ROZAS, Ixiar:
Luego les separa la noche
(Erein, 2003)
Lluvia en la ventana
1
Perdona, ¿puedes cerrar la puerta, por favor?
La mujer no se ha dirigido a Abdou, sino al hombre que está sentado a lado de la puerta. Ella está en el lado de la ventana; se le cierran los ojos, duerme, cabecea, se despierta.
Abdou se fija sus ojos llorosos. Ella mira el paisaje que está al otro lado de la ventana. Vuelve a adormitarse, vuelve el movimiento de su cabeza; termina, esta vez, sobre los hombros de Abdou. Tiene el pelo negro, suave, como el de una niña, pero las arrugas de su cara hablan de unos cuarenta años. A Abdou le gusta cómo huele: no es el perfume barato de las chicas de su pueblo. Él levanta la cabeza de ella, la apoya sobre la ventana con delicadeza.
El hombre que está sentado al lado de la puerta lee un libro. Cada vez que el tren para en una estación, lleva su mirada a la ventana; suspira, si lo que está leyendo apareciera reflejado en el cristal. Luego se asegura de que la puerta del vagón está cerrada. Va vestido de negro, de arriba abajo, como el chaparrón que está cayendo fuera.
Abdou siempre ha oído que la lluvia concede deseos ocultos, desde que tiene uso de razón, pero cuando le aconsejaron que cogiera el tren nadie le dijo que llovería tanto. Le dijeron cuál era la estación menos peligrosa, cuántas horas duraba el viaje, dónde ir después; pero nada sobre la lluvia, el dinero que había pagado no incluía el detalle Sin embargo era importante, y mucho, ya que el éxito o el fracaso de su viaje podía depender de la lluvia; siempre que fuera cierto todo lo que había oído sobre ésta.
Acaba de cumplir diecinueve años y necesita llegar a una ciudad que no conoce: París, nombre que siempre ha sonado en las calles de su pueblo. A pie, en patera, en un camión frigorífico, día y noche rodeado de jóvenes engañados por la perspectiva de una vida mejor. Él no, él va a París a honrar su apellido; de momento ya ha conseguido subirse a un tren.
Hace días que partió de Malí. Puede que semanas. Todavía se está despidiendo de los ojos de su madre, de las lágrimas que le están rogando que encuentre a su padre. Lleva la dirección de un restaurante en el bolsillo y una foto de su padre, puntos de partida de su búsqueda. En cuanto le dijeron que en el restaurante le darían alguna pista, pegó la dirección a la foto para que se fueran comunicando.
El dueño del restaurante ha sido el único que ha visto al padre de Abdou. En la estación, con una maleta grande, lo que sólo podía significar dos cosas: que estaba a punto de marcharse de París o que acababa de llegar. Cogió un taxi, así que no quedó ninguna duda: venía a quedarse, pensó el dueño del restaurante, uno más en manos de la suerte. Quiso saludarle, pero el taxi se alejó enseguida perdiéndose en el laberinto de la ciudad.
Abdou sabe que para él será distinto: él regresará.
Desde que se ha sentado en el tren todo fluye; con la misma velocidad con la que se está acercando a París y con la normalidad de estar sentado entre personas que han escogido el mismo tren, la misma hora; cada uno con sus trenes y horarios interiores.
En el vagón, Abdou es uno más: también él puede mirar por la ventanilla con la tranquilidad del que hace el mismo recorrido todos los días, preguntar la hora olvidando, por un segundo, la dirección y la fotografía del bolsillo. Ha pagado el billete y tiene buen aspecto, gracias a la camisa que su madre le compró para la ocasión. Sólo le delata el color de su piel, pero no le preocupa: en París será uno más.
La mujer sentada al lado de la ventana se ha puesto el abrigo. Coge su móvil y sale al pasillo. La mirada del hombre continúa en el libro; de vez en cuando, vigila el maletín negro que ha dejado en el suelo, entre sus pies. Ella rodea su cintura con los brazos, por encima del abrigo, para calentarse. Enseguida enciende un cigarro y habla por teléfono. Tiene los labios pintados de rojo. Apura el cigarrillo y vuelve al vagón, justo cuando entra otro joven: si fuera negro tendría un enorme parecido con Abdou; sin embargo, algo les distingue: el recién llegado se dirige a París sin motivo aparente, seguramente por una simple coincidencia horaria.
¿Está libre?, pregunta el recién llegado señalando el único asiento que queda vacío.
Habla sonriente. Los tres asienten: ella mecánicamente, Abdou agradecido, el hombre devuelve la mirada al libro, ha tenido tiempo suficiente para comprobar el aspecto desaliñado del joven. Éste tiene una maleta, grande, con curvas de mujer, puede que dentro lleve un instrumento: una guitarra, un violín, un contrabajo.
Por un instante parece que el joven y Abdou están solos en el vagón; cruzan una mirada larga, intensa, pesada. Abdou desvía la suya hacia la ventana: en su pueblo es normal acostarse con hombres, pero a él le gustan las mujeres, nunca ha tenido un momento de indecisión. Por decirlo de alguna manera, pasaría noches, una tras otra, abrazado a la mujer de la ventana.
La puerta del vagón ha quedado abierta.
Perdona, ¿puedes cerrar la puerta, por favor? Hay corriente y no quiero resfriarme.
Ella se dirige al hombre sentado al lado de la puerta. Palabras secas, casi urgentes, en forma de pregunta. Abdou se está comiendo los labios de ella con los suyos. Ella vuelve a rodearse la cintura con los brazos. Cierra los ojos, es un intento de huida de los pensamientos de Abdou.
Ahora la ventana es suya. Todo es verde, fértil, un paisaje inventado frente a la aridez de las llanuras de su pueblo. Allí todo parece la piel de un anciano, estirada y contraída por el tiempo; aquí, son los rizos lechosos de un bebé.
Tantas preguntas, tantas repuestas con silencio; pero, sobre todo, una: por qué tiene que superar tantos obstáculos; por qué tiene que arrastrarse como una serpiente, si en realidad son ellos, los invasores, los que han estado robándoles durante siglos. A Abdou. A su pueblo.
¿Por qué nos hacéis todo esto?
Le gustaría dejar la pregunta en el aire: para el hombre del libro, para ella y para el joven. Esa pregunta y muchas otras, pero quién es él para interrumpir el silencio, para dar forma a la nube de pensamientos. Le han dicho, desde que tiene uso de razón, que el poder crece a costa de los débiles, y que su pueblo puede hacerse mucho más pequeño todavía. Pero sabe que algo en su vida está a punto de cambiar: todo empezará cuando encuentre a su padre. Luego avanzará, desde lo pequeño.
¿Le ayudará la lluvia?
También llovía la mañana que su madre lloraba desconsolada. Acababa de despertarse. Es fácil recordar el detalle de la lluvia, ya que en su pueblo llueve una, o, a lo sumo, dos veces al año; casi como un padre, que puede marcharse una vez, a lo sumo dos, porque si desaparece por tercera vez se le cierran todas las puertas.
Por eso, al principió pensó que su padre volvería, prefirió creer que su madre lloraba por otro motivo: que iba a traer otro niño, su padre le había hecho otro niño y lloraba de alegría. Era el deseo que la lluvia había concedido a su madre. Lo que Abdou deseó en ese momento quedó expresado en palabras:
No te preocupes, volverá antes de que caiga la noche.
Aunque habló con la responsabilidad del hermano mayor, no consiguió consolar a su madre: las lágrimas continuaban ensombreciendo su cara con la misma fuerza que el agua empapaba la tierra. La carta que su padre había dejado antes de marcharse seguía temblando en manos de su madre. Fuera, llovía sobre un papel sin techo.
Se ha marchado, nos ha dejado, Abdou.
Y repitió el nombre de su hijo, su única esperanza. Abdou regresó a su habitación y abrió la ventana. Subía humo de la tierra. Salía humo de la habitación, del cigarro que Abdou acababa de hacerse.
Fue su primer cigarro. Tenía quince años y pasaron otros cuatro hasta la mañana que supo que su madre estaba enferma.
Vete, vete a buscarle, Abdou, le dijo su madre sin titubear. No os quiero dejar solos.
Se refería a sus siete hijos. Y el mayor, Abdou, sabía que debía hacer todo lo que estuviera en sus manos para evitarlo. Más tarde entendió que su madre estaba enferma.
La mujer se levanta del asiento con decisión. Sale al pasillo con su maletín negro. Saca el teléfono, marca, espera; habla nerviosa, como si se le fuera la vida en cada palabra. Cuelga. Vuelve a marcar. Esta vez sonríe. Saca un periódico del maletín, lee.
El hombre del libro también sigue los movimientos de la mujer; el joven no, continúa absorto en sus pensamientos, puede que en el instrumento que lleva en la maleta. La mujer vuelve a colgar el teléfono, coge su maleta, enciende un cigarro y avanza por el pasillo. Fuma como si fuera el primero. Por la ventana, una luz, luego una sombra; otra calada, otra sombra.
Perdona, ¿puedes cerrar la puerta, por favor? Hay corriente.
Su pregunta ha quedado suspendida en el vagón. Pesa su voz, cada una de sus palabras; no las del joven: una palabra sustituye a la otra, al igual que es París pero podría haber sido cualquier otra ciudad. El hombre del libro sigue buscando las páginas de su vida.
¿Estás casada? ¿Tienes hijos?
Abdou quiere saberlo todo: puede que haya hablado con su marido por teléfono, que sea el motivo de su mirada. El hombre del libro se fija en la bolsa de Abdou, también le gustaría saberlo todo; no podría ni siquiera imaginar que está llena de recuerdos que tienen que hacer regresar a su padre.
Sólo si recuerda volverá, le dijo su madre, mientras le llenaba la bolsa de objetos que ni siquiera han podido ayudar a Abdou en sus largas noches de hambre.
¿Y que pasará si no le encuentro?, se pregunta ahora Abdou.
© Luego les separa la noche: Erein

