MUÑOZ, Jokin:
Letargo

El mecano

A Pablo Muñoz Zabalegui

El niño tiene los párpados entreabiertos. Lagrimea sin cesar desde hace días, quizá desde el momento en que se inició aquel persistente ataque de tos. Por eso ahora ve a su padre como envuelto por la neblina, a la vera de la cama.

"Se ha traído una silla de la cocina", dice para sí. "¡Es que las sillas del cuarto son tan pequeñas! ¡Y papá es tan grande!". Sonríe al recordar a su padre sentado en una de aquellas sillitas, con las rodillas encogidas a la altura del pecho. Le viene a la memoria aquel día en que fueron al circo. Su padre lo había llevado por primera vez haría cosa de mes y medio. El circo no le había parecido nada extraordinario, pero los payasos lo habían entusiasmado. Sobre todo cuando el payaso tonto, montado en una bicicleta minúscula, se puso a dar vueltas alrededor del payaso serio. ¡Qué manera de reírse! ¡Y de toser! Su padre no le quitó la mano del hombro mientras duró el espectáculo. Era el gesto de afecto predilecto de su padre. Cuando salían de paseo, sentía a menudo sobre su cuello aquella manaza. Cálida. Grande. Sí. Lo del circo fue estupendo. Y eso que aquel día no era su cumpleaños. Ni tampoco lo era cuando, una semana después, le trajo el mecano.

"¡El mecano, papá!", quiere exclamar el niño, pero sólo le ha salido una leve sonrisa, y eso a duras penas. Se ha quedado sin voz. Hace tiempo que la garganta no le obedece. Su padre acerca la mesilla de noche hasta colocársela entre las rodillas, y extiende sobre ella las piezas del mecano, tal como viene haciendo estos últimos días a esta misma hora.

Hacía mucho que el niño le había echado el ojo al mecano. Una mañana de domingo salieron a pasear, como de costumbre, y entonces lo vio por primera vez, justo en medio del escaparate de la mayor tienda del barrio. Su padre no le hizo mucho caso cuando, con la cara pegada al cristal, señaló el mecano. Además estaba montado. Era una grúa, como de medio metro. Parecida a las que había visto cantidad de veces en el puerto de Pasaia. El tendero había dispuesto alrededor de ella algunas piececitas de adorno, para hacer ver que quedaban aún muchas más piezas y que, si se deseaba, se podía montar no sólo aquella grúa, sino cualquier otra cosa. "¡Mira! ¡Mira! ¡Un mecano!", se puso a gritar el niño, perplejo ante lo que estaba viendo. Pero su padre no le prestaba entonces tanta atención como ahora, ni tampoco le ponía la mano sobre el hombro con tanta frecuencia. Sus padres le repetían una y otra vez que corrían tiempos difíciles, y le hablaban de no se sabe qué guerra, y le decían que él no era el único niño de la familia. Estaba su hermanita María, y también el nene que un día saldría de la tripa de mamá. El hijo, sin embargo, no cejó en su empeño. Siguió, domingo va, domingo viene, parándose ante el escaparate para mirar fijamente al mecano, con la esperanza de que así lograría ablandar a su padre. Pero todo fue en vano. Luego llegó Navidad, y aguardó expectante el día de Reyes.

"Hoy, la de Pasaia", le dice su padre. Se refiere a la grúa del puerto de Pasaia. Cuando el niño estaba sano, subía toda la familia a la chalupa en el puerto de Pasaia, y cruzaban hasta San Juan para pasar allí la tarde del domingo. Al niño se le iban los ojos tras aquellas grúas inmóviles a la orilla del muelle. Como siempre que pasaban por allí era domingo, nunca las había visto funcionando. Parecían abandonadas. Exhaustas en su herrumbre.

"¿Te duele, Andrés?".

De sobra sabe que su hijo no le oye, pero ha aprendido ya a percibir su estado de ánimo en los ojos. Lleva más de un mes en la cama, el pobre.

Toma la primera pieza. Despacio. Quiere dar a su hijo tiempo para que le siga los movimientos. Ahora la coge, ahora la coloca. Desde que empezó a tomar los últimos medicamentos, el niño está como adormilado, y le cuesta tomar conciencia de lo que sucede a su alrededor. Su padre incluso le habla más despacio.

"Estamos construyendo la base", le explica. "La base tiene que ser sólida. ¡Ni te imaginas las cargas que tiene que levantar esta grúa!". El niño le ha oído eso mismo cantidad de veces, casi todas las noches, pero espera precisamente esas palabras desde el mismo instante en que su padre ha esparcido las piezas sobre la mesilla de noche. "Son las piezas más grandes. Las pequeñas son para ponerlas arriba del todo", prosigue el padre.

¡Cómo se había arrepentido de no haber traído el mecano a su hijo el día de Reyes! Junto con los calcetines, bragas y calzoncillos que la madre acostumbraba a regalar, habían puesto, al lado del regalo destinado a su hermanita María, aquel duro balón que el niño de ninguna manera esperaba. La pequeña María se abrazó inmediatamente a la gigantesca muñeca de trapo, bastante mayor que ella. El niño, por el contrario, se agachó ante el balón y se dedicó a pasárselo de una mano a otra, sin mayor interés. Estaba claro que esperaba el mecano, pero no pronunció n media palabra al respecto. Luego se mantuvo como pudo erguido ante su madre, mientras ésta le probaba calzoncillos y calcetines. Se dejaba hacer, pero no estaba contento. Y su padre se dio cuenta de ello. La cosa no era únicamente que, mientras él esperaba un mecano, los Reyes le hubieran traído un balón. Su padre percibió algo más en la actitud del niño. Vio un muchacho crecido allí donde hasta entonces sólo había un niño.

"Ya sabe lo de los Reyes", le dijo a su mujer, cuando los niños se retiraron a su habitación con sus regalos. "Sabes muy bien que no podíamos comprar el mecano", le respondió ella, tal vez con intención de aliviar el remordimiento que ambos sentían. Estaba seguro de que también su mujer había percibido, mientras le quitaba y ponía los calzoncillos –que, como siempre, le quedaban grandes– que el niño había crecido.

"¡Tarde, le has comprado el mecano tarde!", piensa ahora el padre, "demasiado tarde". S hijo le parece ahora más niño a la luz de la lamparita. Se tapa con las mantas hasta los ojos, y, cuando tose, se cubre la boca con la sábana. Se diría que no quiere alarmar a su padre. Lo ve, tras esa neblina, manejando las piecitas con sus manazas. Coge las piezas y las coloca con parsimonia, cada cual en su sitio. Pero papá está serio. Pensativo. Y él sabe que es por su causa. Papá está cansado. Y tiene sueño. Como él.

"¿Quieres que te refresque?", le pregunta, al tiempo que toma en su mano el paño húmedo que antes había dejado al borde de la cama. Lo ha hecho muchas veces sin necesidad de preguntar nada, pero ahora siente necesidad de llenar el silencio como sea. El niño le dirige una mirada de agradecimiento al sentir la frescura del paño en la frente y las mejillas. Luego, el padre deposita suavemente el paño en su sitio.

"Era demasiado caro", piensa. "Pero, si era demasiado caro entonces, ¿por qué no lo era unos meses más tarde?". El niño tose débilmente bajo las mantas. Está ardiendo. El padre, sin embargo, no le aparta la sábana de la boca. Coge otra pieza. ¡Con cuánta dificultad maneja esas piezas pequeñas, una vez colocadas ya las grandes! Siente los ojos nublados del niño clavados en sus manos.

Tacaño. Tiene fama de tacaño entre sus amigos. Y sabe que a menudo bromean de ello a espaldas de él. Tacaño él, que se permite casi como único vicio el de ir a Atocha a ver a la Real. Y, en verano, a los toros... Además, si hubiera querido, si hubiera cedido en aquella ocasión, ahora no estarían pagando un alquiler. Le duele, sí, recordar la disputa que en aquella ocasión sostuvo con su mujer. ¡Testarudo del diablo! ¡Maldito tozudo! Suspira contemplando la grúa, que poco a poco va tomando forma. "Pues no sé...", dice para sí, "no sé si actué bien en aquella ocasión".

"Es una cuestión de honor", le dijo a su mujer cuando, recién casados, su suegro les ofreció aquel enorme piso. "Quiero ser yo quien mantenga a mi familia", insistió él. En cierta medida, era cierto, pero también era cierto que lo que tenía presente al tomar aquella decisión eran las burlas y bromas del hermano de su mujer y de los amigos de éste. La familia de su mujer se le había antojado, desde el primer momento, un tanto insustancial. Gente que no se había templado en el trabajo. Unos badulaques. Especialmente su cuñado más joven. Eterno holgazán, no desperdiciaba la ocasión de llamarle grandullón, jirafa o cosas por el estilo, con mucho cariño, como él mismo solía decir. El hecho de ser dueño de tantos pisos en San Sebastián no le daba licencia para menospreciarlo a él de esa manera. "Indiano engreído. Cualquiera puede hacer fortuna en Argentina", pensaba más de una vez. Pero le tenía lástima. No veía provecho alguno en la vida de su cuñado. No acudía a la iglesia. No trabajaba. Eso sí, cuando, en la guerra, se metió en líos, él, el infeliz, el tipo triste que no sabía divertirse, tuvo que sacarle la cara ante las autoridades. Euzkadi por aquí, Euzkadi por allá. Al argentino se le llenaba la boca con esas cosas. "¡Eso es lo que pasa cuando no se tiene fundamento!".

Oye sin cesar los sollozos ahogados de su mujer. La ha dejado en la cocina, llorando. Ha estallado en un llanto constante desde que él ha llegado, pero los suyos son unos gemidos apagados, de esos que se enredan en la garganta sin llegar hasta la boca. Al parecer, no quiere que la oiga su hijo, y eso ahonda su padecimiento. Ha bañado y acostado a la pequeña María, olvidando por completo darle de cenar. No es extraño. El día ha sido duro para ella. Como toda la semana. Cuando ha llegado, se a encontrado al médico inclinado junto a la cama de Andrés, auscultando al niño. Les ha confirmado lo que ya sabían. Por algo les había aconsejado una semana atrás que lo trajeran a casa. Así, al menos, han podido verlo sonriente de vez en cuando. La madre, por el contrario, no ha levantado cabeza desde entonces.

Le dijo "¡testarudo del diablo!", pero él no se lo había tomado, ni mucho menos, a mal. No podía esperar otra cosa, visto el piso que les había ofrecido su suegro. La habitación de matrimonio parecía una de las aulas del internado en el que él había estudiado, y el cuarto de baño era del tamaño del salón que ahora tienen. Un frigorífico en la cocina y timbre en todas las habitaciones, para llamar al servicio. ¡Cómo no iba a reprocharle haber perdido todo aquello!

¡Buena se había puesto al salir de casa de sus padres! Todavía la está viendo ante sí. Él en la acera, y su mujer sobre el peldaño del portal. Ni aun así le llegaba a la altura de los hombros, la muy retaquita. Con el cuello estirado y absolutamente congestionada, clavó en él aquellos grandes ojos verdes, al tiempo que sus manos regordetas gesticulaban sin cesar. "¡Testarudo! ¡Fatuo, más que fatuo!", le gritó una y otra vez. Su mujer tenía el genio muy vivo. Debe de ser ciertamente terrible el dolor que ahora, contenido en su interior, le abrasa las entrañas.

Al menos no le había llevado la contraria delante de su cuñado y de su suegro. De haberlo hecho, lo habría dejado en ridículo. Se lo guardó todo dentro hasta que bajaron a la calle. Parecía que iba a pasar días encolerizada, a juzgar por la virulencia poco común del rapapolvo y la persistencia de los morros subsiguientes. Pero la regañina no dio para más. Una vez en casa, aún permaneció ceñuda un rato, y enseguida se encerró en la cocina para preparar la cena. En lo sucesivo, no volvió a mencionar el asunto, ni cuando su hermano se valió de aquel piso y de todos los demás para hacer frente a las deudas del frontón y del casino, ni tampoco en medio de las desdichas de la posguerra. Le pasa de nuevo el paño húmedo por la frente, con lentitud. Lla tos es cada vez más queda. El niño está muy débil, pero no le quita ojo al mecano. "Sí, Andrés, la grúa se va levantando poco a poco", le dice. Los ojos del niño están hinchados, muy redondos, y sin brillo. "Siempre los ha tenido idénticos a los de su madre", piensa, al tiempo que recuerda de nuevo aquel enfado de su madre.


© Muñoz, Jokin. Letargo, Alberdania, Irun, 2005.

© Traducción: Jorge Giménez Bech

© Foto: Alberdania