MEABE, Miren Agur:
Su sombra

(Traducción de la autora)

La hormiga (I)

En la autopista, dirección Bilbao-Donostia, a la derecha,
el hospital,
un edificio de diez pisos
con un anagrama azul en un costado.
Ahí he aguardado a la muerte.

Cae una hoja.
La hormiga no comprende el paisaje transformado,
se mueve compulsivamente,
igual que un juguete mecánico.

El sillón de la 727

Sonrió con tristeza
porque le dije que nunca me olvidaría del sillón de la 727.
Era un reclinable tapizado en plástico gris,
desde el que yo observaba el dolor y todos sus detalles:
el timbre para llamar a las enfermeras,
la botella de agua en la mesilla,
una rosa artificial,
(Prohibido traer a esta unidad flores, plantas
o cualquier especie vegetal
por el riesgo de producir alergias),
el abanico, las gafas, una estampa,
palanganas de cartón
—me recordaban cronómetros—,
pies hinchados arrastrándose bajo una bata rosa
empujando al palo del suero, como empujando a una cruz.
Por las tardes, nos cogíamos de la mano,
y yo me acurrucaba en el sillón.
Así, también al amanecer,
cuando regresaba del lavabo
y al fondo del pasillo no se veía más que una ventana negra,
aquel sillón era mi cobijo
para diluir el miedo en el amor
y categorizar los sentimientos.

Habitación 514

Volvieron a cambiarla de habitación.

El número 2 escrito con mala letra en el armario.
Manchas en el papel de la pared.
Una araña en el pecho la muerte.

Para entonces se le hinchaban tanto las piernas.
No se movía si no la obligabas.

Última pregunta

Presentimos los terrones que caerían sobre el ataúd.
Se cubrió los ojos y gimió.
Le pregunté:
qué puedo hacer para salvar tu calavera.

A casa

Morir en casa.
Llévame a casa para morir.

El frío

La helada me ha escupido en los ojos
a las cuatro de la madrugada.
Las sábanas están limpias,
pero los labios son un charco en la almohada.

Le he puesto las medias.
Aún tiene los pies calientes.
Me ha parecido que me sonreía.

Llaman al timbre.
Pompas fúnebres.
Nunca más volveré a tocar este cuerpo.

Momificación

Dadme las vendas y la cal,
bálsamos y terracota para el maquillaje.
Cubramos el cuerpo de sal.
Debemos, primeramente, extraer las vísceras.
Hagamos, para ello, un agujero en el costado.
Traed un cuenco donde verter la sangre.

Esta mujer es la dama de la rosa y la espiga.
Preparémosla como se merece.

La hormiga (II)

Mis virtudes por saber algo de vez en cuando:
una llamada,
una imagen borrosa en un espejo,
cualquier cosa moviéndose por telequinesis.

Todos los sábados subo al cementerio.
Buenos días —le digo—, soy yo, la hormiga.
Te he traído flores y palabras,
migas de cristal,
puñados de polvo.

Rasco con lija líquenes que parió la lluvia.
Me tiendo y besuqueo nombres de mármol.

Las nubes me absorben;
me chupan las piedras.
Veo hilos de sangre entre la hierba.
A ambos lados de la tumba,
el Sol y la Luna
me contemplan.

El club del cementerio

Me encuentro con B. en el cementerio.
Tiene mi edad, más o menos.

Vengo desde hace nueve años,
cada sábado —me explica—.
Mi hijito murió mientras dormía.
Muerte súbita.
Yo había salido a trabajar a las conservas.
Se dio cuenta el mayor, el de siete años,
no podía despertarlo para ir a la escuela.

Ya pasará

Nunca más juntas en la jaula de un abrazo.

Pero todo esto pasará, seguro.
Ya sé que descansas bajo tierra.

Tu visita cada noche devora mis sueños.

Breve visita

Soñé que regresaba de su viaje.
Yo estaba sentada en el sofá y
mi madre volvía de la muerte, con maletas y todo.
—He venido a ver qué tal estáis.
Me tenéis preocupada. ¿Os las arregláis bien?

El verla con las maletas me desconcertó.
¡Qué clase de viaje era ése!
—¡Pero cómo se te ocurre venir!
Vamos, vete ya —la reñí.
Pero no se decidía.
—Sólo te he visto yo, así que vete para siempre.
Aprovecha la ocasión —la animé.

Me dio las gracias,
me dijo que me amaba.
Nunca más ha vuelto.
Pero su sombra sigue en los pasillos.

Geografía del silencio

La geografía de mi silencio está delimitada por
frigorífico, fregadera y horno al norte;
alacena y puerta de la calle al este;
trastero al oeste;
y pared con calendario de paisajes vascos al sur.

En el centro crezco, árbol transparente en una baldosa.
Bajo la baldosa se expande un abismo,
desestructura donde invernan los signos huérfanos del lenguaje.
Conforman una madeja que evoca el capricho de un pintor.
Si el viento mesa mi cabeza,
una raíz pequeña aflora y trepa hambrienta a mi regazo,
para que la amamante.

Silencio de las cocinas por la mañana.
Geografía de la fertilidad.