Novela
LA NOVELA VASCA: MARGENES, CENTROS Y DEMÁS DELIMITACIONES TOPOLÓGICAS.
© Mari Jose Olaziregi Alustiza (Facultad de Filología, Geografía e Historia. Universidad del País Vasco).
(Insula 654, junio 2001, 17-20.)
Cuando tratamos de perfilar el panorama de la actualidad literaria vasca, siempre tenemos la sensación de que quizás la extrañeza o el desconocimiento que causan nuestra literatura pese demasiado en nuestra disertación, y nos aboque a sinopsis y menciones de autores que a la mayoría de los lectores les resultarán extrañas. Se trata de uno de los mayores problemas que tienen las literaturas de lenguas minoritarias y que, en el caso vasco, debido a la opacidad de nuestra lengua, resulta extrema.
Incluso algunas jornadas o congresos en los que representantes de las literaturas llamadas periféricas acudimos a compartir nuestras inquietudes con otros colegas del estado español, tienen muchas veces más que ver con actitudes "políticamente correctas" que con proyectos o diálogos literarios que supondrán un encuentro de lectores en el futuro. Y es que ya lo dijo Quim Monzó (1), en literatura no hay centros ni periferias, es decir, toda literatura es centro y periferia a la vez. Depende del punto de vista que adoptemos al referirnos a ella. El problema es que apenas ningún escritor vasco ha conseguido acercarse al centro de la metrópoli española, a excepción, claro está, de Bernardo Atxaga. Tengo la impresión de que, a diferencia de lo que ha ocurrido en la reciente novela inglesa, donde en los años 80 y 90 han irrumpido toda una serie de autores "regionales" (escoceses, norirlandeses o del norte de Inglaterra), en el caso del estado español, pocos autores periféricos, han logrado superar el margen geográfico y literario y alcanzar el centro. Para decirlo de otra forma, pocos de los autores mencionados son considerados canónicos en el actual panorama literario español. Hoy en día podemos citar a un único autor vasco (Atxaga), un par de autores gallegos (Rivas, Suso de Toro) y algunos autores catalanes (Moncada, Monzó, Riera) y garantizar la supuesta pluralidad literaria estatal. Pero la cuestión es: ¿los elementos institucionales que acompañan a la literatura (Universidad, premios literarios, presencia política, relación con los medios de comunicación,...) se han hecho eco de dicha realidad?. Creo que no. En la actualidad, por poner un ejemplo, es más fácil estudiar alguno de los autores periféricos en una universidad norteamericana que en una española. Aunque parezca mentira, en los actuales departamentos universitarios españoles, apenas hay espacio para aproximaciones de este tipo. Como tampoco lo hay, por poner otro ejemplo, en los medios de comunicación estatales. Cuando por motivos de mi tesis doctoral tuve que analizar la recepción de la obra de Bernardo Atxaga en la prensa estatal y europea (2), pude constatar el gran desconocimiento que se tenía, a nivel nacional, de la literatura escrita en lengua vasca y de nuestra cultura en general. De forma sorprendente, la información que en algunas críticas se le daba al lector cacereño, balear o castellano no difería demasiado de aquella que se ofrecía en los diferentes países a los lectores finlandeses, alemanes o italianos. Dichas informaciones comprendían datos sobre el euskera, el número de hablantes, el territorio, las tradiciones,... es decir, datos que, la mayoría de las veces, resultaban muy elementales. Por último, si analizamos los galardonados en los diferentes premios literarios y, en especial, en el Premio Nacional de Literatura en sus diferentes modalidades, es más que evidente que la nómina de autores periféricos es reducidísima y que, en el caso vasco, el listado incluye a un único autor. Volvemos a insistir, no tratamos de reivindicar actitudes "políticamente correctas" sino de denunciar algunos de los factores (extraliterarios) que pueden acrecentar el aislamiento literario vasco. Y es que, ya lo decía recientemente el historiador Ludger Mees: además del problema del terrorismo, las noticias que pueden asociar los europeos con el entorno vasco son, casi siempre, negativas. Incluso el frente que anuncia las lluvias viene, la mayoría de las veces, del Golfo de Vizcaya. Ironías aparte, es constatable que, de la nómina de artistas vascos reconocidos mundialmente (Chillida, Oteiza,...) pocos pertenecen al ámbito literario.
El sistema literario vasco: una isla.
Creo que el término aislamiento define certeramente uno de los problemas más importantes del actual sistema literario vasco. En el acto que organizó la Asociación de Editores en Lengua Vasca en la última Feria de Frankfurt, uno de nuestros escritores más interesantes, Harkaitz Cano (1975), presentó un texto que resulta sugerente para lo que tratamos de argumentar. A partir de la mención de los versos del poeta inglés W.H. Auden incluídos en las Cartas desde Islandia (Ed. Alba, 2000:28), Cano nos hablaba de la soledad de la literatura vasca y la comparaba con la soledad de las islas: "Las islas son lugares aparte, donde Europa está ausente./¿Lo son? El mundo todavía existe, el presente, la mentira (...) la sangre se mueve también por pulgadas corvas y furtivas, lo interroga todo: ¿Dónde se celebra el homenaje? ¿Cuándo se hará justicia? ¿Quién está en contra mía? ¿Por qué estoy siempre solo?".
Si el hecho de escribir en una lengua preindoeuropea, hablada por unos 700.000 hablantes, no tendría por qué suponer una frontera infranqueable para nuestro sistema literario, la realidad es que nuestra literatura se conoce poco y mal fuera de nuestras fronteras. Y ya que hablamos de islas y hemos mencionado Islandia, no estaría de más recordar que los autores islandeses que fueron invitados al último GALEUSCA (Lekeitio, octubre del 2000), nos informaron de que con una comunidad de no más de 300.000 hablantes, bastantes escritores islandeses habían conseguido conectar con lectores de otras lenguas e incluso, uno de ellos había obtenido el Premio Nobel en 1955.
Supongo que, además de las supuestas razones extraliterarias apuntadas, sin demasiado rigor, anteriormente, tendríamos que encontrar en el propio sistema literario vasco actual las razones de este aislamiento. En este sentido, es evidente que si entendemos por sistema literario vasco la estructura que comprende la producción, mediación y recepción de textos en euskera, son el aspecto de la mediación y la recepción los que presentan un menor desarrollo. Aunque el incremento de títulos y tiradas nos indica que, actualmente, se lee más que nunca en euskera, algunos estudios sociológicos que se han realizado sobre los hábitos de lectura (3) nos indican que ésta está, la mayoría de las veces, supeditada a la obligatoriedad académica (escuela, academias de euskaldunización,...). Son pocos los escritores que superan el circuito escolar y por ello, la lectura por el puro placer que promete el libro es, seguramente, una de las asignaturas pendientes más importantes de nuestro sistema literario. En cualquier caso, quizás la sensación que tenemos de que se publica demasiado tenga más fundamento del que pensamos, pues, en el caso vasco, el porcentaje de escritores en una comunidad lingüística tan reducida resulta llamativo. Decía Julio Caro Baroja que en España no es que no nos guste leer, sino que estamos todos tan ocupados escribiendo que no tenemos tiempo para leer lo que escriben otros (4). Creo que éste podría ser un certero diagnóstico de uno de los problemas de nuestro sistema literario: la abundancia de escritores con respecto al supuesto número de lectores.
En cuanto a la producción, diremos que, al igual de lo que ocurriera en las diversas literaturas del estado español, el inicio de la era democrática no supuso un cambio drástico en los paradigmas literarios vascos de la época. Pero lo que sí supuso fue la posibilidad de que se dieran las condiciones objetivas para que la institucionalización de la literatura vasca como actividad autónoma se desarrollara plenamente. Me refiero, a la Ley de Normalización del Uso del Euskera (1982), cuya aprobación permitió, entre otros aspectos, la implantación de modelos bilingües de enseñanza o la convocatoria de ayudas a la edición en lengua vasca. Gracias a estas ayudas, surgieron nuevas editoriales y la producción editorial vasca se incrementó de forma manifiesta. Si entre los años 1876-1975 se publicaba una media de 31,5 libros al año, en el período comprendido entre 1976-1994 pasamos a publicar una media de 660 libros/año. En la actualidad, se publican unos 1.400 títulos al año. Además, según los datos más recientes de la Asociación de Editores de Euskadi, la red de editoriales asentadas en nuestro territorio comprende unas cien empresas, la mayoría de las cuales no supera la media de 4 trabajadores. En cuanto a otro de los elementos centrales del aspecto de la producción, el que conforman los escritores, precisaremos que de los 300 que integran aproximadamente este grupo, el 90% son hombres y sólo el 10% mujeres. La media de edad ronda la cincuentena y sólo un 6 % vive exclusivamente de la literatura. En un mercado literario tan pequeño como el vasco, es difícil vivir de la literatura y en la mayoría de los casos, los escritores tienen que compaginar su trabajo creativo con labores periodísticas, docentes o de otra índole. Completaríamos esta breve radiografía del aspecto de la producción subrayando la importancia que la labor de los traductores ha tenido en el afianzamiento de la lengua literaria vasca.
Pero si, en la actualidad, leer a Faulkner o a Calvino en euskera puede ser más que recomendable, las traducciones de nuestra literatura a otros idiomas no han corrido la misma suerte. El conocido verso del poeta vasco J.M. Iparragirre, y actual lema de la Universidad del País Vasco, "Eman ta zabal zazu" [Produce y difunde] sigue todavía sin concretarse en el caso de la literatura escrita en lengua vasca. En este sentido, es importante recordar que ya para 1960 el prestigioso filólogo Koldo Mitxelena (1915-1987), en su artículo "Asaba zaarren baratza" [El huerto de nuestros antepasados], defendió la necesidad e importancia, por razones de subsistencia, de la traducción de obras escritas en lengua vasca a otros idiomas. El inteligente diagnóstico de Mitxelena ha sido compartido por muchos y otro insigne filólogo, Ibon Sarasola, ha denunciado el síndrome "Sinn Fein" [Nosotros solos] que tenía nuestra literatura y la necesidad de superar esta frontera.
Según los datos del sociólogo Juan Mari Torrealdai [cf. Euskal Kultura Gaur, Jakin, 1997:377), el número de libros traducidos del euskera a otros idiomas ascendería a 50, repartidos en 150 ediciones. Estos datos recogen la traducción de libros completos y no de fragmentos o antologías que, como es de suponer, elevaría bastante el cómputo de traducciones. Para mencionar un par de ejemplos, ahí tenemos el caso del conocido poema del bilbaíno Gabriel Aresti (1933-1975) "Nire aitaren etxea" [La casa de mi padre], traducido, según Xabier Kintana, a más de quinientos idiomas, o la antología de cuentos que la editorial polaca Rebis publicó en abril de este año. Exceptuando las traducciones a lenguas peninsulares, sabemos que el número de autores vascos traducidos a otras lenguas europeas ronda la decena. Bernardo Atxaga es el autor más traducido, con diferencia. Pero además, hay otro dato que resulta importante en lo que atañe a la recepción y difusión de las traducciones de obras vascas. Nos referimos a las editoriales europeas o americanas que las avalan. Y es que, al contrario de lo que ocurriera en el caso de Atxaga, la mayoría de las editoriales que han publicado obras traducidas de autores euskaldunes, son editoriales pequeñas, marginales o con una capacidad de difusión escasa. Esto es lo que les ocurrió, sin entrar a valorar la calidad de las traducciones, a las versiones inglesas de Leturiaren egunkari ezkutua [El diario secreto de Leturia] o 100 metros, obras consideradas canónicas por la crítica vasca y que no han tenido ningún eco en el extranjero.
Supongo que el hecho de que las instituciones vascas no hayan subvencionado la traducción de textos escritos en euskera hasta este año 2000 ha podido incidir en ese desfase. Como también ha podido incidir la debilidad del factor de la mediación. En este sentido, tendríamos que recordar que a la práctica inexistencia de agencias literarias hasta bien entrada la década de los 90, se suma la denunciada debilidad de la crítica literaria vasca, en su vertiente académica y pública (cf. N. Frye). Si la aparición, a partir de 1981, de las primeras promociones de licenciados en Filología Vasca ha aportado toda una serie de tesis doctorales que impulsan el desarrollo del estudio riguroso de nuestra literatura, la crítica pública, es decir, la que se da en los medios de comunicación o en publicaciones de divulgación, sigue siendo escasa. Y además, presenta, la mayoría de las veces, una importante carencia, la de la falta de actitud crítica, falta que, durante años, se ha achacado a la imposibilidad de criticarse en un territorio tan pequeño donde todo el mundo se conoce.
El carácter insular de la novela vasca contemporánea.
Decía J. L. Borges que la literatura británica tiene carácter insular, es decir, que consta más de individuos que de escuelas. Lo mismo podríamos argumentar acerca del complejo y abigarrado panorama actual de la novela en lengua vasca. Aún aceptando la dificultad que entraña el describir rigurosamente las tendencias que rigen nuestra producción más reciente, trataré de describir las líneas principales de la novela vasca actual para, a continuación, incidir en la obra de los autores que, en mi opinión, mejor representan las características generales de esa producción.
Y ya que me referiré a la producción novelesca, quisiera precisar que la elección de este género se debe a dos razones fundamentales. Por un lado, el protagonismo que tiene la narrativa dentro de la actual producción literaria (casi un 60% de lo que se publica en sería adscribible a este género (5)). Por otro lado, la preeminencia del género novelesco dentro de esa producción. Como ocurre en la literatura española finisecular, también la actividad literaria vasca se polariza en torno a la novela. Hoy por hoy, éste es el género con más repercusión y prestigio literario, el género de mayor rentabilidad editorial y, por ello, no nos resulta extraño que cuentistas de la calidad de I. Mujika Iraola, bertsolaris de renombre como A. Egaña, profesores universitarios como L. Oñederra o L. Mintegi, periodistas como J. Luis Zabala, o autores de literatura infantil y juvenil como P. Zubizarreta o Jesus Mª Olaizola, se hayan lanzado, a la aventura de escribir novelas. Además, quisiera resaltar que, en alguno de los casos mencionados, la incursión en el género novelesco ha resultado todo un acierto, tal y como lo demuestran la calidad de dos de las novelas (primerizas) publicadas en 1999: Gerezi denbora [Tiempo de cerezas] de I. Mujika Iraola y la novela Y la serpiente dijo a la mujer (Ed. Bassarai) de L. Oñederra, galardonada, entre otros, con el Premio de la Crítica y el Premio Euskadi-2000.
En cualquier caso, si la preeminencia de la novela es incuestionable en la actualidad, no hay que retroceder demasiados años en nuestra reciente historia literaria para corroborar la importancia que otro género narrativo, el del cuento, tuvo en la década de los años 80. Muchas veces se han señalado las razones socio-literarias que pudieron impulsar este incremento. Entre ellas, reseñaremos la proliferación, por aquellas fechas, de revistas literarias que actuaron como verdaderas plataformas de lanzamiento para muchos autores, o el incremento de premios literarios en los diferentes ayuntamientos e instituciones vascas. Las consecuencias de esta proliferación de cuentos fueron muy interesantes para el panorama literario vasco, ya que, los cuentos de autores como Atxaga o Sarrionaindia nos trasladaron a mundos fantásticos e imaginarios desconocidos hasta entonces en la prosa escrita en nuestra lengua.
Para cuando la modernización y renovación del cuento literario vasco llegaba a su apogeo en los años 80, la novela vasca había recorrido un viaje trepidante en unas pocas décadas. Surgida a finales del siglo XIX, fue la poética costumbrista la que prevaleció hasta mediados del siglo XX. Y es que, ni la modernidad ni la revolución novelesca del Modernism hicieron acto de presencia entre nosotros hasta 1957. Fue a partir de los años cincuenta cuando nuestra prosa se fue enriqueciendo con las técnicas de los novelistas universales que, en la primera mitad del siglo XX, nos descubrieron una nueva dimensión humana y nos hablaron de un mundo que cada vez se iba volviendo más incomprensible. Nos referimos a la ironía que subyace a los textos de Conrad o Mann, la tragicomedia de las obras de Ibsen o Pirandello, el elemento paródico de las producciones de Eliot o Joyce, o la fragmentación estética presente en Proust y Woolf. Es decir, a todos aquellos que subvirtieron el lenguaje literario e hicieron suya la proclama lanzada por E. Pound: "Make it new!".
En consecuencia, si algo se deriva de la modernización de la novela vasca es que cualquier aproximación a ella tiene que hacerse desde parámetros literarios comparatistas. Por ello, aunque hemos definido el sistema literario vasco como una isla, tendríamos que matizar ahora que se trata de una isla a la que han arribado muchos barcos, pero de la que han salido pocos. Decía T. S. Eliot que los autores de todas las épocas y de todas las lenguas son contemporáneos entre sí y, en cierto sentido, compatriotas. Es decir, que ningún escritor está aislado, sino que escribe "for contrast and comparison, among the dead", tratando de equilibrar la tensión entre lo estrictamente particular y lo universal. Es esa tensión, precisamente, la que nos ha permitido ser universales sin dejar de ser genuinamente vascos (6).
Tal y como hemos comentado, la novela existencialista Leturiaren egunkari ezkutua [El diario secreto de Leturia] (1957) de J.L. Alvarez Enparantza, Txillardegi, marca el inicio de la modernidad en la novela escrita en lengua vasca. Al igual que A. Roquentin en La Nausée (1938), Leturia plasma en su diario la ausencia de sentido de la existencia humana y reflexiona en torno a los temas cruciales del existencialismo: la soledad, el fracaso, la muerte, el tener que decidir,...Todos estos temas volverán a estar presentes en las dos novelas que Txillardegi publicará en la década de los 60. Unos años más tarde, en 1969, con la publicación de Egunero hasten delako [Porque comienza cada día] el escritor Ramón Saizarbitoria dará un giro radical al panorama novelístico y este giro se plasmará en el relevo de la poética existencialista por una novela experimental próxima al Nouveau Roman francés. Entramos en un período donde la forma novelesca y la experimentación prevalecerán en los universos literarios de los autores de la época, y textos vanguardistas como Sekulorum sekulotan [Por los siglos de los siglos] (1975) de Patricio Urquizu, Zergatik bai [Porque sí] (1976) de Koldo Izagirre y Ziutateaz [Acerca de la ciudad] (1976) de Bernardo Atxaga, nos volverán a recordar la premisa barthiana de que la técnica es consubstancial al hecho novelesco. Este despliegue de forma culmina, en 1976, con la publicación de Ene Jesús [¡Ay Dios mío!] de R. Saizarbitoria, novela cercana a la poética del silencio en la que deriva la crisis de la representatividad moderna.
No obstante, no todo será experimentación en la década de los 70 y novelas de temática social o de tipo alegórico tratarán de ampliar la oferta existente. Me refiero a las novelas sociales que el escritor y editor X. Gereño publicó a finales de los 60 e inicios de los 70 (novelas que, dicho sea de paso, han sido consideradas como subliteratura por algunos críticos (7)), o las del académico Txomin Peillen, quien combinó novelas de tipo social y tipo policíaco, o las obras de X. Amuriza,... o las novelas alegóricas que trataban de burlar la censura franquista, tales como, Haurgintza minetan [Dolores de parto] (1973) de Mikel Zarate y Ajea du Urturik [La preocupación de Urturi] (1971) de Anjel Lertxundi. Dos años más tarde, en 1973, Lertxundi volvió a publicar una novela de tono autobiográfico y próxima al neorrealismo italiano que, en nuestra opinión, es una de las más interesantes de la década de los 70. Nos referimos a la novela corta, Goiko kale [La Calle de Arriba], recientemente reeditada por la editorial Alberdania.
Al igual de lo que ocurriera en las literaturas colindantes, tras la fase experimentalista, la novela vasca recupera el gusto por contar. La premisa posmoderna de que "todo está contado pero hace falta recordarlo" inundará los textos de las últimas décadas. La vuelta a la narratividad se inicia, según el crítico J.M. Lasagabaster, con la preeminencia de lo lírico y de los mundos interiores en algunas novelas de finales de los 70 y comienzos de los 80. En esta línea lírica que comprendería tipologías tan diversas como la novela psicológica o incluso la lírica o poemática, incluiríamos, entre otros, a la novela lírica Haizeaz bestaldetik [Allende el viento] (1979) de Txillardegi; la novela de corte autobiográfico Abuztuaren 15eko bazkalondoa [trad: La sobremesa del 15 de agosto, Ed. Hiru, 1994) de J. A. Arrieta; el texto intimista y próximo al "feminismo de la diferencia" de los 70: Zergatik, Panpox [trad.: ¿Por qué Panpox?, ed. Orain, 1995) de A. Urretabizkaia,... pero también, a obras más recientes como la novela onírica Hatza mapa gainean [El dedo sobre el mapa] (1988) de Pello Lizarralde; Arinagoa duk airea, Absalon (1990) [trad.: Más leve que el viento, Absalón, Ed. Vosa, 1993) de F. Juaristi; o las novelas de Juan Luis Zabala: Zigarrokin ziztrin baten azken keak [El humo de una insignificante colilla] (1985) y Kaka esplikatzen [Verborrea] (1989), obras éstas últimas que recrean el detallismo simbólico de Handke o la desesperación omnipresente en el universo de T. Bernhard.
Además de novelas de tono lírico, el gusto por contar también se plasmó en la proliferación editorial de novelas policíacas en la década de los años 80. La cada vez más manifiesta mercantilización de la literatura propiciaba la irrupción de novelas de género. Se trataba, ante todo, de seducir al lector por medio de estrategias narrativas que tratan de dosificar el suspense. Como sucediera a finales de los años 70 en la literatura española con la aparición de las novelas de M. Vázquez Montalbán, nuevos narradores vascos trataron de dar continuidad a la línea iniciada, en 1955, por la primera novela policíaca en euskera: Hamabost egun Urgain'en [Quince días en Urgain] de J. A. Loidi. En cualquier caso, creo que habría que matizar que más que novelas estrictamente policíacas, lo que predominó en la década de los 80 fue la incorporación de técnicas y estrategias narrativas propias del género novelístico. Además de lo dicho, quisiéramos subrayar la poca atención crítica que ha merecido este género entre nosotros ya que, a excepción de la tesis doctoral que el escritor y traductor Javi Cillero acaba de presentar en la Universidad de Nevada en Reno (U.S.A.), o del libro que el escritor y profesor G. Gárate ha publicado recientemente sobre este tipo de novela (8), pocos estudios han analizado la repercusión que este género ha tenido en nuestra novela más reciente. Si la comunidad crítica vasca no ha canonizado este tipo de novelas, sí que han contado, por el contrario, con el beneplácito de lectores vascos. Obras como 110 Streeteko geltokia [La estación de 110 Street] de I. Zabaleta (1985) o Alaba [La hija] (1984) de G. Gárate están entre las más reeditadas y leídas de los últimos tiempos (9). Como última matización, creo que en este conjunto de novelas políciacas que han resultado del agrado de los lectores vascos tendríamos que incluir las traducciones que desde editoriales como Igela se han publicado en las últimas décadas. Desde D. Hammet hasta P. Highsmith pasando por Chandler, Mc Coy, Thompson o Cain, las ténicas narrativas de este género han podido enriquecer las creaciones vascas de los últimos años.
Si volvemos la mirada a la producción original en euskera, vemos que el listado de novelas policíacas en sus diferentes vertientes (novela de intriga o misterio, novela negra y novela de espionaje) incluiría gran cantidad de títulos. Pero además, hay un dato que resulta evidente: si en la mayoría de las novelas publicadas en los años 70 prevalecían la preocupación lingüística y los modelos clásicos ingleseses del whodunit, a partir de los 80 se han ido incorporando elementos del thriller contemporáneo y de la novela negra norteamericana. Por reseñar sólo las novelas policíacas más conocidas, recordaremos, además de las citadas, a Izurri berria [La nueva peste] (1984) de G. Gárate; la trilogía policíaca de la escritora I. Borda, trilogía que trata de subvertir los roles tradicionales y nos presenta a una mujer-detective: Bakean ützi arte [Hasta que nos dejen en paz] (1984), Bizi nizano munduan [Mientras viva] (1996) y Amorezko pena baño [Más que una pena de amor] (1996); Ta Marbuta (1984) de X. Kintana; Mugetan [En las líneas fronterizas] de H. Etxeberria (1989); Speed gauak [Noches de speed] (1990) de E. Jiménez; Non dago Stalin? [¿Dónde está Stalin?] (1991) de X. Montoia; las tres novelas de misterio y espionaje que ha publicado J.M. Vélez de Mendizábal en la década de los 90: Yehuda (1992), Moskuko gereziak [Las cerezas de Moscú] (1996) y Samurai berria [El nuevo samurai] (1999); la novela de espionaje: Izua hemen [El miedo aquí] (1991) de J.M. Iturralde; la excelente Ur uherrak [Agua turbia, Ed. Hiru, 1995] de A. Epaltza; el premiado thriller psicológico El hombre solo (1994) de Bernardo Atxaga; la inquietante historia de misterio: Katebegi galdua [El eslabón perdido] (1996) de Jon Alonso o las intrigantes Beluna Jazz (1996) y Pasaia Blues (1999) de Harkaitz Cano.
Novelas ruralistas, urbanas,... y de otras adscripciones topológicas.
Algunas aproximaciones críticas a la novela vasca contemporánea han utilizado la calificación de ruralista para referirse a obras en las que se daba un desplazamiento topológico claro con respecto a novelas publicadas anteriormente. Los títulos a los que hacemos alusión incluyen novelas que hacen suyas las técnicas narrativas de la novela negra y de intriga, tales como, Hamaseigarrenean aidanez [Ocurrió a la decimosexta] (1983) y Tobbacco Days (1987) de Anjel Lertxundi; o la trilogía de P. Aristi, integrada por los títulos Kcappo (tempo di tremolo) (1985), Irene (Tempo di adagio) (1987) y Krisalida (1990); o novelas de corte fantástico como Dos hermanos [1985] (1995) de Bernardo Atxaga y el realismo mágico de Babilonia (Ed. Acento, 1999) (1989) de J.M. Irigoien.
La mayoría de las novelas ruralistas citadas siguen seduciendo a gran cantidad de lectores vascos y su calidad también ha quedado atestiguada con la excelente acogida crítica que han tenido. Tal es el caso de Hamaseigarrenean aidanez, novela moderna en la que A. Lertxundi, siguiendo los pasos de C. Pavese, trató de mostrarnos una perspectiva nada arcádica del mundo rural vasco. También creo que es destacable la deliciosa novela corta Dos hermanos de Atxaga, actualmente traducida a seis idiomas y donde el escritor asteasuarra nos perfiló el mítico mundo de Obaba. Junto a ellas, también merece una mención destacada Babilonia, un concierto polifónico de voces en el que J. M. Irigoien trató de aunar la novela rural, la histórica centrada en las carlistadas y las interpretaciones que sobre la cultura vasca han realizado varios antropólogos. La larga y reconocida trayectoria de J. M. Irigioien, incluye, además de la citada novela, toda una serie de obras próximas al realismo mágico sudamericano (en especial, próximas a García Márquez y a Rulfo), entre las que sobresalen la renovadora: Poliedroaren hostoak (1982) [La tierra y el viento, Ed. Hiru, 1997) y Udazkenaren balkoitik (1987) [Desde el balcón del otoño], de tono más realista.
Y ya que hablamos de realismo, no estaría de más subrayar que ha sido la observación del exterior la que ha prevalecido a la hora de crear las más recientes obras narrativas. Se trata de un realismo ampliado por nuevas perspectivas y puntos de vista, por su proyección fabuladora o por el tratamiento formal. Esta mirada al exterior ha sido la causante de la proliferación de novelas en torno a acontecimientos histórico-políticos importantes para nuestra historia contemporánea. La Guerra Civil y la posguerra, por ejemplo, constituyen el eje argumental común de novelas como: Euzkadi merezi zuten [Merecieron un país llamado Euzkadi] (1984) de Koldo Izagirre; Izua hemen [El miedo aquí] (1990) de Joxemari Iturralde, Loitzu herrian udapartean (1993) de Luis Mari Mujika, Badena dena da [Lo que es, es lo que es] (1995) de Patxi Zabaleta, Zoazte hemendik! [¡Iros de aquí!] (1995) de Patricio Urkizu o Bihotz bi. Gerrako kronikak [trad.: Amor y Guerra, Espasa Calpe, 1999) (1998) de Ramón Saizarbitoria.
La problemática en torno a E.T.A. es, también, tal y como lo subrayó el crítico I. Aldekoa, otro eje temático común a muchas novelas publicadas en las últimas décadas. En este sentido, tenemos, en las décadas de los 70-80, las novelas: Hil ala bizi [Morir o vivir] (1973) de Xabier Amuriza, 100 metro (trad.: Cien metros, Ed. Nuestra Cultura) (1976), Grand Placen aurkituko gara (trad.: Grande Place, Ed. Akal, 1985) (1983) de Mario Onaindia, Exkixu (1988) de Txillardegi, Mugetan (1989) de Hasier Etxeberria. Junto a ellas, recordaremos algunas de aparición más reciente: Etorriko haiz nirekin? [¿Vendrás conmigo?] (1991) de Mikel Hernández Abaitua, El hombre solo (1993) y Esos Cielos (1995) de Bernardo Atxaga, Nerea eta biok (1994) [Nerea y yo] de Laura Mintegi, Hamaika pauso (1995) (trad.: Los pasos incontables, Espasa Calpe, 1998) de Ramón Saizarbitoria, Berriro igo nauzu [He vuelto a subir] de Xabier Mendiguren Elizegi y Arian-ari [Sin descanso] (1996) de Patxi Zabaleta. En cualquier caso, creo importante subrayar que la mayoría de las aproximaciones que se realizan al tema de la violencia terrorista tratan de ahondar en la vivencia personal, en la fractura existencial de los personajes ante una realidad violenta, más que de realizar una crónica naturalista de los acontecimientos. Seguramente porque la realidad vasca y el bonbardeo mediático es lo suficientemente elocuente y dramático, los novelistas vascos han preferido contarnos la vivencia trágica de esta realidad que nos ha tocado vivir.
En cualquier caso, es obvio que el concepto de realismo es un cajón de sastre donde caben novelas de concreción muy diversa. Por citar un par de ejemplos, entre las novelas mencionadas en el párrafo anterior la distancia poética que habría entre Exkixu y Hamaika pauso, sería enorme. Si la primera podría estar más próxima a un realismo crítico y social, la segunda, es más una novela testimonial. Pero lo que las distancia definitivamente es, sin duda, su factura literaria. Como no podía ser de otro modo, la obra del que se ha considerado el gran renovador de la novela vasca, Ramón Saizarbitoria, muestra un despliegue de estrategias narrativas, un plano metanarrativo y una intertextualidad tan manifiesta que convierten el texto en un atractivo palimpsesto. Las mismas técnicas y obsesiones literarias, aunque en un nivel de complejidad menor, vuelven a aparecer en la siguiente novela del autor: Amor y guerra (1999).
Completaremos este apartado realista, recordando obras como Agirre zaharraren kartzelaldi berriak [Los nuevos encarcelamientos del viejo Aguirre] (1999) de K. Izagirre, en la que el realismo y fantasía conviven en una historia calificada por el propio autor como farsa cuasi-burlesca.
Para concluir este apresurado panorama de la novela vasca actual, quisiéramos señalar la poca incidencia que ha tenido entre nosotros el género histórico. La senda histórica iniciada por J. Etxaide en la década de los 50, ha sido contituada por pocas novelas, entre las cuales, tendríamos a Gillen Garateako batxilerra [La tau y el caldero, Ed. Grijalbo, 1985] de M. Onaindia, Nafarroako artizarra [La estrella polar de Navarra] (1984) de J.M. Iturralde, Herioaren itzalpeetan [En las sombras de la muerte] de A. Eguzkitza (1999), Putzu (1999) de Txillardegi y las novelas de P. Zabaleta: Ukoreka (1994), Badena dena da [Lo que es es lo que es] (1995), Arian ari [Sin descanso] (1996) y Errolanen harria [La piedra de Roldán] (1998).
Para terminar: rasgos generales de la novela vasca de fin de siglo.
1. Eclecticismo. Al hilo del pensamiento posmoderno, todo vale y todo convive sin ninguna jerarquía en la novela vasca actual. En consecuencia, es difícil adscribir los textos a un tipo concreto de poética o tipología.
Si hay un novelista vasco contemporáneo que puede representar con su obra la plasmación de la continua experimentación que lleva al eclecticismo de formas es Anjel Lertxundi. En las anteriores referencias a su trayectoria, ya hemos dado ejemplo de esta vitalidad experimental, y hemos hecho alusión a sus inicios por la senda de la novela alegórica en los 70 y a sus planteamientos más realistas en los 80. Tras estas novelas, la evolución novelística del autor ha derivado hacia universos literarios que ya no se inspiran en acontecimientos o hechos reales, sino en simples conjeturas literarias. Entramos en un viaje literario, un viaje intertextual, que se va nutriendo de diferentes tradiciones poéticas. Las novelas: Las últimas sombras (Seix Barral, 1996) y Un final para Nora (Alfaguara, 1999) podrían servir como ejemplo.
2. Otra característica de la narrativa vasca de fin de siglo la define el hecho de que las barreras entre géneros son cada vez menos claras. Un ejemplo de lo que decimos lo tenemos en Kamenbert helburu [Objetivo Camembert] (1998) de Jon Alonso, texto a caballo entre el ensayo y la novela, ... o en el excelente libro: Lista de Locos y otros alfabetos (1998) de Bernardo Atxaga, ganador del Premio Euskadi 1999.
3. El peso del autobiografismo y de la conciencia del propio autor es cada vez más reseñable. Predomina la problemática personal e interpersonal. Novelas como Koaderno gorria (1998) de A. Urretabizkaia, Eta emakumeari sugeak esak zion (1999) de L. Oñederra, Arrainak ura baino [Más que cualquier otra cosa] de H. Etxeberria (1999), Ez [No] (1999) de M. Ertzilla, o Edo zu eta ni [O tú, ó yo] (2000) de I. Rozas son un ejemplo de lo que decimos.
4. Terminaremos con una breve referencia a la irrupción, en los últimos años, de nuevas escritoras al mercado editorial vasco protagonizado, hasta ahora, por hombres. A los ya reconocidos nombres de Arantxa Urretabizkaia, Mariasun Landa, Itxaro Borda, Laura Mintegi o Arantxa Iturbe, se les han sumado, recientemente, narradoras como Lourdes Oñederra, Ana Urkiza o Ixiar Rozas.
NOTAS
(1) Cf. Pfeiffer, M., El destino de la literatura, El Acantilado, Barcelona, 1999, p. 46
(2) Cf. Olaziregi, M.J., 1998a, "Bernardo Atxaga: el escritor deseado", Insula 623, noviembre de 1998, 7-11.
(3) cf. Olaziregi M.J., 2000, "Aproximación sociológica a los hábitos de lectura de la juventud vasca", Oihenart. Cuadernos de Lengua y Literatura 18, 2000, 79-93.
(4) citado en Ibañez de la Cuesta, M., 1994, "La recuperación del argumento", Altazor nº5, Marzo 1994, 33-41.
(5) Este protagonismo ha ido creciendo de forma ininterrumpida a lo largo de este siglo. Creo que los datos que reseño a continuación son bastante elocuentes en este sentido: si en el período comprendido entre los años 1876-1935 sólo el 18,7 % de los textos literarios publicados en euskera pertenecían al género narrativo, durante los años 1936-1975 ese porcentaje se incrementó al 23, 8 % y durante 1976-1996 al 48, 5%.
(6) El su excelente ensayo: Gogoa zubi,(Irun, Alberdania, 1999), el escritor Anjel Lertxundi hace unas interesantes reflexiones al respecto (pág. 37-39).
(7) El propio Gereño ha menciondado recientemente el interés que tienen para él modelos como los de Ken Follet, Robin Cook y John Grishan, autores todos ellos de conocidos y rentables best-sellers.
(8) cf. Garate, G., Atzerriko eta Euskal Herriko Polizia Eleberria [La novela policíaca universal y vasca], Donostia, Elkarlanean, 2000.
(9) cf. M.J. Olaziregi, 2000, op. cit.
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