MONTOIA, Xabier:
Como el carbón

Extracto del cuento: «Como el carbón». In Olaziregi, M.J. (ed.) 2005, Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, Madrid. Traducción de Gerardo Markuleta. Publicado originalmente en euskara como «Ikatza bezain beltz», in Gasteizko hondartzak, Susa, 1997.


Hay un día de nuestra vida que nunca podremos olvidar, quizá el único recuerdo que todos tengamos en común: la dulce memoria de la primera vez que apagamos en otro el fuego de nuestro cuerpo. (Yo perdí la virginidad el 27 de abril de 1937). Apostaría a que se trata de algo que nadie olvida; algo que a todos se nos queda adherido a la mente como la roña al hierro. Un endiablado recuerdo, más resistente que el acero. (El cielo estaba despejado sobre Guernica).

Hay una época en la vida en que uno -no siendo ya un niño y sin haberse vuelto aún del todo un hombre- echa a correr, completamente ignorante de su destino, en una carrera que no tiene otra meta que la muerte. (Aquellos años fueron muy duros para mí, y no sólo a causa de la guerra). Eso se aprende después, claro, mucho después. Hasta que nos damos cuenta, nos esforzamos como locos, queriendo siempre ir más allá, ansiosos por llegar a ese presunto paraíso que llaman hombría. Y en esa carrera, como si fuéramos coches, el sexo es nuestro combustible primordial, es él quien nos empuja, es él quien nos incita. (Creía que estaba enfermo, como aquejado de una peste cuyo único destinatario era yo). Es una época llena de dudas, en la que ese flujo constante nos empapa de arriba abajo. Su agua lechosa lo contamina todo.

En vano me esforzaba en pensar en otra cosa, y es que no había a mi alrededor nada que, de una u otra forma, no me recordara al sexo. Incluso si me hubieran quemado los ojos con un hierro candente, habría seguido igual, viendo indicios de sexo por todas partes. Y, aun estando ciego, el viento me traería sus olores y sonidos penetrantes. Para librarme de aquella enfermedad habría tenido que estar muerto.

Al principio pensaba que era yo el único enfermo. Luego, no. Me enteré de que Teo y yo, en eso, andábamos igual. He dicho igual, pero sería mejor que dijera parecido. Porque, aunque Teo sufría también aguijonazos en los bajos, al menos tenía a quién contárselo. Nos reuníamos en un rincón de la cocina, y me contaba con pelos y señales las aventuras que había tenido con las chicas del baile de la Florida. Yo, sin embargo, tenía que guardármelo todo para mí. (Y las penas de amor y de sexo son más penosas cuando uno no puede expresarlas; sucede como con el vino, que aunque sea el mejor del mundo acaba por avinagrarse si no se saca de la botella). Sabía que en cuanto mencionara aquel fuego que me quemaba las entrañas perdería a mi amigo. Y no sólo eso; según estaban las cosas, podría también perder mi trabajo si los comentarios sobre mis sentimientos se extendían por el hotel. Y sin duda lo harían.

Una vez a la semana teníamos la tarde libre, a veces el domingo, con más frecuencia los lunes. Si nos tocaba el domingo, íbamos a bailar. Los trabajadores del Hotel Frontón podíamos entrar gratis al baile que se celebraba en la cancha después de los partidos. Pero nosotros preferíamos el baile de la Florida. En realidad a mí me daba exactamente igual porque, fuéramos a uno o fuéramos a otro, no iba a moverme de al lado de la orquesta. Teo, sin embargo, conocía a muchas chicas en aquel baile que no tenía otro techo que el cielo. Éramos pobres, y también lo eran nuestros amigos.

Teo intentó presentarme a sus conocidas. Pero pronto se cansó:

"¡Contigo no hay manera!"

Mi buen amigo, al parecer, no se daba cuenta de que mis ojos, en lugar de fijarse en las chicas que él tanto admiraba, se dirigían a los jóvenes y fornidos obreros que las sujetaban enérgicamente por la cintura; Teo no podía sospechar que, más que en aquellas señoritas que aumentaban el volumen de sus pechitos con hojas de periódicos viejos, mi atención se centraba en los muchachotes que se peleaban hasta hacerse sangre por bailar con ellas; en aquellos músculos prominentes, en aquellos brazos fuertes y sudorosos.

Teo se quedaba hasta que la orquesta del quiosco tocaba la última canción. Yo, con la excusa del cansancio, me alejaba por la Senda, dejando atrás los compases cada vez más débiles de un tango. Y allí mismo hallaba la paz, como si los árboles gigantescos que delimitaban ambos lados del paseo fueran mis protectores. Allá en lo oscuro sentía algo parecido a la libertad. Por fin podía dejar paso al llanto. Aquellas lágrimas desbordantes de melancolía y remordimiento que me quemaban las mejillas, me aportaban también un poco de sosiego. Y cuando llegaba al puente de hierro -el puente donde una vez vi a un hombre colgado, con una cuerda alrededor del cuello-, me quedaba debajo; entonces me veía también a mí mismo colgado de allí, en el trance de acabar para siempre con mi pena, mi angustia y mis dudas mediante un simple acto.

La muerte, no me quedaba otra salida. Y si no lo hice, fue porque había otra pasión aún más poderosa que pugnaba por atraerme a su lado: el deseo. Tantos tirones por uno y otro lado casi me habían desgarrado el corazón. Si acaso tenía que morirme, prefería ver la muerte reflejada en los ojos gitanos de los chicos que aún seguirían bailando al compás de la melodía que el aire me traía amortiguada. ¿Cómo abandonar este mundo sin cumplir el sueño que me despertaba todas las noches? ¿Cómo desaparecer de aquí sin conocer aquello aunque sólo fuera una vez? Aun sin morir, pasaba mucho tiempo fuera de este mundo, ahogado en mis cuitas, incapaz de percibir el paso del tiempo. Hasta que el traqueteo del tren me hacía volver de nuevo al mundo de los vivos. El estrépito me sobresaltaba de repente; estallaba de pronto sobre mi cabeza y a mí, incapaz de recordar dónde estaba, me parecía el ruido de un disparo. No sé por qué: desde que comenzó la guerra, en Vitoria no se había oído un solo tiro.


© Pintxos: Lengua de Trapo

© Gasteizko hondartzak: Susa