TXILLARDEGI:
Elsa Scheelen
Cielo alto,
limpio y transparente.
Sentado en soledad en este ancho prado,
con una brizna de hierba en los labios,
oigo la llamada de un cuco lejano.
Sobre mí,
entre las ramas del roble,
fugitivo,
el sonido discontinuo del viento.
Se diría que el silencio desea
dulcificar
la herida de mi corazón.
Pero el recuerdo desesperado de Elsa
no se ha borrado en mí,
y nunca lo hará.
Radio Bruselas emitió a todo volumen el himno Les Déserteurs (¡se oía todos los días!), de cabo a rabo; y sonaron las notas ascendentes: sol-do-mi-la-re... Elsa miró su minúsculo reloj: faltaba un cuarto de hora para la medianoche. «Voici le bulletin météorologique de l'Institut Royal de...». Elsa no quiso oír nada más. ¿Qué le importaba el tiempo que iba a hacer al día siguiente? Se acercó a la ventana y, retirando con sus dedos el vaho de los cristales, miró hacia la calle: no había nadie bajo la lluvia, ningún coche por los alrededores. Sólo uno: el "Aronde" azul del señor Dubois, que en la oscuridad de la calle Molière parecía negro. Aquel martes de octubre de 1965, los bruselenses soportaban una lluvia fina, fría y lenta que caía sin parar: gruesas goteras golpeaban sin piedad el suelo bajo aquellos árboles casi sin hojas. Todo empapado. Sin viento.
Un suspiro escapó a Elsa desde el fondo de su corazón: ¿dónde estaría Luc? Aquella soledad le resultaba insoportable: aunque por la época las salidas de Luc eran cada vez más habituales, se dio cuenta de que, en lugar de acostumbrarse a ellas, le producían dolor y amargura. Se sentía cada vez más frágil y sensible ante aquella soledad inevitable.
Entre tanto la radio había empezado a dar las noticias: «...ayer tuvo lugar en el delta del río Mecong una terrible confrontación en la que resultaron muertos 382 vietnamitas y, en el otro bando, 17 americanos. Hasta ahora nunca se había visto una matanza semejante en un solo día. Y, según se ha podido saber...». Elsa apagó la radio. Pero no, en absoluto, porque aquellas noticias la asquearan lo más mínimo, o porque le parecieran falsas. No. Ni siquiera se le pasó nada parecido por la cabeza. Del mismo modo que tampoco pensó que lo de Vietnam era el mayor motivo de vergüenza de los últimos años y la más vergonzosa masacre. Ni siquiera fue consciente de la irresponsabilidad que mostraba al apagar la radio. Sin oír la noticia siquiera, de antemano aburrida, asqueada, impaciente, apagó aquel receptor Philips blanco y decidió acostarse. Antes de irse a la cama, sin embargo, fue al cuarto de baño a limpiarse los dientes como cada noche; pero aquella noche lo hizo más llevada por la costumbre que por su voluntad: sin darse cuenta, volvió a salir del baño sin haberse limpiado nada.
Se acordó de que al día siguiente Luc debía ponerse unos pantalones de vestir. Así pues, antes de acostarse, se acercó al armario y cogió el traje marrón de rayas, a fin de dejarlo dispuesto para el día siguiente.
Cuando se puso a cepillarlo, percibió un sonido de papel en el bolsillo trasero del pantalón. Soltó el botón, desplegó el papel y descubrió una carta manuscrita de Luc, sin sobre. La carta parecía recién escrita. Con el corazón palpitante, comenzó a leer:
«Tú me has hecho volver a ser joven, querida Suzanne. Me has hecho volver a sentir conmociones internas que hacía muchos años que no sentía: tú, y tu cuerpo incomparable. Yo sabía, o al menos lo intuía, que mi relación con Elsa se había enfriado, congelado, muerto. Pero como poco a poco me he ido haciendo a ello (los dos lo hemos hecho, me parece, aunque Elsa no reconozca nada), no hice demasiado caso, e incluso me fui acostumbrando a ello paulatinamente.
»Permanecer durante veinticinco años en esa frialdad era algo que me parecía normal. "Quizá es lo justo, simple cuestión de edad" decía entre mí. El día de nuestra boda ha quedado muy lejos. Figúrate, Suzanne: nos casamos hace siete años, el año de la Exposición Universal, en 1958. ¿Dónde están esas famosas "mil y una noches"? Al casarnos yo tenía 28 años, y Elsa 21. A día de hoy tenemos 35 y 28...».
No había ni una lágrima en los ojos de Elsa, pero tenían un extraño brillo cristalino. Dejó algunas líneas sin leer. En la calle seguía lloviendo.
«...Hace ahora dos semanas que estás en Arlon, y me parece que han pasado dos años desde que estuvimos juntos por última vez. Las últimas imágenes que tengo de ti las veo muy cerca y muy lejos. ¿Te acuerdas? Mi cuerpo necesita tus abrazos, te necesito aunque no sea más que cinco minutos al día... Necesito esos gestos obscenos tuyos: no voy a explicarte aquí cuáles... ¡Ya lo sabes! Por la noche me hace falta el calor tu cuerpo, fuente de mi placer y mi descanso. ¿A qué negarlo?...».
Se oyó un ruido que provenía de la escalera. El ascensor empezó a subir.
Elsa enseguida cayó en la cuenta de que podía tratarse de Luc; y se alarmó más que nunca, porque no había oído en absoluto llegar el Volvo. Pero ¿acaso era extraño que no oyera nada desde aquel abismo del alma en el que me encontraba? Muy nerviosa, con manos temblorosas, dobló por fin aquel maldito papel, y volvió a meterlo en el mismo bolsillo. A los pocos segundos se oyó la llave de Luc en la cerradura de la puerta, y allá se le apareció el señor Luc de Potter, su marido, no demasiado mojado. Eran las doce y media.
-Buenas noches -dijo Luc-. ¿Por qué has vuelto a quedarte esperándome? Te dije que volvería tarde... ¡Vaya asco de tiempo! Siempre igual, siempre lo mismo, siempre lloviendo...
Colgó la gabardina, y se dirigió directamente al dormitorio. Al pasar al lado de Elsa, quiso darle, como casi todas las noches, un frío beso en la mejilla, inclinando para ello levemente la cabeza.
-No -le respondió bruscamente Elsa-. Hoy no.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué hoy no?
-No me pasa nada. Es muy tarde: hace ya cinco horas que he cenado. Y mientras te esperaba se me ha abierto el apetito y se me ha agriado el humor. Así que déjame en paz.
-Está bien, cariño. No te molestaré. Yo también traigo apetito.
Fue a la cocina, cogió una manzana, y se dispuso a pelarla y a comerla. Luego, sin abandonar su actitud silenciosa, se dirigió al cuarto de baño.
Entre tanto Elsa, conteniendo a duras penas las lágrimas, se desvistió y se fue a la cama. Para cuando Luc volvió del baño, Elsa Scheelen, la de ojos pardos, legalmente "señora de Potter", estaba acostada, con la lamparita de la mesilla apagada.
Elsa cerró los ojos pero no pudo dormirse. No estaba precisamente a falta de sueño. A su espalda percibía la respiración pausada de Luc, como el soplo abrasador de un fuelle que le quemaba la piel de forma intermitente: más caliente que nunca aquella noche, en opinión de Elsa. Los ronquidos de Luc no duraron mucho tiempo. La pachorra desvergonzada del marido daba náuseas a la esposa.
Su conmoción interior había llegado al límite. El dolor de garganta se le hizo insoportable; y poco a poco, muy despacio, lo más calladamente posible, empezó a llorar. Entre los estruendosos ronquidos de Luc, sólo durante los intervalos, se oían los suspiros de desesperación de Elsa: tímidos y aislados al principio, cada vez más frecuentes, cada vez más audibles. Pero Luc estaba en un profundo sueño, y no había peligro de que despertara?
¿Quién era aquella tal Suzanne? ¿Sería guapa? ¿Estaría casada? Luc nunca le había mentado aquel nombre. ¡Qué falsedad! Elsa, de repente, creyó entenderlo todo: la frialdad y las inopinadas salidas de su marido, la insipidez de su vida, la indolencia de su corazón, todo. En un primer momento, sintió un odio muy vivo por la tal Suzanne; ¿pero acaso no sentía también envidia de aquella desconocida? No lo sabía; no creía que fuera cierto, mejor dicho; no quería reconocérselo a si misma, en realidad. Pero en aquella interminable noche lluviosa y desgraciada el corazón de Elsa estaba sumido en una gran confusión, y se apoderó de ella un sorprendente sentimiento hacia Suzanne, compuesto de odio y admiración, entreverado de miedo y de respeto.
Cuando dejó de llorar... ¡eran las dos! ...¡Las tres! ...¡Las cuatro! ...Y Elsa sin pegar ojo. ¿Qué podía hacer? No lo sabía. Para no sentir la respiración de Luc en su espalda, huyó hasta el mismo borde de la cama, como si lo que tenia acostado detrás fuera un sapo asqueroso: «una sola cama para los dos: ¡qué asco!». Al parecer aquella noche percibió por primera vez el olor que provenía de debajo de las sábanas, y le pareció fétido y demasiado caliente; y tapó como pudo los resquicios, a fin de no oler nada.
Recuerdos de cuando eran recién casados acudían a su mente en hilera, solapándose unos con otros, en secuencias de vivos colores, como cuando se tiene fiebre... Aquella primavera de 1958 creyó en la felicidad, quizá porque su corazón rebosaba de ella. Le venía a la mente el risueño viaje que hicieron Luc y ella por los canales de Brujas; cómo en aquella bien cuidada góndola, hermana gemela de las que aparecen en los cuadros venecianos, al pasar bajo un pequeño puente, Luc le había dicho: «Para mí, la felicidad eres tú, Elsa. Si algún día me dejaras, me suicidaría».
¡¡Brujas!!...
La plaza mayor... sí... y la torre... y la parroquia... Todos aquellos lugares, tan del gusto y tan queridos de Elsa... El rincón que se veía desde la calleja contigua a Wollestraat, el pequeño puente encorvado de Gruuthuse, el jardín húmedo y poético al lado de la iglesia... Fue en aquel ambiente extraordinario donde Elsa y Luc pasaron juntos su primera semana después de la boda. ¿Cómo iba a poder olvidarlo? Si a lo largo de su vida los rayos de felicidad habían sido tan escasos, ¿cómo iba a olvidar aquellos fugaces momentos de plenitud vividos en Brujas?
Con el viento aún brisa fresca, a los dos recién casados todo les resultaba poético entre aquellas calles estrechas y casitas desiguales, dispuestos a creer lo que los escritores decían sobre Brujas aún antes de conocerlo. Cada callejuela, cada ensanche al borde del canal, siempre limpios y en silencio, tenían un regusto de amor juvenil, el inexplicable encanto de una nueva infancia, el lejano y dulce placer de los primeros besos...
Todo aquello permanecía firme en la memoria de Elsa aquella larga noche en la calle Molière, imposible de olvidar... En realidad, ¿cuándo había vuelto a ser ella tan feliz como cuando, en el jardín de Santa María, a la sombra de aquellos árboles enormes y mirando al canal, Luc la abrazaba con fuerza por la cintura? Las manos se le quedaron frías de tenerlas sobre la baranda de piedra... «Tráemelas, Elsa; yo te las calentaré». Y se las calentó en el bolsillo de su gabardina... ¿Cuándo había vuelto a sentir aquella alegría limpia y pura? ¡Nunca más! «¡Qué lejos siempre, la felicidad!», pensó. ¿Cuántas veces no habían oído en aquella breve semana el carillón, en completo silencio, en aquel especial ambiente de inocencia que hacen surgir los carillones en Bélgica?...
-¡Mentira! -dijo Elsa, casi a voz en grito.
Y se asustó. Pero Luc, después de emitir algunos sonidos ininteligibles, se giró hacia la izquierda y volvió a su sueño y a sus ronquidos. Elsa, sin embargo, estaba ahora más a gusto: el aliento caliente de Luc ya no le llegaba a la espalda.
Dieron las cuatro y media en el campanario de la iglesia. Con cuidado para que Luc no se diera cuenta, Elsa se levantó y se dirigió a la cocina a beber un vaso de agua: el dolor de garganta se le había calmado un poco, pero no había desaparecido del todo. Miró por la ventana: la lluvia seguía cayendo, pero no era tan fina como antes, y había empezado un viento racheado.
© Jose Luis Alvarez Enparantza "Txillardegi", Elsa Scheelen, Elkar, Donostia, 1985.
© Traducción: Gerardo Markuleta
© Foto: Elkar
