ZUBIZARRETA, Patxi:
Atlas sentimental


Quien viaje a África a pasar allí una semana,
escribirá un libro;
quien vaya para quedarse un mes,
escribirá un artículo;
pero quien se quede un año
no escribirá nada.



25 de marzo

(17:15)

Al fin se han ido: mis padres, Hassán, Alí y la mula ya van monte arriba, y yo he tenido que quedarme solo en esta aldea, en Imi Oughlad, lleno de nostalgia, sin otro quehacer que irlos siguiendo con la mirada en este triste atardecer. Adiós...

(22:20)

Me siento igual que un reloj de sol en un día nublado, o como si me hubiera puesto las zapatillas en el pie contrario, o como un árabe desprovisto de su tetera...

Hace cinco horas que se han marchado mis padres; unas cuatro que ha oscurecido y he cenado. Hasta hace un rato me he entretenido leyendo el libro Un puñado de estrellas de Rafik Schami. De alguna forma el tiempo se me ha hecho más corto y no me he sentido tan solo. Pero ahora me puede la ansiedad, estoy nervioso y se me ha hecho un nudo en el estómago.

Y precisamente para ahuyentar la soledad y para que el tiempo se me pase más rápido, he empezado a emborronar este diario con textos y dibujos. Por eso y, ¡maldita sea!, para olvidar que me estoy meando, porque en estas aldeas de la montaña de Marruecos no existen los váteres...

Sin embargo, eso no es lo peor. Además de no haber baño, a primera vista estos puebluchos dan la impresión de haber sido bombardeados. Hassán, nuestro guía, no hacía una descripción tan dramática: "Parecen cáscaras de nuez pisoteadas por un burro". Y en parte tiene razón: las casas, en lugar de tejado, tienen una terraza; son del mismo color café con leche que la tierra, con el blanco del borde de las ventanas como único toque de color; están pegadas unas a otras y unidas por senderos embarrados, estrechos y oscuros, porque ni siquiera les llega la luz eléctrica.

Pero todo depende de los ojos con que se mire. Mi madre decía que este paisaje le recordaba a un postre: requesón con miel y nueces. El requesón, por la nieve de las cumbres del Alto Atlas; la miel, por el color de esta tierra abrupta; y las nueces, por la gran cantidad de nogales que rodean las aldeas.

Yo sigo en mis trece: a mí me parecen pueblos bombardeados o, si las ventanas fueran el hueco de los ojos, un montón de cráneos apilados. Y la verdad, más que a un postre, en todo caso me recordarían a un primer plato: las lentejas.

Pero ahora no me importa que no haya calles o electricidad, ahora poco me importa que no haya avenidas, cines o cafeterías: ahora necesito un váter y lo necesito ya. Eso es lo único que me importa ahora.

Hassán decía que la montaña es el baño público más grande, y que podíamos desahogarnos donde nos viniera en gana, pero yo, con este esguince en el tobillo, no puedo salir en medio de la oscuridad y no sé qué hacer. ¡Maldita la gracia! Lo único que sé es que tengo la vejiga a punto de reventar y que, para olvidarme de ello, tengo que seguir escribiendo y dibujando.

(22:55)

Son muchos los motivos que nos pueden llevar a hacer un viaje, pero en estos momentos maldigo una y mil veces las razones que nos trajeron hasta aquí, porque yo no quiero estar solo en esta casa, yo debería estar en Iruña con Unai, Uxue y los demás.

Para buscar los motivos de este viaje tengo que dar un salto atrás en el tiempo, un salto de cinco meses. Todo empezó en un instituto, cuando a una profesora que se dirigía a fotocopiar su examen de Historia se le acercó la secretaria del centro y le dijo que pasara urgentemente por el despacho del director.

-Mira... -empezó a decirle con el ceño fruncido-, te han llamado por teléfono y, verás, tu madre...

Aquella mujer se acercó a la ventana y permaneció allí durante un rato con los ojos llenos de lágrimas, intentando asimilar la noticia que le habían insinuado: su madre siempre había estado delicada del corazón, pero de ahí a morirse de un día para otro...

Como pudo, intentó reponerse e hizo una llamada, pero como en casa de su madre no cogían el teléfono, el director le dijo:

-Vete tranquila, ya nos ocupamos nosotros de tus clases. El examen lo puedes hacer otro día, ahora eso es lo de menos.

Salió de Iruña pisando fuerte el acelerador. En la autopista, sus únicos pensamientos eran su madre, la muerte implacable, la sorpresa, el funeral... Su inquietud aumentaba a medida que se acercaba a Tafalla.

Por fin, ya en la casa, subió las escaleras tensa y asustada. Respiró hondo frente a la puerta y llamó al timbre. Insistió varias veces hasta que le abrieron. Tras la puerta fue a aparecer la que creía muerta: ni más ni menos que su madre.

-¡Jesús, qué sorpresa, hija! ¿Qué haces aquí? ¿Hoy también de fiesta? -le dijo mientras la abrazaba.

Pero a ella le fallaron las fuerzas y se desplomó inconsciente. Y, paradojas de la vida, tuvo que ser su madre la que llamó a urgencias. Aunque en principio no fue nada grave, la profesora quedó muy afectada, sobre todo cuando supo que todo había sido obra de un alumno suyo que llamó al instituto con el fin de boicotear el examen. Aunque en principio no fue nada grave, el psicólogo le dio la baja y le recetó unas pastillas (Tranxilium) capaces de calmar a un elefante.

-Te sientes como un asno en una carrera de caballos, al que le resulta imposible llegar a la meta -concluyó el psicólogo-. Es normal, pero ahora tienes que procurar dejar de lado la carrera. Ahora te conviene relajarte: tranquilízate y olvídate de los alumnos por una temporada?

Si yo conozco toda esta historia, no es porque sea el alumno que hizo la llamada, ni tampoco porque esté en su clase; lo sé porque aquella profesora es mi madre, así como también sé que esta tarde ella ha salido hacia el Toubkal junto con mi padre, Hassán y Alí, y que yo me he tenido que quedar aquí más solo que la una.

Después del día de la llamada, ama estuvo totalmente deprimida e incapaz de salir de su bache, exactamente igual que yo ahora. Antes, ella hablaba mucho del instituto, pero a partir de aquello se convirtió en un tema tabú. Mi padre me pedía que no sacara el tema delante de ella y, aunque nosotros nos esforzábamos en hablar de otras cosas, aunque contábamos los mejores chistes que sabíamos para hacerle reír, no había manera. Ni el Tranxilium ni nosotros conseguíamos nada.

Un día, mi padre subió del buzón la hoja de propaganda de una agencia de viajes. Era de Natura, de Barañain, y ofrecía: «MARRUECOS-ALTO ATLAS. Conoce a pie los parajes más bellos de la Tierra. Además, si el tiempo acompaña, tendrás ocasión de ascender al Toubkal (4.167 m)». Aita estaba tan entusiasmado, y yo también me animé tanto con el viaje, que al final conseguimos convencerla y decidimos venirnos a Marruecos.

(23:30)

En las carreras ciclistas, detrás de los corredores, el coche escoba va recogiendo a los que se han retirado. Y yo ahora me siento como uno de ellos, como un ciclista que se ha retirado, o como uno que, tras una caída, llevan herido al hospital?

No hay derecho. ¡Maldita sea! Dedicamos un montón de tiempo a los preparativos para el viaje: que si conseguir mapas, que si leer las guías, que si hablar con Koldo, el de la agencia, que si tomar la vacuna antitetánica, que si preparar el material de montaña, que si sacar el pasaporte?

Por fin, aprovechando las vacaciones de Semana Santa, el 21 de marzo cogimos el autobús Iruña-Madrid, de allí volamos a Marrakesh haciendo una escala de siete horas en Casablanca, llegamos a estas tierras del Alto Atlas en taxi y en camioneta, durante algunos días «hemos recorrido a pie los más bellos parajes de la Tierra», y ahora, cuando nos faltaba tan poco para subir al Toubkal (4.167 m), cuando menos lo esperaba, ¡mierda!, me he torcido el tobillo justo al cruzar un riachuelo que apenas se veía, ¡mierda y mierda! He apoyado el pie en una piedra suelta (7 cm), y el tobillo me ha hecho ¡crac!

Si el maldito accidente hubiese sido a la vuelta del Toubkal, pase. Pero no, tenía que ser ahora? Lo peor de todo es que cuando vuelva a clase no podré enseñarles a mis amigos las fotos de la cumbre. Bueno, tendré que inventarme algo. Ya lo sé: les diré que, a la subida, nos pilló una tormenta terrible y, para disimular lo del tobillo, les contaré que, a la vuelta, me caí por un precipicio o, mejor, que me enterró un alud. Ya se me ocurrirá algo. Lo que sea con tal de que no se enteren de que soy un torpe de solemnidad...

Esta mañana, después de torcerme el tobillo, mis padres estaban dispuestos a suspender la ascensión. Pero yo no lo podía permitir. Y aunque me ha costado lo mío, al final los he convencido y han decidido seguir adelante. Además, no sé por qué, pero tengo la corazonada de que después de subir al Toubkal, mi madre no necesitará más tranquilizantes (a este paso, voy a ser yo el que los necesite cuando lleguemos a Iruña...)

En las películas, cuando el héroe cae en manos del enemigo, les dice a sus compañeros:

-No os preocupéis. Yo estaré bien y, si de verdad queréis hacer algo por mí, poneos a salvo.

Yo, haciéndome el héroe, les he dicho algo parecido a mis padres:

-No os preocupéis. Yo estaré bien, y si de verdad queréis hacerme feliz, tenéis que llegar al Toubkal.

Pero, para ser sincero, mis palabras no han sonado tan firmes y seguras como las de los héroes. Igual que esta vela derrama su cera, a mí se me escapaba alguna que otra lágrima mientras hablaba.

-Procuraremos volver cuanto antes -se ha despedido aita.

-Para cuando volvamos te queremos ver curado -se ha despedido ama.

-Al menos tendrás una enfermera que te cuide... -se ha despedido Hassán.

-¡Bon courage! -se ha despedido Alí.

Luego, en cuanto se han ido, de la misma forma que el enemigo cae sobre el héroe (para detenerlo, torturarlo y machacarlo) después de que sus compañeros lo han dejado solo, la soledad ha caído sobre mí y me pesa una tonelada (para hacerme sentir forastero durante cinco días, castigarme con un aburrimiento mortal y acabar conmigo).

Aunque el corazón me duele más que el tobillo, dolor, lo que se dice dolor, lo siento en mi vejiga, que está a punto de reventar. Como si no tuviera ya suficiente? ¡Maldita sea! ¡No puedo más! Tengo que hacer algo: saldré del saco, apagaré la vela y maniobraré para mear por el ventanuco. En el peor de los casos pensarán que está lloviendo.

(1:15)

Hace más de una hora que he regado el patio. Ha sido un alivio increíble. Pero al meter al pajarillo en su jaula, se me han escapado unas gotitas y eso quiere decir que no estoy en mi mejor momento. Si después de mear se me mojan los calzoncillos, eso indica que en mi interior se cuece algo -por exámenes o por alguna otra historia-. Y en esta ocasión también se cumple, porque vuelvo a estar nervioso y sin sosiego, como si me apretara un nudo en el estómago.





© Zubizarreta, Patxi. Atlas sentimentala, Alberdania, Irun, 2001.

© Traducción: Patxi Zubizarreta