MENDIGUREN ELIZEGI, Xabier:
Nuestro barrio 1975

Artola

-¡Ha llegado Artola! ¡Ha llegado Artola!

La noticia corrió como la pólvora entre los chicos del barrio. ¡Artola! Era el único héroe que conocíamos: sabíamos de dónde era, conocíamos su casa, a sus padres. Lo veíamos por la calle y parecía alguien normal, pero había algo, tenía un lado oculto que lo convertía en alguien especial: se decía que era un ladrón, un delincuente, alguien que se enfrentaba a la policía, lo encarcelaban y huía de la cárcel, volvían a encerrarlo y él se escapaba de nuevo, en una cadena de hechos espectaculares que superaba a todas las películas del cine y de la televisión.

Artola solía llegar en moto y, aunque nadie lo preguntaba, todos sabíamos que aquella moto también era robada y ese hecho convertía al vehículo en algo aún más maravilloso. Era fascinante contemplar su brillo metálico, realmente embriagador tocar con la mano el skai negro del asiento o el motor aún caliente; y un auténtico sueño, como tocar el cielo con los dedos, dar una vuelta en ella, sentado en la parte trasera del asiento, agarrado a la cintura de Artola. Pero ese placer máximo era algo prohibido para la mayoría de nosotros. José Andrés y Óscar eran los dos únicos privilegiados, y no porque Artola los quisiera más que a los demás, eso lo sabíamos muy bien porque nos trataba a todos por igual, sino porque eran hermanos de Puri.

Las chicas? No entendíamos por qué ni para qué perdía el tiempo Artola con una chica. No sabían jugar al fútbol, ni montar en bicicleta, ni trepar a los árboles, no sabían hacer nada, sólo merecían nuestro más profundo desprecio. Y, sin embargo, Artola, -¡nada menos que Artola!-, todas aquellas atenciones con las chicas... No lo entendíamos, pero tampoco lo condenábamos. Se trataba de todo un misterio para nosotros, es verdad, pero nos resignábamos a que era así, y, a pesar de nuestro estupor, lo aceptábamos, no tanto porque aún éramos unos niños y, por lo tanto, había cosas que no entendíamos, sino porque era algo que Artola había elegido hacer y si él lo había decidido así, debía de tener alguna razón para ello.

Además, Puri, ni siquiera era guapa. Nosotros no nos fijábamos en esas cosas pero sabíamos cómo eran las estrellas del cine y las chicas que aparecían en bikini en las fotografías de las revistas. Y Puri no se parecía nada a ellas, pero nada de nada. Claro que a José Andrés y a Óscar les importaba un rábano que su hermana fuera guapa o fea, porque gracias a ella podían montar en la moto de Artola y disfrutar así de las aventuras más maravillosas. Sobre todo José Andrés, porque como era un año mayor y más descarado, con la excusa de que debía cuidar a su hermano pequeño a menudo le prohibía a éste andar en moto, y así conseguía montar él más veces. Normalmente las vueltas eran cortas, sin alejarse demasiado del barrio, pequeñas idas y venidas por las carreteras de los alrededores pero, para nosotros, en cuanto la moto desaparecía de nuestro campo visual, aquella vuelta se convertía en una auténtica expedición a tierras desconocidas. Y mucho más, claro, cuando, al volver de aquellas correrías, escuchábamos lo que José Andrés nos contaba.

-Hemos ido a toda velocidad. Hasta notaba un pitido en los oídos, cada vez más fuerte a medida que la velocidad aumentaba.

-¿A cuánto habéis ido? ¿A cuánto? ?preguntábamos siempre nosotros, excitados.

-No lo sé. Desde la parte de atrás no veía el velocímetro ?contestaba José Andrés. Luego, tras un breve silencio perfectamente calculado, añadía-: pero yo creo que a cien por hora, más o menos.

-Tan rápido? Seguro que no era tan rápido? -respondía entonces algún incrédulo. Sin embargo, la mayoría de nosotros asentía ante aquella afirmación, queríamos creer que era verdad, aunque fuera imposible que aquel viejo motor alcanzara esa velocidad.

-Que sí, que sí. A cien, por lo menos. Y cuando hemos enfilado la recta de la carretera nacional más rápido, como a ciento veinte, diría yo.

-¡Hala! ?todos al unísono, estupefactos.

Luego, alguno de nosotros, leyendo el pensamiento de todos, le preguntaba:

-Y ¿no has sentido miedo?

-Bueno, no mucho. Sólo en las curvas ?añadía, en una perfecta representación de falsa modestia-, porque la moto se inclinaba hasta casi tocar el suelo. Y, además, en una de ésas ha aparecido un coche de frente y lo hemos esquivado de chiripa.

Un día esquivaban el coche de chiripa y, en la siguiente ocasión, José Andrés nos contaba que hasta lo habían rozado y, como prueba de ello, nos enseñaba una magulladura en la rodilla, una rozadura que probablemente se habría hecho el día anterior o un par de días antes al caerse mientras corría. Pero nosotros nos quedábamos siempre maravillados, aunque supiéramos que nos engañaba, porque el simple hecho de dar una vuelta en moto con Artola era la mayor aventura posible, una aventura que incluso daba permiso para inventar cualquier otra.

De ahí pasaba luego a describir las cualidades y virtudes de la moto. Y en esa parte participábamos muchos más, porque el mundo del motor no tenía secretos para nosotros. Uno defendía a las Ducatti, otro elogiaba las Lambretta, otro se explayaba con las ventajas de las Honda, el siguiente se mostraba partidario de las Derby y, por último, algún otro explicaba las diferencias entre las Ossa y las Montesa. Todas eran deslumbrantes para nosotros -más aún si las había robado Artola-, excepto las Mobilette. La Mobilette era la moto de los obreros del barrio. Era una moto proletaria, sólo se utilizaba para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Es decir, estaba asociada a la esclavitud, no a la libertad. Y como prueba irrefutable de la naturaleza esclava de la Mobilette ahí estaba la velocidad ridícula que alcanzaba o aquel parabrisas de cristal y plástico que se le colocaba en la parte delantera. Todo eso, a nuestros ojos, equiparaba a la Mobilette no con los demás vehículos sino con las mulas de los caseríos. Y nuestra animadversión crecía aún más si se les añadía una pequeña parrilla en la parte delantera o una alforja en la parte trasera, porque tanto una como la otra servían para llevar la fiambrera al trabajo. Así que, por todo ello, la Mobilette no era una moto, era una mierda.

Las bicicletas

Pero nuestra única moto funcionaba sin gasolina; encendíamos el motor haciendo ?brrrum-brrrrum? con las mejillas inflamadas, al tiempo que pedaleábamos con toda el alma, imaginando que alcanzábamos los cien kilómetros por hora. De camino al sueño motorizado, la bicicleta era nuestra herramienta más querida, tan mimetizada con nosotros como lo estaba John Wayne con su caballo.

Con el pistoletazo de salida del Tour se inauguraba también nuestra temporada alta con la bicicleta. Las vacaciones acababan de empezar, salíamos de casa inmediatamente después de comer y, ante nosotros se extendían aquellas tardes interminables, tardes cálidas y eternas, lejos del control de padres y profesores, para jugar a pelota o al fútbol, montar en bici, construir cabañas, jugar a las guerras, a chapas o a lo que fuera, porque el mundo era inmenso, incluso sin salir de nuestro pequeño barrio.

Pero en cuanto empezaba el Tour nuestra actividad preferida eran las carreras de bicis. Por la noche oíamos en la televisión quién había ganado la etapa de ese día. Al final, era Eddye Merckx quien ganaba la general, siempre ganaba él, era el mejor, no cabía duda, pero a veces había sorpresas, las etapas de montaña, las escapadas...

De todos modos, lo que más nos gustaba no era ver aquellos resúmenes televisivos: éramos unos deportistas activos y, más que aplaudir las hazañas de los favoritos, preferíamos intentar imitarlas. Cogíamos las bicis, corríamos a un lado y a otro empapados de sudor sin tener que alejarnos demasiado de los estrechos límites del barrio; allí podíamos correr cuesta arriba y cuesta abajo, había tanto rectas como curvas, y hasta prados y lodazales para los aficionados al ciclo-cross.

A veces, contagiados de la emoción de la etapa del Tour del día anterior, sustituíamos nuestras caóticas idas y venidas por carreras perfectamente reglamentadas.

-Hoy, carrera de bicis ?anunciaba alguno, de pronto.

En cuanto oíamos la consigna, nos poníamos todos manos a la obra, como un ejército de hormigas: uno se encargaba de avisar a los ciclistas desperdigados aquí y allá, otro corría a casa a por la bici, había quien avisaba a los que en ese momento jugaban al fútbol, y el que contaba con mayores dotes organizadoras se afanaba en marcar la línea de salida con un trozo de tiza.

Sin más protocolo ni publicidad, un cuarto de hora más tarde ya había más de una docena de ciclistas apiñados junto a la línea de salida dibujada con tiza, esperando que diera la señal de salida quien se hubiera atribuido la función de juez.

-Preparados... listos...¡ya!

Sukia era siempre el primero en salir. La mayoría de nosotros tenía una BH, excepto unos pocos que usaban las enormes bicicletas de sus padres, pero Sukia tenía todavía la bicicleta de cuando era un crío, una bici roja pequeñita, una de ésas que al principio se usan con cuatro ruedas. Todos los demás, para arrancar, teníamos que empujar el pedal con una pedalada larga y lenta de arriba abajo. En ese intervalo a Sukia le daba tiempo de dar tres o cuatro pedaladas rápidas y siempre era él el protagonista de la primera escapada.

Por otra parte, siempre había alguno que, atendiendo a una vocación más clara como locutor que como ciclista, elegía quedarse con los espectadores y con los organizadores y, blandiendo el mango de un paraguas o cualquier otro trasto a modo de micrófono, retransmitía para todos aquella emocionante salida, con una pasión e incontinencia verbal que no tenían nada que envidiar a una retransmisión en directo de la subida al Alpe d?Huez:

-¡Sukia en cabeza! Sukia se adelanta a todos los demás corredores y avanza rápidamente hacia la curva del chapista. Llega a la curva, gira a la izquierda y los demás siguen a su rueda. Sukia en cabeza al inicio de la carrera. ¡Escapada de Sukia, señoras y señores!

Para entonces, tanto los ciclistas como los peatones habíamos llegado ya a la esquina de la carrocería para enfrentarnos enseguida a la primera dificultad de la carrera, ya que pronto tendríamos que enfilar la cuesta que partía junto al bar Montero.

-Sukia sigue en cabeza cuando la carrera se acerca ya a la cuesta del bar Montero, pero ¡cuidado! Ormazabal le pisa los talones. Ormazabal y, tras éste, García. Ormazabal adelanta a Sukia, y también García. ¡Ormazabal, señoras y señores! ¡Ormazabal es el nuevo líder en la dura subida del bar Montero!

El maillot de líder le duraba poco a Sukia, la verdad: los más rápidos lo alcanzaban al llegar a la cuesta de Montero y, para cuando terminaba la cuesta, todos lo habían adelantado ya.

Aquellas carreras eran las únicas ocasiones en que dejábamos atrás los límites del barrio, ya que nos acercábamos hasta la salida del pueblo, exactamente hasta el cruce de La Cadena y, de allí, de vuelta de nuevo al barrio. La carrera duraba en total unos veinte minutos, aunque en los últimos tiempos incluso menos; un cuarto de hora, más o menos, y esto del tiempo no era ninguna broma, porque medíamos con precisión tanto el tiempo del vencedor como la ventaja que éste les sacaba a los siguientes clasificados.

De todos modos, el objetivo de dicha medición no era tanto contribuir a la competitividad entre los participantes en la carrera, como asegurar la participación de los que no eran ciclistas. Siempre había algunos que se quedaban fuera de la carrera porque no tenían bici o porque su hermano se la había quitado o porque no sabían montar. No podían participar, al menos no en directo. Por otra parte, tareas como dar la señal de salida o retransmitir, micrófono en mano, las primeras escapadas, sólo servían al principio de la carrera. A partir de ese momento, el mejor modo de vivir la competición era encargarse del cronómetro.

En realidad, nadie tenía un cronómetro, pero nosotros llamábamos así a aquella tarea, para utilizar el término de las competiciones deportivas. Como mucho, alguno de nosotros podía tener un reloj con segundero. Y entre estos relojes también había diferencias: el segundero de algunos relojes ocupaba toda la esfera; otros relojes, sin embargo, tenían sólo un segundero minúsculo a un lado de la esfera. Estos últimos no nos gustaban mucho, porque con ellos era muy difícil establecer de forma precisa las diferencias de tiempo entre los participantes en la carrera. Y además, la esfera era tan pequeña que sólo la podía ver bien el dueño del reloj.

Si no tenían segundero, los relojes no nos servían para nada. ¿Para qué queríamos un reloj, si no podíamos saber cuántos segundos de ventaja le había sacado el vencedor de la carrera al segundo? Así que, cuando no teníamos a mano un reloj con segundero, contábamos los segundos en alto.


© Mendiguren Elizegi, Xabier. Gure barrioa 1975, Elkar, Donostia, 1998.