Novela

NARRATIVA VASCA DEL SIGLO XX: UNA NARRATIVA CON FUTURO

© Mari Jose Olaziregi Alustiza (Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea)




a) Palabras preliminares

Este artículo analiza la evolución de la narrativa en lengua vasca durante el siglo XX y perfila el contexto histórico-cultural en el que se ha dado dicha evolución. En este sentido, cuestiones relevantes en torno a los procesos de canonización, a los movimientos y poéticas literarias que han prevalecido en el desarrollo de la prosa literaria, el tardío afianzamiento del mercado editorial, la influencia de la ideología nacionalista, serán retomadas en muchas de nuestras deliberaciones. Se trata, en definitiva, de subrayar algunos de los hitos destacables en la novela y el cuento en lengua vasca durante el pasado siglo, y de analizar su evolución dentro de la vida cultural vasca.

Tal y como se ha destacado en los diversos capítulos que integran este volumen, el inicio de la era democrática en España en 1975, aunque no supuso un cambio drástico en los paradigmas literarios vascos de la época, sí que posibilitó que se dieran las condiciones objetivas para el afianzamiento del sistema literario vasco. La co-oficialidad del Euskara en la Comunidad Autónoma Vasca tras la aprobación del Estatuto de Autonomía (1979) y de la Ley de Normalización del Uso del Euskara (1982) permitió, entre otros aspectos, la implantación de modelos bilingües de enseñanza y la convocatoria de ayudas a la edición en lengua vasca. Gracias a estas ayudas, surgieron nuevas editoriales y la producción editorial vasca se incrementó de forma manifiesta. No cabe duda de que ha sido el género narrativo el que más se ha beneficiado de esta nueva coyuntura, y ha conseguido convertirse en canónico y central dentro de nuestro sistema literario. En la actualidad se publican unos 1.500 títulos nuevos al año en euskara, 14% de los cuales son textos literarios, y el género narrativo viene a conformar el 60 % de ese total de textos literarios. Pero ello no fue así hasta época bien reciente. En efecto, si en el período comprendido entre los años 1876-1935 sólo el 18,7 %1 de los libros literarios pertenecía al género narrativo, durante el intervalo 1936-1975 el porcentaje ascendió al 23,8 %, para llegar hasta un 48,5 % entre 1976 y 1996.

La importancia que el desarrollo del género narrativo ha tenido en el afianzamiento del sistema literario vasco en la década de los años 80 del pasado siglo es clara. La nueva demanda de lecturas por parte de los estudiantes de las academias de lengua vasca o euskaltegis asi como por parte del alumnado de enseñanza primaria y secundaria2, o el incremento de concursos de narrativa en las décadas de 1960 y 1990, explican el aumento de los títulos de narrativa. Otros aspectos, como la clara mercantilización de la literatura, nos acercan a fenómenos, como el de los bestseller, prácticamente desconocidos en nuestro sistema literario hasta casi finales de siglo XX. El éxito de la novela breve Kutxidazu bidea, Ixabel (1994, Enséñame el camino, Ixabel) del escritor Joxan Sagastizabal, es un buen ejemplo de lo que decimos. Esta novela que ya para el año 2004 contaba con 32 ediciones, 60.0003ejemplares vendidos, varias adaptaciones teatrales, fílmicas y televisivas, e incluso un CD interactivo producido por la fundación Aurten Bai, cumple muchas de las características estilísticas atribuibles a los best-sellers: la utilización de un lenguaje sencillo, la abundancia de diálogos y escasez de descripciones, la acertada dosificación del suspense y del humor, las referencias intertextuales a películas o a acontecimientos próximos al lectorado, etc.

Es también de destacar la decreciente influencia que la institución literaria vasca (escuela, universidad, premios literarios, instituciones oficiales de promoción literaria...) tiene en los hábitos lectores de los vascos y en su gusto literario. Es obvio que hemos pasado de una escritura que respondía al objetivo político de construir Nación hasta bien entrado el siglo XX, hasta casi la década de los años 1960 para ser mas precisos, a una escritura en euskara donde la elección de la lengua literaria no conlleva una opción política exclusivamente nacionalista. Recientes investigaciones sociológicas muestran que son los factores relacionados con el mercado (campañas de promoción, medios de comunicación, premios...) los que más incidencia tienen a la hora de determinar el consumo literario vasco (Alonso 2008: 83) 4. Este hecho, junto a los rankings aportados por los propios agentes de producción (escritores, sobre todo), ha favorecido el fortalecimiento de la prosa literaria vasca (Torrealdai 1997: 366).

Por último, cabe señalar que ha sido precisamente el género narrativo el que ha posibilitado que la literatura escrita en lengua vasca transcendiera, como nunca lo había hecho antes, nuestros límites geográficos y culturales. No está de más recordar que fue una colección de cuentos, Obabakoak (1988), de Bernardo Atxaga, la primera obra en obtener el premio literario más prestigioso del estado español, el Premio Nacional de Narrativa, en 1989. Se trató del inicio de una trayectoria internacional refrendada por 27 traducciones y premios de reconocido prestigio, una trayectoria que posibilitó que la literatura vasca obtuviera su lugar en el mapa mundial de las letras. Pero volveremos a este punto más adelante.


b) Orígenes de la novela vasca y su desarrollo en la primera mitad del siglo XX. Bajo la sombra del costumbrismo

La mayoría de los estudios sobre el origen de la novela vasca comienzan parafraseando las palabras de Luis Mitxelena (1960: 141), en las que se señala la importancia que tuvo el último decenio del siglo XIX como detonante del espíritu que transformó totalmente el devenir de la literatura escrita en lengua vasca. La incorporación de nuevos géneros como el novelesco, y la desaparición del predominio de obras de formación y edificación religiosa son algunas de las consecuencias que Mitxelena resaltaba. Aunque el cómputo total de novelas publicadas durante el siglo XIX sólo asciende a cinco (Lasagabaster 1981: 348), lo cierto es que supuso un hito por cuanto que mostró nuevas necesidades lectoescritoras, necesidades que no vieron su plasmación más certera hasta mediados del siglo XX, cuando la literatura vasca se institucionalizó como actividad autónoma dentro de la sociedad vasca.

Entre los antecedentes de la novela vasca se encuentra El doctor Peru Abarca de Juan Antonio Mogel (1745-1804), escrita para 1802 aunque no se publicó hasta 1880. Definida como el primer conato de novela en euskera (Mitxelena 1960:108), su paratexto, Diálogos entre un rústico vascongado solitario y un barbero callejero, llamado Maisu Juan, pone de manifiesto su aspecto estilístico más destacable, a saber, la forma dialogada en la que se desarrolla la mínima trama de la obra. La debilidad del marco narrativo en el que están inscritos los diálogos y la falta de desarrollo narrativo hacen que Peru Abarka difícilmente pueda ser considerada una novela. En realidad, esta apreciación es coherente con su objetivo didáctico de persuadir a los cultos vascongados de la pureza, fecundidad y elocuencia de la lengua vasca (Altzibar 1996: 331). De este modo, Mogel se unía a la larga lista de detractores y apologistas de la lengua vasca que, durante todo el período foral, del siglo XVI al XIX, fueron incitando / incrementando / reforzando la importancia de la lengua vasca como garante de la identidad vasca:

...the dramatic role played by Euskara during those centuries has more to do with the identifying characteristics of the community of its speakers than with the language itself. This identity was constructed by referencing a peculiar institutional system (the Fueros), by an assumption of its greater Catholicity, by certain practices and customs, and later on, even by the vindication of a specific aesthetic (with special consideration to the landscape) or to the mythology supposedly shaped during prehistoric times (Madariaga 2006:20).

También tendríamos que mencionar otra publicación, Ipuin onak (1804, Cuentos morales) (1804), de Bizenta Mogel (1782-1854), por la importancia que tuvo por cuanto fue la primera publicación escrita por una mujer y la iniciadora de la literatura infantil y juvenil en lengua vasca. Aunque el objetivo didáctico-moralista prevalece en el texto, es de resaltar la importancia del libro como exponente de un nuevo tipo de narración y, a su vez, de un nuevo tipo de lectura, más literaria pero alejada todavía de objetivos estrictamente estéticos. Ipuin onak es, en realidad, una traducción y adaptación de las fábulas de Esopo, y fue el punto de partida para la aparición de toda una serie de fabulistas en lengua vasca aunque, en la mayoría de los casos, sería el verso la forma predominante.

El caso de Bizenta es absolutamente excepcional, pues se calcula que sólo el 15% de las mujeres de la época estaban alfabetizadas en el País Vasco. En su caso se cumplieron las condiciones que Virginia Woolf describiera a propósito de otras escritoras del XIX: un matrimonio tardío y carencia de hijos. El panorama literario vasco, protagonizado por curas fue, seguramente, un ámbito cerrado para las mujeres durante demasiados siglos. Los prólogos que conocieron las diferentes ediciones del libro de Bizenta Mogel, entre ellos el escrito por Domingo Agirre, novelista costumbrista y, como veremos, autor canónico de la primera mitad del siglo XX, reflejan claramente los prejuicios que en aquella epoca existian en contra de las mujeres letradas. Es importante constatar que Bizenta se adscribió en su obra a uno de los modelos educativos, el de Locke, modelo que vio en las fábulas un buen resorte para las educación de los pequeños.

Poco a poco fue surgiendo una nueva prosa literaria vasca que, lejos todavía del género novelesco, iba sentando las bases para su afianzamiento. En 1870, Jean Baptiste Daskonagerre (1844-1927) tradujo al euskara la versión original francesa de su novela Les Échos du pas de Roland (1867), con el título Atheka gaitzeko oihartzunak. El hecho de que Dasconagerre ocultara que el texto en euskera era en realidad una traducción de la obra publicada originariamente en francés tres años antes, muestra la ansiedad que se tenía por incorporar a nuestra historia literaria un género, la novela, que no tuvo su verdadero nacimiento hasta 1898, con Auñemendiko lorea (La flor del Pirineo), de Domingo Agirre. Lo que el escritor Ramón Saizarbitoria ha llamado "alucinación narcisista" (Saizarbitoria 1999) no es más que otro episodio del recurrente debate en torno a la capacidad de la lengua vasca para crear universos de ficción.

Otras narraciones consideradas antecesoras del surgimiento de la primera novela vasca son Piarres Adame (1888) de Jean Baptiste Elizanburu (1828-1891), publicado por entregas en las revistas republicanas La Nivelle y Le Reveil Basque, y Bein da betiko (1893) de Resurrección María Azkue (1864-1951), autor, este último, al que volveremos a referirnos por la ingente labor que realizó en la consolidación de los estudios vascos, en especial, el de los estudios filológicos. Su Diccionario Vasco-Español-Francés (1905-1906) así como su Morfología Vasca (1923), las recopilaciones etnográficas Cancionero Vasco (1922) y Euskalerriaren Yakintza y Literatura Popular del País Vasco (1935-1947) resultaron cruciales de cara a la investigación etnográfica y filológica, y la normativización de la lengua vasca.

En cualquier caso, si hubo un hecho histórico que condicionó el devenir de la cultura vasca a partir del último tercio del siglo XIX, ese fue la derogación de los derechos forales vascos por el artífice del régimen de la Restauración en España, Antonio Cánovas del Castillo, tras el final de la segunda Guerra Carlista, en 1876. Dicha derogación implicaba, entre otras consecuencias, que el servicio militar pasara a ser obligatorio para los jóvenes vascos, hecho que será tratado en novelas posteriores, como Joanixio (1946), donde se relata la deserción de jóvenes vascos.

La pervivencia del euskara había sido condicionada a la de los fueros por autores como Juan Ignazio Iztueta (1767-1845), quien en su Guipuzcoaco provinciaren condaira edo historia (1847, Historia de la provincia de Gipuzkoa), no dudó en afirmar que: ?Euscara ill esquero Fueroac ez dira bicico; banan Euscara bici bada, Fueroac piztuco dira? (Madariaga 2006: 159). No es de extrañar, por tanto, que 1876 marcara el inicio de todo un movimiento cultural reivindicativo de la lengua y de la cultura vasca que ha sido denominado como Pizkundea, Renacimiento literario vasco, que vino a ser, salvando las diferencias de periodización y contenido, la versión vasca de la Renaixença catalana o del Rexurdimento gallego. Al hilo del espíritu romántico promovido por los filósofos idealistas alemanes, se entenderá que la literatura en euskara es la expresión del alma vasca, y la promoción y preservación de ese capital simbólico un objetivo que afectará a todas las partes que integraba el por entonces débil sistema literario vasco. En este contexto reivindicativo, se promovieron certámenes literarios como las Euskal Jaiak, Fiestas Euskaras, celebradas en Donostia a partir de 1883, y que fueron una prolongación de los Juegos Florales, establecidos en 1851 en la zona continental por Antoine d'Abbadie, y en 1879 en la Euskadi peninsular. Es la época en la que se pasa del Iruac bat (Los tres son uno), lema de los Caballeritos de Azcoitia en el siglo XVIII, al Laurak bat, presente en los diez artículos publicados en el Semanario Católico Vasco Navarro en 1867, hasta llegar, próximo al fin de siglo, al lema unionista Zapiak bat (?Las siete provincias son una?). Fue en aquella época cuando se publicaron cancioneros como el de José Manterola (1849-1884), Cancionero Vasco (1877-1880), y colecciones de lírica y narrativa popular como los anteriormente mencionados de Resurrección María de Azkue. También se crearon multitud de publicaciones periódicas5 y se dieron pasos firmes para que se institucionalizara la educación en lengua vasca, con la creación, en 1888, de la Cátedra de Lengua Vasca por la Diputación de Bizkaia, o de escuelas vascas o ikastolas en las décadas de 1920-30. Cabe destacar que fue precisamente R. M. Azkue quien se impuso a Sabino Arana y Miguel de Unamuno en la mencionada cátedra de lengua vasca, la cual ocupó hasta el inicio de la Guerra Civil. También debemos a Azkue el impulso para la creación en Bilbao, en 1896, del Colegio Ikastechea, escuela a la que seguiría, en 1914, la primera ikastola, el Koru'ko Andre Mariaren Ikastetxea de Donostia, creado por Miguel de Muñoa (Madariaga 2006: 160). En estas escuelas vascas se empezó a impartir, aunque con grandes limitaciones, clases de lengua vasca, contribuyendo al incremento de las tasas de alfabetización en euskara y al tímido afianzamiento del lectorado vasco. No hay que olvidar que, tanto Madrid como París impulsaron políticas lingüísticas claramente antagónicas a la enseñanza del euskara. Incluso la enseñanza de la religión tuvo que realizarse en castellano o francés, a raíz de las prohibiciones que se dictaron a ambos lados de la frontera en los primeros años del siglo XX. Quedan como ejemplo del esfuerzo que se estaba haciendo en la enseñanza del euskera los libros que a partir de 1907 publicó el editor Ixaka Lopez-Mendizabal (1879-1977), entre los cuales mencionaremos Xabiertxo (1925) y Umearen laguna (1920, El amigo del niño) (1920), libros que siguieron funcionando entre los escolares hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo. La llegada de la dictadura de Primo de Rivera en España (1923-1930) prohibió las ikastolas, que volvieron a renacer durante el período de la II. República (1931-1936).

A partir de 1789, al calor de los Certámenes Florales, comenzó a aparecer en euskara una narrativa histórico-legendaria. Esta narrativa tomó como modelo la novela histórico-romántica de corte scottiano practicada por autores fueristas que escribieron en castellano, tales como, Francisco Navarro Villoslada, Juan Venancio Araquistain, Jose M. Goizueta, o Vicente de Arana. Según Jon Juaristi, el euskara quedó reservado para la poesía y "los escasos prosistas euskéricos que tomaron parte en este renacimiento ocuparon una posición subalterna, e incluso ancilar, respecto a las figuras prominentes del movimiento" (Juaristi 1987: 79). Es en este contexto cuando se publicó por entregas en la revista Euskalzale, a partir de 1898, la primera novela en lengua vasca: Auñemendiko lorea, de Domingo Agirre (1864-1920). Se trata de un texto histórico-romántico, próximo a Amaya o los vascos en el siglo VIII, de Navarro Villoslada. El argumento cuenta la historia de una mujer cristiana, Riktrudis, esposa del duque de Adalbaldo, a la que pretende Portún, un jefe vasco sin cristianizar. Como vemos, fue la novela histórico-romántica la que marcó el inicio de la ficción novelesca, pero ésta se vió muy pronto relevada por la prosa costumbrista, prosa que prevaleció en el panorama literario vasco hasta mediados del siglo XX.

Un nuevo elemento entró en escena en la ultima década del siglo XIX: el nacionalismo vasco, heredero del movimiento foralista y de todo un linaje de Aitor (Juaristi 1987) que creó el humus sobre el que el nacionalismo vasco erigió esa imagined community (Anderson 1991) sostenida, como en la mayoría de los nacionalismos, "por una noble tradición que se remonta a tiempos inmemoriales" (Bhabba 1990: 45). Sabino Arana Goiri (1865-1903) proclamó, en 1893, que "Euzko tarren aberria Euzkadi da", es decir, que Euskadi (o Euzkadi, como dirá Sabino) es la Patria de los vascos. A partir de aquí, la escritura en lengua vasca tendría por función primordial la de contribuir a la creación de la Nación Vasca. Al igual de lo que ocurriera desde la primera civilización letrada y literaria, la del conjunto de ciudades-estado sumerias en Mesopotamia, hasta los estados europeos como España, Francia, Italia o Alemania (Even Zohar 1993), también entre nosotros la literatura fue utilizada como factor omnipresente para la cohesión socio-cultural, es decir, para el establecimiento de una identidad y nación, la vasca. El nacionalismo vasco tuvo una influencia decisiva en los objetivos, temas e incluso estilo de esta nueva prosa que se fue conformando (Sarasola 1976: 75).

Un espectacular proceso de industrialización siguió al inicio del siglo XX, sobre todo, en las provincias de Bizkaia y Gipuzkoa. El crecimiento demográfico, o el surgimiento del Partido Socialista Obrero Español (1879) en Bilbao, son algunos de los elementos que habría que destacar en esta época de boom económico que vivió la Euskadi peninsular, situación económica que, sin duda, se vio favorecida por la neutralidad española durante la primera contienda mundial. Este momento de bonanza impulsó toda una serie de iniciativas culturales, tales como, florecimiento de la filología vasca de la mano de R. M. de Azkue y de Julio de Urquijo (1871-1950), fundador de la Revista Internacional de Estudios Vascos, R.I.E.V., en 1907. También fue espectacular el desarrollo de la música (con autores como Azkue, P. Donosti, Guridi, Usandizaga...), el impulso de la arqueología y etonografía vascas (con Telesforo de Aranzadi, J.M. Barandiaran), etc. Todas estas iniciativas pusieron de manifiesto una de las grandes carencias del país: la de una universidad pública que formara a las élites intelectuales (Chueca 2000: 392-393). La celebración del Primer Congreso de Estudios Vascos, y la creación de instituciones como la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza y la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, todos ellos en 1918, trató de dar respuesta, en cierta medida, a dicha demanda.

La verdad es que el nacionalismo vasco de Arana encontró el terreno abonado para la buena acogida que tuvo por parte de la intelligentsia cultural de la época. Las conocidas afirmaciones de Miguel de Unamuno, en 1901, en las que llamaba a aceptar con resignación la muerte del euskara por su incapacidad de convertirse en vehículo de expresión del mundo moderno, causaron estupor en una comunidad vascoparlante que veía que la coyuntura política y legal vigente no hacía más que acrecentar el desequilibrio entre las lenguas habladas en Euskadi. Mientras la lengua vasca era menospreciada y hablada por monolingües cada vez más confinados al mundo rural, el castellano era impulsado en la zona peninsular por la educación formal y por los núcleos urbanos e industriales, receptores, desde el último tercio del siglo XIX, de grandes oleadas de inmigrantes, castellanoparlantes. Son precisamente esos dos mundos los que se erigirán en el centro del imaginario y de los estereotipos que alimentó el nacionalismo vasco, tanto en la literatura (p.e. en el género más popular durante la época, el dramático, que suponía el 51 % de los textos literarios que se editaban), como en otras manifestaciones artísticas, como la pintura de los hermanos Arrue o los hermanos Zubiaurre. También podríamos decir lo mismo a propósito de la producción operística de la época, una producción que, al igual que en otros lugares de Europa, hizo suya la ambición de erigirse en una ópera nacional. De las 40 óperas que se produjeron entre 1884, fecha en la que sale a la luz la primera ópera vasca de la mano del libretista Serafín Baroja (1840-1912), padre del escritor Pío Baroja, hasta 1930, destacan títulos como: Mendi Mendiyan, de (1909) de Jose María Usandizaga, Amaya (1910), de Jesús Guridi, o Maitena (1909), de Charles Colin. Según Natalie Morel:

La industrialización, con todas sus transformaciones económicas y sociales, está totalmente ausente de la escena aún cuando estas circunstancias forman también parte de la realidad vasca y sobre todo en Vizcaya, donde se estrenan tantas obras. (...) El País Vasco se presenta como un país únicamente poblado de pastores, campesinos y marineros, que no saben nada de conflictos sociales reales, ni tienen desvíos personales condenados por la moral cristiana: ningún esposo infiel, ni maternidad fuera del matrimonio. Así puede entenderse que el Vasco prevalezca sobre el Hombre y que no encuentre (...) ninguna inquietud metafísica o trasfondo filosófico (Morel 2002: 319).

Las novelas costumbristas de Domingo Agirre, Kresala y Garoa, trataron de reflejar la vida de los "auténticos" modelos tradicionales vascos: el caserío y el mar. Kresala (Salitre) se escribió en dialecto vizcaíno y relata la vida y costumbres de los arrantzales (pescadores) de Arranondo, trasposición literaria de Ondarroa, pueblo natal del autor. La narración de la historia de amor de los protagonistas, ofrece un débil hilo de unión a los diferentes cuadros que se presentan en la novela, y el hecho de que en origen se publicara de forma seriada en la revista Euskal Herria (1880-1918), influyó en la técnica folletinesca de algunos de los pasajes. La novela pretende defender lo popular, la tradición, frente al acoso de la civilización moderna. Huelga decir que la ideología católica está presente de forma manifiesta en las dos novelas de Agirre y que el hecho de que el narrador tratara de reflejar el habla popular de los vascoparlantes de la época, nos demuestra que el escritor se alejaba de los planteamientos puristas de Arana.

Sin embargo, se considera que la novela Garoa (1912, Helecho) definió la madurez narrativa del autor. Esta novela nos cuenta la historia de Joanes, un pastor que vive en Uribarri (Oñate) y de su familia. Escrita en dialecto guipuzcoano, viene a ser un relato idealizado del mundo del caserío, reducto del vasquismo tradicionalista. Karlos Otegi (1976) describió las características fundamentales de la obra que se resumen en la plasmación de dos mundos bien definidos geográfica, moral, lingüística e ideológicamente: por un lado, el mundo idealizado del monte y del caserío vasco, ámbito por antonomasia de la esencia vasca, y por otro, el mundo urbano, carente de virtudes morales y patrióticas. Junto a estas características, Otegi subrayaba la ausencia de conflictos en los personajes y la presencia del narrador omnisciente y subjetivo (del tipo autorial, según la clasificación de N. Friedman). Todas estas características han determinado que los críticos vascos hayan constatado los nexos intertextuales que la novela de Agirre tiene con las novelas de José María de Pereda (1833-1906) (sobre todo, con Sotileza (1885) y Peñas Arriba (1895). Utilizando el término que aplica José F. Montesinos (1969) a la novela de Pereda, denominaremos a las de Agirre como novela idilio, un tipo de novela que en su planteamiento maniqueo trata de plasmar una mirada nostálgica a un mundo ahistórico que vive de espaldas a la moderna sociedad burguesa.

Tras las aportaciones de Agirre, la novela vasca continuará por los derroteros que él dejó marcados. Éste es el caso de la obra de José Manuel Etxeita (1842-1915); sus novelas Josecho (1909) y Jayoterri maittia (1910, Querida patria) se inscriben en la línea costumbrista aunque incorporan elementos de la novela de folletín y de aventuras. La primera de ellas, narra la historia de un huérfano que consigue ascender socialmente y casarse con la mujer que ama, si bien es cierto que este final feliz se ve favorecido por el descubrimiento, casi al final de la obra, de su origen vasco. Por su parte, Jayoterri maitia narra la historia de un grupo de pastores que viven en el idílico valle de Ardibaso (bosque de ovejas), pero que se ven obligados a emigrar a América por la penosa situación económica que atraviesa el valle. La añoranza y nostalgia por la tierra madre hará que regresen, una vez enriquecidos en tierras sudamericanas, a su patria querida como ricos "indianos".

Aunque las referencias al continente americano aparecen tempranamente en los textos clásicos de literatura en lengua vasca, gracias a los testimonios de misioneros y marinos vascos, o a textos canónicos del siglo XVII, lo cierto es que América se convierte en el Otro de la literatura vasca a partir del s. XVIII, cuando el término marcado "erbeste" (exilio, destierro), compuesto por las palabras "herri" (pueblo, país) y "beste" (otro), reemplaza a los términos no marcados utilizados hasta la época (p.e. "atzerri"). El académico Pierre Lhande buscó en el supuesto atavismo vasco la razón última de la abundante emigración vasca (Lhande 1910), pero lo cierto es que las causas de dichos flujos migratorios hay que buscarlas en factores socio-económicos, tales como la creciente industrialización del País Vasco durante el XIX, y el consiguiente paso de una sociedad agrícola-pastoril a una sociedad industrializada, la presión demográfica, las guerras (guerras carlistas, los miles de vasco-franceses que lucharon en la I. Guerra Mundial?) y el servicio militar obligatorio, o el sistema hereditario vigente en los caseríos vascos, el mayorazgo, sistema que convertía en heredero único de todos los bienes a un único hijo (o tal vez una hija). Todo ello hizo que las oleadas de emigrantes fueran masivas, sobre todo, a medida que fue avanzando el siglo XIX. Sudamérica se erigió en el primer destino de los emigrantes vascos pero, a partir de 1850, con la llamada del oro en California, dicho flujo migratorio derivó hacia el Oeste Norteamericano. Fue allí donde los vascos, a falta de minas de oro que explotar, volvieron al trabajo para el que fueron solicitados mayormente en tierras sudamericanas: al pastoreo6.

El amerikanua o indianua, el emigrante vasco que regresa enriquecido (o no) de su periplo americano, aparece en la literatura vasca del XIX. Su representación es mayoritariamente negativa, claramente condicionada por la ilusión del eterno retorno a la tierra madre, el País Vasco. América es un lugar donde los vascos emigrantes corren el riesgo de perder su fe, como ocurre en el caso del protagonista de la novela Ardi galdua (1918) (La oveja perdida), de R.M. de Azkue7, y donde prevalece el vicio, en especial el de las mujeres (cf. J.M. Hiribarren en su Montevideoko berriak, Noticias de Montevideo, de 1853). Un lugar, en definitiva, que se afirma que era bueno para el cuerpo, pero no para el alma, como dijo el periodista Hiriart Urruty en 1905. Uno de los textos narrativos "ganados" por la juventud vasca del s. XIX, Patxiko Txerren (1890), de Antero Apaolaza, también contribuyó a difundir una imagen negativa del emigrante a América. Otro autor, Ebaristo Bustintza, "Kirikiño", cuyos textos Abarrak (1918, Ramas) y Bigarren Abarrak (1930, Segundas ramas) fueron muy leídos por adultos y jóvenes, y conocieron diversas reediciones incluso en los 1980, no dudó en pedir a los lectores en el segundo libro mencionado que no fueran a América, que también se podía hacer dinero en Euskadi.

Podría decirse que el nacionalismo vasco de Sabino Arana impregnó toda la literatura vasca, y lo seguiría haciendo hasta mediados del siglo XX. Incluso las noticias referentes a los 400.000 emigrantes vascos que ya estaban en el continente americano en el primer tercio del siglo XX, estuvieron filtradas por esta ideología (Alvarez & Tapiz 1996). También la iglesia vasca se alineó junto al nacionalismo en su rechazo a la emigración. Las pastorales de los obispos de Pamplona, Bayona y Gasteiz en los años 1852, 1855, y 1867 contra la emigración son un buen ejemplo de ello (Alvarez: 2009).

Además de la mencionada Ardi galdua de R. M. Azkue, completan el elenco de las novelas costumbristas anteriores a la guerra, la novela folklórica Piarres (1926-29) de Jean Barbier y las novelas Mirentxu (1914) y Yolanda (1921) de Pierre Lhande (1857-1957). Por otro lado, aunque a priori menos ambiciosa que las novelas citadas, el relato breve costumbrista que se publicó en esta época logró conectar con los lectores vascos mucho más que aquellas. Nos referimos a las crónicas de Jean Etxepare (1877-1935): Buruxkak (1910, Espigas) y Berebilez (1934, En coche), y a los libros de narraciones breves anteriormente mencionados, Abarrak (1918) y Bigarren Abarrak (1930) de Ebaristo Bustintza "Kirikiño", o Ipuiak (1930, Cuentos) y el conocido Pernando Amezketarra. Bere ateraldi eta gertaerak (1927, Fernando de Amézqueta. Sus ocurrencias y sucedidos), de Pedro Miguel de Urruzuno. Todos ellos tienen el mérito de haber desarrollado una prosa fluida, alejada del influjo purista y que conectó con los lectores potenciales que prefiguraba este tipo de relato tradicionalista, los lectores del ámbito rural. Destacar, además, la aportación que las mujeres hicieron a la vida literaria de la época. Autoras como Rosario Artola (1869-1950), Tene Mujika (1888-1981), Julene Azpeitia (1988-1980), Katarine Eleizegi (1889-1963), o Sorne Unzueta (1900-2005), colaboraron ampliamente en las numerosas revistas y publicaciones de aquellos años. Tal y como demostró Maite Nuñez Betelu (2001), estas mujeres respondieron al rol que el nacionalismo vasco adscribía a las mujeres y madres de la época: la de ser responsables de la transmisión de la fe católica y del euskara. Es reseñable que muchas de ellas pertenecieron al denominado Emakume Abertzale Batza (Asociación de Mujeres Nacionalistas, 1922-23, 1931-36), mujeres que, aunque tuvieron que aceptar una posición secundaria respecto a los varones dentro del movimiento nacionalista vasco liderado por el PNV, pudieron avanzar visiblemente en la utilización pública de la palabra oral y escrita, y participaron con entidad propia en actos políticos y desarrollaron una actividad extraordinaria en los ámbitos de actuación que se les había asignado, en especial, el educativo y el asistencial. Según Mercedes Ugalde (1993: 573), la idealización de la maternidad y la supervaloración de la influencia social de las mujeres a través de ella, pareció justificar y compensar su papel social secundario.

En cuanto a la novela vasca, debemos a Agustín Anabitarte (1891-1981) la publicación de las últimas novelas de preguerra: Usauri (1929) y Donostia (1933). Anabitarte fue uno de los fundadores del semanario Argia y traductor de una parte de Don Quijote al euskera, y consiguió el "Premio Schuchardt" de la Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia (1918-) por las dos novelas anteriormente mencionadas. La primera novela, Usauri, nos cuenta las peculiaridades y costumbres de un pueblo costero y combina la utilización de un narrador omnisciente con secuencias de corte más objetivo. La utilización de varios niveles narrativos y la plasmación del habla heteroglósica de los diferentes personajes aportan cierta modernidad técnica al texto, que, por lo demás, se inserta en la tipología costumbrista. La segunda novela, Donostia, es también de corte histórico y nos describe la ciudad de San Sebastián de finales de siglo XIX, descripción que dista mucho de subrayar la historicidad propia del momento. Unos años más tarde, Anabitarte volvió a publicar otra novela: Poli (1958), que describe la vida de un pícaro huérfano, y una crónica de viaje: Aprika-ko basamortuan (1961, En el desierto de África), que narra la travesía que realizó el autor en 1954 a través del desierto de Sahara argelino. Por su parte, debemos a Tomas Agirre, "Barrensoro" (1898-1982), hombre de amplia cultura universal y traductor, entre otros, de W. Scott, S. Pellico o G. Papini, la única novela que se publicó durante la Guerra Civil: Uztaro (1937, Año de cosecha), también de corte costumbrista pero con mayor carga moralizante que las de Anabitarte.

La Guerra Civil española (1936-1939) trajo efectos devastadores en la producción literaria vasca. A la gran cantidad de bajas y de exiliados, siguió la gran represión que ejerció el bando de los ganadores. Hablamos de una época en la que se prohibieron los nombres vascos e incluso las inscripciones en euskara de las lápidas de los cementerios, una época en la que la calle, la administración, la cultura... fueron ámbitos donde el franquismo ejerció su censura. Se ha afirmado que la generación de la posguerra fue una de las más importantes de la literatura vasca, pues le dio lo que más necesitaba en aquellos momentos: una continuidad. El género más cultivado fue la poesía, entre otras razones, porque era más fácil publicar poemas sueltos que obras completas y porque entre los años 1940-1950 la actividad editorial normalizada era prácticamente imposible. Además, no estaría de más recordar que el género poético acarició, con la generación de poetas de la II. República, uno de los hitos de la literatura vasca del siglo XX y que ello será un acicate importante para los escritores de las siguientes décadas.

Es curioso que una contienda que trajo tantos exiliados y represaliados en Euskadi y una posguerra interminable, tuviera una repercusión tan limitada en la narrativa vasca hasta época muy reciente. Además de la anteriormente mencionada Uztaro, apenas se publicó narrativa en euskara durante la contienda. Una de las excepciones sería la novela inacabada Loretxo (1937), de Domingo Arruti (1897-1968), publicada por entregas en el primer periódico en lengua vasca, Eguna (1937), de Bilbao y que llegó a editar 139 números. La novela narra la historia de amor entre Loretxo, hija de carlistas adinerados afincados en Zarautz y que odian a los nacionalistas, y Jon, nacionalista vasco que tras el alzamiento se alía al bando de los nacionalistas y lucha como gudari en la guerra. Los padres de Loretxo mueren y ella se queda sola y le escribe a Jon diciéndole que él es su única esperanza. Como afirma Iker González-Allende:

En la narrativa vasca escrita durante la guerra, la novia realiza una función relevante en el proyecto de futuro de la nación. Ante todo, como mujer, posee como característica principal la pureza, y por eso se la suele identificar con diversos elementos de la Naturaleza (...) El amor hacia el novio o la novia y el amor hacia la nación confluyen en estas narraciones neofundacionales. (...) El final difiere dependiendo de la novela: el matrimonio se produce o no, y el proyecto de nación se convierte en realidad o se mantiene en la incertidumbre (2007: 139-140).

En cualquier caso, fue desde el exilio desde donde se revitalizó e impulsó la literatura en lengua vasca, con editoriales como Ekin, creada en 1942 en Buenos Aires, o revistas como Euzko Gogoa (1950-1955/ 1956-1959), impulsada por Jokin Zaitegi, en Guatemala, y que se trasladó en su segunda época a Biarritz. Si la primera llegó a publicar más de 100 títulos, la segunda, publicada íntegramente en euskara, albergó, en sus casi 4.000 páginas, a los creadores más interesantes de las décadas de 1950-607.

Es, precisamente, la editorial Ekin la que publica las primeras novelas de la posguerra, Joanixio (1946) y Bizia garratza da (1950, La vida es amarga) de Jon Andoni Irazusta (1881-1952). Ambas tienen como telón de fondo la Guerra Civil española, pero lo cierto es que ninguna de ellas aborda con profundidad el drama que supuso el exilio político para miles de vascos. La primera de ellas, Joanixio, nos presenta a un personaje que ha tenido que emigrar a Argentina por razones económicas y que ansía volver a Euskadi, su patria idealizada. En la segunda, son dos los personajes que huyendo de la convulsa realidad política europea, emigran a tierras colombianas para, tras una odisea biográfica cargada de episodios dramáticos en los que se ven envueltas también sus novias, no regresar jamás. Aunque el conflicto bélico aparece en ambas novelas, no incide directamente en el desarrollo de la trama argumental, cuyo leitmotiv es, sin duda, el sufrimiento y la nostalgia que embarga al personaje emigrado/exiliado. Y ello resulta bastante chocante en el caso del propio Irazusta, destacado miembro del PNV (Partido Nacionalista Vasco), quien optó por exiliarse y no atender el requerimiento que el lehendakari Jose Antonio Agirre le hizo para colaborar junto a él en el bando nacionalista. No sería demasiado osado ver en el final de la novela Joanixio un trasunto del arrepentimiento que el propio Irazusta sintió en vida por haber optado por el exilio (Iturralde 2004). Lo que resulta sorprendente es que la negativa representación de América no variara cuando a los cientos de miles de emigrados vascos a tierras americanas ya existentes se les unieron otros miles de exiliados vascos a raíz de la contienda de 1936. En definitiva, la novela de Irazusta revela la ideología esencialista, clericalista y tradicionalista que el género novelesco presentó desde inicios del siglo XX.

Más novedosa resultó la novela Ekaitzpean (1948, Bajo la tempestad) de José Eizagirre (1881-1948), por cuanto ofreció un relato de las contradicciones que muchos vascos vivían entre el bando carlista (alineado, durante la Guerra Civil, con los nacionales) y el bando nacionalista, alineado junto a los defensores de la República. También merece una mención la novela autobiográfica de Sebastián Salaberria (1915-2003) Neronek tirako nizkin (1964, Fueron mis disparos), que muestra la fuerza y el dramatismo que otorga el hecho de haber vivido en primera persona la guerra. En su época, este texto fue presentado como una gran novedad de la literatura vasca y podemos considerarlo como un claro alegato contra una guerra que se tilda de fraticida: el narrador y protagonista de la historia lucha en el bando de los nacionales y pierde una pierna Al tiempo descubre que fue, precisamente, su hermano, quien luchó en el bando opuesto, el que le disparó.

Fue Martin Ugalde (1921-2004) quien, en nuestra opinión, marcó un hito en el tratamiento del drama desgarrador y alienante que supusieron la represión política y el exilio para muchos vascos. La trayectoria literaria del autor va unida a una biografía marcada por los tres destierros que tuvo que sufrir en su vida. Nacionalista declarado, fue uno de los pocos escritores laicos de su generación y una persona activamente comprometida con la cultura vasca. Aunque en un inicio publicó trabajos periodísticos, pronto derivó hacia libros de cuentos, novelas, relatos biográficos, ensayo, o historia. Tras su retorno a Euskadi en 1969, su producción en euskera superó a la de castellano. Destacan su libro de cuentos Illtzalleak (1961, Los asesinos), iniciador, según autores como Andima Ibinagabeitia, de la ?literatura vasca sobre la guerra?, y que obtuvo el primer Premio del Gobierno Vasco en el exilio. El libro ha sido considerado como el precedente de la narrativa breve moderna vasca, modernidad que venía corroborada por los maestros del género en los que se inspiraba Ugalde (Poe, Chejov, Maupassant, o los sudamericanos como Quiroga). Ugalde se aleó del costumbrismo en este libro de cuentos, cuentos que fueron calificados como de la "resistencia" por el autor y que narran la dureza de la Guerra Civil y la posguerra. Otros libros de cuentos publicados por el autor fueron: Mantal urdiña (1986, El delantal azul), sobre la vejez y la soledad, y Bihotza golkoan (1990, Con el corazón en un puño). En cuanto a las novelas de Ugalde, destacan: Itzulera baten istorioa (1989) (trad: Historia de un regreso, traducido por Koldo Izagirre, Hiru, 1995) y Pedrotxo (1993), ambas galardonadas con el Premio Mirande (1990) y el Premio Domingo Agirre (1993) respectivamente. La primera narra, en claro tono autobiográfico, la historia de una familia vasca en el exilio y su imposible retorno a Euskadi. La identidad híbrida de la narradora, hija de padres exiliados, muestra, por primera vez en la narrativa vasca, la dislocación y alienación que sufren los hijos de los exiliados. Por su parte, Pedrotxo (1993) es la narración de la dura represión franquista durante la posguerra, una clara denuncia del desastre humano y social que trajo consigo la guerra fratricida.

La primera novela publicada en la península tras la Guerra Civil no llegará hasta 1950. Nos referimos a la novela histórica Alos-Torrea (La torre de Alós), de Jon Etxaide (1920-1998), autor prolífico y traductor de Baroja al euskara. Alos-Torrea es una recreación novelesca de la leyenda ?Gau-illa? de Juan Venancio Aranquistain9. Etxaide también publicó novelas como: Joanak joan (1955, Lo pasado, pasado está), basada en la vida de poeta romántico Pierre Topet Echahun, y Gorrotoa lege (1964, El odio, ley), inspirada en las guerras de bandos que asolaron el País Vasco a finales de la Edad Media. Aunque, la novela de Etxaide se hizo portadora de algunas pasiones que quebraron el mundo idílico dibujado en las novelas costumbristas, lo cierto es que la actitud moralizante (cristianizante) del narrador omnisciente que prevalece en sus novelas aguó los aspectos novedosos de ellas. Por otro lado, Jose Antonio Loidi (1916-1999) con su novela Amabost egun Urgain'en (1955, Quince días en Urgain), aportó algunas novedades temáticas al panorama novelesco de la época, por tratarse de la primera novela policíaca en euskara, aunque de diálogos débiles y plagada de metacomentarios que anulaban el suspense y ralentizan el ritmo.


c) La narrativa vasca a partir de 1950. Modernidad e institucionalización literaria

Poco a poco, nos hemos adentrado en la década de los años 1950, años en los que aparece una nueva promoción de escritores que supondrá un paso decisivo en la modernización de la literatura vasca. Nos referimos al grupo de autores integrado por: Federico Krutwig, Gabriel Aresti, Juan San Martín, Jose Luis Alvarez Enparantza y Jon Mirande, entre otros. Aglutinados en torno a la revista Egan (creada en 1948 y que a partir de 1954 admitirá colaboraciones en euskara), se trata de un grupo de autores que presentan características comunes, tales como, que el euskara no sea la lengua materna de la mayoría de ellos, son agnósticos, su posicionamiento político es variado pero, ante todo, están distanciados del nacionalismo tradicional del PNV. El ambiente político se radicaliza y en 1959 surge ETA.

Se ha dicho que es en esta década cuando la literatura vasca se institucionalizó como actividad autónoma dentro de la vida socio-cultural vasca "con leyes, mecanismos de funcionamiento y objetivos propios, frente a otros quehaceres lingüísticos o culturales" (Lasagabaster 1985: 427). La literatura vasca sintonizará con las corrientes literarias europeas del momento, y esta sintonía también ser verá plasmada en el interés que las traducciones tendrán en el sistema literario. Si en la década de 1950 se traduce, entre otros, a Shakespeare, Baroja, Homero o Juan Ramón Jiménez, esta tendencia se verá incrementada con la traducción, en las décadas siguientes de obras de Hemingway, Tagore, Ionesco, Cela, Brecht, Camus, Kafka, Stevenson o Twain. La creación de la colección "Kulixka Sorta" de la Editorial Itxaropena de Zarautz en 1952, dará un empuje a la puesta al día que se pretende emprender e impulsará la creación de nuevas revistas como Jakin (1956), Karmel (1950) o Anaitasuna (1953), y supondrá una importante plataforma cultural para el relanzamiento de la vida cultural vasca.

c.1) La novela moderna

La novela vasca pasó del modelo costumbrista vigente hasta la fecha a un tipo de novela de corte existencialista con Leturiariaren egunkari ezkutua (1957, El diario secreto de Leturia), de Jose Luis Alvarez Enparantza, Txillardegi (1929-). Es cierto que se publicaron otras novelas de tono existencial (como Arranegi (1958), Araibar zalduna (1962, El caballero Araibar) y Batetik bestera (1962, De un lado a otro) de Eusebio Erkiaga, 1912-1993) de corte costumbrista, o la anteriormente mencionada Neronek tirako nizkin (1964) de Sebastian Salaberria), pero ninguna tenía la novedad narrativa que traía la de Txillardegi, autor comprometido con la cultura vasca y que además de la faceta literaria, ha cultivado la política (fue uno de los fundadores de ETA y posteriormente, senador por Herri Batasuna) y ha sido profesor universitario de Lingüística. Fue suyo el mérito de haber abierto las puertas a la modernidad en la novela en lengua vasca. Al igual que A. Roquentin en La Nausée (1938), Leturia, el héroe problematico de su primera novela, Leturiaren egunkari ezkutua, plasma en su diario la ausencia de sentido de la existencia humana y reflexiona en torno a los temas cruciales del existencialismo: la soledad, el fracaso, la muerte, la angustia que genera el tener que decidir? También reflexiona en torno a la existencia de Dios, existencia que Leturia no niega. La referencia que se hace a Unamuno nos sitúa ante la corriente existencialista no atea. Las siguientes novelas de Txillardegi Peru Leartzako (1960) y Elsa Scheelen (1969) también se adscribieron a la tipología existencialista. En la primera, el protagonista-narrador Peru vive angustiado por el paso inexpugnable del tiempo. Agobiado en el trabajo, cuando lo deja tampoco consigue ser feliz, y es internardo en un manicomio En cuanto a Elsa Scheelen, la factura de la novela es más tradicional, pues el autor recurre a un narrador omnisciente para narrarla. El argumento gira en torno a la trayectoria sentimental de Elsa, una mujer joven que, abandonada por su compañero Luc, trata de superar su terrible soledad con una segunda relación con el sacerdote Pierre Maunier. Podríamos decir que ambas novelas reflejaron los debates políticos y filosóficos que marcaron la década de los años 60, pero que la excesiva carga filosófica e ideológica ahogó el proyecto novelesco que el autor trató de llevar a cabo en ellas. Tras un paréntesis de 10 años, Txillardegi volvió a publicar una nueva novela en 1979: Haizeaz bestaldetik (Allende el viento). En ella, el autor reincidió en la problemática existencial presente en su primera novela: la búsqueda del absoluto por el hombre. No obstante, fue la forma novelesca de Haizeaz bestaldetik la que realmente resultó novedosa, por tratarse de una novela lírica. Tras este ensayo novelesco, Txillardegi continuó publicado novelas políticas, próximas a la izquierda abertzale, como Exkixu (1988), o Labartzari agur (2005, Adiós a Labartza), o la histórica Putzu (1999), ambientada en las guerras carlistas.

Jon Mirande (1925-1972) perteneció a la misma generación de Txillardegi, y como aquel supo plasmar la modernidad, no solo en su obra poética, sino también en narrativa, con novelas psicológicas como Haur besoetakoa (1970, La ahijada, traducido por Eduardo Gil Bera, Pamiela, 1991), escrita para 1959 y publicada en 1970, o cuentos como los que se reunieron posteriormente a su muerte en: Gauaz parke batean (1984, De noche en un parque). Políglota excepcional, y traductor al euskara de Poe, Saki o Kafka, entre otros, no es difícil encontrar en su obra poética o narrativa ecos de sus abundantes lecturas filosóficas (los estoicos, Nietzsche y Spengler, sobre todo) y literarias (además de los mencionados anteriormente, también Baudelaire o Yeats). Pero lo que realmente ha llamado la atención de la trayectoria de Mirande han sido sus ideas y posicionamiento políticos. Fascista declarado, antisemita y anticristiano, polemizó con todas las tendencias literarias y políticas vascas de su época. Su novela Haur besoetakoa, recordaba, por su tema, la relación entre un hombre maduro y su jovencísima ahijada, a Lolita, de Vladimir Nabokov. Pero la verdad es que Mirande no había leído la novela del ruso cuando escribió Haur besoetakoa y, como señala Eduardo Gil Bera en el prefacio que hace a la traducción de la novela, Mirande no hizo más que retomar un motivo literario presente en la tradición occidental desde Teócrito o Virgilio. No es de extrañar que el contenido argumental transgresor de la novela chocara, en su tiempo, con la estricta moral cristiana vigente, ya que nunca antes se había tratado el tema de la pederastia en nuestra novela.

Es el propio protagonista masculino de Haur besoetakoa el que relata la historia. Sabemos que es aficionado a la bebida, que tiene gran bagaje cultural (se citan a numerosos músicos y filósofos), que lleva un modo de vida un tanto aristocrático en la mansión que le dejaran sus padres al morir... todo ello conforma el escenario donde se van relatando las etapas más relevantes de la relación amorosa de los protagonistas. Aunque la factura literaria de la novela sea bastante tradicional, la intensidad de los sentimientos relatados y la plasticidad descriptiva de las escenas, hacen que la lectura de la historia resulte sugerente e intensa, de una intensidad desconocida en su momento en el contexto de la novela vasca. Mirande se suicidó en la Navidad de 1972. Tras su muerte, el mito del autor maldito incrementó la curiosidad de la comunidad literaria vasca hacia su obra.

La década de los años 60 viene marcada, en lo internacional, por la aparición de nuevos movimientos sociales y por la popularización de los modelos revolucionarios tercermundistas, así como por el relevo en la hegemonía en el seno del nacionalismo entre el PNV y ETA (Chueca 2000: 398). Euskadi fue consolidando su crecimiento económico e industrial, hecho que facilitó que se pudieran poner en marcha nuevas iniciativas culturales. Éstas tenían como objetivo una modernidad cultural y artística impulsada, entre otros, por poetas como el bilbaíno Gabriel Aresti (1933-1975) con su Harri eta Herri (1964, Piedra y pueblo), el mejor exponente de la poesía social vasca, o por artistas como Jorge Oteiza (1908-2003), quien en su ¡Quousque tandem?! Interpretación estética del alma vasca (1963) nos habló de un estilo vasco, proveniente del "alma vasca" formada en el Neolítico. Oteiza, junto a otros artistas de la época agrupados en torno a los grupos Gaur, Danok, Emen y Orain (1965), fundó, en 1966, la Euskal Eskola-Escuela Vasca. La valoración del arte prehistórico y popular que se realizaba en el influyente ensayo de Oteiza, ese deseo de retornar a los orígenes, conectaba su arte con las vanguardias históricas que hicieron suyo el objetivo de devolver al arte la pureza de sus comienzos. Tanto Aresti como Oteiza, contribuyeron a la creación de un frente cultural moderno que no renunciaba al activismo político contra el régimen de Franco. Junto a ellos, fue el insigne lingüista Koldo Mitxelena (1915-1987), que lideró el proceso de unificación de la lengua vasca iniciada en esta década por la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, el tercer protagonista del grupo de heterodoxos culturales que revolucionó el mundo cultural vasco de los 60. Pero además, son años en los que el mundo editorial vasco vivió aires renovadores con la creación de nuevas editoriales que incrementaron la producción en euskera (algunas de las editoriales que surgieron en aquellos años: Gordailu (1969), Lur (1969), Etor (1970), Iker (1972), Gero (1973), Elkar (1973). Este incremento de la producción editorial tuvo su plasmación en el aumento del número de novelas (de hecho se duplicó con respecto a la década anterior) y podríamos afirmar que quizás por primera vez la novela en lengua vasca conectó con las expectativas de los lectores vascos de la época, lectores que, sea dicho de paso, empezaron a incrementarse gracias a iniciativas como el afianzamiento de las escuelas vascas o ikastolas y la puesta en marcha de campañas de alfabetización de adultos. En 1965 se celebró la primera Euskal Liburu Azoka (Feria del Libro Vasco) en Durango, feria que sigue siendo la cita cultural anual vasca por excelencia, surgió el movimiento de la canción vasca moderna con grupos como Ez dok amairu (1965-1972), grupos de baile conocidos como Argia (1965-) nacen durante aquellos años, y el teatro en euskara vive una renovación sin precedentes.

En este contexto, surgieron nuevas tipologías novelescas que trataron de responder a la sensibilidad de la época, marcada por el activismo cultural y social, y por un ansia de modernización que impregnó todas las expresiones artísticas (arte, literatura, música). Son los años en los que hace su aparición la novela social, cultivada, entre otros, por Xabier Gereño (1924-), autor y editor prolífico que, entre otras, publicó las novelas: Arantza artean (1969) sobre la opresión social del hombre, Argi bat iluntasunean (1970) sobre conflictos laborales, Nora naramazue? (1972) sobre la lucha contra la tiranía y el abuso de poder o Andereño (1975), sobre la problemática de las ikastolas. Por su parte, Txomin Peillen (1932-), prolífico escritor, profesor universitario y miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia y fundador, junto a J. Mirande, de la revista Igela, escribió novelas como la policíaca Gauaz ibiltzen dena? (1967) y la social Itzal gorria (1972), ambas galardonadas con el Premio Domingo Agirre, o Gatu beltza (1973), una parodia las novelas policíacas. Por último, mencionar las novelas sociales de Xabier Amuriza (1941-): Hil ala bizi (1973), Oromenderrieta (1984) y Emea (1985). También hace irrupción un tipo de novela que podríamos calificar de alegórica y que trataba de burlar la censura vigente en la época. Era, sin duda, una narrativa que hacía suyas las aportaciones del realismo mágico sudamericano, realismo que hizo su aparición en el panorama editorial del estado español en la década de 1960 y que generó, en el caso vasco, ensayos conocidos como el del poeta y traductor Mikel Lasa: Nobela berria Hego-Amerikan (1972, La nueva novela en Sudamérica). Y es que para entonces, Anjel Lertxundi (1948) ya había dado inicio a una de nuestras trayectorias más interesantes con el libro de cuentos Hunik arrats artean (1970, Hasta la noche), libro en el que la influencia del realismo mágico sudamericano era patente (con cuentos situados, por ejemplo, en Macondo). Pero además, en esta colección aparecía, por primera vez, el pueblo de Urturi, topos narrativo que conformará el núcleo de su novela Ajea du Urturik (1971, La preocupación de Urturi). En ella se narran las reacciones de este pueblo (claro símbolo de Euskal Herria) tras una inundación. La imagen repetida de la telaraña simboliza la situación tensa y oprimida que vivía el pueblo vasco. Por otro lado, también fue patente la influencia del realismo mágico en la novela alegórica Haurgintza minetan (1973, Dolores de parto) de Mikel Zarate (1933-1979), novela que también intentaba reflejar la situación crítica vasca del momento, y en Oilarraren promesa (1976, La promesa del gallo) de Joan Mari Irigoien (1948), escrita en plena época de la dictadura franquista, y que fue un alegato contra la represión política que sufría el País Vasco. Esta influencia del realismo mágico también se hará sentir, como veremos, en la novelística posterior de Irigoien, o Lertxundi, además de en otros autores que en la década de los años 1980 apostaron por un ruralismo negro en sus novelas.

En cualquier caso fue la publicación, en 1969, de Egunero hasten delako del escritor Ramón Saizarbitoria (1944) la que dio un giro radical al panorama novelístico y este giro se plasmó en el relevo de la poética existencialista por una novela experimental. Saizarbitoria hizo suya la afirmación de Jean Ricardou acerca de que la novela es la aventura de la escritura, y podríamos decir que sus aventuras narrativas contaron con el beneplácito de la crítica vasca. El ensayo de Ibon Sarasola Txillardegi eta Saizarbitoriaren nobelagintza (1975, La novela de Txillardegi y Saizarbitoria), o la influyente actividad docente y crítica del catedrático Jesús María Lasagabaster, quien regresó de París en 1967 tras finalizar sus estudios de crítica literaria de la mano de los representantes de la "Nouvelle Critique" (Goldmann, Barthes, Greimas entre otros), impulsaron la canonización de la novela de Saizarbitoria, ejemplo de modernidad. Los análisis narratológicos de Lasagabaster (1981, 2005) encumbraron a Egunero hasten delako y las novelas posteriores de Saizarbitoria como los mejores exponentes de la incorporación de las técnicas narrativas modernas a la novela vasca. En efecto, Lasagabaster hacía suya, en el prólogo que realizó a la segunda edición de la novela en 1982, la distinción barthiana entre textos lisibles y escriptibles, añadiendo que la novela de Saizarbitoria era del segundo tipo. Podríamos decir que estamos ante una de las pocas novelas vascas que ha envejecido bien, es decir, que se ha convertido en un clásico entre nosotros y que seguramente, será la actualidad de los temas tratados en ella: la emigración, la educación el sexo, el aborto la que ha posibilitado ese éxito. Así lo manifestaba incluso el propio Saizarbitoria en el prólogo que escribió a la edición actualizada del texto en el año 2007 (Saizarbitoria 2007: 18).

Egunero hasten delako (1969) cuenta, en dos planos narrativos independientes que se van alternando, la historia de una joven estudiante que quiere abortar (Gisèle Sergier) y la conversación que tiene lugar en una estación de ferrocarril y una central telefónica entre un personaje extraño y uno o varios interlocutores anónimos. El primer plano es narrado de modo behaviorista y el segundo al estilo que lo hiciera Jean Paul Sartre en La chute (1956), suprimiendo las intervenciones del interlocutor. La mención que se hace en la novela a la revista Les Temps Modernes o el nombre de la protagonista, Gisèle, que nos recuerda a la famosa abogada que participó en el juicio de Bobigny en 1972, contextualizan la importancia que tuvo el debate en torno al aborto durante la década de los 60.

La segunda novela de Saizarbitoria, 100 metro (1976, Cien metros, Nueva Cultura, 1979), no sólo confirmó las expectativas del lector de la época sino que, las superó. La novela, que ha sido traducida al castellano, francés, inglés e italiano y llevada al cine en 1985 por el director Alfonso Ungría, es la obra más conocida y vendida de Saizarbitoria. También en Ehun metro, el narrador recurre a diferentes planos narrativos aunque en esta novela es más evidente la utilización de técnicas fílmicas para relatar los acontecimientos. Pero el hecho de que la historia principal narrara los últimos cien metros de un activista de ETA antes de ser abatido por la policía en la Plaza de la Constitución de San Sebastián, condicionó poderosamente las lecturas que en su día se hicieron de la novela (Juaristi 1987: 88). Es cierto que la novela mostraba un objetivismo narrativo pero ello no significa, como ha subrayado Mikel Hernandez Abaitua (2008: 376), indiferencia pues la novela criticaba la escalada de sangre que iba generando el terrorismo de ETA y abogaba por un compromiso social ético que rompiera con la negligencia y el silencio de la sociedad vasca. Las técnicas narrativas utilizadas para perfilar los seis planos de los que constaba la novela (alternancia de la segunda y tercera personas narrativas, continuos flashbacks, inclusión de extractos de prensa y guías turísticas, utilización heteroglósica del castellano y del euskara para transcribir algunos de los planos?) describían un escenario histórico situado a finales de la dictadura franquista, justo en 1974, un período de gran represión política. De este modo, 100 metro no solo denunciaba la situación diglósica del euskara, sino la marginación de una identidad colectiva vasca a manos de un discurso franquista, discurso que queda patente en las descripciones que se realizan de la capital guipuzcoana en la novela, en las que una Donostia-San Sebastián "tomada" por el franquismo es definida como la capital veraniega de España, y la actual Plaza de la Constitución se denomina "Plaza del 18 de julio" (fecha del alzamiento nacional que generó la Guerra Civil de 1936).

El éxito que obtuvieron estas dos primeras novelas es equiparable al asombro que causó la aparición de la tercera: Ene Jesus (1976). Aunque fue galardonada con el Premio de la Crítica (1982), podríamos decir que la novela se anticipó a su época y se alejó de las expectativas de sus lectores, es decir, que el pacto con el lector al que hacía alusión Jean Paul Sartre en Qu'est ce que la littérature? (1948) no funcionó. Ene Jesús narrativizó la crisis de la representatividad que inundó la filosofía y arte modernos, crisis que nos recordó que somos seres de lenguaje (cf. Heidegger) y que cualquier intento de tratar de traspasar sus límites es baldío (cf. Wittgenstein). Estamos ante una metanovela que muestra la imposibilidad de contar de modo trágico por su protagonista. Un texto fragmentario en el que los elementos narrativos (ya en cuanto a la historia, ya en el discurso) se han simplificando al máximo, y donde personajes como Samuel y el mudo, junto con las características argumentales de la novela, nos señalan el intertexto más inmediato de la novela: Malone meurt (1951) del escritor irlandés Samuel Beckett.

Stephen Heath habló de un realismo de la escritura a propósito del Nouveau Roman, de una escritura que se convierte en "self-presentation as text" (1972: 22). En términos parecidos se manifestó un Saizarbitoria fascinado por los nouveaux romanciers en la introducción que escribió a otra novela experimental de la época, Sekulorum Sekulotan (1975, Por los siglos de los siglos) de Patricio Urkizu (1946). Se trata de un monólogo interior, transcrito sin puntos ni comas, que nos recuerda a algunas obras de Philippe Sollers. Esta antinovela, en clara sintonía con las poéticas de los integrantes del grupo Tel Quel francés, subraya que somos seres de lenguaje y que más allá de la continua verborrea transcrita en las páginas de la novela, no existe nada. Fechada en 1972, la novela de Urkizu refleja la situación política convulsiva de la época y los debates religioso-morales de una juventud que revivía el mayo del 68 francés. La prolífica trayectoria académica y literaria del profesor Urkizu, incluye también novelas y ensayos premiados.

Para cuando Urkizu publicó Sekulorum Sekulotan, otros dos autores que resultarían claves en el devenir de la literatura vasca publicaron, en enero de 1975, la revista Panpina ustela. Nos referimos a Bernardo Atxaga (1951) y a Koldo Izagirre (1953). En él incorporaron el manifiesto: "Ez dezagula konposturarik gal, halere", en el que criticaban la realidad literaria vasca de la época y abogaban por una renovación radical. El carácter rupturista y anticonvencional de dicha publicación, su carácter neovanguardista y underground, no ocultaba la reivindicación de la autonomía del hecho literario, reivindicación que se hizo más manifiesta en los textos que vieron la luz en la revista Pott (1978-79), surgida en Bilbao por impulso de Atxaga tras abandonar Ustela. La banda Pott estaba integrado, además de por Atxaga, por: Joxemari Iturralde, Joseba Sarrionaindia, Ruper Ordorika y Jon Juaristi.

Zergatik bai (1976, Porque sí) de Koldo Izagirre y Ziutateaz (1976, Acerca de la ciudad) de Bernardo Atxaga son los textos narrativos neovanguardistas que cierran el capítulo de los experimentalismos la década de los 70. Ambas comparten la peculiaridad de ser difícilmente catalogables como novelas. Tal y como afirmaba R. Saizarbitoria en la contraportada del libro Zergatik bai de Izagirre, estamos ante un ensayo lingüístico, un intento de superar la asepsia del euskera unificado. Este intento se plasmó en un conjunto de textos breves que incorporaban diferentes registros y niveles de habla, una heteroglosia con la que Izagirre plasmaba la situación diglósica del euskera y seducía al lector con un estilo de gran plasticidad. Por su parte, el joven Atxaga, inició su trayectoria literaria con obras de corte post-vanguardista y factura experimental. Nos referimos a la pieza teatral Borobila eta puntua (1972, El círculo y el punto), la novela Ziutateaz y al poemario Etiopia (1978), obras en las que está latente el hastío poético presente en literatura y que provocará el fin de la modernidad. La novela que nos ocupa, Ziutateaz, es un híbrido, una narración que incorpora poemas, descripciones y textos dramáticos. El mundo que subyace a la novela es terrible, poblado de verdugos, boxeadores derrotados, soldados utilizados para espectáculos tétricos, torturadores frustrados... la ciudad es el símbolo del desparaiso. La locura y la crueldad reinan en este universo literario impregnado por referencias a Hölderlin, Artaud, Jarry, o Van Gogh (Ayerbe 2006). Ziutateaz simboliza, sin duda, toda una época de represión política y negación de las libertades.


d) La narrativa vasca desde 1975: Consolidación del sistema literario y eclecticismo

Como decíamos al inicio de este artículo, la entrada en la era democrática posibilitó el afianzamiento del sistema literario vasco, al menos en la zona vasca peninsular. Tras la aprobación de la Constitución Española de 1978, el euskara mantiene un status de co-oficialidad con el castellano en las dos comunidades autónomas de la zona española, es decir, en la Comunidad Autónoma Vasca y en la Comunidad Foral Navarra. No ocurre lo mismo en el País Vasco francés (Departamento de los Pirineos Atlánticos). Las consecuencias de esta realidad desigual son fácilmente predecibles: la instauración de modelos bilingües de enseñanza o la convocatoria de ayudas a la edición en euskara han hecho que, en la actualidad, el sistema literario vasco sea mucho más fuerte y dinámico en el País Vasco peninsular que en el continental. La inmensa mayoría de los elementos que componen el actual sistema literario vasco (la estructura que comprende la producción, mediación, recepción y recreación de textos literarios vascos) tienen su sede en la Comunidad Autónoma Vasca y son financiados, mayoritariamente, por sus instituciones gubernamentales. Por otro lado, tal y como indicabamos al principio de este capítulo, en la actualidad se publican unos 1.500 títulos nuevos al año en euskara y la consolidación del sistema ha venido pareja a la centralidad que la narrativa ha adquirido en él. Contamos con una red editorial de más de cien empresas, y un número de escritores que ronda los 300 (85 % hombres, 15% mujeres). Además, la instauración de los estudios universitarios de Filología Vasca en 1981 supuso el empuje definitivo para que la investigación literaria académica se desarrollara plenamente. Es también en la década de los 80 cuando surgen las asociaciones como la de los Escritores en Lengua Vasca, EIE (1982), la de los Traductores, Correctores e Intérpretes de Lengua Vasca, EIZIE (1987), o Galtzagorri Elkartea, que fomenta la literatura infantil y juvenil en euskara. Es de destacar, además, la considerable cantidad y calidad de las traducciones de autores como Faulkner, Hölderlin, Maupassant, Toni Morrison o Achinua Achebe al euskara. Sin embargo, las traducciones de obras vascas a otras lenguas sigue siendo nuestra asignatura pendiente. Se calcula que sólo un total de 200 títulos han sido traducidos a otras lenguas (cf. basqueliterature.com), un número realmente limitado para una literatura que ha sufrido un claro proceso de autonomización e incorpora, entre sus anhelos, el de obtener el certificado literario por medio de las traducciones a lenguas más centrales. Tal y como defiende Casanova (2001: 182-3), la traducción, además de una naturalización (en el sentido de cambio de nacionalidad), supone una literarización, un imponerse como literatura ante instituciones legitimadoras.

Hemos solido decir que el aspecto más débil de nuestro sistema literario lo constituye el de la recepción, por cuanto parece que la lectura literaria en lengua vasca está demasiado supeditada a la obligatoriedad escolar (Olaziregi 2005a). A falta de estudios exhaustivos sobre los hábitos de lectura actuales en euskara, parece que tampoco la televisión vasca, con cadenas íntegramente en euskara como la ETB 1, creada en 1982, o la prensa vasca, con el periódico Berria a la cabeza, hayan servido para una promoción eficaz de la literatura vasca10. Es precisamente en Internet, en el medio que ha desplazado a la televisión en el consumo de ocio de los jóvenes lectores del mundo occidental, donde las instituciones vascas han promocionado recientemente más la lengua vasca. Aunque los resultados son liliputienses en comparación a los del omnipresente inglés, suponen un paso cualitativo para la visibilidad de la lengua. En la actualidad, en Euskara está en el ranking 38 de los idiomas más usados en la red, y las entradas de Wikipedia en nuestra lengua superen las 58.000.

La consolidación del sistema literario vasco, la importancia que el mercado ha ido adquiriendo ha permitido, entre otros aspectos, que una de las reivindicaciones que marcaron los años 1980 (Etxezarreta 1981: 464), el de la necesidad de la profesionalización de los escritores, haya sido posible, aunque todavía se trate de un porcentaje muy limitado de escritores (no llegan al 10 % de escritores vascos), y dicha profesionalización pase por la necesidad de las traducciones a otras lenguas.

En los apartados que siguen perfilaremos las tendencias y los autores que han propiciado la consolidación cuantitativa y cualitativa de la narrativa vasca en las tres últimas décadas. Se trata de una tarea complicada habida cuenta de los diverso que es el panorama literario actual. La especificad de cada autor podría llevarnos a hacer nuestro el diagnóstico que Jorge Luis Borges hiciera a propósito de la literatura inglesa cuando afirmaba que cada autor era como una isla y que era difícil dibujar un mapa de tendencias (Olaziregi 2000: 541). Es evidente que no existe una tendencia dominante, por lo que adjetivos como posmoderno bien podrían servir para resumir una realidad narrativa heterogénea, donde el mercado tiene cada vez más importancia y la narrativa hace suya la necesidad de seguir narrando, construyendo y deconstruyendo esas identidades, individuales y colectivas, que el imaginario de la narrativa vasca tradicional consideró inmutables. Será la consolidación del cuento y su contribución a la renovación de poéticas uno de los aspectos que señalaremos. Razones sociológicas como el del incremento de revistas literarias y premios literarios han sido aducidas para explicar el incremento del género en los años 80, pero también razones literarias como la centralidad que los integrantes de la banda Pott (Atxaga, Sarrionandia, Iturralde) dieron al género. En cualquier caso, al igual que ha venido a suceder en la literatura española finisecular, también la actividad literaria vasca se ha polarizado en los últimos años en beneficio de / a favor de la novela. Hoy por hoy, la novela es el género con más repercusión y prestigio literario, y, por supuesto, el de mayor rentabilidad editorial. Podríamos decir que la novela vasca de las tres últimas décadas hace suya la premisa de que todo está contado pero hace falta recordarlo. Hablamos de una novela que presenta un claro eclecticismo en sus influencias e intertextos literarios, y que aunque hace suyas las técnicas del modernismo, gusta de realizar combinaciones paródicas e irónicas de géneros y ofrece una diversidad de tipologías realmente considerable. Al igual que sucede en el sistema literario de la literatura española (cf. Villanueva: 1992; Mainer: 1992), también entre nosotros se habla de la cultura como expresión y objeto de consumo, de la reprivatización de la literatura (por la popularidad que tienen la literatura memorialística y los textos de corte autobiográfico), de la abundancia de metaficciones, de la hibridación de géneros, de la importancia que ha cobrado la restitución del pasado, o del auge de la novela negra y del mistery fiction. Es este un panorama marcado por una novela contemporánea vasca que mira, sobre todo, al pasado y que apuesta por una poética realista diversa y subjetiva. En este sentido, podemos decir que la novela vasca de las últimas décadas ha superado, por fin, esa incapacidad que, según críticos como Lasagabaster (1990: 22), tenía para ?enfrentarse? a la realidad. Lo ha hecho desde la consciencia de que la ficción no recrea, representa o refleja ninguna ?realidad? sino que la construye: "Reality is a purely linguistic notion" (Lee 1990: 25). Ello ha permitido que, por ejemplo, la novela vasca haya podido, gracias al incremento de textos en torno al terrorismo de E.T.A., avanzar en la destabuización del terrorismo de sus elementos fetichistas y ritualizados. La ficcionalización de los "Basque troubles" sin duda puede contribuir "to break down terrorist remythologizing" (Zulaika 1999: 88). Hagamos, a continuación, un repaso de los autores y textos narrativos más importantes.

d.1) Bernardo Atxaga (1951): la literatura vasca en la República Mundial de las Letras

En el apartado anterior hablábamos del proceso de autonomización que ha conocido la literatura vasca en la época democrática y el escritor José Irazu Garmendia, alias Bernardo Atxaga, es el mejor exponente de ello, por cuanto que hablamos del autor más premiado y traducido de todos los tiempos, y uno de los pocos escritores vascos profesionales (Olaziregi 2005a, 2010a). El elenco de premios obtenidos incluye, entre otros, el Premio Euskadi (1989, 1997, 1999), el Premio Nacional de Narrativa (1989), el Premio Milepages (1991), el Premio Tres Coronas de los Pirineos Atlánticos (1995), el Premio Eusko Ikaskuntza (2002), el Premio Cesare Pavese de Poesía (2003), el Premio Grinzane Cavour (2008) el Premio Mondello (2008) o el Premio de la Crítica Española (1978, 1985, 1988, 1993, 2003).

Tras unos inicios vanguardistas (véanse puntos anteriores de este capítulo), la narrativa de Atxaga evolucionó hacia la literatura fantástica en los años 1980. Fue la aparición de la geografía imaginaria de Obaba en el cuento Camilo Lizardi erretore jaunaren etxean aurkitutako gutunaren azalpena (1982), ganador del Premio Ciudad de San Sebastián, la que condicionó dicho cambio. Obaba tuvo su origen en una canción de cuna vizcaína y dio unidad temática a cuentos como Sugeak txoriari begiratzen dionean (1984), Bi letter jaso nituen oso denbora gutxian (1984, Dos letters / Cuando una serpiente, Ediciones B, 1990), la novela corta Bi anai (1985, Dos hermanos, Ollero & Ramos, 1995), y la conocida Obabakoak (1988. Obabakoak, Ediciones B, 1989). La sensibilidad con que se aborda la problemática del emigrante y de la diáspora vasca, el acierto con el que se transmite la hibridez de identidades y culturas por medio de la utilización heterofónica del inglés y del euskara, son sólo algunos de los aspectos que convirtieron Bi letter en una novedosa y atractiva lectura. Por su parte, Bi anai, podría ser considerada como una fábula moderna sobre el sacrificio de un inocente (2005a, capítulo 11).

Las descripciones de Obaba hablan de una geografía vivida, una geografía que remite a espacios presentes en la infancia del autor que sirven de excusa narrativa para transmitir un mundo antiguo en el que no rige la causalidad lógica sino ?esa causalidad distinta? a la que aludía Jorge Luis Borges en Siete noches, es decir, la mágica. La oposición entre Naturaleza y Cultura es la que condiciona el devenir de los acontecimientos en Obaba y, en realidad, se trata de un mundo premoderno, donde no existen palabras como "depresión" o "esquizofrenia" y donde se recurre a los animales para explicar acontecimientos incompresibles para sus habitantes (Atxaga 1999). Por ello, en el territorio de Obaba, es posible que un niño se convierta en un jabalí blanco o unos hermanos en gansos (cf. Dos Hermanos), o que resulte realmente peligroso quedarse dormido sobre la hierba pues cualquier lagarto, del tipo lacerta viridis, puede acercarse, entrar por nuestro oído y adueñarse de nuestro cerebro. Se trata del castigo que los habitantes de Obaba deben pagar por transgredir normas morales, tales como, la prohibición de tener hijos en el caso del canónigo, o la de no controlar el deseo sexual, en el caso del hermano disminuido de la novela Dos Hermanos. Son metamorfosis que convierten a la literatura fantástica, al hilo de lo afirmado por Rosemary Jackson (1995), en una literatura subversiva que trata de dar voz a ese Otro, marginado, invisible e incluso ?monstruoso? que el Romanticismo utilizó para cuestionar el orden social vigente.

Obabakoak es una compilación de cuentos interrelacionados (short story cycle) e incluso enmarcados en la última parte del libro. Desde el paratexto, Obabakoak, que significa en euskara "las gentes o historias de Obaba", la geografía imaginaria de Obaba da unidad temático-topológica a los cuentos que se incluyen en él. De este modo, el paisaje afectivo de Obaba se describe como un infinito virtual donde la memoria del narrador va tejiendo un entramado sugerente de historias, historias que combinan la reflexión metanarrativa con estrategias de Literatura Fantástica. Pero este viaje fantástico es, ante todo, un viaje literario, un viaje intertextual. Las continuas referencias que se hacen a otros relatos nos recuerdan la afirmación eliotiana de que toda obra se inscribe en una tradición literaria, y en este sentido, Obabakoak rinde homenaje a los maestros universales del cuento literario, sea a los que publicaron aproximaciones teóricas al género (E. A. Poe, H. Quiroga o J. Cortázar), sea a los escritores del s. XIX y del XX. Este homenaje literario se traduce en citas de cuentos (como el conocido El criado del rico mercader), en resúmenes (como los de los cuentos de Chejov, Waugh y Maupassant en Acerca de los cuentos), paráfrasis con transformaciones temático-formales (como Wei Lie Deshang), plagios (como en del cuento Torture par espérance de Villiers d?Isle Adam en Una grieta en la nieve helada), parodias, imitaciones y un largo etcétera. Por si estas referencias fueran pocas, títulos como Margarete y Heinrich, gemelos (cf. G. Trakl) o E. Werfell (cf. F. Werfel), nos hablan del sustrato expresionista de algunos cuentos del libro. En definitiva, las dos partes del libro que rondan en torno a los temas de la soledad y la fatalidad, nos muestran un mundo literario de una riqueza polifónica inusual que nos plantea una reflexión sobre la vida y el hecho mismo de escribir. El autor reflexiona sobre los límites entre la literatura y la vida, y nos recuerda que si no queremos convertirnos en personajes quijotescos, es peligroso pecar de crédulos con las ficciones. Tras Obabakoak, la trayectoria cuentística de Atxaga ha incluído relatos publicados en diversas antologías colectivas (Olaziregi 2010b).

Su novela juvenil Behi euskaldun baten memoriak (1991) (Memorias de una vaca, traducción de Arantzazu Sabán, SM, 1992) marca el giro hacia el realismo en la narrativa de Bernardo Atxaga, un giro que, sea dicho de paso, también se dará en otros novelistas vascos que en la década de los años 80 publicaron textos fantásticos (p.e. Anjel Lertxundi, Joan Mari Irigoien, Pako Aristi...). Behi euskaldun baten memoriak está planteada como una novela de educación y hace suyas las estrategias narrativas de géneros como la fábula o las memorias literarias. Pero las memorias de la protagonista Mo, una vaca que hace suya la máxima kantiana del "supere aude", nos remiten a una dura posguerra en Euskadi. Son las suyas unas memorias que se inspiraban en vidas como la de Juan Fernández Ayala, Juanín, el conocido maqui cántabro al que Atxaga hizo su particular homenaje. Destacar, además, que la intertextualidad de la novela, salvo algunas alusiones a A. Rimbaud, F. Villon o Brassens que el narrador pone en boca de la protagonista, es, ante todo, vasca y que Atxaga rinde homenaje a autores como Aresti, Sarrionandia, o Iparragirre, así como a romances líricos del siglo XVIII.

Las siguientes novelas de Atxaga, Gizona bere bakaradean (1993, El hombre solo, Ediciones B, 1994), Zeru horiek (1995, Esos cielos, Ediciones B, 1995), Soinujolearen semea (2003, El hijo del acordeonista, traducido por Asun Garikano y Bernardo Atxaga, Alfaguara, 2004) supusieron una aproximación ética al conflictivo contexto político vasco (Olaziregi 2005a, capítulos 12, 13 y 14). Se trata de tres novelas que han consolidado la trayectoria internacional de Atxaga y que han sido ampliamente traducidas. Como Gizona bere bakardadean, traducida a 15 idiomas y galardonada con premios como el Premio de la Crítica (1993), finalista del ?Premio Nacional de Narrativa (1993), Premio Euskadi de Plata (1994), y candidato, entre otros, al Premio Aristeión (1996) y el International IMPAC Dublin Literary Award? (1997). Por su parte, Zeru horiek ha sido traducida a diez idiomas, y ha sido llevada al cine excelentemente por la directora Aizpea Goenaga (Zeru horiek, 2008). Por último, destacar Soinujolearen semea, con sus 13 traducciones y premios tan importantes como el de la Crítica en España (2003), y el Grinzane Cavour y Mondello en Italia, ambos en 2008.

Las tres novelas nos situaban ante personajes que eran ex-miembros de ETA, miembros torturados por unas memorias políticas que rememoraban acciones terroristas, como en el caso de Carlos, el protagonista de Gizona bere bakardadean o de una vida abocada a la soledad y exclusión, en el caso de Irene, la protagonista femenina de Zeru horiek. Las estrategias narrativas utilizadas por Atxaga, en especial, en el caso de las dos primeras, los convertían en novelas psicológicas de gran calado emocional. Tales estrategias incluían, entre otras, la reducción de elementos espacio-temporales a un limitado número de días y lugares, la preeminencia de espacios heterotópicos de crisis o de desviación (el hotel, o la cárcel), la repetición obsesiva de metáforas, imágenes, sueños (el sueño de la mar helada en Gizona bere bakardadean, o el de la arcadia utópica con la que sueña Irene), la utilización de intertextos que subrayan la desilusión de los ideales revolucionarios de antaño, tales como, los textos de Rosa Luxemburgo o Adriana Kollontai en el caso de Gizona bere bakardadean, o la selección de poetas "malditos" en el caso de Irene. Tanto Carlos como Irene comparten un destino de desarraigo y soledad. Desarraigo y alienación que llevan a Carlos a vivir en el territorio de Don Miedo (cf. el "Don Bildur" de G. de Berceo). Se diría que aunque ha conseguido un bienestar que le permite vivir cómodamente y trabajar de panadero para el hotel (parafraseando a un autor que se cita en la novela, Kropotkin, ha conquistado el pan), no ha conseguido alejarse todavía de la organización terrorista. Como lo sugiere la imagen reiterada del mar helado, el no haber roto amarras con la organización terrorista llevará a Carlos a su autoaniquilación al final de la novela, trágico destino que también compartirá con él un inocente, Pascal, el hijo de sus amigos. Aunque es obvio que para Carlos la lucha que lleva ETA es absurda, y se siente absolutamente lejano de las consignas e historias que rememora gracias a la carpeta que, auténtico lugar de la memoria, guarda en su habitación, no puede más que sentirse como un alma errante e identificarse con el poema de Friedrich Hölderlin que tiene colgado en la panadería (Lamentos de Menón por Diotima). El caso de Irene, la protagonista de Zeru horiek, es, en cambio, de un final mucho más incierto, pues ella sí ha optado por cortar con el grupo terrorista y acogerse al programa de reinserción de presos, pero su regreso a casa se torna imposible por la presión social y policial a la que es sometida. Las constantes alusiones que se hacen a su ?traición? en la novela, la violencia sexual a la que es sometida por parte de los policías secretas, no vaticinan un futuro fácil para ella. En cualquier caso, creemos que no está de más comentar un par de cuestiones. Por un lado, apuntar que Atxaga se inspiró en unas pintadas reales que aludían a una "traidora" a ETA para perfilar la historia de Irene (El Dominical, 21-4-1996). Por otro, recordar que detrás de la historia de Irene planea la sombra del asesinato por ETA, en septiembre de 1986, de María Dolores González Katarain quien, tras ocupar cargos de responsabilidad en la organización, decidió regresar de su exilio en México para acogerse al plan de reinserción de presos.

La recuperación de la memoria histórica, en concreto, la rememoración de las consecuencias del bombardeo de Gernika por la Legión Cóndor el 26 de abril de 1937, da impulso creativo a la novela Soinujolearen semea. Gernika es un auténtico lugar de la memoria para los vascos, y está presente también en otras obras de Atxaga, como en el ensayo Markak. Gernika 1937 (2007, Marcas. Gernika 1937, Pamiela, 2007). En Soinujolearen semea David narra sus memorias, recalando en su infancia en Obaba y su doloroso despertar ante el descubrimiento de los graves hechos acaecidos durante la Guerra Civil y posguerra. Esa Obaba que se nos perfila en la novela no es, como sucediera en el libro de narraciones Obabakoak, un lugar donde suceden hechos fantásticos difíciles de explicar con la razón, sino una arcadia lejana, un pequeño locus amoenus donde habitan los felices campesinos a los que cantó Virgilio. En este lugar está situado Iruain, la casa materna del protagonista, en un valle que se describe como verde y bucólico, un valle que no tiene nada que ver con el segundo espacio utópico que destacará la novela, Stoneham Ranch, en Tulare County, California. Pero el espejismo de una utopía californiana queda quebrado por la conexión que se establece desde el inicio con la Guerra Civil española. Stoneham Fields, cerca de Southampton, Reino Unido, fue el destino de 4.000 niños exiliados vascos que huyeron de la Guerra Civil el 21 de mayo de 1937, a bordo del barco Habana. En este sentido, América, el Nuevo Mundo, lejos de ser la arcadia deseada que inspiró a viajeros y artistas desde el Renacimiento hasta épocas tan próximas como la contemporánea (cf. America, de Kafka), se convierte en Soinujolearen semea en el destino de un autoexiliado vasco por razones políticas. No cabe duda de que la novela rompe con la representación que el continente americano ha tenido desde el siglo XIX en la literatura vasca, una representación claramente negativa, alimentada por la ilusión del eterno retorno. Frente a ella, la novela de Atxaga nos habla de un exilio que permite comenzar una nueva vida a aquellos vascos que han tenido que salir de Euskadi por razones políticas.

Decía Walter Benjamin que la tarea del historiador y, por añadidura, la del escritor, es similar a la del coleccionista que deambula por las ruinas del pasado para reconstruir con algunos trozos valiosos, fragmentos de aquello que existió (Benjamin: 1968). Esos fragmentos, esos trozos valiosos, se concretan, en el caso de la novela de Atxaga, en objetos como el cordón para recordar, los libros, las cartas, el cuaderno de Ángel, las fotografías, la caja de cartón, el sombrero Hotson; espacios como el escondrijo, el hotel Alaska; símbolos como el monumento a los caídos en la guerra. Todos ellos son lugares de la memoria11 que sirven para rememorar unos hechos traumáticos y proceder a la cura, al working through del que habla Dominique LaCapra (142-144), por medio de la creación literaria. Son lugares que rompen la "hipnosis" o la inopia en la que vivía David en el utópico espacio de Iruain y que le permiten ver con "segundos ojos". Son lugares, en definitiva, que posibilitan el despertar de David, y la aceptación de que es el hijo de un colaborador de la falange. La rememoración busca en última instancia denunciar un pasado para que no vuelva a repetirse, pues como dijo Aleida Assmann: "Those who cannot remember their past are condemned to relive it" (Assmann 1995:133). Podríamos decir que Soinujolearen semea no busca simplemente la recuperación de un pasado histórico traumático, sino reflexionar sobre la influencia que ese pasado ha tenido en generaciones vascas posteriores, generaciones que, tal y como ocurre con los protagonistas de la novela, han visto sus vidas condicionadas por una represión dictatorial y el estallido del terrorismo de ETA.

La última novela publicada por Atxaga, Zazpi etxe Frantzian (2008) (Siete casas en Francia, traducida por Asun Garikano y Bernardo Atxaga, Alfaguara, 2009) pretende ser un nuevo inicio literario para Atxaga. Lejos de los que hasta la fecha han sido los ejes centrales de su obra, Obaba y la memoria histórica vasca, su nueva novela se sitúa en lugares y épocas lejanas como el Congo de la época colonial. La novela narra en boca de su protagonista, Chrysostome Liège, el viaje que éste realiza en 1903 de Amberes a Yamanbi. Aunque bien podríamos afirmar que la colonización del Congo no es un "lugar" ajeno para la literatura (recuérdese, entre otros, los conocidos textos de Conan Doyle, Twain o Gide, hasta el canónico y cuestionado por autores como Chinua Achebe Heart of Darkness (1894), de Joseph Conrad), lo cierto es que Atxaga ha dado una vuelta de tuerca a la hora de relatar el colonialismo y su infinita crueldad. Es, precisamente, ese pasado colonial desplegado por Occidente el que, según Hannah Arendt (1951), estaría en la raíz de atrocidades como la del Holocausto. La novela de Atxaga no es una novela de aventuras, género que los colonizadores utilizaron abundantemente para legitimar sus crímenes, sino ante una parodia de los mismos. El Gag, el disparate (cf. Barthes), y la parodia (cf. J. Butler) son las armas de Zazpi etxe Frantzian para quebrar la ideología imperialista y hegemónica.

d.2) Reescrituras de la Historia

Ulrich Winter (2006: 9) habla del triple "destierro" que, en su opinión, sufrió la realidad histórica en España entre 1936 y 1975. Dicho destierro tiene su origen en el doble olvido que presidió la época: "primero por la represión dictatorial (...), y otro olvido pactado durante la Transición democrática" (Winter 2006:9). La repatriación de la Historia por medio de la recuperación estética de la memoria de la Guerra Civil y del franquismo en las novelas escritas tras 1975, llevó a un hilo temático caracterizado por Winter con el trinomio "traumatismo, estatización, reconciliación", y a una remitificación de la Historia callada frente a la Historia oficial (ibid. Labanyi 1989, Herzberger 1995).

La explosión de la memoria a la que alude Jan-Werner Müller (2002: 13-18) en el actual paradigma de las humanidades, respuesta a la proclama nietzscheana a favor de una History of Victims12, es un claro síntoma del la creciente necesidad de restituir un pasado de exclusión y sufrimiento. Es, precisamente, en este contexto en el que la literatura del ámbito ibérico ha abogado por una recuperación estética de la Guerra Civil, la cual ha tenido su legitimación crítico-teórica en la larga lista de estudios que han subrayado desde su paratexto la centralidad de la memoria13.

La narrativa vasca también ha hecho suyo el objetivo de relatar o deconstruir eventos históricos o políticos desde un prisma que huye de la mitificación o del planteamiento maniqueo. Cuestionada la objetividad del discurso historiográfico (Halbwachs 1992: 49), se afirma que la literatura puede servir para contar esas "otras verdades" que la Historia ha desterrado en su discurso épico, esas verdades que son, en definitiva, nuestras. Esta es la razón por la que eventos bélicos como las guerras carlistas del siglo XIX y, en especial, la Guerra Civil española (1936-1939) han inspirado muchas de las novelas vascas contemporáneas. Entre éstas podríamos mencionar, por ejemplo, Abuztuaren 15eko bazkalondoa (1979) de Jose Agustin Arrieta (La sobremesa del 15 de agosto, Hiru, 1994); Euzkadi merezi zuten (1995, traducido por Bego Montorio) de Koldo Izagirre; Azukrea belazeetan (1987) (edición bilingüe, traducido por Jorge Giménez, Atenea, 2006), Gerezi denbora (1998) (Tiempo de cerezas, traducido por Jorge Giménez, Alberdania, 2006) y Sagarrak Euzkadin/Manzanas en Euzkadi (traducido por Gerardo Markuleta, Alberdania, 2007) de Inazio Mujika Iraola; Izua hemen (1990) y Kilkerra eta roulottea (1997) de Joxemari Iturralde; Loitzu herrian udapartean (1993) de Luis Mari Mujika; Badena dena da (1995) de Patxi Zabaleta; Azken fusila (1994) (El último fusil, traducido por Bego Montorio, Hiru, 1994) y Kilkerren hotsak (2003) (El canto de los grillos, traducido por Bego Montorio, Ttarttalo, 2007) de Edorta Jimenez; Zoazte hemendik! (1995) de Patri Urkizu; Bihotz bi. Gerrako kronikak (1996) (Amor y Guerra, traducido por Bego Montorio, Espasa Calpe, 1999) y Gorde nazazu lurpean (2000) (Guárdame bajo tierra, traducido por F. Eguía Careaga, Alfaguara, 2001) de Ramón Saizarbitoria; Pausoa noiz luzatu (1998) de Andoni Egaña (Cuándo alargar el paso, traducido por Gerardo Markuleta, Alberdania, 2007); Tigre ehizan (1996) de Aingeru Epaltza (Cazadores de tigres, Xórdica, 1999). Vamos a referirnos a algunas de ellas, en especial, a las novelas de Ramón Saizarbitoria.

Comenzaremos con Joxe Austin Arrieta (1949), traductor (Premio Euskadi de Traducción 1995), poeta (Premio Ciudad de Irún 1982 y 1996) y narrador. La primera novela del autor, Abuztuaren 15eko bazkalondoa, obtuvo el Premio Ciudad de Irún (1978). Se trata de una obra de carácter autobiográfico que ofrece un interesante retrato de la Donostia de posguerra, una ciudad donde veranean los vencedores de la Guerra Civil. La historia se desarrolla el 15 de agosto de 1965, durante la sobremesa de una familia donostiarra nacionalista. Es entonces cuando el hijo, un joven seminarista de 16 años, empieza a rememorar su infancia en Donostia, y cuando, por otro lado, el padre, un antiguo gudari o soldado vasco de la Guerra Civil, inicia el relato, una vez más, de las batallas que perdieron en la guerra. Sólo los diálogos o las descripciones de la escena familiar interrumpen la rememoración del pasado, un pasado de derrota, de lo que pudo ser y no fue, que comparte esta familia vasca en su intimidad. Además de la heteroglosia de la que la novela hace gala, destaca la utilización de diferentes lugares de la memoria (el hogar, Gernika, el Paseo Nuevo donostiarra), cuyo valor simbólico contribuye al excelente retrato político y cultural de la sociedad vasca de posguerra que realiza la novela. La siguiente novela de Arrieta, Manu militari (1987), supuso un giro poético pues se trata de una metanovela que despliega un gran virtuosismo estilístico y una intertextualidad destacable.

Koldo Izagirre (1953) es escritor, traductor, guionista ademas de un creador prolífico de la cultura vasca. Ha cultivado prácticamente todos los géneros literarios, trayectoria realmente destacable en el caso de la poesía en lengua vasca con poemarios como Non dago Basques Harbour? (1997, ¿Dónde está Basques Harbour?). Aunque sus inicios vengan ligados a la línea renovadora y experimental de los años 70, lo cierto es que la Guerra Civil y sus dramáticas consecuencias están presentes en gran parte de su producción narrativa como, por ejemplo, en la novela Euzkadi merezi zuten (1984). Se trata de una narración realista en torno al comienzo de la Guerra Civil en Euskadi. Pero realismo no significa, en este caso, una crónica objetiva y fiel de los diferentes acontecimientos, sino una recreación estilística sugerente y barroca de los hechos que se narran. La utilización de expresiones populares y la oralidad que destila la prosa de Izagirre, serán características constantes en la trayectoria literaria del autor. En 1990 obtuvo el Primer Premio del Certamen Bilintx de Literatura Juvenil con el libro Metxa esaten dioten agirretar baten ibili herrenak (trad.: Malandanzas de un Aguirre llamado Mecha, traducido por Bego Montorio, Hiru, 1997). A través de 14 historias narradas con humor e ironía, el autor nos va desvelando las alegrías y tristezas de un anciano testarudo y picarón llamado Nikola de Agirre, Alias Metxa, curtido en algunas batallas de la Guerra Civil. Izaguirre le recuperó en su siguiente novela, Agirre zaharraren kartzelaldi berriak (1999) (Nuevas prisiones del viejo Aguirre, Elkar, 2001) y nos narró el ingreso voluntario de éste en la cárcel. Realismo y fantasía, de nuevo, son los ingredientes principales de Agirre zaharraren kartzelaldi berriak, obra que fue calificada, por el propio autor, como una farsa cuasi-burlesca. El viejo Agirre relata historias de cárceles y campos de exterminio como Manthausen, Buchenwald, Auschwitz o Dachau ante un auditorio compuesto por presos de ETA de la última generación. Como dice Iñaki Aldekoa (2004: 285) ?el escurridizo Nikola, de respuesta sorprendentemente rápida, confunde a la militancia de la última hornada por su aguerrida perseverancia en la lucha y una moral a prueba del fuego de los Intxorta?. La Guerra Civil y sus consecuencias vuelven a inspirar el volumen de cuentos: Sua nahi, Mr. Churchill? (2005, ¿Quiere fuego, Mr. Churchill?), libro en el que Izagirre vuelve a hacer gala de una prosa evocadora y estilísticamente exuberante.

Las diferentes guerras que han afectado al País Vasco (además de la Guerra Civil, las guerras carlistas, o la ocupación de la zona vasco-francesa durante la II. Guerra Mundial) se han erigido en eje estructurador de la gran parte de la narrativa del escritor navarro Aingeru Epaltza (1960). Entre los libros de cuentos que ha publicado, destacaremos Garretatik erauzitakoak (1989, Rescatados de las llamas de fuego) y Lasto sua (2005, Fuego de paja, traducido por Jorge Giménez Bech, Alberdania, 2007), en el que sobresale la ironía con que se enfrenta a problemas como el de la violencia política vasca. Entre los títulos para los más jóvenes, mencionar la recomendable novela corta Ur zabaletan (1994, En los anchos mares), relato de aventuras de un emigrante vasco a los EEUU en el siglo XIX.

La primera novela de Epaltza, Sasiak ere begiak baditik (1985, Las paredes tienen ojos), ganadora del Certamen del Ayuntamiento de Pamplona para Escritores Noveles, narra, en clave de novela de aventuras barojiana, las andanzas de Pedro Mari Arrieta, un soldado carlista que por confusión pasa a ser teniente del bando liberal. Más ambiciosa resultó la siguiente novela del autor, Ur uherrak (1993) (Agua turbia, traducido por Bego Montorio, Hiru, 1995). El encuentro de dos personajes, Billie, una joven de color cantante de blues e hija de un pastor emigrado a los EEUU que más tarde combatió en Vietnam, y Jazinto, un viejo bertsolari fracasado, requeté durante la Guerra Civil y alcoholizado, es el punto de arranque de esta novela. Ambos tratan de salir adelante en el ambiente hostil y agobiante de un pequeño pueblo navarro, hábilmente retratado por Epaltza. La lucha descarnada por el poder entre los dirigentes políticos del lugar, la represión policial, la manipulación periodística y la violencia hacia los más débiles se acrecientan con el asesinato de un concejal del pueblo, asesinato que imputarán al más débil del lugar, el padre de Billie. Destacan la utilización de técnicas narrativas de la novela negra, así como el homenaje que Epaltza quiso realizar a autores norteamericanos como R. Ellison o a J. Baldwin (If Beale Street Could Talk, 1974). Es la vida de los seres invisibles, marginados, el que late en la novela, una vida que plasmada en dialecto navarro cobra matices simbólicos y semánticos realmente novedosos.

Por otro lado, el drama del exiliado, su alienación y miedo laten en la novela Tigre ehizan (1996) (Cazadores de tigres, Xordica, 1999), que obtuvo el Premio Euskadi del mismo año. Los protagonistas son Martín y su hijo Martíntxu, exiliados ambos, el primero en Venezuela, y el segundo, con el resto de la familia, en Larresoro, una localidad vasco-francesa ocupada por los nazis. La casualidad hará que ambos tengan que cazar el 7 de agosto de 1944 un tigre, un puma, en el caso del padre, y un tanque alemán, llamado coloquialmente "tigre", en el caso del segundo. La utilización heteroglosica de dialectos como el vizcaino y el labortado, da color e intensidad a la narración de la angustia que vive esta familia separada por las guerras, angustia que es simbolizada por el tigre que los protagonistas tienen que cazar. Matar al tigre significa superar el miedo que tiene efectos paralizantes para estos exiliados que cobran rasgos fantasmales en su escondrijo.

La novela Rock'n'Roll (2000) (Ttárttalo, 2003) es una acertada novela negra en la que no falta ningún ingrediente de los señalados por R. Chandler en The simple art of murder, empezando por la desaparición de un cuerpo. Es la mirada irónica a la generación que descubrió el rock and roll la que prevalece en esta novela en la que se homenajea, sobre todo, a Lou Reed. Edu es el narrador del texto, un periodista fracasado y con graves problemas de alcohol, y todo ocurre entre el 4 y el 23 de agosto de 1999, en una ciudad que bien podría ser Pamplona, de claros tonos espectrales. Las novelas históricas Mailuaren odola (2006, Casta de bastardos, Ttarttalo, 2008) e Izan bainintzen Nafarroako errege (2009, Porque fui rey de Navarra) son, de momento, las últimas novelas de Epaltza.

No quisiera dejar de mencionar Agur, Euzkadi (2000, Adiós, Euzkadi) del periodista y escritor Juan Luis Zabala (1963), autor de cuatro libros de cuentos y novelas de claro tono existencialista como Kaka esplikatzen (1989, Verborrea), cuyo detallismo simbólico o tono presimista recuerdan al universo literario de Handke (cf. El peso del mundo) o Thomas Bernhard (Olaziregi 2000). También debemos a Zabala la novela Galdu arte (1997) (Hasta la derrota, siempre, traducido por Gerardo Markuleta, Hiru, 1998), Premio de la Crítica 1997, una acertada crónica sobre los jóvenes vascos que en la década de los 80 ensayaron modos de vida alternativos en torno a los gaztetxes (casas de jóvenes). Agur, Euzkadi (2000, Adiós, Euzkadi) destaca por su originalidad en la rememoración de nuestro pasado histórico y por la reflexión que propone sobre el nacionalismo, ya que es el propio pasado el que se ?presenta? en forma de la resurrección, en 1997, del poeta Estepan Urkiaga, "Lauaxeta", uno de los protagonistas del Renacimiento poético de la década de 1930 y que murió fusilado por las tropas franquistas durante la Guerra Civil. A los dos meses de su resurrección se encuentra con el segundo protagonista de la historia, Julen Lamarain, un periodista de 40 años desengañado de la vida. Juntos realizan un viaje por diferentes valles del País Vasco, viaje que, en definitiva, se convierte en una excusa para reflexionar en torno al nacionalismo, la cultura vasca y el compromiso político. La mención de infinidad de textos literarios vascos (Obabakoak, Azukrea belazeetan, Ene Jesus, Hamaika pauso...), o la constante referencia a O ano da morte de Ricardo Reis, de Saramago, incrementan el interés de esta atractiva novela.

d.3) El tributo a los viejos gudaris en la novela de Ramon Saizarbitoria

El escritor Ramón Saizarbitoria ha manifestado que su escritura es una lucha contra el olvido, que escribe porque, al igual que su admirado Samuel Beckett, tiene una memoria muy precaria (Olaziregi 2009b). Es por ello que la memoria está tan presente en toda su obra, sea en forma de citas puestas en boca de autores queridos por el donostiarra, como Claude Simon o Alain Robbe-Grillet, sea en forma de memoria histórica, como la presencia que la Guerra Civil y la violencia de ETA tienen en sus novelas. La escritura es, por tanto, un antídoto creador para este escritor vasco de mala memoria, una escritura que nunca ha rechazado la tentación de rememorar un pasado histórico truculento para escarbar en nuestros miedos colectivos.

"La memoria es un plato roto", frase que el narrador atribuye a Claude Simon, sirve para activar una y otra vez la narración del complejo palimpsesto que es Hamaika pauso (Los pasos incontables). La "historia" que nos narra la novela es, a priori, bastante simple, pues consiste en los intentos del protagonista y narrador intradiegético, Iñaki Abaitua, de escribir su novela ?Once pasos?, que narra, a su vez, la agonía y fusilamiento, en 1975, de Daniel Zabalegui. La historia comienza allá por 1973 y termina en 1984, tras el asesinato, por los comandos autónomos, del senador del PSOE Enrique Casas. A medida que avanza la trama, las biografías de Zabalegui y de Abaitua se van entrecruzando y temas como el de la muerte, la soledad y la impotencia humana llegan a ser tan obsesivos que el narrador y protagonista Iñaki Abaitua se ve abocado al suicidio. El hecho de que el narrador utilizara parte del sumario policial del miembro de ETA Angel Otaegui para perfilar el personaje Daniel Zabalegui, y de que la novela estuviera llena de referencias a hechos y personajes reales de la vida cultural y política vasca de las décadas 1970-80, hizo que la crítica considerara el texto como una novela generacional.

Lo que el autor nos viene a decir en Hamaika pauso es que el pasado, construido a partir de textos y crónicas oficiales, puede ser reconstruido con el objetivo ético de contar lo que seguramente no ha acertado a contar la historiográfica oficial: el sufrimiento individual y colectivo que el terrorismo vasco ha generado. Además, el narrador ofrece toda una reflexión en torno a la evolución de la política vasca desde la época en que la militancia era casi una obligación (década de los 60-70), hasta la época actual, en la que la militancia se ha visto reducida y cuestionada. Para desmantelar el discursos de los terroristas, Saizarbitoria creó una novela de gran complejidad técnica, con diferentes niveles narrativos y una exhuberante intertextualidad sobre el tema de la muerte, con referencias a obras de Morin, Unamuno, Pavese, Camus y Sartre. Esta intertextualidad busca subrayar la falta de heroismo en la muerte de cualquier ser humano, incluído, por supuesto, la muerte de aquellos que en un contexto politico violento como el vasco han sido considerados héroes de la patria.

La referencia a la Guerra Civil viene marcada en el paratexto de la siguiente novela de Saizarbitoria: Bihotz bi. Gerrako kronikak (1996, Amor y Guerra). La novela narra la historia de la degradación de la relacion conyugal de una pareja, la formada por el narrador y su mujer, Flora. Al comienzo de la novela, el narrador confiesa que ha matado a su mujer, arrojándola por la ventana de la cocina del piso en el que habitan. El hilo narrativo establece a partir de ese punto un salto atrás en el tiempo, una analepsis, a través de la cual el narrador-protagonista relata los pasos que siguió para planificar el asesinato y trata de recordar los episodios más importantes de la ?guerra? doméstica de la pareja. Los sucesivos adulterios de la pareja, las continuas persecuciones y la vigilancia a la que la esposa es sometida por parte del marido son algunos de los hechos que se narran. Junto a éstos, cabe mencionar la otra guerra a la que se le hace referencia en la novela, la Guerra Civil española, que es relatada durante los encuentros que la pareja protagonista tiene con un grupo de gudaris ancianos en una sidrería.

Es curioso que estos viejos gudaris (Samuel, Ino, Nicolás, Benito), pertenecientes a bandos e ideologías opuestas durante la contienda, se reúnan por las tardes para rememorar siempre las mismas escenas. Como si ya se hubieran contado todo, o no quisieran enfadarse entre ellos, el silencio preside muchos de sus encuentros. Frases repetidas constantemente, como aquella de "Carrasco ez zuten hil behar" ("No tenían que haber matado a Carrasco") sirven para activar, una y otra vez, la conversación entre ellos. Esa conversación gusta de recalar en detalles, en un afán de objetividad. Son destacables, por su carga simbólica, todas las escenas que en diferentes fechas ocurrieron el día 13: el día 13 de septiembre de 1936 entraron los requetés en San Sebastián; el día 13 de septiembre de 1996 se enfadaron los cónyuges. Todas estas referencias cronológicas muestran que bajo la misma fecha hay multitud de historias, microhistorias, de gente anónima o no, y que, en definitiva, visitar el pasado es un acto subjetivo. Las palabras de Samuel al final de la obra resumen a la perfección el mensaje de la novela: "gerra lerdokeria bat da, luzarora irabazleek ere galdu egiten baitute. (...) inork ez daki zergatik doan gerrara" ("la guerra es una idiotez, a la larga, también los vencedores terminan perdiendo (...) nadie sabe por qué se va a la guerra"). Estas afirmaciones, por supuesto, son también atribuibles a la otra guerra que narra la novela, la matrimonial.

Gorde nazazu lurpean (Guárdame bajo tierra) (2000) es, hasta la fecha, la obra más lograda del autor donostiarra. El legado del nacionalismo es patente en Rossettiren obsesioa (La obsesión de Rossetti) (Olaziregi 2009b) y, en especial, en las dos narraciones que abren y cierran el volumen: Gudari zaharraren gerra galdua (La guerra perdida del viejo gudari) y Asaba zaharren baratza (El huerto de nuestros mayores).

La novela corta Rossettiren obsesioa narra, con grandes dosis de humor e ironía, la historia de Juan Martín, un escritor mediocre, experto en gastronomía, y neurótico obsesivo, que trata de seducir a dos mujeres: Eugenia, una abogada madrileña, lectora voraz de Babelia y que repite continuamente esa pregunta a la que los vascos estamos tristemente acostumbrados: ?¿qué os pasa a los vascos??, y Victoria, una marchante de arte donostiarra, inteligente y atractiva. El paralelismo que se establece entre Juan Martín y el pintor prerrafaelita Dante Gabriel Rossetti, que hizo exhumar el cadáver de su mujer Elizabeth Siddal para recuperar unos poemas que había enterrado con ella, por un lado, y la abundante intertextualidad que la novela establece con el psicoanálisis lacaniano, por otro, convierten Rossettiren obsesioa en una novela realmente atractiva. Al final, Juan Martín no es más que un neurótico obsesivo que, como dijo Lacan, es incapaz de acercarse al deseo del Otro. En esta imposibilidad pesan mucho las fantasías que nuestra ideología y cultura generan a propósito del Otro. En el caso del protagonista de la novela de Saizarbitoria, esas fantasías hablan del nacionalismo vasco y de la supuesta atrofia sentimental que éste ha generado (Olaziregi 2009b).

Aunque la presencia de los viejos gudaris es constante en toda la obra de Saizarbitoria, creemos que es en Gorde nazazu lurpean donde el autor les ofrece su homenaje más sentido, en especial en la primera de las cinco narraciones, La guerra perdida del viejo gudari14. El relato narra las vicisitudes de un viejo gudari que perdió su pierna en la Guerra Civil y acude al notario para solicitar un acta notarial con la intención de poder reclamar una pensión. A medida que avanza la narración descubrimos que el gudari cayó herido por una imprudencia suya, al asomarse a la trinchera para ver a su amada Miren del caserío cercano de Loxeta, tras lo cual la metralla del Heinkel 51 que barría la zona le alcanzó e hirió gravemente. Los hechos acontecieron el 20 de abril de 1937 en el monte Intxorta, cuando el miembro del batallón Martiartu y protagonista de la historia es herido en su pierna y trasladado al hospital de Durango y posteriormente al de Basurto, en Bilbao. Se mencionan, además de batallones como el Martiartu o el Saseta, conocidos combatientes de la Guerra Civil, tales como el General Gamir, el Coronel Vidal, el Comandante Beldarrain. La nómina de autores y políticos que incorpora el relato de Saizarbitoria también incluye, como era de esperar, nombres y acciones de destacados miembros del PNV, como Joseba Elósegui, antiguo miembro del batallón Saseta y que a principios de los años 1950 colocó una ikurriña en la torre de la catedral del Buen Pastor, en Donostia, o el respetado y admirado Juan de Ajuriaguerra, uno de los artífices del pacto de Santoña o Angel Otaegui, uno de los últimos fusilados por Francisco Franco y que, al igual que los viejos gudaris de la Guerra Civil, tuvo que pasar por el Tribunal Militar de Burgos, auténtico lugar de la memoria para muchos vascos.

En cualquier caso, lo que la narración de Saizarbitoria pone de manifiesto es que todo intento de recuperar el pasado nos lleva a reinventarlo (Lowenthal 1985- 410). En efecto, el detallismo con el que intentan narrar los hechos los dos testigos que el interesado lleva ante notario así como las constantes interrupciones del propio notario solicitando que abrevien y se ciñan al relato de los hechos, nos transmiten la idea de que cualquier intento de objetividad es vano. No sólo el acta notarial está llena de errores (los nombres de los batallones, por ejemplo), sino que los testigos que el interesado aporta no estuvieron realmente en el lugar de los hechos en el momento señalado. Y es que en realidad poco importa todo ello para este viejo gudari que no se puede quitar la guerra de la cabeza, porque, tal y como repite obsesivamente (p.e. "la perdí en la guerra"), lo que perdió en la contienda, su pierna, es una señal exterior de lo que también perdió en su foro interno, su amada Miren, una pérdida a todas luces irreparable. Es por ello que el reloj del viejo gudari se paró a las 4:30, porque esa fue la hora en la que ocurrieron los hechos, la hora en la que su vida se paró para siempre. Las palabras de Adolfo Suárez que se invocan en el texto: "Hay que restañar las heridas de la guerra", subrayan la imposibilidad de tal intento. Cuando al final de la narración el gudari trata de recuperar su pierna en el monte donde la enterró su amigo, se da cuenta de que tal acto es imposible, y al aceptar la pérdida de su pierna, es decir, la de su amada, muere.

Es la dignidad de los perdedores de la guerra la que, en definitiva, trata de subrayar el relato de Saizarbitoria, esa dignidad que viene a ser mencionada de nuevo en El huerto de nuestros mayores. El narrador y protagonista de la historia, Policarpo, es hijo de un nacionalista vasco que trabajó de chófer de un dirigente del PNV durante la contienda y que presenció la exhumación y traslado de los restos del fundador del nacionalismo vasco, Sabino (Policarpo) Arana, el 27 de abril de 1937. Las reliquias de Arana, unos huesecillos que robó durante el traslado, pasan a ser la herencia que deja al morir a su hijo, narrador de la historia.

Asaba zaharren baratza, título original en euskara del relato, nos refiere al conocido poema de mismo título de uno de los grandes poetas vascos de la II República, Xabier Lizardi. En él, el poeta vasco hace un alegato a favor del futuro esperanzador del euskara, de su pervivencia. En el texto de Saizarbitoria, en cambio, es la superación del legado paterno lo que permitirá al protagonista librarse de esa carga y comenzar a vivir. La historia nos va revelando el pasado de esta familia, un pasado plagado de momentos de intimidad entre padre e hijo en los que ambos comparten todo un legado político que tiene su expresión máxima en la veneración que el padre siente por el fundador del nacionalismo vasco, Sabino Arana, a quien califica de "santo". El visionado de las fotografías de Arana se completa con la transmisión de toda una serie de valores, tales como el igualitarismo y la nobleza de todos los vascos, la dignidad y coraje de los viejos gudaris durante la guerra, la negativa del bando nacionalista a incendiar las fábricas de Bilbao, el coraje y honor de Ajuriaguerra. Son ejemplos, según Marianne Heiberg (1991: 250-255), de lo que muchos vascos habían considerado apropiado y que el PNV acertó en articular políticamente: la ?defensa de los verdaderos valores vascos: dignidad en el trabajo, la religión, la honradez, el igualitarismo y la autonomía moral?. La centralidad que la narración de Saizarbitoria otorga a la figura de Sabino Arana es comprensible. Como bien explica José Luis de la Granja, muchos de los mitos, símbolos, fiestas, tradiciones y lugares emblemáticos del nacionalismo proceden de la figura carismática del fundador del PNV (De la Granja 66).

El huerto de nuestros mayores incorpora las diferentes versiones que se han dado sobre el traslado de los restos de Arana, versiones que revelan claras contradicciones entre la historia que el padre ha contado a su hijo, el acta que en su día escribiera Ceferino Xemein (450-452) y que recogió la noticia publicada en el periódico Deia (3-1-1989, 3), y la historia ?verdadera? del traslado. Pero lo que en realidad nos está sugiriendo el texto de Saizarbitoria es que la Historia no deja de ser una narración más, una construcción escrita desde una posición ideológica interesada (Jenkins 81). La labor del escritor y del historiador estarían, de este modo, muy próximas una de la otra (White 19).

Al final del relato, cuando el protagonista decide lanzar al mar los huesecillos de Sabino, en realidad lo que está haciendo es, tal y como dijo la psicoanalista Mariasun Landa Lizarralde (2002), liberarse del legado ideológico que le ha llegado del padre, legado simbolizado por esa reliquia con claro valor fálico, y situarse en posición de hacer frente al deseo. La frase que dirige a su amada, también víctima del legado nacionalista, "Tú eres mi patria", resume a la perfección el mensaje de esta interesante historia de Saizarbitoria.

d.4) Deconstruyendo género y sexualidad

Una de las novedades más interesantes del panorama literario de la era democrática lo constituye, sin duda, la progresiva incorporación de mujeres escritoras a la escena literaria vasca. Ya a principios de los años 1970, Amaia Lasa y Arantxa Urretabizkaia aportaron al panorama poético una voz de mujer que sirvió para vehicular una nueva sensibilidad, femenina y feminista. En cualquier caso, no será hasta finales de esa década e inicios de la siguiente, cuando en el ámbito narrativo aparezcan obras, sea de literatura infantil, con autoras excepcionales como Mariasun Landa (1949-), sea del género novelesco, que supusieron una clara renovación de poéticas y temas. Todas ellas integran el reducido grupo de escritoras del panorama literario vasco. Y digo reducido pues, a falta de estudios sociológicos, parece ser que la proporción de escritoras en nuestro sistema ronda el 15 % del total de autores, lejos de los porcentajes que estudios como el de Alicia Redondo Goicoechea (1998) atribuyen a sistema literarios colindantes. Además, la crítica feminista vasca ha denunciado, tras la investigación fundacional de Linda White (1996), que la historiografía literaria vasca se ha regido por criterios androcéntricos y que, además, la crítica contemporánea vasca ha tenido tintes misóginos al analizar la producción literaria escrita por algunas mujeres (Olaziregi 1999). En cualquier caso, es de reseñar que la literatura vasca escrita por mujeres ha conocido en las últimas décadas no sólo una visibilización, por medio de la obtención de los premios literarios más importantes de nuestro ámbito (Olaziregi 2005a), sino una legitimación crítica que se ha plasmado en tesis doctorales (Nuñez Betelu 2001, Gonzalez 2007) y en estudios académicos (Iris Zavala 2000; Gabilondo 2006). Aunque estamos de acuerdo con Gabilondo en el lugar no central que las escritoras ocupan todavía en nuestro sistema literario (Gabilondo 1998), lo cierto es que el inicio del presente siglo ha conocido un incremento cuantitativo de escritoras que, en nuestra opinión, no responde a una mercantilización de la literatura vasca (Zaldua 2002), sino a una realidad literaria (la feminización de la lectura), y a un desarrollo de los recursos para la promoción literaria que, gracias a becas y premios (la Beca Igartza para autores jóvenes, instaurada por la editorial Elkar en 1998, y el Premio Opera Prima, instaurado por la editorial Erein, en 2003)15, quiere impulsar nuevos valores. La visibilidad que las mujeres escritoras vascas han adquirido en nuestro sistema literario también se ha plasmado en iniciativas como el volumen colectivo de cuentos, Gutiziak (2000, Caprichos), que incluyó las narraciones de 29 escritoras, o en el libro de entrevistas realizado por Ana Urkiza, Zortzi unibertso, zortzi idazle (2006) (Ocho universos, ocho escritoras, traducido por Gerardo Markuleta, Alberdania, 2010), calificado por algunos como un ejemplo del anticanon en la literatura vasca actual.

Pero, ¿cuáles son las similitudes que presentan las obras de las escritoras vascas? Esa es sin duda la cuestión, máxime cuando la mayoría de ellas huye del calificativo de "feminista" a la hora de describir su obra, e incluso muestra su escepticismo hacia conceptos como "escritura femenina". Es más que discutible agruparlas bajo un único subapartado, al menos si queremos huir de clasificaciones generalistas discriminatorias. Lo cierto es que, además de la preeminencia de formas autobiográficas en sus obras, la mayoría de ellas exploran temas feministas (las relaciones madre/hija, la maternidad, la reclusión al ámbito privado, problemas de incomunicación entre sexos?) y organizan sus universos literarios en torno a personajes femeninos, reclamando, de este modo, protagonismo para éstos. Veamos algunas de las aportaciones más interesantes de estas escritoras.

Los comienzos de Arantxa Urretabizkaia (1947-) vienen ligados a la editorial Lur y a las traducciones de textos políticos e históricos que vieron la luz a comienzos de los años 70. Tras publicar varios poemarios, su labor profesional derivó hacia colaboraciones en prensa, guiones de películas, alguna narración para los más jóvenes, pero, sobre todo, hacia las novelas que le han hecho merecedora de un lugar en la historia de la narrativa vasca moderna. Su novela corta, Zergatik, panpox (1979) (¿Por qué, Panpox?, Llibres del Mall, 1986; Orain, 1995), es la obra más conocida de la autora y, además, fue llevada al cine por Xabier Elorriaga en 1985. Se trata de una novela lírica bien resuelta que cuenta los avatares de un día en la vida de una madre abandonada por su marido hace 5 años y su hijo de 7 años al que llama afectuosamente "Panpox". Podríamos decir que la novela recoge muchas de las reflexiones acerca del papel de la mujer en los años 70 y, en este sentido, son constantes las referencias a la situación laboral de las mujeres, a la maternidad, al descubrimiento del cuerpo femenino, etc. Seguramente fueron la utilización del monólogo interior, así como las características argumentales aducidas (el sexo de la protagonista y el hecho de que todos los acontecimientos se reduzcan a un día) las que impulsaron a la crítica vasca a buscar nexos intertextuales con la novela Mrs. Dalloway (1925), de Virginia Woolf. Pero lo cierto es que el universo literario de Zergatik, Panpox está más próximo a las obras que vieron la luz en la década de los 70 dentro de lo que se ha venido a llamar el ?feminismo de la diferencia? francés, por cuanto busca nuevas formas de decir y decirse, formas que encuentran su especificidad en la exploración del cuerpo femenino. Las constantes series de términos y metáforas corporales nos presentan un punto de vista nuevo sobre la mujer en Zergatik, panpox, un enfoque inexplorado en literatura vasca y que, además, incorpora novedades temáticas como las críticas que desde el psicoanálisis contemporáneo se han realizado al falocentrismo heredado de Freud.

La prosa novedosa y lograda de Zergatik, panpox no tuvo continuidad en la segunda novela de la autora, Saturno (1987) (Saturno, Alfaguara, 1990). Narrada de forma mucho más tradicional (desarrollo lineal de los hechos, narrador extradiegético), Saturno cuenta la historia de amor entre un marinero vasco alcohólico y una enfermera llamada Maite. Aunque no fue merecedora de la rotundidad de las críticas que recibió (Nichols 1995), lo cierto es que resulta mucho más interesante la última novela de la autora, Koaderno gorria (1998) (El cuaderno rojo, Traducido por Iñaki Iñurrieta, Ttarttalo, 2002), texto que podríamos incluir en el género autobiográfico. Planteada en dos planos, el primero de ellos recoge la extensa carta que la protagonista principal, la Madre (con mayúsculas en el texto) envía a sus hijos, de quienes no ha tenido noticia desde que, siete años atrás, su padre se escapara con ellos. Esta carta está escrita en un cuaderno rojo, detalle que condiciona el título de la obra. En el segundo de los planos, se nos narra el viaje de la abogada que ha enviado la Madre a Venezuela para que encuentre a sus hijos y entregarles el cuaderno. Aunque son las relaciones madre e hija las que con más profundidad se analizan en la novela, lo cierto es que Koderno gorria propone, en una prosa lírica de gran intensidad, una reflexión sobre la maternidad y la Nación, o por decirlo más concretamente, sobre la imposibilidad de compaginar la militancia política y la maternidad. Y es que la novela apunta a una reconstrucción del género dentro del nacionalismo vasco, nacionalismo que ya desde su fundación a manos de Sabino Arana, también diseñó el rol que las mujeres debían tener en él (González 2007: 4), a saber, el rol de madre abnegada que cría a sus hijos y les transmite la lengua y la fe católica (Nuñez Betelu 2001). La protagonista de Koaderno gorria es una militante de ETA, ideológicamente, por tanto, alejada del nacionalismo tradicional de Arana, pero que se revela ante el papel que el nacionalismo, sea del signo que sea, sigue asignando a las mujeres. No en vano, la antropóloga Begoña Aretxaga (1988) vio en el papel protagonista que la madre/ o la compañera de los militantes muertos adquiría en los funerales de los etarras una demostración de la indarra (fuerza) femenina al tiempo que un símbolo de fertilidad, signo de que no ha sido una muerte en balde, sino la semilla de futuros luchadores. Es decir, la mujer, hasta época muy reciente, ha mantenido incluso en el nacionalismo vasco radical su papel tradicional, como guardiana de la etxe (casa) y representación de la tierra y de los poderes fecundos.

Es precisamente la crítica del nacionalismo vasco, sea el tradicional, con su defensa de la fe católica y de las "tradiciones" y "esencias" vascas, o el radical, con su apología del terrorismo de ETA, la que se ha erigido en leitmotiv de algunos textos narrativos de la escritora vasco-francesa Itxaro Borda (1959). Su trayectoria literaria comprende obras de poesía y narrativa, además de artículos y ensayos en revistas literarias como Maiatz. Ya su primera novela, Basilika (1984, La Basílica) reunía las principales características de su estilo narrativo por cuanto estamos ante una escritura que huye de todo barroquismo estilístico y formal, y que busca criticar y transgredir las normas morales y creencias de una sociedad católica vasco-francesa irónicamente retratada. En cualquier caso, creemos que la aportación de Borda a la narrativa vasca contemporánea vino, sobre todo, con la tetralogía novelesca policíaca que tiene por protagonista la detective Amaia Ezpeldoi. Borda reescribe, al igual que lo han hecho otras muchas escritoras (Walton & Jones 1999)16 el estereotipo de hard boiled detective de la novela negra instaurada por Chandler y Hammet. Amaia Ezpeldoi es una detective sentimental, admiradora de Lenin, patriota y de tendencias lesbianas. Borda pretende hacer, en clave de novela negra, un retrato de los conflictos más importantes de la sociedad vasca (la situación política del país, el euskera, la insumisión, la industrialización). La primera novela de la tetralogia, Bakean ützi arte (1984, Hasta que nos dejen en paz), resultó doblemente transgresora por cuanto la autora no utilizó el euskara estándar para vehicularla, sino su dialecto, el suletino, mostrando de este modo una heteroglosia que buscaba dar voz a una comunidad y una cultura, la vasco-francesa, calificada como periférica dentro del sistema literario vasco (Arcocha-Scarcia 2009). La novela relata los conflictos que surgen entre los agricultores y una empresa de instalación de gas a raíz de la construcción de un gasoducto entre Laque y Calahorra. La segunda novela, Bizi nizano munduan (1996, Mientras viva), gira en torno a la búsqueda de la abuela de Ezpeldoi, desaparecida en su noche de bodas. Por su parte, la novela obra Amorezko pena baño (1996, Más que una pena de amor) y en ella la detective Ezpeldoi trata de resolver el accidente que sufre un insumiso llamado Uri al atravesar el polígono de tiro de las Bárdenas. Completa la tetralogía, Jalgi hadi plazara (2007, Sal al exterior), más urbana que las anterioes y en la que Amaia Ezpeldoi esplicita su identidad sexual al declararse lesbiana. El compromiso feminista y cultural de Borda tuvo su continuación en la siguiente novela de la autora, %100 Basque (2001) (Francés: Ed. Du Quai Rouge, 2003), galardonada con el Premio Euskadi de literatura, donde de nuevo arremetió contra los estereotipos nacionalistas de la identidad vasca y realizó una crítica social, económica, cultural, política, etc. de la zona vasco-francesa. La ironía de Borda al elegir el queso, 100 % Basque, como metáfora de una concepción de identidad vasca esencialista y trasnochada es, sin duda, uno de los aciertos de la novela. Su siguiente publicación, Zeruetako erresuma (2005, El reino de los cielos) es más coral, y ofrece, partiendo de las vivencias de una serie de personajes de la localidad ficticia de Otsabide, sita en la zona-vasco-francesa, una mirada crítica a los acontecimientos históricos más importantes de iparralde. Ezer gabe hobe (2009, Mejor sin nada) es la última novela de Itxaro Borda.

La situación política vasca y el lugar que las mujeres ocupan en él se ha erigido en eje temático central de la mayoría de las novelas que Laura Mintegi (1955) ha publicado hasta la fecha. Profesora de la Universidad del País Vasco y presidenta desde el año 2004 del Basque PEN, Mintegi hizo su entrada en el panorama literario vasco con cuentos premiados como ?Saturzuloa?, incluido en el libro Ilusioaren ordaina (1983, El costo de la felicidad), donde el realismo mágico servía para vehicular una historia que tenía su origen en la represión franquista que siguió a la Guerra Civil. Su primera novela, Bai... baina ez (1986, Sí... pero no), nos ofreció un contrarrelato del Haur besoetakoa de Jon Mirande, una historia de amor al margen de las convenciones sociales, y donde la transgresión de normas morales (la novela narra la relación incestuosa entre padre e hija), nos va revelando lo inconfesable, el deseo. Ésa es la lectura que realizó Joseba Gabilondo (1999) al calificar la novela como ?Crónica de la Monstruosidad?. La siguiente novela de la autora, ganadora del Premio Jon Mirande del Gobierno Vasco, se titulaba Legez kanpo (1991, Al margen de la ley) y trataba, en clave de novela negra, sobre la tortura a presos políticos vascos. Será una presa, Nerea, la coprotagonista de su siguiente novela: Nerea eta biok (1994) (Nerea and I, traducido por Linda White, Peter Lang, 2005). La novela cuenta la relación epistolar entre Isabela, una profesora universitaria de 42 años, madre y abandonada por su marido, y su alumna Nerea. Como señala Linda White en el extenso prólogo que precede a la traducción inglesa: "Nerea and I is foregrounded against the Basque nationalist movement, the situation of Basque political prisoners, and (?) the strictures on political and moral subjects with regard to women in Basque society" (2005: 2). Con su siguiente novela, Sisifo maite minez (2001) (Sísifo enamorado, traducción de Elisa Félix y Laura Mintegi, Txalaparta, 2003), Mintegi se alejó de lo político y se adentró en lo personal, para analizar la dinámica del amor y del enamoramiento a través de la historia de una mujer que tras enamorarse de su amante, abandona a sus hijos y marido y huye con él. La autora ha querido demostrarnos que el amor nos lleva a situaciones extremas, a comportamientos que no son fáciles de explicar, e incluso inevitables. Como Sísifo (cf. A. Camus, El mito de Sísifo, 1942), estamos condenados a volver a intentarlo, a volver a enamorarnos. Destacaríamos la amplia intertextualidad sobre el tema del amor que incluye la novela (referencias filosóficas, psicoanalíticas o literarias), así como la dosificación del suspense y el ritmo narrativo. La última novela de la autora Ecce Homo (2006) (Ecce Homo, traducido por Bego Montorio, Txalaparta, 2009) tiene como ejes temáticos la masculinidad y la política, y la contribución que la feminidad podría hacer a ella.

Por su parte, la novela Eta emakumeari sugeak esan zion (1999) (Y la serpiente dijo a la mujer, traducido por Iñaki Iñurrieta, Bassarai, 2000), de Lourdes Oñederra (1958), subvierte los roles y objetivos que tradicionalmente se han atribuido a las mujeres (p.e. maternidad, debilidad, pasividad, abnegación). La novela obtuvo el Premio de la Crítica, el Euskadi de Plata y el Premio Euskadi-2000, y junto a cuentos como como "Anderson anderearen kutixia" ("El capricho de la señora Anderson", traducido por Gerardo Markuleta, in Olaziregi: 2005b) y "Beranduegi" (in Muñoz, Josean (Ed.), Begiz jotako ipuinak, Centro Ordóñez-Falcón de Fotografía, 2003, 15-21), completa la trayectoria literaria de Oñederra, profesora de la Universidad del País Vasco y académica de Euskaltzaindia-Real Academia de la Lengua Vasca. Sabemos que la serpiente tentó a Eva y le prometió ser poseedora de toda la sabiduría si mordía la manzana. Las consecuencias de su actuación son por todos conocidas: la culpa y el castigo, y en el caso de las mujeres la condena a vivir sometidas a los hombres. El viaje que realiza la protagonista de Eta emakumeari sugeak esan zion, Teresa, una mujer casada de 35 años, a W. (Viena) sirve de excusa narrativa para relatar su viaje interior. Condenada a refugiarse en un lenguaje y unos términos que continuamente le traicionan (amor, amistad, ilusión, fidelidad...), Teresa no tiene otra opción que continuar intentándolo. "Contar, decir, hablar", verbos que nos recuerdan la imposibilidad de seguir narrando y la necesidad de tener que hacerlo. De ahí el estilo preciso, comedido, durasiano que utiliza Oñederra en esta novela, un estilo que busca deconstruir un lenguaje ajeno a las mujeres.

d.5) Del campo a la ciudad, y viceversa. Espacios posmodernos

Recordábamos al comienzo de este apartado (véase el punto ?d?) uno de los defectos que se le achacaba a la novela vasca de inicios de los años 80: su incapacidad para acercarse a la realidad vasca. Creemos que la novela vasca ha superado dicho handicap, si es que lo tuvo alguna vez, y lo ha hecho desde la certeza posmoderna de que toda realidad es inventada y está condicionada por "our culture's ontological landscape" (McHale 1987:55). Ya a inicios de los años 80, con la incorporación de las técnicas narrativas del realismo mágico sudamericano, la novela vasca escenificó el colapso entre lo fantástico y lo real, lo objetivo y lo subjetivo.Y lo hizo, precisamente, deconstruyendo un mundo, el rural, que el nacionalismo vasco tradicional había considerado como la quintaesencia de lo vasco y mostrándonos un entorno campestre presidido por las más bajas pasiones. Era la plasmación, sin duda, de una sociedad vasca, la de los años 80, que tenía la necesidad de plantear un concepto de identidad alejado del trasnochado idealismo de la novela costumbrista.

A medida que comienzan los años 90, las novelas situadas en un entorno rural ceden su protagonismo a novelas en las que la ciudad ha ido cobrando protagonismo. Pero no hablamos de una ciudad que es sinónimo de racionalidad, o de gran metrópolis, topografías preferidad de la modernidad y del modernismo a partir de 1848 (Harvey, 1989). Podríamos decir que del flanêur que merodeaba la ciudad, del "hombre de las multitudes" hemos pasado a un modelo urbano de ciudad cuyas coordenadas epacio-temporales no coinciden con las del realismo del siglo XIX (Williams 1973). Se habla, siguiendo a Frederic Jameson, de la espacialización del tiempo, de ese presente omnipresente, y por tanto espacial, al que nos ha abocado la ruptura de la continuidad temporal. Un tipo de presente que la novela ha plasmado en esa ciudad, heterogénea y discontinua, existente e inexistente donde las heterotopías (Foucault 1967) o los no-lugares (Augé 2001: 90) han cobrado un protagonismo especial.

Anjel Lertxundi (1948-) es, sin duda, uno de los grandes renovadores de la narrativa vasca moderna. Escritor, profesor, crítico, periodista, o guionista, todas son facetas que definen a este autor que es ejemplo de versatilidad y compromiso cultural. Destacan títulos suyos como el ensayo literario Mentura dugun artean (2001, Mientras tengamos esperanza), la crónica de viaje Italia, bizitza lanbide (2004, Italia, oficio de vivir), o glosarios como Letrak kalekantoitik (1996, Letras desde la esquina). Tal y como hemos dicho anteriormente, su trayectoria literaria se inicia con la publicación del libro de cuentos: Hunik arrats artean (1970, Hasta la noche), considerada como el primer libro de cuentos modernos en euskara. En los cuentos que integran el volumen, así como en el siguiente libro de cuentos que publicó Lertxundi, Aise eman zenidan eskua (1980, Me tendiste la mano con facilidad), se percibe, con claridad, la tendencia del autor hacia narraciones con trasfondo metaficticio. Dicha tendencia también es evidente en libros de relatos posteriores, tales como Urtero da aurten (1984, Todos los años son este año) o la novela Argizariaren egunak (1998) (Los días de la cera, traducido por Jorge Giménez Bech, Alfaguara, 2001).

En 1983, Lertxundi publica Hamaseigarrenean, aidanez (A la decimosexta, al parecer), novela con la que obtuvo el Premio Jon Mirande (1982), el Premio de la Crítica (1983) y que fue llevada al cine bajo la dirección del propio autor en 1985. La novela, que todavía hoy sigue teniendo gran aceptación, narra la historia de una espeluznante apuesta en la que el protagonista se tumba en el suelo, frente a la barra de un bar, contiene la respiración y, con el diafragma dilatado, espera a que un compañero salte sobre él desde la barra. Tras aguantar muchos saltos, en el decimosexto, el personaje no puede más y muere. Una historia enclavada en el medio rural, pero que huye de cualquier presentación costumbrista del mismo, y nos presenta, en la senda de lo que hiciera Pavese, una perspectiva nada arcádica. Además de la factura moderna de la novela, y de la acertada dosificación del suspense, es reseñable el análisis que se hace del papel de la esposa del protagonista, Marcelina. Es el punto de vista de este vejado y marginado personaje femenino el que prevalece en esta crónica de la muerte (anunciada) de su marido (de hecho, la conocida novela de García Márquez fue señalada como el intertexto más evidente). La denuncia de la complicidad en casos de violencia ha sido constante en la trayectoria novelística del autor, como se puede ver en Zoaz infernura, laztana (2009) (Véte al infierno, cariño, traducido por Jorge Giménez Bech, Alberdania, 2009), una lograda novela negra que trata de denunciar la violencia de género, o la anterior, la recomendable Zorion perfektua (2002) (La felicidad perfecta, Traducido por Jorge Giménez Bech, Alberdania, 2006) donde se denunciaba la violencia terrorista. La novela, que fue llevada al cine por Jabi Elortegi en el año 2009, narra, en un tono realista y con una prosa de gran plasticidad lírica, la ruptura interna y la conmoción que sufre una adolescente de 16 años tras haber sido testigo de un atentado terrorista de ETA. Una novela moral en la que Lertxundi trata de reflexionar en torno a la felicidad "perfecta", sólo posible si no hay conciencia. La amplia trayectoria de Lertxundi también incluye novelas como Tobacco Days (1987) una aproximación, en clave de novela negra, al mundo del mar y el contrabando. Tras la novela Carla (1989) Lertxundi se aleja de los mundos rurales que prevalecieron en su novelística de los 80, y abre las puertas a una novelística que ya en los 90 no se inspirará tanto en acontecimientos o hechos reales, como en simples conjeturas literarias. Tras Kapitain Frakasa (1991), llegará una de las novelas más aclamadas del autor, Otto Pette: hilean bizian bezala (Las últimas sombras, traducido por Jorge Giménez, Seix Barral, 1996). Se trata de una extensa obra, escrita en una prosa novedosa y de una riqueza estilística impresionante. La novela se inicia con la sorprendente aparición de un desconocido en la puerta del baronet Otto Pette. En el diálogo que se establece entre ambos, el intruso demuestra que conoce el oscuro pasado de su contertulio y poco a poco, se nos van relatando los diferentes acontecimientos que sucedieron en su vida. Sabemos, entre otras cosas, que Otto Pette fue consejero del rey, que mantuvo una lucha constante con su rival, el fraile Aba Yakue, que cargó con las culpas de la epidemia de la peste y que vio cómo moría su sobrina y amante Grazibel. La estructura de la trama es circular y el encuentro entre ambos personajes se reduce a dos días. Esta condensación cronológica, así como la alternancia de los relatos y puntos de vista de los dos narradores-protagonistas, incrementan la tensión que desde las primeras páginas se nos transmite. Aunque no se trate de una novela histórica, la descripción de los personajes, los acontecimientos que se relatan y la ambientación general nos indican que se desarrolla en la Edad Media. Son abundantes las referencias a la peste que asoló Europa en el s. XIV, para cuya descripción Lertxundi utiliza el libro que se cita al principio de la obra: A Journal of the Plague Year (1722), de Daniel Defoe. También son reseñables toda una serie de motivos literarios, como el de la danza de la muerte, muy comunes en los escritos de los siglos XIV y XV o incluso, la mención de Fiammeta, que nos remite a la conocida obra de Boccaccio y es la única explicitación intertextual de la obra.

En 1995, la editorial Alberdania de Irún creaba la colección Ifrentzuak (trad.: revés, reverso, envés) para Lertxundi. Un proyecto literario que pretendía profundizar en la tradición oral y la tradición escrita europea para presentar una lectura moderna y actual de temas imperecederos como la inmortalidad, el demonio, la muerte... Los títulos que integran la colección son: el libro de cuentos Piztiaren izena (1995, El nombre de la bestia) sobre el demonio y el mito de Fausto; las novelas Azkenaz beste (Un final para Nora, traducido por Jorge Giménez, Alfaguara, 1999) y Argizariaren egunak (1998) (Los días de la cera, traducido por Jorge Giménez Bech, Alfaguara, 2001), además del glosario de refranes, mitos y canciones populares Letrak kalekantoitik (1996). Destaca la novela Azkenaz beste, una novela de corte fantástico donde se nos narra el viaje de Nora y su padre, condenados a vagar, sin descanso, por toda la eternidad en una calesa negra coronada por tres gavilanes. Los protagonistas de esta novela recorren, durante trescientos años (siglo XVII-XIX), las llanuras estadounidenses y europeas en un viaje fantástico en el que se mezclan la leyenda, la historia y la literatura. Una sorprendente aventura que se ha inspirado en fuentes como la historia del doctor segoviano Pedro González de Velasco, quien, tras embalsamar el cadáver de su hija, viajó con ella en una calesa negra a finales del s. XIX, una cita del escritor italiano I. Calvino en su Antologia di raconti fantastici a propósito de un cuento del norteamericano W. Austin, o las diferentes versiones de la leyenda del judío errante, sea la del navegante holandés, sea la de una antigua leyenda vasca recogida en la balada Brodatzen ari nintzen. El final que se nos sugiere en la novela nos indica que Nora supera su trágico destino y no duda en morir para poder, al fin, amar (vivir). Ihes betea (2006) (Línea de fuga, traducido por Jorge Giménez Bech, Alberdania, 2007), es, por el momento, la última novela de Lertxundi.

Otro autor, con una trayectoria literaria reconocida y que planteó un ruralismo renovador en los 80 es Joan Mari Irigoien (1948-). Narrador, poeta y autor de libros de literatura infantil, ya su primera novela, Oilarraren promesa (1976, La promesa del gallo), Premio de la Crítica (1976), mostraba la influencia del realismo mágico y, en especial de autores como Rulfo o García Márquez. Dicha influencia tuvo su plasmación más acertada en su segunda novela, Poliedroaren hostoak (La tierra y el viento, traducido por Edorta Agirre, Hiru, 1997), en nuestra opinión, la novela más ambiciosa y renovadora del autor. Galardonada con los premios Azkue y el Premio de la Crítica (1982), narra el enfrentamiento de las familias Elizalde (carlista) e Ibargoyen (liberal) durante cinco generaciones. El texto presenta diferentes niveles narrativos claramente delimitados estilística y formalmente, y combina un registro mítico-poético en la primera parte, y uno más realista en la segunda. También es destacable la simbología que se utiliza en la primera parte (tierra-tradición: familia Elizalde, viento-progresismo: familia Ibargoyen). La siguiente novela de Irigoien, Udazkenaren balkoitik (1987, Desde el balcón del otoño), obtuvo el Premio Jon Mirande en 1986 y ofrece una visión novelada de la generación de jóvenes que vivió la dictadura franquista. Sin renunciar a la técnica de lo real maravilloso, el autor quiso escribir una novela testimonial, de tono mucho más realista, resuelta en una estructura menos compleja que la anterior. Más éxito tuvo entre los lectores y la crítica vascos la siguiente novela de Irigoien: Babilonia (1989) (Babilonia, Ed. Acento, 1999), ganadora del Premio de la Crítica (1989) y el Premio Euskadi (1990). La novela cuenta la historia del caserío del mismo nombre, así como el de la familia que lo habita. Los personajes principales son los hermanos Garayalde, Trínido y Feliciano, insertos en una lucha fratricida que les llevará a odiarse de niños, a competir por la misma mujer (Margari) o a luchar en bandos políticos contrarios en la madurez (el carlista y el liberal). Junto a ellos, tendríamos que subrayar la importancia de los personajes femeninos como la abuela Roxali, depositaria del mundo mítico vasco. Considerada en su época como la alegoría de la situación del nacionalismo vasco en los 80, Babilonia está organizada en tres planos narrativos, cada uno de los cuales tiene su propio narrador y especificidad estilística. Entre las siguientes novelas de Irigoien, destacaremos Lur bat haratago (2000). (Una tierra más allá, adaptada y traducida por Jorge González Aranguren, Ttarttalo, 2002) una extensa novela histórica situada en el siglo XVII que narra, parodiando el estilo del escritor clásico vasco Axular, la peripecia vital del navarro Joanes Etxegoien.

Otro escritor que, sin duda, contribuyó a la deconstrucción del mundo rural tradicional vasco es Paco Aristi (1963-), periodista y autor de obras poéticas, ensayos periodísiticos, literatura infantil y libros de cuentos como Auto-stopeko ipuinak(1994) (Los informes informales, Ed. Hiru, 1997), Iraileko ipuin eta poemak (1989, Cuentos y poemas de Septiembre) y Notebook (2005). Pero, sobre todo, han sido sus novelas las que le ha hecho merecedor de la aceptación de los lectores vascos, en especial, la trilogía conformada por las novelas Kcappo (Tempo di tremolo) (1985), Irene (Tempo di adagio) (1987) y Krisalida (1990), un buen ejemplo del neorrurralismo negro. Con técnicas procedentes de la novela negra, en especial, del maestro Chandler, e influencias del dirty realism norteamericano, Aristi nos retrata un mundo rural perverso, en el que reinan la violencia y el sexo. A pesar de que el pueblo imaginario de Belandia da unidad topológica a las dos últimas novelas de la trilogía, las diferencias estilísticas entre ellas, en especial, entre la primera, Kcappo (la más lograda y leída del autor) y la última, Krisalida, son evidentes. El tono de ésta última esta más próximo al realismo fantástico debido a que el autor introduce, en el más puro estilo de las fábulas, diferentes personajes-animales que hablan. La ironía con la que se narra la complicada investigación que sigue al misterioso asesinato de un levantador de piedras, es una de las bazas más atractivas para seducir al lector de la obra. La última novela del autor, Urregilearen orduak (1998) (Las buenas palabras, traducido por Jose Luis Padrón, Erein, 2004), abandona la poética tremendista de las anteriores y nos presenta un mosaico de historias de diferentes personajes que habitan una ciudad atrapada entre la modernidad y la tradición. Historias de sexo y drogas que son compartidas (y ahogadas) en la taberna. La novela obtuvo el Premio de la Crítica en 1998.

Lejos de cualquier ruralismo, la narrativa y poesía de Harkaitz Cano (1972) ha retratado con acierto la ciudad posmoderna, laberíntica, discontinua, una ciudad en la que no prevalece lo visual como en la ciudad moderna (Simmel 1900, Benjamin 1936), sino que se subraya que es, ante todo, un "state of mind" (Cano 2003: 178). Una ciudad descentrada, en la que vagan esos urbanitas de las obras de Cano (músicos, escritores, sicópatas), urban dwellers, sin rumbo. Autor que inició muy joven su trayectoria literaria, la obra de Cano comprende libros de poesía, literatura infantil, crónicas, ensayos, y obras de narrativa, como los libros de cuentos: Telefono kaiolatua (1993) (Enseres de ortopedia inútil, traducido por Bego Montorio, Hiru, 2002), Neguko zirkua (2005, El circo de invierno) y tres novelas: Beluna Jazz (1996) (Jazz y Alaska en la misma frase, Seix Barral, 2004), Pasaia blues (1998), y Belarraren ahoa (2004) (El filo de la hierba, traducido por Jorge Giménez Bech, Alberdania, 2006), galardonada con el Premio Euskadi de Literatura en el 2005.

Próxima al dirty realism practicado, entre otros, por Raymond Carver, la narrativa de Cano se alimenta de esa realidad en apariencia equilibrada que nos rodea para revelarnos sus fisuras, aperturas hacia un lado que a veces se torna inquietante. Sus cuentos son minimalistas y hablan de ciudades desoladas, de teléfonos que amenazan con irrumpir en medio de la noche, o de crónicas de desamor con silencios ensordecedores. Son los ingredientes que, aderezados con técnicas de novela negra, conforman el universo de Telefono kaiolatua, narraciones que han evolucionado de relatos un tanto efectistas y final de estética impactante, hasta relatos donde la influencia de maestros como el citado Carver, o Richard Ford y Truman Capote se torna más evidente. Su último libro de cuentos, Neguko zirkua, Premio de la Crítica, ha sido considerado como el mejor de su trayectoria. En él vuelve a aparecer su gusto por el juego literario y esa mirada del narrador que recala en objetos aparentemente insignificantes pero a los que el narrador dota de una intensidad y significado impactantes.

Cano ha manifestado, con ironía, que escribe porque dibuja mal y porque fracasó en la música (Olaziregi 2004). Y es precisamente la presencia de la música, el lento ritmo del blues y del jazz el que impregna las novelas Beluna Jazz (1996) y Pasaia blues (1998). La primera está estructurada en dos planos que narran la complicada vida del trompetista Bob Ieregi, por un lado, y los acontecimientos que acaecen en un psiquiátrico, por otro. Pero además, desde el inicio de la novela se nos hace partícipes de un crimen, añadiendo a la lectura del texto grandes dosis de suspense. Técnicamente, destacaríamos el recurso a un narrador omnisciente, la abundancia de metacomentarios que interrumpen la narración de los hechos, las continuas anacronías, pero, ante todo, el atractivo que tiene la prosa lírica de Cano, abundante en imágenes y metáforas. Se ha señalado a Lunar Caustic, de Malcolm Lowry, como el modelo que siguió a la hora de recrear la atmósfera onírica e irreal que impregna la novela. Pero, sobre todo, destacan las referencias a músicos, tales como Miles Davis y Cedar Walton, además de Charlie Parker, a quien Cano habría querido homenajear, tal como lo hiciera Julio Cortázar en El perseguidor. La siguiente novela, Pasaia blues, no tiene una atmósfera tan onírica y surrealista como la anterior. Podríamos decir que su enfoque es más realista, un realismo con crítica social posible gracias a la utilización del género negro. Organizada en dos planos narrativos, el primero relata la investigación que lleva a cabo Cesar Tellería, fisonomista de la Ertzaintza (policía vasca) para atrapar a Verónica, una mujer que está a punto de reunirse con un comando terrorista. En un segundo plano, se narran las vicisitudes de este comando, comando que, además, resulta ser vecino del mismo inmueble en el que está Tellería. Una novela que tematiza la atmósfera de violencia que vive el País Vasco y en la que destaca, sin duda, la descripción expresionista que se realiza del pueblo donde se sitúa la historia, Pasaia. Lejos de ser el núcleo pesquero que es en realidad, Pasaia bien podría ser cualquier suburbio de una gran metrópolis en la que las peleas de perros, los vertederos de chatarra, los combates de boxeo... son elementos cotidianos de ese entorno asfixiante en el que se mueven los personajes. Destaca, también, la referencia que se hace a películas conocidas (en especial, a La Naranja Mecánica) o a canciones y cantantes (tales como, Billie Holliday, Camaron, Leonard Cohen o Lou Reed).

La última novela de Cano hasta el momento, Belarraren ahoa, es una ucronía en la que Hitler ha vencido en la 2ª Guerra Mundial y domina Europa. Es entonces cuando decide conquistar Manhattan, para desde allí tratar de tomar el resto del continente norteamericano. Su viaje le lleva a New York y en su barco viaja, preso por su película el Gran Dictador, Charles Chaplin. En un segundo plano, se nos narra la historia de un polizón que en 1886 viaja a New York escondido en la corona de la Estatua de la Libertad. El destino de este polizón, Olivier Legrand, se cruzará con Chaplin quien conseguirá escapar de sus torturadores. El atractivo de la hipótesis de la conquista nazi, atractivo que ya explotaron novelas como La Conjura contra América de Philip Roth o El Hombre en el castillo de Philip K. Dick, encuentra su contrapunto narrativo en la sugerente prosa poética de Cano, llena de lirismo pero que no renuncia a pasajes metanarrativos que cuestionan la función del arte. Podríamos afirmar que el texto es una metáfora de la libertad, tanto individual como colectiva, y que nos sugiere que la realidad tiene diferentes capas, lecturas. Y ya que hablamos de Chaplin, recordemos una de sus conocidas sentencias: la vida es una tragedia cuando la observamos de cerca, una comedia cuando la miramos desde lejos. Creemos que esta afirmación sirve a la perfección para describir uno de los ejes temáticos de Belarraren ahoa.

d.6) Política e identidad. Narrativa vasca en torno al terrorismo

Aunque, como hemos visto, novelas destacables como Ehun metro (1976) ya tematizaron el problema del terrorismo de ETA en los 70, lo cierto es que ha sido en los 90 cuando se ha incrementado el número de novelas en torno al tema, en parte, dando respuesta a lo que los propios escritores han venido reclamando (Cano 2006: 35; Muñoz 2006: 11). Este reciente incremento coincide con la tendencia que presenta la novela en lengua inglesa (Appalbaum & Paknadel 2008: 395), aunque hay algunas peculiaridades que la distancian claramente de ésta por cuanto que aunque también manifieste una diversidad de enfoques y tipologías novelescas reseñable, parace que no presenta una tendencia tan clara a focalizar los hechos narrados desde el punto de vista de la víctima como en la novela anglosajona, sino desde el punto de vista del terrorista17.

Habría que recordar que la banda terrorista tuvo un incremento de su actividad en los 80, y que sembró el pánico con actos terroristas como el perpetrado en 1987 en el hipermercado Hipercor que se saldó con 21 muertes. El listado de obras contemporáneas vascas que han tematizado el terrorismo de ETA supera al listado de obras que en torno a la Guerra Civil, e incluye, entre otros, a: Mugetan (1989, En las fronteras) de Hasier Etxeberria, Etorriko haiz nirekin? (1991, ¿Vienes conmigo?) y Ohe bat ozeanoren erdian (2001, Una cama en medio del océano) de Mikel Hernandez Abaitua, Gizona bere bakardadean (1993) y Zeru horiek (1995) de Bernardo Atxaga, Nerea eta biok (1994) de Laura Mintegi, Hamaika Pauso (1995) de Ramón Saizarbitoria, Berriro igo nauzu (1996, He vuelto a subir) de Xabier Mendiguren Elizegi, Arian-arian (1996, Poco a poco) de Patxi Zabaleta, Arragoa (1997, El crisol) de Jon Urrujulegi, Joaten zaretenean (1997, Cuando os habéis ido) de Jokin Muñoz, Kilkirra eta roulottea (1997, El grillo y la rouloutte) de Joxemari Iturralde, Berandu da gelditzeko (1999, Es tarde para parar) de Unai Iturriaga, Pasaia blues (1999) de Harkaitz Cano, Zorion perfektua (2002) de Anjel Lertxundi, Hamar urte barru (2003, Dentro de diez años), de Joxe Belmonte, Denboraren izerdia (2003), de Xabier Montoia, Ezinezko maletak (2004) de Juanjo Olasagarre (Las maletas imposibles, Bassarai, 2008). También el cuento contemporáneo se ha hecho eco del problema del terrorismo de ETA, con antologías como la de Mikel Soto: Haginetako mina (2008, Dolor de muelas), en el que se han incluido cuentos de 18 autores publicados a partir de la década de los 80, muestra de la vigencia que también en la narrativa breve tiene el tema del terrorismo.

Jokin Muñoz (1963-) ha consolidado el lugar que hoy en día ocupa en nuestro sistema literario. Inició su trayectoria en los 90 con novelas como Joan zaretenean (1997), donde se tematizaba el peso que el pasado ejerce en nosotros, y convenció a crítica y lectores con su libro de cuentos Bizia lo (2003) (Letargo, traducido por Jorge Gimenez Bech, Alberdania, 2004) y la novela Antzararen bidea (2007) (El camino de la oca, traducido por Jorge Gimenez Bech, Alberdania, 2008), ambas galardonadas, entre otros premios, con el Premio Euskadi de Literatura. Antzararen bidea narra la historia de Lisa, madre de un terrorista de ETA, Igor, que muere al explotarle la bomba que manipulaba en un apartamento de Salou (Tarragona), en 2003. Lisa está al cuidado de a un anciano, Jesús, descendiente de una familia de terratenientes del pueblo imaginario de Trilluelos, en la Ribera Navarra, y que padeció la represión falangista durante la Guerra Civil. La memoria de la muerte de Igor se irá entrelazando con los testimonios de las terribles ejecuciones durante la contienda en Trilluelos.

Planteada como un thriller de gran intensidad psicológica, Antzararen bidea es una novela de estructura impecable, plagada por protagonistas a los que la violencia les ha destrozado la vida y les ha arrebatado lo que más querían. Es una conmovedora galería de náufragos (Muñoz 2008) que vagan sin rumbo fijo, como las ocas decapitadas que inician la novela, esas ocas a las que el tío falangista de Jesús les corta la cabeza ante la mirada aterrada de los niños y que continúan caminando hasta caer desplomadas en un charco de sangre. Pero la novela de Muñoz va mucho más allá, al conectar la violencia ejercida por el bando ganador durante la contienda con la violencia terrorista de ETA. La imagen del tiro en la nuca de los militantes socialistas en la Ribera en 1936 y la del tiro en la nuca a los militantes socialistas en 2003, nos van dibujando una sociedad, la vasca, en la que la violencia se ha convertido tristemente interminable. Aunque haya habido quien ha afirmado que ETA sería la "punta del iceberg" del resentimiento y oposición silenciosos provocados por cuarenta años de Franco (Silver 53), lo cierto es que la literatura vasca de los últimos años y, en especial, la narrativa de Jokin Muñoz, va mucho más allá al representar el problema de la violencia como una realidad asentada en la sociedad vasca, como viene a representar el libro de narraciones Bizia lo. La galería de personajes e historias que incluía este libro (unos padres que esperan el regreso de su hijo a casa, angustiados por la sospecha de que puede ser el autor del atentado que acaban de anunciar en la tele; un comando de ETA que huye tras asesina a un maestro ante sus alumnos; un "arrepentido" de ETA que tiene por alumno el hijo de un preso), presenta los diferentes ángulos de una sociedad demasiado "acostumbrada" a vivir con el problema terrorista. Es, precisamente, en la representación del terrorista y de los que les apoyan donde la novela Antzararen bidea hace una de sus aportaciones más interesantes. Lisa, que siente que no conocía a su hijo y vive aterrorizada con la idea de pudo ser el asesino de un concejal jubilado, siente nauseas ante las pintadas de las calles de la parte vieja donostiarra que proclaman el tristemente conocido "gogoan zaitugu" (te recordamos) que repiten los amigos de su hijo en manifestaciones, carteles y acciones de protesta. De hecho, el funeral-homenaje del hijo, así como las concentraciones y actividades que siguen a su muerte, no hacen más que acrecentar su sensación de lejanía, su tristeza ante la certeza de que son acciones y consignas vacías de contenido, para unos "Basque Warriors" que, al igual que la sociedad donostiarra, puede convivir fácilmente con esta realidad violenta. La escena que se narra en las páginas 291-292 presenta el Boulevard de Donostia lleno de manifestantes y policías antidisturbios, y un paseo de la Concha, a escasos 50 metros del anterior, lleno de paseantes y niños degustando helados. La vida sigue, y las demostraciones de apoyo a ETA tienen su escenario y calendario en la cotidianeidad de la ciudad. Un día a día, plagado de actuaciones por ambas partes repetidas hasta la saciedad, repeticiones que en la novela de Muñoz logran quebrar el discurso nacionalista radical que los sustenta. Es el cuestionamiento que la novela de Muñoz hace sobre una sociedad vasca que convive tristemente con la lacra terrorista la que hace que su novela comparta los objetivos que la última narrativa inglesa presenta: "most recent terrorism fiction in English is not about terrorism per se; it is about the political legitimacy and moral integrity of the society to which terrorism's victims belong" (Appelbaum & Paknadel 2008: 397).

d.7) Otras tendencias novelescas

Dos escritores jóvenes, Kirmen Uribe (1970) y Unai Elorriaga (1972) comparten el hecho de que sus primeras novelas obtuvieron el galardón máximo en el estado español, El Premio Nacional de Narrativa, en el 2009 y en el 2002. Pero además, creo que la narrativa de cada uno de ellos tiene una originalidad y experimentalidad que merece ser señalada brevemente. Aunque Unai Elorriaga ha publicado novelas como Van't Hoffen ilea (2003) (El pelo de Vant'Hoff, Alfaguara, 2004), Vredaman (2005) (Vredaman, Alfaguara, 2006) y Londres Kartoizkoa da (2009, Londres es de cartón), creemos que SPrako tranbia (Un tranvía en SP, Alfaguara, 2003) fue su mayor acierto literario, como lo atestiguan sus traducciones al alemán, italiano o catalán, entre otras lenguas. También fue llevado al cine con la adaptación que realizó Aitzol Aramaio en su Un poco de chocolate, en el año 2007. Se trata de un texto que narra las utopías y los recuerdos, el proceso de pérdida de memoria de su protagonista, Lucas, un hombre mayor enfermo de Alzeimer, que ha estado internado en un asilo varias ocasiones y a quien lo único que le mantiene vivo es el sueño de ascender a una cima de más de 8.000 metros (Shisha Pangma) y el recuerdo de su mujer, ya fallecida, subiendo a un tranvía. Junto a Lucas, completan el elenco de personajes principales de la novela su hermana María y Marcos, un joven ocupa que se instala en casa de Lucas y que le cuidará hasta el final. Admirador de Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar y William Faulkner, es la influencia de estos dos últimos la que es más manifiesta en la novela de Elorriaga. La utilización heterofónica de voces (cf. The Sound and the Fury) para narrar el proceso de pérdida de memoria y la visión irreal del mundo que destila el texto (cf. Cortázar) son, en opinión de Estibalitz Ezkerra (2008), las características más reseñables de la novela, así como su sencilla y directa, llena de juegos.

Por su parte, Bilbao-New York-Bilbao (2008) (Bilbao-New York-Bilbao, traducción de Ana Arregi, Seix-Barral, 2009) de Kirmen Uribe, narra el viaje en avión del personaje homónimo del autor de Bilbao a New York, un viaje que se torna en excusa para la rememorar la historia de tres generaciones de la familia, en especial, sus vivencias durante la Guerra Civil española. Pero el viaje, a su vez, también sirve para toda una reflexión en torno a la función del arte, ejemplificada en las referencias que se hacen al pintor vasco Aurelio Arteta, y la relación que el artista debe tener con la vida. El lector acude al proceso de escritura de la novela misma, y ante sus ojos va conformándose un universo novelesco formado por un mosaico de textos de diversa índole como emails, diarios, entradas de Wikipedia, folletos, ilustraciones, etc. textos que muchas veces tienen la longitud de una pantalla de ordenador y que sirven para perfilar esta novela fragmentaria y autoficticia.




Notas

1.La evolución del porcentaje de libros narrativos en el total de libros publicados anualmente en Euskara, viene, además, unido a la creciente centralidad que el género ha ido adquiriendo en nuestro sistema literario. Si a inicios del siglo XX, el género dramático era el más popular y abundante, la poesía tomará el relevo hasta la década de los años 70. Será a partir de los años 80 cuando la narrativa en lengua vasca adquiera el lugar hegemónico y central en la producción literaria vasca. Por último, quisiéramos precisar que todos los datos estadísticos referidos a la producción editorial en euskera están tomados del estudio del sociólogo J.M. Torrealdai (1997).

2. Hay que tener en cuenta que si, en la actualidad, un tercio de los habitantes de la Comunidad Autónoma Vasca es bilingüe, en las franjas de edad más bajas, es decir, entre los jóvenes de entre 5 y 14 años, la proporción de vascoparlantes asciende al 66%, cifra que, sin duda, es fruto de la instauración de los modelos bilingües en la enseñanza no universitaria.

3. Aunque estas cifras pueden resultar insignificantes para un lector de una literatura no minoritaria, lo cierto es que analizadas en su justa proporción son relevantes. Si, en la actualidad, existen 700.000 vascoparlantes, el número de ejemplares vendidos que hemos señalado es muy alto. El escritor Ramón Saizarbitoria apuntó, por ejemplo, que vender 5.000 ejemplares de un título en euskara sería el equivalente a vender 300.000 ejemplares en lengua castellana (Etxeberria 2002: 269).

4. Es más que señalable el desarrollo que los medios de comunicación han tenido en el País Vasco en last res últimas décadas. Un estudio del año 2003 afirmaba que en la actualidad hay más de 700 periodistas vascoparlantes, y que tras el surgimiento de la ETB, la television vasca, en 1982, el incremento de canales de television y radio ha sido imparable. En la actualidad, contamos con 5 cadenas públicas de televisión, dos de ellas íntegramente en euskara, y cuatro emisoras de radio, dos de ellas en euskara. Se calcula que la emisora pública Euskadi Irratia cuenta con 71.000 oyentes. En cuanto a la prensa escrita, señalar que contamos con un periódico en lengua vasca, cuya tirada es de 21.000 ejemplares, pero si atendemos a semanarios y publicaciones locales, el número asciende a 109. (Zabaleta et al. 2003)

5. Se calcula que entre 1876 y 1936 se crearon unas 140 publicaciones periódicas (almanaques, semanarios, anuarios...). Baste, como ejemplo, la mención de algunos de ellos: Euskal-Erria (1880-1918), Eskualduna (1887-1944) primer semanario vasco y que fue dirigido durante 30 años por el periodista labortano Jean Hiriart-Urruti y que obtuvo ventas reseñables, como los 7.000 ejemplares que vendió durante 1908 semanalmente. Además de ésta, se crearon durante aquellos años: Euskaltzale (1897-1899), Ibaizabal (1902-1903), Euskal Esnalea (1911-1936), Euskalerriaren alde (1911-1931), Euskera (1919), Yakintza (1933-1936), Antzerti (1932-1936), Euzko Deya (1916-1923), Zeruko Argia (1919-1936), Argia (1921-1936), Gure Herria (1921-1939), Euzkadi (1901-1915) (pasó de ser trimestral a ser mensual), Ekin (1932-1936)?

6.Los datos del censo estadounidense del año 2000 son un ejemplo de la importante presencia que, todavía en la actualidad, tienen los descencientes de aquellos vascos. Se calcula que asciende a unos 57.793 el número total de vascos, censados, en los EEUU. California, seguida a distancia de Idaho o Nevada es el estado que ostenta el mayor índice de vascos.

7.Resulta llamativo que años más tarde, en 1967, la novela breve Ameriketan galduak, de Nemesio Etxaniz (1899-1982), publicada en la antología del autor Lur berri bila (Izarra, 1966), repitiera la misma representación negativa.

8.Para tener una idea del número de publicaciones que se crearon en el exilio, se puede consultar la hemeroteca virtual del proyecto Urazandi de la secretaría de Acción Exterior del Gobierno Vasco.

9.cf. Araquistain, V., Tradiciones vasco-cántabras, La Gran Enciclopedia Vasca, 1966.

10.Aunque los programas sobre literatura vasca son casi inexistentes en la programación actual de la televisión vasca (Sautrela (2000-) e Ipupomamua (2009-) serían las grandes excepciones), hay otro tipo de programas en euskara, como la telenovela Goenkale (1994-), que con sus más de 3.000 capítulos emitidos, ha superado todas las expectativas y ha sabido conectar con la audiencia vascoparlante.

11.También Sosa-Velasco (2009) utiliza el concepto de lugares de la memoria para su interesante análisis comparatista de El hijo del acordeonista y La mitad del alma, de Carme Riera.

12.See On the Use and Abuse of History for Life (1874).

13.Véase, entre muchos otros, Resina (2000); Rein (2002); Luengo (2004), López de Abiada & Stucki (2004), Resina & Winter (2005), Winter (2006), Colmeiro (2005), o Ferrán (2007).

14.De hecho, la narración viene dedicada a un viejo gudari amigo del autor, Iñaki Arriola.

15.Es absolutamente destacable la nómina de escritoras jóvenes que se han beneficiado de la Beca Igartza de creación. Autoras como Karmele Jaio (1970), Jasone Osoro (1971), Irati Jimenez (1977), Eider Rodriguez (1977), Katixa Agirre (1981) o Uxue Alberdi (1984) son algunos nombres destacables. Por otro lado, en lo referente al Premio Opera Prima de la Editorial Erein, mencionar a Aitziber Etxeberria. Un grupo de narradoras jóvenes que se vienen a sumar a la trayectoria narrativa de autoras como Ana Urkiza (1969) e Ixiar Rozas (1972).

16.Cf. Priscila L. Walton & Manina Jones, 1999, Detective Agency. Women Rewriting the Hard-Boiled Tradition, Berkeley, University of California Press. Estamos de acuerdo con las autoras cuando afirman en la p. 87 que el protagonismo femenino es posible incluso en un género novelesco tradicionalmente tan machista como el de la novela negra.

17.Las conclusiones del proyecto de investigación que tenemos entre manos sobre literatura vasca y terrorismo tendrán que corroborar esta tendencia. Con este proyecto trataremos de paliar el vacío de estudios que hay en la crítica académica vasca al respecto, un vacío que, por otra parte, parece que ha sido generalizado hasta época muy reciente en literaturas como la inglesa (cf. Appelbaum & Paknadel 2008: 388).





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