URIBE, Kirmen:
Mientras tanto dame la mano

El río

En otro tiempo hubo un río aquí,
donde ahora hay bancos y losetas.
Hay más de una docena de ríos bajo la ciudad,
si hacemos caso a los más viejos.
Ahora es sólo una plaza en un barrio obrero.
Y tres chopos son la única señal
de que el río sigue ahí abajo.

En cada uno de nosotros hay un río oculto
a punto de desbordarse.
Si no son los miedos, es el arrepentimiento.
Si no son las dudas, la impotencia.

Un viento del Oeste azota los chopos.
La gente avanza a duras penas.
Desde el cuarto piso una mujer mayor
está tirando ropa por la ventana:
tira una camisa negra y una falda de cuadros
y un pañuelo de seda amarillo y unas medias
y aquellos zapatos que llevaba
el día de invierno que llegó del pueblo.
Unos zapatos de charol, blancos y negros.
Sus pies parecían avefrías heladas en la nieve.
Los niños echan a correr tras la ropa.
Al final, ha sacado su vestido de boda,
se ha posado sobre un chopo, torpemente,
como si fuera un pájaro grande.

Se oye un ruido. Se asustan los traseúntes.
El viento ha arrancado de cuajo uno de los chopos.
Las raíces del árbol parecen la mano de una mujer mayor,
que espera que cuanto antes otra mano la acaricie.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Isla

La felicidad.
Ese trabajador por horas
.
Anne Sexton

Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.
Desde la isla se oye un rumor lejano.

Vamos al agua desnudos.
Anémonas, salmonetes, erizos.
Mira, el mar mueve la arena
como el viento mueve el trigo.
Bajo el agua te veo.
Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.
Me gusta tu pubis convertido en alga.

Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.
Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.
La misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.
Los segundos se confunden con los siglos
y los siglos con los segundos.
Nuestros cuerpos son peras recién peladas.

Anémonas, salmonetes, erizos.
Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Visita

La heroína es tan dulce como hacer el amor,
decía ella en otro tiempo.

Los médicos dicen que no ha ido a peor,
día va y día viene, y que nos lo tomemos con calma.
Hace un mes que no ha vuelto a despertar,
desde la última operación.

Y sin embargo seguimos visitándola todos los días
en el sexto box de la unidad de cuidados intensivos.
Al entrar, el enfermo de la cama de enfrente lloraba,
no ha venido nadie a visitarme, le decía a la enfermera.

Hace un mes que no oímos la voz de mi hermana.
No veo como antes toda la vida por delante,
nos decía,
no quiero promesas, no quiero disculpas,
tan sólo un gesto de amor.

Ahora sólo le hablamos mi madre y yo.
Mi hermano, antes, no decía gran cosa;
ahora ni siquiera viene.
Mi padre se queda en la puerta, callado.

No duermo por las noches, nos decía mi hermana,
tengo miedo a dormirme, miedo a las pesadillas.
Las agujas me hacen daño y tengo frío,
el suero me enfría las venas.

Si pudiera huir de este cuerpo podrido.

Mientras tanto cógeme la mano, decía,
no quiero promesas, no quiero disculpas,
tan sólo un gesto de amor.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





El murciélago

Tengo un murciélago en el vientre.
Ha nacido de tu agua retenida, como las salamandras.
Duerme entre las paredes rojas de mi interior,
y noto cómo va engordando cada día.
Se despierta por las noches,
Cuando se me oscurecen los pensamientos.
Y vuela y gira y chilla.

Puedo mover los brazos,
puedo mover las piernas,
pero no puedo controlar los músculos de mi vientre.
Mi cerebro no es capaz de desalojar al murciélago.

En una habitación blanca
me han vaciado las entrañas con un aspirador.
Ahora soy una estatua de bronce en el parque,
vacía por completo y quieta.
Estoy más tranquila
y lloro.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Tecnología

Mi abuelo no sabía leer, tampoco
sabía escribir. Sin embargo, era conocido

Por las historias que contaba. Él encendía,
rodeado de críos, las fogatas de San Juan.

La caligrafía de mi padre era inclinada, elegante.
Tejía el papel con precisión,

Como si esculpiera sobre la pizarra.
Todavía tengo la postal que envió desde la mili:

"Yo bien, tú bien,
mándame cien".

Nosotros mandamos
mensajes electrónicos.

Es cierto: en tres generaciones hemos recorrido
un largo trecho en la historia de la escritura.

De todas formas, las preocupaciones, los miedos
son los mismos de siempre, y lo seguirán siendo:

"Yo bien, tú bien..."

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Malos espíritus

Me acuerdo de la abuela de mi madre.
Ella sabía de las almas errantes.
Observando por la mañana las cenizas de la chimenea,
distinguía si esa noche habían visitado la casa
los espíritus malvados o los bienhechores.

Una noche, al volver del baile,
mi madre y sus hermanas la encontraron ante la casa.
Les ordenó que no entraran,
camisón y vela en mano,
porque dentro andaba algún mal espíritu.

Esta mañana, entre las sábanas,
he notado tu olor.
Es el rastro de tu visita.

No sé si tu alma era de las buenas o de las malas.
Por eso, reptiendo cuidadosamente los viejos ritos,
he vuelto a poner la música que oímos ayer,
y me he metido en la cama lentamente.
He estrechado las sábanas contra mi cuerpo,
acariciando mi piel,
y he recordado, uno tras otro,
todos los movimientos de ayer noche.

He sabido de tu alma.
Sin ninguna duda, es de las malas.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Manzanas

Homero utilizaba una sola palabra
para nombrar el cuerpo y la piel.
Safo se dormía sobre los pechos de sus amigas.
Etxepare* soñaba con mujeres desnudas.

Hace tiempo que todos callaron.

Hoy parece que hemos de ser perfectos también en la cama,
como esas manzanas rojas del supermercado,
demasiado perfectas.
Nos pedimos demasiado,
y casi nunca sucede lo que esperamos
de nosotros mismos, del otro o de la otra.
Las leyes son distintas al enredarse los cuerpos.

Homero utilizaba una sola palabra
para nombrar el cuerpo y la piel.
Safo se dormía sobre los pechos de sus amigas.
Etxepare soñaba con mujeres desnudas.

Aún me acuerdo del tiempo
en que pasábamos la noche en vela, abrazados,
como cachorros de tigre.

(* Beñat Etxepare. Poeta y clérigo anterior a la contrarreforma, autor del primer libro impreso en euskera, Lingua Vasconum Primitiae, en 1545.)

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Cuaderno de viaje: Bhutan

Los turistas llegan agotados al refugio.
Ha sido duro el largo camino entre montañas.
El señor de la casa les prepara una cena caliente.
En la ventana, la luna y las blancas cumbres del Himalaya.

Uno de los turistas le dice a otro:
"Quizá todavía no sepan
ni que el hombre ha estado en la Luna".
Y cuenta la conquista al señor de la casa.

Se queda pensativo el bhutanés. Pero
su gesto no expresa sorpresa ni admiración.

Y replica, humilde, frunciendo el entrecejo:
"¿Y cuántos sherpas necesitaron
para llevar el agua hasta allá arriba?".

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





No se puede decir

Ni Libertad, ni Igualdad, ni Fraternidad.
No se pueden decir.
Ni árbol ni río ni corazón.
La ley antigua ha sido olvidada.

Una riada se ha llevado los puentes entre las palabras y las cosas.
No se puede llamar muerte a lo que el tirano llama una decisión.
No se pueden decir cuando alguien nos falta,
cuando el recuerdo más pequeño nos desangra.

La lengua es imperfecta, los signos se han desgastado
como las viejas muelas de molino, de tanto girar. Por eso,

No se puede decir Amor, no se puede decir Belleza,
Solidaridad, no se puede.
Ni árbol ni río ni corazón.
La ley antigua ha sido olvidada.

Sin embargo, si me dices "mi amor",
siento un escalofrío,
sea verdad o mentira.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





El extraño

No sé cuándo empezó, no lo sé.
Hace un mes que me di cuenta, y
desde entonces sucedió cada noche.

Tomé todas las precauciones necesarias:
dejar el coche en el sitio seguro de costumbre,
asegurarme de haber cerrado bien las puertas. En vano.

Al día siguiente lo hallaría abierto.
Al principio decidí aparcar
por otros barrios. En vano.

Lo encontraba abierto. Al parecer,
alguien solía dormir dentro.
Y yo sentía su olor cuando iba a trabajar.

Luego pensé que si no hacía otra cosa que dormir,
no era tan grave. Al fin y al cabo,
no se llevaba el coche. Es más,

me resultaba agradable aquel perfume lejano.
Me preguntaba por su origen,
por el color de su piel, ¿sería negra o del color de la miel?

Una vez le dejé una flor. La recogió.
Al día siguiente le dejé un mensaje.
En vano. Desde entonces, no ha vuelto a aparecer.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





El anillo de oro

Mi padre perdió el anillo de boda en el mar. Como
todos los marineros, se lo quitaba y lo colgaba de la cadena
para no perder el dedo cuando largaban la red.
Al cabo de unas mareas mi tía, mientras limpiaba unas
merluzas, encontró un anillo de oro dentro de una de ellas.
Limpió el anillo y vió las letras y los números que tenía
grabados. Aunque parecía mentira, eran las iniciales y la
fecha de la boda de mis padres.
Al parecer, mi padre pescó la misma merluza que se
comió su anillo. En todo el mar.

La tranquila noche de verano trae viento del interior y
recuerdos.
Se me ha ocurrido, mirando al cielo, que las
casualidades son planetas con na órbita muy muy ancha.
Sólo se ven de cuando en cuando.

Lo del anillo es una casualidad demasiado grande. Pero
da igual. Lo importante es que durante muchos años
la historia del anillo fue real en nuestras pequeñas mentes
de niño.

De noche, el mar brilla como una merluza.
Las estrellan saltan como escamas.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).





Mayo

Déjame mirarte a los ojos.
Quiero saber cómo estás
.
Rainer W. Fassbinder

Mira, ha entrado mayo,
Ha extendido su párpado azul sobre el puerto.
Ven, hace tiempo que no sé de ti,
Se te ve tembloroso, como esos gatitos que ahogamos siendo niños.
Ven, y hablaremos de las cosas de siempre,
Del valor que tiene ser amable,
De la necesidad de arreglárselas con las dudas,
De cómo llenar los huecos que tenemos dentro.
Ven, siente en tu rostro la mañana,
Cuando estamos tristes, todo nos parece oscuro;
Cuando estamos fuertes, el mundo se desmigaja.
Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas,
Sea un secreto, un error o un gesto.
Ven y pondremos verdes a los vencedores,
Saltaremos desde el puente riéndonos de nosotros mismos.
Contemplaremos en silencio las grúas del puerto,
Porque estar juntos en silencio es
La mejor prueba de la amistad.
Vente conmigo, quiero cambiar de país,
Dejar este cuerpo mío a un lado
Y meterme contigo en una concha,
Con nuestra pequeñez, como los bígaros.
Ven, te espero,
Continuaremos la historia interrumpida hace un año,
Como si no tuvieran un círculo más
Los abedules blancos de la rivera.

©Uribe, Kirmen. Mientras tanto dame la mano (Visor, 2002).




©Traducción: Ana Arregi, Gerardo Markuleta y Kirmen Uribe