculizaba el correcto desarrollo de mi trabajo, y si quería seguir de cerca lo que sucedía en la mesa de las cuatro muchachas, tenía que mover la cabeza a un lado y a otro y, en ocasiones, casi medio cuerpo. Acababa de comenzar el segundo plato y continuaba con mi crucigrama para disimular mejor. Para entonces, y esto era algo que mis amigos sabían muy bien, pues se lo había contado en numerosas ocasiones, me consideraba un experto en crucigramas. No tanto en jeroglíficos. Pero a lo largo de mi vida había rellenado cientos de crucigramas y, con toda humildad, podía afirmar que era bastante hábil con aquel pasatiempo. Aun así tenía ciertas lagunas. La geografía, por ejemplo. Como me sucedía en aquel momento: el crucigrama me pedía la segunda ciudad en importancia de Nigeria, y yo no tenía respuesta. Estaba perdido. De hecho, esos estados africanos cambiaban casi cada quince días de régimen y, entonces les gustaba ponerlo todo patas arriba, el tipo de gobierno, el idioma oficial, e incluso el nombre del propio estado y de su capital. Así que, aunque no podía afirmarlo con seguridad, estaba dispuesto a apostar que en los últimos diez o quince años Nigeria había cambiado al menos dos o tres veces de nombre. Por eso estaba en aquel momento tan perdido y trabado. Nigeria... Nigeria... Bebí otro trago del tinto de Rioja. Laos... no, Laos no, Lagos... Lagos... Creía que era algo así pero no estaba seguro. Lo mejor para salir de aquel impasse sería mirar las definiciones verticales. A ver, tercera vertical: capital de la isla de Guam. Se acabó. Estaba totalmente atrapado. Ni idea, no tenía ni la menor idea. Con aquello se acababa el crucigrama.

Levanté la mirada y la dirigí a las cuatro mujeres, como buscando una fuente de inspiración. Las cuatro jóvenes parecían ser las Musas y, por supuesto, la Musa Reina entre ellas era la Musa Lucía que podría ayudarme a recuperar la inspiración. Bajé mecánicamente la mirada hacia el crucigrama a ver si sucedía algo así. Pero tuve que levantarla inmediatamente. Algo estaba sucediendo en la mesa de las cuatro mujeres. Algo extraño estaba sucediendo y yo, trabado con mi crucigrama, no me había dado cuenta hasta entonces. Al principio me pareció que un camarero vestido con uniforme negro estaba sirviendo a las jóvenes, pero cuando lo pensé mejor me di cuenta de que en aquel restaurante las camareras eran todas jóvenes chinas, todas bastante bajitas, de tez amarilla y vestidas con un sari rojo dorado, y normalmente no solía haber hombres morenos, altos y fornidos, vestidos con traje negro. Desde el lugar en el que me encontraba no podía ver el rostro del hombre, pero enseguida supe que se trataba de alguien que acababa de entrar de la calle y que no tenía nada que ver con el servicio del restaurante.

Cerré el cuadernillo de crucigramas. Tenía que seguir atentamente lo que sucedía en aquella mesa. Y entonces una botella de vino cayó al suelo. Y junto a la botella un vaso. La botella no se rompió, el vaso en cambio sí. El silencio se extendió por todo el comedor y, al tiempo, casi todos los comensales dirigieron sus miradas hacia aquella mesa. El silencio duró unos diez segundos y después, cada cual siguió con lo suyo. Inmediatamente apareció una muchacha china con una escoba y un cubo para recoger los fragmentos de vidrio del suelo. El hombre moreno, sin hacer demasiado caso a la botella y al vaso roto, continuaba discutiendo vivamente con una de las jóvenes de la mesa. Desde la otra punta del comedor me pareció que el hombre y la joven, que continuaba sentada, levantaban ligeramente la voz. Pero la escena no duró mucho tiempo. De repente, ella se levantó muy enfadada. Arrastró la silla hacia atrás, recogió el abrigo y la bolsa que colgaban de ella y cruzando el comedor salió al exterior muy dignamente.

Sin decir nada a las otras mujeres, el hombre salió a la calle tras la joven. Entonces el ambiente se calmó en el comedor y volvió la normalidad. Me di cuenta de que en todas las mesas estaban comentando lo sucedido. Aquella calma me permitió también a mí acabar tranquilamente el postre, el mismo que pedía siempre en los restaurantes chinos porque me gustaba sobremanera, helado con nueces.

Pero algo más tarde, mientras tomaba el café, me di cuenta de que la escena había tenido una continuación. Diez o quince minutos más tarde, la muchacha volvió a entrar. Y nuevamente se sentó junto a sus amigas. Todos esperaban entonces la llegada impetuosa del hombre moreno, pero los minutos pasaban y nadie entró al restaurante. Después de aquello no pasó nada especial. La gente comenzó a salir poco a poco del local y en cierto momento las cuatro mujeres hicieron lo mismo. Pude darme cuenta de que el ambiente también se había enfriado entre ellas. Acabaron el postre que estaban tomando y, sin pedir café ni copas, pagaron y se marcharon. Diez minutos después de que lo hicieran ellas, también yo me fui.


© Iturralde, Joxemari. Las moscas no salen en las fotos, Erein, 2003.
© Traducción: Bego Montorio

© Foto: Erein