LOPEZ GASENI, Manu:
Olioa urpean

Dorotea

El viaje en autobús fue largo y pesado. Para qué le voy a decir lo contrario, nosotros no estábamos acostumbrados a ese tipo de transportes. Para ir a las ciudades de los alrededores, casi siempre utilizábamos algún automóvil de lujo; y si se trataba de ir a algún lugar más lejano, por supuesto lo hacíamos en avión; mi marido no se podía permitir el lujo de perder el tiempo; negocios, ya sabe, y no le importaba en absoluto gastarse todo el dinero que hiciese falta, con tal de llegar a su destino de la forma más rápida y cómoda.

Teodor, mi marido, estaba rojo como un tomate; por una parte estaba muy enfadado porque no compartía en absoluto la idea de ir a casa de mi hermano; por otra, estaba avergonzado, porque aquellos benditos asientos eran muy estrechos y él, un poco sobrado de peso, tenía que ocupar parte del asiento contiguo.

Al principio todo iba bien: yo me senté con Antón y Teodor se quedó solo en los dos asientos del otro lado del pasillo, disponiendo de todo el espacio que quisiera. Pero, desgraciadamente, en una parada intermedia subió una señora mayor y se sentó a su lado; ya sabe, "buenos días, vaya-calor-que-hace, ¿con-la-familia,-no?, ¿hasta-dónde-van?, pero-está-usted-empapado-de-sudor, tendría-que-vigilar-esos-kilos-de-más, precisamente-voy-al-funeral-de-un-primo-que-se-ha-muerto-de-un-infarto".

Yo, mientras veía la película que había puesto el conductor, intenté echar una mano a mi marido desde el otro lado del pasillo, intercalando alguna frase entre el monólogo de la señora y los monosílabos de mi marido; pero Teodor estaba cada vez más colorado y empapado de sudor, hasta que vio necesario tomar una de sus pastillas para la hipertensión ("esas-pastillas-seguramente-son-para-la-tensión, debería-cuidarse-más"). Al final, decidí hacerle una seña a mi marido, y le dije que por qué no trabajaba un poco. Teodor en seguida se dio cuenta y, tras sacar su ordenador portátil del maletín que tenía entre las piernas, empezó a fingir que estaba trabajando. Entonces la señora me dijo "lo-que-le-faltaba", y decidió permanecer en silencio.

A mi lado, Antón jugaba con uno de esos videojuegos sin quitarle el sonido. El ruido del pi-pi-pi del juego de marcianos o lo que fueran se podía oír por todo el autobús, pero nadie se atrevió a decir nada; en cuanto a mí, estoy de sobra acostumbrada a todos los ruidos de los artefactos electrónicos de mi hijo. De vez en cuando le echaba una mirada a Antón, pensando que a él tampoco le vendría mal adelgazar un poco; pero las aficiones de mi hijo, además de estar muy alejadas del ejercicio físico, se centraban en la gastronomía, a la que tan aficionados éramos Teodor y yo. Si le digo la verdad, durante todo el viaje no pude quitarme de la cabeza el cochinillo asado, las salchichas rellenas, o el codillo de cerdo con berza que tanto me gustan. Pero los tiempos de abundancia eran historia, y veía el futuro con pesimismo. Mi única esperanza era el recibimiento que nos haría mi hermano; y quién sabe si las cosas no podrían volver a ser otra vez como antes...

Por fin estaba terminando aquel maldito viaje, y mientras el autobús se acercaba hacia la estación miré los edificios de la nueva ciudad que nos iba a acoger. La verdad es que tenía muchas ganas de ver a mi hermano, después de tanto tiempo sin noticias suyas... por lo menos desde que se fue a vivir allí con aquella Petra; y si no hubiera sido por lo sucedido, ni siquiera le habría escrito. Pero Sebastián siempre había sido un muchacho de buen corazón, y estaba segura de que nos ayudaría.

Cuando, al entrar en el andén de la estación de autobuses, por fin lo vi, noté en mi interior ese estremecimiento que sienten los enamorados al volver a verse, así que empecé a gritar y hacer gestos "¡Sebastián, mi querido Sebastián!". Desde el interior del autobús, sentí la mirada acusadora de Teodor y de Antón. Afuera, noté que los ojos que se ocultaban tras las gafas de Petra se clavaban en mí.

Y nunca he entendido cómo pudo acabarse aquel viaje dejando pendiente el final de la película.

Antón

A las cosas siempre hay que buscarles su lado bueno, siempre me lo digo. Además, yo ya no soy un mocoso: pronto voy a cumplir trece años, y ya tengo que aprender a adaptarme a las cosas de la vida. Por eso, cuando se fueron a pique todos los negocios de papá, en fin, me dio pena, sí, pero también pensé que se tendría que inventar alguna otra cosa. Mientras tanto, para poder mantener nuestro nivel de vida, mis padres empezaron a vender cosas: al principio fueron los abrigos de piel, los cubiertos de plata, las vajillas de porcelana... hasta dejar vacías las estanterías de madera; bueno, vacías no: quedaron algunos de esos libros que no lo son, esos que tienen llamativos títulos en el lomo pero que por dentro están huecos, y no quedó nada más. Después empezaron a vender los electrodomésticos que teníamos por duplicado o triplicado (con mucha discreción, para que no se enterara nadie). Ya sabe, en cada habitación teníamos una televisión; y también dos o tres vídeos, tres ordenadores, tres cadenas musicales, y otras cosas por el estilo.

Pero por lo visto el dinero de todo aquello también se esfumó, y también tuve que despedirme de todas mis actividades extraescolares, y de salir a comer fuera los domingos... Luego papá tuvo que vender el coche; todo eso para nada. Al final, en vez de comer cochinillo asado y jamón ibérico, nos tuvimos que conformar con salchichas rellenas de queso y tortillas de chorizo.

Por eso, cuando tuvimos que irnos deprisa y corriendo a casa del tío Sebastián (demasiado deprisa, me pareció a mí, no sé si papá no se fugó sin pagar sus deudas), pensé que por lo menos conocería a mi prima Julia, que es de mi misma edad. La verdad es que llegué a aquella ciudad con mucho optimismo: en cuanto consiguiera un poco de dinero, podría seguir con mis experimentos, y era posible que mi prima Julia me ayudara con aquello. No es que necesitara mucha ayuda, pero en nuestro antiguo chalet me había sentido muy solo, y quería tener a alguien a quien contar mis conclusiones. Además, por allí andarían también Luisa y Lotte, las gemelas hermanas de Julia, aunque no me gustan mucho las pequeñas meonas; ya sabe, a esas edades son muy torpes y están como atontadas.

Pero la sorpresa que me llevé fue monumental: la prima Julia resultó ser una presumida de pelo largo y piernas flacas. Por lo poco que le entendí a ratos, porque se movía sin parar de un lado a otro, hacía carrera de fondo en la escuela, y tenía que ir a los entrenamientos casi todos los días (para qué tanto entrenamiento, pensé yo, si iba corriendo a todos los sitios). Pero no le he contado lo más gracioso: una vez por semana, acudía a una tertulia organizada por ella misma, fuera del horario escolar. ¡Menudas ganas de perder el tiempo hablando! Total, al principio me tuve que pasar el día jugando con Luisa y con Lotte, preparando comiditas inexistentes en cocinas de plástico, aparcando coches de plástico en garajes de plástico, haciendo puzzles..., en una palabra, haciendo todas esas imbecilidades que odio hacer.

¡Menos mal que poco tiempo más tarde me buscaron una plaza en la misma escuela de Julia! Pero claro, en cuanto empecé a acudir, desperté a la cruda realidad: todo parecido de aquella escuela con mi antiguo colegio era pura coincidencia. Hombre, tenía sillas y mesas, sí, y encerado y todas esas antiguallas. Pero no tenía ni laboratorio de biogenética, ni una aula para hacer viajes virtuales, ni siquiera cabinas para estudiar idiomas orientales (porque en mi colegio todo el mundo sabía ya inglés, francés y alemán). A la salida de la escuela intentaba coincidir con Julia, pero era imposible, porque ella empezaba a correr y yo, un poco sobrado de peso, no la podía seguir. Cuando por fin llegaba a casa, la encontraba allí merendando cosas ridículas. Si no me lo hubiera dicho no lo habría adivinado jamás: ¡ensaladas de zanahoria y queso fresco! ¡Menudo asco! Se lo comía todo y se iba. Por mucho que me esforzara, aquella velocidad me superaba. Pero, entre nosotros, he de reconocer que la prima Julia estaba bastante bien.

Sebastián

Al principio fue como una premonición; es difícil de explicar, pero algo me decía que iba a venir mi hermana. Así que, cuando recibí su llamada, me puse muy contento; pero cuando me confesó para qué nos llamaba, aquella alegría se tiñó de un sabor especial, como el de los calabacines que crecen junto a los pimientos.

Vivo muy alejado del mundo de los negocios, nunca me ha atraído, y no tengo de él más que una visión superficial: hombres y mujeres trajeados, con el teléfono móvil en la mano, siempre muy nerviosos, conduciendo muy deprisa sus grandes coches, con el único objetivo de ganar más y más dinero. No me pregunte cómo lo hacen, porque no lo sé; pero de tanto en cuanto llegan noticias de alguien que lo ha perdido todo en la bolsa. Ignoro si es eso lo que les pasó a Dorotea y a su marido Teodor, porque, con toda sinceridad, cuando alguien me pide ayuda no me gusta preguntarle nada: sólo sé lo que él me quiera contar.

Como le he dicho, hace tiempo que no sé nada acerca de mundos como el de mi hermana y su marido. En realidad, desde que entró en vigor la política de reparto del empleo. Entonces, si los dos miembros de la pareja trabajaban, uno de los dos tenía que dejar su trabajo, y el gobierno se lo daba a otra familia sin ningún empleo. A Petra le encantaba su trabajo, entonces era profesora de filosofía, así que dejé mi trabajo de jardinero municipal, y cambié las tijeras de podar por la azada, porque detras de la casa tenemos un pequeño terreno, y desde entonces me encargo de la casa y de la huerta. En general, lo que me quita más tiempo son las labores del hogar: la limpieza, la colada, las compras, preparar las comidas... Pero en cuanto termino me voy a cuidar la huerta, que, aunque no lo crea, nos da un montón de hortalizas, y eso es de agradecer siendo tantos en casa. Mi hermana Dorotea tuvo que hacer algo parecido: después de muchos años trabajando como abogada, tuvo que dejar su trabajo porque Teodor de ninguna manera estaba dispuesto a ceder el suyo. ¡Y mire cómo ha terminado!

En cuanto a Petra, al entrar en la Era de la Pragmática el gobierno decidió suprimir las clases de filosofía, y la trasladaron a la rama de ciencias tras largos cursos de capacitación. Por lo visto, en Educación todavía les quedaba un poco de humor (negro), y cuando Petra iba a protestar le contestaban: "No se queje, señora, le hemos aliviado el trabajo: antes enseñaba metafísica y ahora sólo física", y, lógicamente, le bajaron el sueldo.

Julia

Ya sé que tengo fama de ser muy habladora, pero sepa que no hay que hacer caso a todo lo que se dice por ahí. En casa siempre me han enseñado a aprovechar todas mis potencialidades, y a mí me gusta profundizar en todos los temas.

Así y todo, hay gente que no lo entiende. En la escuela, por ejemplo, los maestros inventaron un truco para limitar mi libertad de expresión. Hasta entonces yo daba mi opinión tranquilamente sobre todo lo que se hablaba en las clases; pero, de repente, nos dijeron que en adelante para hablar en clase se iba a poner en marcha un ?sistema de turnos?. ¡Pensarán que no me di cuenta de que todo aquello se hizo expresamente para mí!