MARKULETA, Gerardo:
Algunos poemas

Trabajo solitario

La vida es un trabajo solitario.

De cuando en cuando únicamente
te ofrecerá el destino alguna rosa
para que -iluso vividor de horas fugaces-
la admires,
           la desees,
                la disfrutes,
y -aliviada tu ansiedad por un momento-
retornes al camino satisfecho.

Vivir es un trabajo solitario;
de cuando en cuando, sin embargo,
nos ponemos de a dos,
para la foto.

© Iriberri, Jon (Gerardo Markuleta). Larrosak noizean behin (De vez en cuando, una rosa), Erein, Donostia, 1990.





No debo recordar

Para Espe

No debo recordar sino que era la noche
una espiral de luz sin confín conocido
y vagábamos perdidos cada uno en su búsqueda
como en un armario un pájaro o un sombrero en Atenas.

Luego, todo aquello que no debo recordar:

que cerré los ojos como si los abriera,
que un olor me invadió tan ajeno que lo creí mío,
que un piano intercalaba dentelladas y destellos,
que un dedo que presumía de haber hollado el paraíso
jugó al escondite con tu nuca
y a piratas con tu pelo negro.

Te cuento todo esto
como si hubiera sido ayer o algún domingo,
pero es precisamente ahora que lo escribo
cuando halla su lugar dentro del tiempo.

Por lo demás, tranquila:
no me acuerdo de nada, no recuerdo.

© Iriberri, Jon (Gerardo Markuleta). Larrosak noizean behin (De vez en cuando, una rosa), Erein, Donostia, 1990.





Retrato del poeta adolescente

"Ahora, amiga mía,
que una flor preside el aire..."
J. A. VALENTE

Y qué me queda ahora sino confesarte,
en esta hora proclive a tibias confidencias,
que he arrastrado mi cuerpo, pusilánime y cansino,
a través de anchos bosques envueltos en la niebla.

Que mi patio primero fue una infancia redonda
y vacía por dentro, como un aro, como
un pastel que sólo fuera guinda suspendida.

Todos los cielos volaban tan alto...
como cometas huídas de una mano infantil
(siempre fui muy bajito: eso me animaba).

Tuve una hija a la increíble edad de siete inviernos:
una preciosa debilidad (es cariño de madre);
con invenciones sonoras la acuné y la arropaba
con grande cuidado y pequeñas mentiras
(que se alzaron al trono de la Verdad
en el ascensor del Tiempo: la memoria
siempre fue mi aliada).

Fue entonces que aprendí a dar el buen perfil
para las fotos y a animar las tertulias
con zumo de estrellas en grageas.
Aprendí a ensartar adjetivos y nombres
en estrechos collares, a ocultar la ropa y
el miedo al agua entre los arbustos.

De aquellas melenas que abufandaron mi pecho,
qué decirte. A cada rayo de luz ofrecí un espejo,
a cada ancla arrojada un hueco
en el fondo esquivo, resbaladizo, seco.

La ternura no faltó a cada cita inexcusable del invierno;
el sexo brilló, si bien un poco ausente
y la humedad se me clavó en la nuca de tal suerte
que aún hoy a ratos, en vez de pene,
tengo un banco de sardinas dormitando en Acapulco.

Escribo porque no sé de otro estribo
para alzarme al lomo de la luz
y porque quizá algún día, entre
el escombro de las preposiciones,
aparezca mi silueta dibujada
a base de acentos y adjetivos.

El dolor que debo por quererme tanto
creo haberlo pagado con holgura.
No vivo del aire, pero al aire acudo
por ver caer la vida con la lluvia
en trocitos de mar frío y amargo.

Consigo apenas acarrearme a la espalda
y de bien poca ayuda me resultan los dioses.

© Iriberri, Jon (Gerardo Markuleta). Larrosak noizean behin (De vez en cuando, una rosa), Erein, Donostia, 1990.





Mueble de viejo

Como se carga un viejo mueble
recién rescatado del rastro,
así cargamos -cada mañana-
sobre nuestras espaldas
el nuevo día.

Qué hacer en la llanada de la siesta:
bien podemos perder la mirada en la madera,
en su patética filigrana;
aliviar las cicatrices que dejó la carcoma;
forzar las bisagras de las portezuelas,
más bien desvencijadas,

conscientes de que el mueble milenario
nos oculta
un secreto cajón en sus entrañas;

pues ya para mediodía descubrimos
que no hay otro modo de alumbrar el enigma
que hacer reventar el día.

© Iriberri, Jon (Gerardo Markuleta). Sagarraren hausterrea (La manzana y su ceniza), Erein, Donostia, 1994.





Los sentidos de la derrota

De cuando en cuando es justo y necesario
infligir al reloj y su cruel desvergüenza
alguna fugaz, menuda victoria:

un cálido refugio, claro a la mirada;
el verbo de un amigo, voz reparadora;

la caricia del pétalo en las yemas;
labio con labio, sabor a nunca;

pero sábelo, ay, tendrá tus ojos:

hay un olor de ruina,
      enemigo en las entrañas.

© Iriberri, Jon (Gerardo Markuleta). Sagarraren hausterrea (La manzana y su ceniza), Erein, Donostia, 1994.





Acción armada contra el reloj

Contemplar los segundos uno a uno en su caída,
retratar el tortuoso recorrido de las horas,
numerar con esmero cada grieta de los días,
tejer en finas tramas la hojarasca de los años:

artefactos clandestinos contra el tiempo.

© Iriberri, Jon (Gerardo Markuleta). Sagarraren hausterrea (La manzana y su ceniza), Erein, Donostia, 1994.





Hasta que uno llega

Hasta que uno llega todo es intermedio,
puente, salto, intento, esfuerzo
irrepetible pero con el sabor
agridulce de lo ya conocido.

Hasta que uno llega todo es intermedio,
hueco, acantilado, precipicio;
todo, con el humor cambiante
y vivo de la arena y de la piedra.

Hasta que uno llega todo es intermedio,
frágil flor, fruto perece-
dero, semilla impredecible.

Hasta que uno llega todo es intermedio,
escala, estación, encrucijada.
No podré escribirte cuando llegue.

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





La hora de partir

El suicida se descalza
antes de echar a volar,
y coloca sus zapatos uno al lado del otro,
bien juntos, como si quisiera,
con su ausencia, dejar este mundo un poco más ordenadito.

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





De cuándo un árbol es hermoso

Un árbol es hermoso
si le ha caído en suerte
una semilla limpia,
una raíz robusta,
renuevos a menudo,
flores en abundancia,
frutos innumerables,
un tronco liso y recto,
y una tupida copa
erguida hacia la luz;

un árbol es hermoso
si le ha correspondido
un viento sin excesos,
lluvia muy a menudo,
tormentas a lo lejos,
alguna que otra helada,
ningún corrimiento y,
por encima de todo,
una indomesticable
propensión a lo alto.

Mas, si por el contrario,
le otorgó la fortuna
un linaje mestizo,
una raíz enclenque,
un tronco retorcido,
un ramaje estéril y
la copa cabizbaja;

fuera azar o destino,
si le correspondieron
con frecuencia tronadas,
vientos fríos y fuertes,
lluvia débil y escasa,
la nieve muy cerca y,
por encima de todo,
una indomesticable
propensión hacia el suelo,

igualmente es hermoso ese árbol, hermoso,
si acaso llega con vida a su propio funeral.

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





Incomunicando

También la tercera vez
ha respondido el contestador,
pero ahora no he colgado.

Después de oír la señal,
a punto de decir "Soy yo",
te he imaginado, inalcanzable, oyendo el mensaje, luego.

Pero, a punto de decir "Era yo",
te he imaginado, a mi alcance, respondiendo al mensaje, luego.

Y, después de decir "Seré yo",
salgo en tu busca, a través de la ciudad, al otro lado de las vías.

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





El mensaje del espejo

Tras una más que dulce
batalla con Amor,
la luna del armario
enfrente, ya no hay
vuelta de hoja -digo
entre mí-, no es muy recta
la línea que forman
mi cuello y mi cabeza:
con la columna firme
sobre un firme colchón,
mi cabeza no alcanza
a tocar la almohada.

No tiene buena pinta
la sonrisa zorruna
que sin reparo alguno
me dirige el espejo,
trayéndome a la mente
el delicado instante
en que introducirán
-lo intentarán, al menos-
mi cuerpo endurecido,
curvado en su ataúd.

Todo ello, por cierto,
-decía yo entre mí,
después de un más que dulce
amor batallador-,
si mi columna no se
rinde, no me incineran
y acompaña la suerte
de morir de una pieza.
Y es que por estas tierras
nunca se sabe cómo.

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





La caja negra del mal de amores

La caja negra del mal de amores
no es fácil de hallar: cuando no
se la tragó la nieve, quedó cubierta
de zarzas, o la niebla la hizo
invisible. Es casi un milagro
tener la suerte, nada frecuente,
de hallarla sin daño, de una pieza.

¿Qué hay en la caja negra del mal
de amores? Arco-iris en llamas,
tormentas recicladas, bosques
de ceniza, huertos desaforados,
nubes maltratadas, firmamentos
que echan chispas, artefactos
que te encienden y se apagan.

¿Qué lleva dentro la caja negra
del mal de amores? Monólogos varios
con hechura de charlas variadas,
deseo en vectores que se cruzan
o prosiguen paralelos, tramos
de trayecto yendo en compañía,
ayer placer, hoy dolor, mañana...

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





Acerca del tamaño de las mentiras

Una mentira... ¿es un engaño siempre?
      ¿Siempre es un engaño la mentira?
¿Y..., si la mentira es ínfima, invisible,
      igualmente se trata de un engaño?

¿Los cambios de color del camaleón son los colores de la mentira?

Una mentira de ésas que te cuentas a ti mismo...
      Las mentiras de los nuestros...
¿Qué son? ¿más espinosas? ¿o más fácilmente digeribles?

¿Las mudanzas interiores de los enamorados
      son los colores de la mentira?

¿Cuántas mentiras pequeñas se necesitan
para componer una mentira como dios manda, tamaño estándar?
¿Durante cuánto tiempo sigue siendo una pequeña mentira...
      una mentira pequeña?

¿Las danzas y mudanzas del protocolo y la cortesía
      son los colores de la mentira?

¿No es acaso el miedo de la propia culpa
      la más perniciosa de las mentiras?

Una mentira puede matar.
Otra mentira -o esa mismita- ayuda a vivir.

© Markuleta, Gerardo. Batak ez du bestea kentzen (Lo uno no quita lo otro), Alberdania, Irun, 2003.





Ignorancias

Nunca supe muy bien cuándo
empezar a saludar
      a un recién conocido.

Nunca suelo acertar cuando dudo
a quién saludar
      con un gesto leve,
a quién con las dos manos
      fuera del abrigo;
cuándo dar la mano
      y cúando un abrazo,
con quién hacerme
      -sin querer-
      el despistado.

Nunca he sabido bien
cuándo ofrecer la mejilla,
      cuándo la mano izquierda,
cuándo los labios fruncidos;
      ni cuándo han de ser
dos los besos,
      o acaso tres, o nada más que uno.

Nunca sé con certeza
cuándo acercarme,
      cuándo alejarme,
      cuándo quedarme
a saber algo más
      del ex-desconocido.

Nunca acierto a saber
cuándo incluir
      un nombre en mi agenda, cuándo pasarlo       de la agenda muerta
a la agenda recién viva,       y cuándo no hacerlo. Y, por fin, cuándo quitarlo
      de todas las agendas
      definitivamente.

© Markuleta, Gerardo. Ezjakintasunak (Ignorancias), Alberdania, Irun, 2006.





Instrucciones para bien morir

Ha venido a visitarme esta mañana.
Hacía tiempo que no me hacía un gesto.
Pero esta vez no se trataba de la Parca,
sino de una difusa inquietud por lo
póstumo.

Para la posteridad, ¿qué asuntos, qué
inquietud,
qué quebraderos de cabeza? Como si
fuera el propio muerto quien tuviera
que hacer de anfitrión en el entierro.

Pero no me vino a la mente, por ejemplo,
quién compilará mis inéditos papeles;
o quién me infligirá, con rigor y belleza,
media docena de ediciones críticas.

No: de holganza conmigo mismo,
me preocupé de los detalles serios.
¿Quién se ocupará de que la ceremonia,
pudiendo elegir, no resulte cristiana en
exceso?

Cuneta, tumba, nicho u horno.
En las esquelas, una cruz o un lauburu.
Las lecturas, ¿elegirá cada cual la suya?
Sobre todo: ¿quién se hará cargo de la
música?

"Una vez muerto no hay mal", suele
decirse.
A morir, bien que ayuda la misma vida.
Y dicen que son más que simpáticos
los alegres muchachos de las funerarias.

© Markuleta, Gerardo. Ezjakintasunak (Ignorancias), Alberdania, Irun, 2006.





© Traducción: El autor

© Foto: Alberdania