Literatura traducida

© Jose Manuel López Gaseni (Euskal Herriko Unibertsitatea-Universidad del País Vasco)




Introducción

Mi colaboración en este proyecto supone la aceptación, más o menos explícita, de una concepción sistémica de la historia literaria, aceptación que cobra un valor añadido cuando se trata de abordar una historia literaria nacional como la de la presente compilación.

En efecto, como acertadamente afirma Miguel Gallego Roca, hoy en día "es posible estudiar la organización de una literatura, sus normas y sus modelos, a través de la función que desempeñan las traducciones dentro del sistema literario" (Gallego Roca, 1994: 110). Se trata de una afirmación que se hace más evidente todavía si, a la luz de los Estudio de los Polisistemas, de Itamar Even-Zohar, nos encontramos trabajando con un sistema literario relativamente joven y débil, pues es en ellos donde la literatura traducida se muestra más activa y donde tiende a adquirir una posición más central.

A lo largo del presente estudio se podrá advertir que la literatura traducida a la lengua vasca cumple, a lo largo de su historia, funciones tan centrales como la creación de un lenguaje literario autóctono, la aportación de repertorios literarios de los que la literatura vasca carecía previamente, y la renovación de determinados modelos que comenzaban a resultar caducos.

Por todas las razones apuntadas, parece evidente que la literatura traducida debe ser considerada a todos los efectos como parte integrante del sistema literario vasco, razón por la cual me referiré a ella como "literatura vasca traducida".

Comenzaré presentando un estudio cuantitativo, para pasar, a continuación, a relatar la historia de la literatura traducida al euskera, junto con las funciones que ha desempeñado en cada época.


Estudio cuantitativo: datos generales en torno a la literatura traducida

En cifras globales, la literatura vasca traducida representa en torno al 35% de la producción literaria total en lengua vasca. Este porcentaje, relativamente elevado pero equiparable al de otras literaturas menores, asciende hasta el 50% en el período comprendido entre el inicio de la literatura vasca escrita, 1545, y el final del siglo XIX, período tradicionalmente conocido como "literatura antigua" (cf. Sarasola). A lo largo del siglo XX, la literatura traducida se sitúa alrededor del 20%, si bien entre 1900 y 1968, fecha en la que se acordó la unificación de la lengua vasca literaria, esa cifra desciende por debajo del 10%, y en los últimos años del siglo raya el 25%.

En lo que a los traductores de refiere, el que más obras ha traducido en números absolutos es Xabier Mendiguren Bereziartu (Ezkio-Itsaso, 1945), seguido por otros traductores contemporáneos como Xabier Olarra, Koro Navarro, J.M. Mendizabal o Juan Garzia. A lo largo de la primera mitad del siglo XX merece ser destacada la figura de Nicolas Ormaetxea "Orixe" (Orexa, 1888-Añorga, 1961), y en la segunda mitad del siglo XX las de Jokin Zaitegui (1906-1979) y Juan Anjel Etxebarria (1934-1996). Entre los traductores de la época anterior al siglo XX es obligado citar a Joannes Leizarraga (1506-1601) y a Jean Pierre Duvoisin (1810-1891).

En cuanto a las lenguas de procedencia de las obras traducidas al euskera, la principal fuente es la lengua inglesa, que monopoliza casi un 30%, seguida de las lenguas que circundan el dominio lingüístico vasco: el francés y el castellano, con porcentajes por encima del 15% cada una. Estos datos varían notablemente si nos ceñimos a la literatura antigua, donde latín y francés acaparan, prácticamente a partes iguales, el 80% de la literatura traducida.

En el capítulo de los géneros literarios, muestran clara preponderancia los géneros narrativos (el cuento y la novela), con alrededor de un 60% del total, y a los que siguen muy de lejos el teatro y la poesía, con un 15% cada uno, y el ensayo, que ronda el 6%. El resto se reparte entre la literatura relijiosa y la didáctica.


Los inicios de la literatura traducida

Las primeras traducciones al euskera vieron la luz en 1571, y son obra de Joannes Leizarraga (Briscous, 1506-La Bastide, 1601), a quien la reina de Navarra, Juana III de Albret, había encomendado la tarea de traducir los textos canónicos de la Reforma calvinista, tras haberla abrazado en 1560.

Como es sabido, una de las características de dicha Reforma era la voluntad de acercar la religión a los pueblos en sus lenguas vernáculas, contrariamente a la ortodoxia católica, que oficiaba en latín, de modo que el Sínodo calvinista celebrado en Pau en marzo de 1563 tomó la decisión de encargar la traducción de sus textos a la lengua vasca a Leizarraga, y la tarea de supervisión a cuatro ministros protestantes vascos.

Los textos en cuestión, que además pasan por ser los primeros textos en prosa impresos en euskera, son Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria (El Nuevo Testamento de Nuestro Señor Jesucristo), acompañado de varios apéndices y traducido al parecer desde las versiones greco-latina de Erasmo y francesa de Olivetan; ABC edo Christinoaen Instructionea othoitz eguiteco formarequin (ABC o Instrucción del Cristiano en la forma de orar), catecismo calvinista creado en 1542; y Kalendrera (El Calendario), almanaque lunar perpetuo para situar la Pascua y demás fiestas del culto. Todas ellas fueron impresas en La Rochelle.

La ejecución de estas traducciones se encontraba constreñida por dos fuerzas contrapuestas: por una parte, la vocación proselitista de convertir al mayor número de fieles posible, y, por otra, el sometimiento a la más estricta literalidad de los textos sagrados. Por si fuera poco, Leizarraga carecía de tradición literaria alguna en lengua vasca, por lo que hubo de partir prácticamente de la nada.

El excelente resultado final consistió en unas traducciones que tomaron como base el dialecto labortano, pero que se sirvieron de formas léxicas y morfológicas de los dialectos bajo-navarro y suletino. Precisamente a este último dialecto le dedica Leizarraga uno de los apéndices del Nuevo Testamento, en forma de pequeño léxico. A pesar de ello, el léxico de estas traducciones se muestra salpicado de numerosas voces tomadas del latín, y en menor medida del griego y del hebreo, que imprimen a los textos, especialmente al Nuevo Testamento, un tono intencionadamente rígido y cultista, en la línea de otras traducciones bíblicas vertidas a otras lenguas en la misma época.

Por desgracia, el fracaso y la represión del movimiento protestante, y la consiguiente destrucción de la gran mayoría de los ejemplares de estas obras, truncaron el interesante camino abierto por Leizarraga, que bien podría haber servido como base para la unificación de la lengua vasca.


La Contrarreforma y la traducción de textos religiosos

El Concilio de Trento sentó las sólidas bases de la Contrarreforma, y sus efectos se dejaron sentir en forma de traducciones de diversos textos religiosos enmarcados en la rigidez y en la estricta observancia de los preceptos católicos, así como en la exégesis de la Biblia, cuya interpretación ya no podía realizarse libre y directamente.

La obra religiosa más traducida entre los siglos XVII y XIX fue la Imitación de Cristo, atribuida al monje alemán del siglo XV Thomas de Kempis, de la que se cuentan al menos cinco versiones en este período. Las dos primeras fueron traducidas por sendos miembros del grupo de escritores que algunos estudiosos han llamado "Escuela de Sara". La primera de ellas, Iesusen Imitacionea, fue obra de Silvain Pouvreau (Bourges, 16??-París, 167?), aunque no vio la luz hasta 1890; otra de las versiones, Jesu Christoren imitationea, del sacerdote labortano Jean d'Arambillaga, fue publicada en 1684. A lo largo del siglo XVIII se conocen las versiones del sacerdote de San Juan de Luz Michel Chourio, Jesus-Christoren Imitacionea (1720), y la del párroco suletino Martin Maizter, Iesu-Kristen Imitacionia (1757). En el XIX, el conocido autor y traductor Jean Pierre Duvoisin dejó inacabada una versión más, Jesu Kristoren imitazionea, completada y publicada póstumamente en 1896.

Algunas otras obras religiosas traducidas durante el siglo XVII fueron Guiristionoaren Dotrina (1656), traducción de Instruction du Chretien, de Richelieu; Philotea (1664), translación de Introduction a la vie dévote, de San Francisco de Sales; y Gudu Espirituala (1665), versión del Combattimento spirituale, de Lorenzo Scupoli; las tres traducidas por el citado Silvain Pouvreau. Asimismo cabe ser mencionada la traducción o paráfrasis en verso de los oficios de la Virgen, titulada Ama Virginaren hirur officioac latinean bezala escaraz, llevada a cabo por Cristóbal Harizmendi y publicada en 1660.

La traducción de textos religiosos continúa sin demasiada novedad a lo largo del siglo XVIII. En lo que al norte del País Vasco se refiere, el sacerdote de San Juan de Luz Joanes Haraneder rescribió, con la intención de mejorarlas, las traducciones de Pouvreau Philotea (1749) y Gudu Izpirituala (1750), además de ser el primer traductor católico del Nuevo Testamento, a partir de la Vulgata: Jesu-Christo gure Iaunaren Testament Berria, datado en 1740, aunque no fue publicado hasta 1855. El pastor protestante originario de la misma localidad costera Pierre d'Urte, conocido por ser autor de una gramática y haber iniciado un diccionario de la lengua vasca, fue asimismo traductor del Génesis y de un fragmento del Éxodo. Y el párroco de Ustaritz Bernard Larreguy tradujo una obra de M. de Royaumont, con el título de Testament çaharreco eta berrico historioa, publicada en dos volúmenes (1775, 1777), que contienen, además de los dos testamentos, diversos exempla, vidas de santos y sermones. En el lado peninsular del País, el jesuita Sebastián Mendiburu adaptó una obra devota del P. Croisset con el título de Jesusen Bihotzaren devocioa (1747), y es autor de una traducción del catecismo de Astete; otro autor jesuita, Agustín Cardaveraz, adaptó la Vida Christiana (1710) del jesuita pamplonés Jerónimo Dutari, con el título de Cristauaren bicitza, edo bicitza berria eguiteco bidea, bere amabi pausoaquin, obra muy popular publicada en 1744. Otro traductor de catecismos, en este caso del Catéchisme Historique de Fleury, fue el franciscano Juan Antonio Ubillos: Christau Doctriñ Berri-ecarlea (1785).

Entre las escasas traducciones no religiosas de este período, hay que mencionar dos versiones de sendas obras técnicas, un breve libro sobre el cuidado del ganado, Laborarien abissua (Aviso de labradores), de 1692, del boticario labortano Mongongo Dassança, versión indirecta del Praedium Rusticum (1554) de Charles Estienne; y un libro de navegación, Liburu hau da ixasoco nabigacionecoa, de 1677, traducción de Piarres d'Etcheverry "Dorre" de la obra de Hoyarzabal Les voyages aventureux du capitaine Martin de Hoyarsabal (1633).


La Ilustración y la literatura didáctica

Si hasta finales del siglo XVIII la instrumentalización de la literatura vasca tuvo un objetivo básicamente religioso, a partir de entonces cambiará su sesgo, para adquirir una orientación educativa y moralizante, fundamentalmente por medio de la traducción de los repertorios fabulísticos clásicos y neoclásicos.

Esto no significa que descienda el número de traducciones de textos religiosos, sino que simplemente pasan a ocupar un segundo plano frente a un nuevo modelo que aspira a posiciones cercanas al núcleo central del sistema literario vasco.

Una vez más se hace patente que la falta de madurez y la fragilidad del sistema busca ser equilibrada por medio de la importación de modelos y repertorios procedentes de sistemas literarios consolidados.

El espíritu de la Ilustración penetró desde Francia por varias vías. Una de ellas fue la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, fundada en 1765 por Xabier María Munibe (Azkoitia, 1729-Azkoitia, 1785), un aristócrata formado con los enciclopedistas franceses en Toulouse, escritor y músico, e impulsor de las artes y de las ciencias por medio de la citada asociación. Mediante sus tertulias de ilustrados, conciertos y representaciones teatrales, creó el caldo de cultivo necesario para la introducción en el país de una conciencia educativa que fue encauzada, entre otras cosas, por medio de la creación y traducción de fábulas. Precisamente de esta época datan las Fábulas morales del autor alavés Félix María de Samaniego, sobrino de Munibe, inspiradas en Esopo, Fedro y La Fontaine.

En la misma zona geográfica, los Moguel también cultivaron el género de la fábula, en este caso en lengua vasca. El más conocido de ellos, el eibartarra Juan Antonio Moguel, además de su famoso diálogo Peru Abarka, había escrito un centenar de fábulas, y también había traducido los Pensamientos de Pascal (Pascalen Gogamenak). Pero sería su sobrina Vicenta Moguel (Azkoitia, 1782-Abando, 1854) quien publicara en 1804 la primera traducción de fábulas, titulada Ipui onac [Los cuentos buenos], que recoge 50 fábulas de Esopo, traducidas gracias a los conocimientos del latín que le había transmitido su tío, bagaje cultural muy poco corriente entre las mujeres de la época. La intención de estas fábulas era educativo-moralizante, como puede deducirse del subtítulo de la obra. "Los cuentos buenos, en los que los campesinos y los jóvenes vascos podrán encontrar hermosas enseñanzas para llevar sus vidas por el buen camino", y pretenden, como también se dice en el prólogo de la obra, sustituir a los cuentos tradicionales, considerados perniciosos y rechazados por las instituciones educativas de la época.

Otro traductor de fábulas del sur del País vasco fue Juan Mateo Zabala (Bilbao, 1777-Zarauz, 1840), quien en su obra, Fábulas en dialecto vizcaíno, recogió, además de 21 composiciones propias, otras fábulas de Esopo, La Fontaine, Samaniego y Juan Antonio Moguel. Varias décadas más tarde, Zabala repite argumentos similares a los de Vicenta Moguel: "Todavía recuerdo cómo de niños escuchábamos con la boca abierta los insulsos cuentos de Peru y María. Estos, en cambio, son profundos, de hermoso contenido y de gran provecho. Ojalá hubiera más cuentos así".

El escritor y pedagogo Agustín Pascual Iturriaga (Hernani, 1778-Hernani, 1851) también hizo su aportación a la fabulística en lengua vasca, en su obra Ipuyac eta beste moldaera batzuec [Fábulas y otras composiciones en verso bascongado], publicada en 1842. La mayoría de las fábulas que contiene están traducidas de la obra de Samaniego, concretamente 55; además el libro recoge las églogas primera y tercera de Virgilio, junto con algunas canciones dedicadas "a la juventud vasca".

En el País vasco francés, la recuperación de la tradición fabulística llevada a cabo por La Fontaine llegó de modo más directo. Jean Baptiste Archu (Altzürükü, 1811-La Reole, 1881) publicó en 1848 la obra La Fontainaren aleghia berheziak [Fábulas escogidas de La Fontaine], traducidas al euskera suletino en verso, como fueron publicadas por el ilustrado francés, y con el lema de "aprender jugando" en su dedicatoria a los niños vascos.

Asimismo, el sacerdote labortano Leonce Goyhetche (Urruña, 1795-¿) publicó en 1852 la traducción versificada de 150 fábulas de La Fontaine, con el título de Fableac edo aleguiac Lafontainenetaric berechiz hartuac [Fábulas escogidas de La Fontaine]. Este autor también muestra su sesgo didáctico al reconocer que ha suprimido las fábulas inapropiadas y al afirmar, mediante una pregunta retórica "¿Acaso no se pueden enseñar con gracia el bien y la verdad?".

Al margen de la literatura didáctica, como se ha dicho ya, continuó la actividad traductora de textos religiosos. Por ejemplo, dos nuevas traducciones del catecismo de Astete, una de ellas en dialecto altonavarro a cargo del franciscano Pedro Antonio Añibarro (Cristau dotriña, 1802-3); y la otra, obra de Juan Antonio Moguel (Cristinauaren jaquinvidea), con algunas aportaciones propias. El navarro Joaquín Lizarraga tradujo el evangelio según San Juan al dialecto altovanarro meridional, hoy desaparecido: Jesus-Cristoren evangelio sandua Juanec dacarren guisara. Asimismo, el médico guipuzcoano Juan José Oteiza es autor de una traducción protestante del evangelio de San Lucas: San Lucasen ebanjelioa, por encargo de un agente de las sociedades bíblicas llamado George Borrow. En el capítulo de vidas de santos, citemos la obra del navarro Frantzizko Laphitz Bi saindu heskualdunen bizia: San Inazio Loiolacoarena eta San Frantzizco Zabierecoarena [Vida de dos santos vascos: la de San Ignacio de Loyola y la de San Francisco Javier], publicada en 1867 y traducida de varias fuentes (Ribadeneira, Bouhours, Rohrbacher, Daurignac) con una brillante prosa. Gregorio Arrue también es autor de una Vida de San Ignacio (Aita San Ignacio gloriosoaren bicitza, 1866), pero la traducción que le dio más popularidad fue la de la Vida de Santa Genoveva: Santa Genovevaren vicitza (1868), traducida de la obra del sacerdote católico alemán Christoph Schmid sobre la leyenda medieval. El citado Arrue es autor de muchas traducciones más, entre ellas una nueva versión del Kempis: Kristoren imitazioa (1887); Mariaren Gloriak (1881), de San Alfonso María Ligorio; y la Oración mental, del jesuita Villacastín.


El Romanticismo y la literatura militante

El espíritu romántico llevó a numerosos investigadores extranjeros a interesarse por el País Vasco, atraídos por su extraña lengua y sus costumbres. Uno de ellos fue impulsor indirecto de la actividad traductora; se trata del príncipe Louis-Lucien Bonaparte (1775-1840), quien, a fin de establecer los dialectos de la lengua vasca y su extensión geográfica, siguió el método de encargar a una serie de colaboradores traducciones de un mismo texto, en general de índole religiosa, al dialecto de cada uno. Fruto de ese trabajo, además de la materialización de los objetivos del príncipe en forma de una sistematización del verbo vasco y dos versiones de un mapa de dialectos, fueron una serie de obras que pasaron a engrosar el catálogo de traducciones vascas. Los textos que aparecen más repetidos son el evangelio según San Mateo, el Cantar de los Cantares, el Apocalipsis, la Biblia completa y el catecismo de Astete. Entre los textos profanos, cabe ser mencionada la "intraducción" de los Diálogos o Jolasac, de Iturriaga. Los traductores, por su parte, fueron Intxauspe para el dialecto suletino, Uriarte para el vizcaíno y el guipuzcoano, Etxenike para el baztanés, Salaberri para el bajonavarro, Otaegui para el guipuzcoano y el altonavarro y Mendigatxa para el roncalés. Mención aparte merece Jean Pierre Duvoisin, encargado del dialecto labortano, debido a su brillante traducción de la Biblia: Bible Saindua edo Testament Zahar eta Berria, publicada en Londres entre 1859 y 1865.

En otro orden de cosas, la literatura vasca cuenta en este período con una curiosa historia de falsificación relacionada con la literatura traducida: el autor vasco francés Jean Baptiste Dasconaguerre, nacido en San Juan de Luz, publicó en francés, en 1867, la novela titulada Les Echos du pas de Roland, que decía haber traducido del euskera. Como quiera que la obra despertó gran interés, que llevó incluso a traducirla al español, el público lector tuvo lógica curiosidad por conocer el original, por supuesto inexistente; de forma que Dasconaguerre tuvo que inventarlo traduciendo su obra al euskera con la ayuda de Julien Vinson y Edmond Guibert. Así nació Atheka gaitzeko oihartzunak [Los ecos del paso malo], publicada en 1870, tres años después de su supuesta traducción.

Por último, en este apartado hay que citar algunas traducciones relacionadas con la literatura militante de la época, concretamente con la de los opositores a las ideas liberales, escritos a partir del triunfo de la III República francesa. La mayor parte de ellas son traducciones de folletos y libros franceses, entre las que se pueden citar Aphezen dretchoac eta eguinbideac eletzioetan [Derechos y deberes de los sacerdotes en las elecciones], traducido por Laurent Diharassarry en 1890; Zer izan diren eta zer diren orain Framazonak munduan [Qué han sido y que son todavía los francmasones en el mundo], también de 1890, y Framazonak, bigarren edizionea, eta Frantziako hirur Errepubliken istorioa laburzqui [Los francmasones, segunda edición, y breve historia de las tres Repúblicas de Francia], de 1891, todos ellos adaptados por Michel Elissamburu; Liberalen dotrina pecatu da [La doctrina de los liberales es pecado] y Bai, pecatu da liberalquerija [Sí, el liberalismo es pecado], traducciones del jesuita José Ignacio Arana, publicadas en 1887 y 1896 respectivamente, a partir de los correspondientes textos de Félix Sardá i Salvany. Para cerrar el relato de las traducciones de este período, cabe ser citada la traducción de la crónica de José Colá y Goiti de la emigración navarra, llevada a cabo por el dramaturgo donostiarra Marcelino Soroa: Euskal Naparren joaera edo emigrazioa (1885).


El Renacimiento literario de preguerra

El siglo XIX se cerró bajo el signo de la pérdida de los fueros y del surgimiento del nacionalismo vasco. Los esfuerzos del nacionalismo por crear una base cultural sólida que crease el caldo de cultivo necesario para la expansión de su ideología pronto dieron sus frutos en lo que fue la generación de escritores más brillante conocida hasta entonces: Lizardi, Lauaxeta, Aitzol... Junto a ellos, un autor algunos años mayor, Nicolás Ormaetxea "Orixe" (1888-1961) se convirtió en un laborioso e incansable agente cultural, una especie de todoterreno: traductor, periodista, poeta y miembro de Euskaltzaindia.

En esta última faceta, en una época en la que predominaban las propuestas idiomáticas puristas propugnadas por Sabino Arana, Orixe fue defensor y practicante de la "traducción del sentido". En palabras de Villasante, Orixe eligió este camino "para demostrar a los archipuristas, neologistas y reformistas del tiempo que se podía escribir guardando fidelidad a la lengua popular y tradicional". De este modo, llevó a cabo su enorme labor traductora con diferentes propósitos: en 1928 ganó un certamen de traducción de Pamplona que proponía la traducción del capítulo noveno de El Quijote; un año más tarde, en 1929, se publicó su traducción de El lazarillo de Tormes (Tormes'ko itsu-mutilla), en una edición bilingüe en la que se atrevió a enmendar el final de la obra original para dotarla de un final feliz que no estuviese reñido con la moral. Como quiera que los cambios que introdujo en el séptimo capítulo no encontraban reflejo en la versión en castellano, el propio Orixe se encargó de traducir sus añadidos a esta lengua. Tan sólo un año después, en 1930, publicó la traducción del poema épico nacional del poeta provenzal Frédéric Mistral, Mirèio (que al año siguiente trataría de emular para los vascos mediante el inicio de su propio poema épico Euskaldunak). Tras la guerra civil continuó su labor traductora con versiones de textos religiosos como el misal y vesperal bilingüe latín-vasco titulado Urte Guziko Meza-Bezperak, de 1949; la versión libre de las Confesiones de San Agustín: Agustin Gurenaren aitorkizunak (1956); o el Nuevo Testamento: Itun Berria (1967). Todas estas traducciones convirtieron a Orixe en referencia incuestionable de varias generaciones.

Aparte de la labor de Orixe, en el período de preguerra hubo otras aportaciones interesantes en el campo de la traducción literaria. En 1927, Joseba Arregui "Txingudi" publicó una traducción de poemas de Heine, Heine'ren Olerkiak, acorde con los tintes románticos del espíritu del renacimiento vasco. Ese mismo año, Joseba Altuna reunió varios cuentos de Oscar Wilde bajo el título de Ipuñak, y dos años más tarde, en 1929, el propio Altuna publicó una traducción de catorce cuentos de los hermanos Grimm, de nuevo con el título de Ipuñak. Si bien ambas traducciones se ciñen a los preceptos puristas de Arana, el traductor siente la necesidad de ofrecer al lector alternativas léxicas patrimoniales al lado de las de nuevo cuño. A su lado, la traducción de J. A. Larrakoetxea "Legoaldi", Grimm Anaien Berrogeitamar Ume-Ipuin [Cincuenta cuentos infantiles de los hermanos Grimm], publicada también en 1929, destila un aire mucho más popular. Hay que citar, además, la adaptación de la famosa narración infantil de Charles Dickens A Christmas Carol, publicada en 1931 en el diario donostiarra El Día por el traductor y dramaturgo Ander Arzelus "Luzear", con el título de Eguarri Abestia.

Otras traducciones de la época fueron la de los cuentos del sacerdote católico alemán Cristoph Schmid, anteriormente citado, una vez más con el título de Ipuñak, de la mano de Gabriel Manterola, y una nueva versión, esta vez versificada, de la leyenda medieval Genoveva de Bravante, obra del bertsolari Juan Kruz Zapirain, ambas de 1929.

En cuanto al teatro en lengua vasca, un género de por sí muy activo, además de muy directo en su acceso a las masas, recibió un espaldarazo mediante la instauración del Día del Teatro Vasco durante los años 1934-36, que impulsó la representación de multitud de obras, entre ellas algunas versiones de autores contemporáneos y clásicos: en 1926 el dramaturgo Toribio Alzaga ya había realizado la de Macbeth, con el título de Irritza; en 1933, Jokin Zaitegui publicó Antigone, de Sófocles; en 1934 el padre capuchino Bonifacio de Ataun tradujo Amal, del premio Nobel Rabindranath Tagore; Iñaki Goenaga publicó por entregas, entre los años 1934-35, una traducción de Wilhelm Tell, de F. Schiller, en la revista Yakintza, dirigida por el activista político-cultural Aitzol; y Joseba Altuna realizó dos versiones de sendas obras del mecenas vizcaíno Manuel Sota: Buruzagijak (1935) y la pieza infantil Urretxindorra (1934). Además, la revista Antzerti publicó otras obras de teatro traducidas del castellano, francés y alemán.

Entre los traductores religiosos cabe ser mencionado el jesuita Raimundo Olabide cuya obra magna fue la traducción de la Biblia: el Nuevo Testamento, Itun Berria, se publicó en 1931, y la edición completa, Itun Zar eta Berria, fue publicada a título póstumo en 1958. Además tradujo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, Loyola-tar Eneko Deunaren Gogo-Iñarkunak (1914), y el Kempis, Josu-Kristoren Antzbidea (1920), traducciones todas ellas en la línea purista señalada por Sabino Arana.


La traducción literaria bajo el franquismo

La Guerra Civil española y la larga dictadura franquista provocaron la drástica suspensión del ambiente literario precedente, y muy en especial del renacimiento literario ya mencionado. En el interior del país, la estricta censura imperante durante las décadas de los 40 y los 50 del siglo XX sólo permitió el desarrollo de una tímida, aunque importante, labor vascófila llevada a cabo sobre todo por miembros del clero. Por otra parte, la colonia vasca en el exilio se esforzó en mantener viva la llama cultural mediante diversas publicaciones que miran con nostalgia hacia la época de preguerra. La traducción literaria se nutre principalmente de obras de autores clásicos.

En lo que a esta última actividad se refiere, además de la importante labor de Orixe, ya citado, hay que destacar, en el interior del país, la colección pionera "Kuliska Sorta", que comenzó su andadura en 1952 de la mano de la editorial Itxaropena, y cuyo catálogo se abre con una traducción del jesuita Plazido Mujika: Noni eta Mani. Islandiar mutiko biren gertaldiak, traducción de la obra escrita originalmente en alemán Nonni und Manni (1914), del también jesuita islandés Jon Svensson. Algunas otras traducciones recogidas en esta colección fueron Itxasoa laño dago (1959), traducción de Jon Etxaide de Las inquietudes de Shanti Andia, de P. Baroja; o Agurea ta itxasoa (1963), traducción de Anjel Goenaga de El viejo y el mar, de E. Hemingway.

Uno de los traductores más prolíficos de este período, un euskaldunberri avant le mot, fue el sacerdote y profesor Juan Anjel Etxebarria (Santurtzi, 1934-Gernika, 1996). Tradujo a los poetas clásicos Catulo, Horacio, Marcial; a varios poetas catalanes; cuentos de Perrault; fábulas de Fedro y Esopo; y diversas obras religiosas.

El carmelita Santi Onaindia (1909-1996) tradujo las obras completas de Virgilio, en colaboración con Ibinagabeitia, las Odas de Horacio, tres poemas de R. Tagore; la Divina Comedia, de Dante; y, ya en 1985, la Odisea, de Homero.

El jesuita Gaizka Barandiaran (1916-), compañero de estudios de Zaitegui, es autor de una traducción de la Ilíada, de Homero: Iliarena, publicada en Vitoria-Gasteiz en 1956.

Otro religioso, Luis Jauregi "Jautarkol" tradujo Pascual Duarte'ren sendia, del que más tarde sería premio Nobel español Camilo José Cela.

En lo que se refiere a la actividad literaria en el exilio, es inexcusable la referencia al poeta, ensayista y traductor jesuita Jokin Zaitegui (Mondragón,1906-San Sebastián, 1979), a quien ya habíamos citado a propósito de su traducción de Antigona antes de la guerra. Tras la contienda se exilió en varios países, entre ellos Guatemala, donde en 1950 fundó la revista Euzko-Gogoa, que se nutriría de trabajos de escritores vascos en el exilio. Algunos años antes, en 1945, había publicado Ebanjeline, traducción de la obra homónima de H. W. Longfellow, que precisamente plantea una situación de guerra y exilio, con el significativo subtítulo de Atzerri, euskelerri. Entronca, de esta forma, con otras traducciones reivindicativas anteriores a la guerra, tales como Mirèio o Wilhelm Tell. Asimismo es autor de traducciones de clásicos, como las tragedias de Sófocles, publicadas en 1946 y 1958, en México y Bayona respectivamente; Medeia (1963), de Eurípides y, ya de vuelta en el País Vasco, de las obras de Platón en cinco volúmenes entre 1975 y 1979.

Otro traductor del exilio americano fue el vizcaíno Andima Ibinagabeitia (1907-1967). Colaborador de Zaitegui en la revista Euzko-Gogoa, publicó en ella las traducciones de las Bucólicas de Virgilio (Bergili'ren Unai-Kantak, 1954), que más tarde, junto con la traducción de las Geórgicas (Alor-Kantak), se añadirían a la traducción de S. Onaindia de la Eneida para ser publicadas en 1966 como Birgili'ren idazlanak osorik [Obras completas de Virgilio]. Además, Ibinagabeitia es autor de otras traducciones, entre las que cabe mencionar Maite-bidea (1952), traducción del Ars Amandi, de Ovidio, y la pieza teatral Abere-indarra (1953), traducción de La fuerza bruta, del dramaturgo y premio Nobel español Jacinto Benavente, ambas publicadas en Euzko-Gogoa.

El sacerdote zeanuritarra Bedita Larrakoetxea (1894-1990), hermano menor del traductor de los cuentos de Grimm apodado "Legoaldi", conoció el exilio en Inglaterra, Uruguay y Argentina. Es autor de varias traducciones de obras dramáticas de Shakespeare, algunas de ellas publicadas en Euzko-Gogoa, como Macbeth (1957), Lear erregea (1958) y Ekatxa (The Tempest) (1959). Más tarde, ya de vuelta en el País Vasco, publicó la traducción de la obra dramática completa de Shakespeare en varios volúmenes entre 1974 y 1976.

El político vizcaíno Bingen Amezaga (1901-1969), exiliado en Inglaterra, Argentina y Venezuela, también fue traductor de una obra de Shakespeare: Hamlet. Danemark'eko Erregegaya, publicada por la editorial Ekin, de Buenos Aires en 1952. Además, tradujo a Juan Ramón Jimenez (Platero eta biok, 1953), Plinio (Plini gaztearen idazkiak, 1951), Esquilo (Prometeu burdinetan, 1951), Cicerón (Adiskidetasuna, 1952), Wilde (Reading baitegiko leloa, 1954), Goethe (Lur-miña, 1960) y otros.


La restitución democrática y la época dorada de la traducción

a) El contexto histórico y cultural

La estructura relativamente descentralizada conformada por comunidades autónomas de la que se dotó el Estado Español tras la muerte del dictador llevó a la aprobación en 1979 del Estatuto de Autonomía del País Vasco para los territorios de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, y, en 1982, a la del Estatuto de Navarra, conocido como Ley de Amejoramiento. Los correspondientes desarrollos de estas Leyes Orgánicas fueron dotando a estas comunidades de diversas infraestructuras culturales que tenían como objetivo la recuperación y normalización de la lengua vasca: el Decreto de Bilingüismo, la enseñanza en euskera, Euskadi Irratia y Euskal Telebista, instituciones de euskaldunización y alfabetización, etc. Asimismo, durante los años 80 se intensificó la labor normativa de la Real Academia de la Lengua Vasca, Euskaltzaindia, que además inició la publicación de la Gramática Vasca y el Diccionario General Vasco, entre otras obras. En esos mismos años nacieron las asociaciones de escritores y de traductores vascos, y algunas de las editoriales que traerían la consolidación de la literatura vasca, tanto original como traducida, y en 1990 se publicó el primer número del diario íntegramente en euskera Euskaldunon Egunkaria. En la década de los 90, el Gobierno Vasco dio inicio a la convocatoria anual del Premio Euskadi de Traducción, otorgado a la mejor traducción literaria del año precedente.

En cuanto a los estudios de traducción, en 1980 abrió por primera ver sus puertas en San Sebastián la que sería conocida como Escuela de Traductores de Martutene, dirigida por Xabier Mendiguren Bereziartu, plataforma de lanzamiento de las primeras promociones de traductores con una preparación específica. Más tarde se pondrían en marcha los postgrados o masteres de traducción de la Universidad de Deusto (1990) y de la Universidad del País Vasco (1991), además de otros cursos de especialización en diversas parcelas de la traducción, entre las que se encontraba la traducción literaria.

b) La traducción literaria de los 70 y primeros 80

Durante estos años destaca la labor de la editorial Lur, fundada por Gabriel Aresti, alrededor de la cual se formó un importante grupo de jóvenes escritores. El catálogo de traducciones de dicha editorial incluye obras muy diversas, como la Metamorfosis, de Kafka (Itxura aldaketa, 1970), en una traducción a cargo de Xabier Kintana y Arantxa Urretabizkaia; Bai mundu berria (1971), de Aldoux Huxley, en versión de Xabier Amuriza; Kandido (1972), de Voltaire, traducido por Ibon Sarasola; o Lau gartzelak, del poeta turco Nazim Hikmet, a cargo del propio Aresti.

A pesar de que la tendencia a traducir obras contemporáneas era cada vez mayor, se seguían traduciendo obras clásicas como Don Kixote Mantxa'ko (1976), de Cervantes, a cargo de P.M. Berrondo; Boccaccioren Dekamerone tipi bat (1979), de Aresti; o las ya citadas obras dramáticas completas de Shakespeare, a cargo de Bedita Larrakoetxea.

La puesta en marcha en 1981 de la segunda época del Servicio de Teatro del Gobierno Vasco, Antzerti, trajo consigo la publicación de un buen número de obras teatrales tanto originales como traducidas, de autores como Gondoni, Castelao, Sastre, Fo, Sartre, Strindberg o Shakespeare.

Por otra parte, durante estos años se produjo una intensa labor editorial en gran medida dirigida al público lector que se encontraba en proceso de euskaldunización y al público infantil, que pretendía dar respuesta al incremento de la demanda provocado por la proliferación de adultos que empezaron a acudir a clases para aprender euskera, por la implantación generalizada de la escolarización en lengua vasca, y la consiguiente demanda de materiales de lectura en dicha lengua.

Resultaba evidente que el sistema literario vasco no era capaz de dar respuesta a una demanda específica de tal calibre con sus propios medios, pues los autores autóctonos eran pocos y se encontraban empeñados en diversas formas de experimentación. Fue éste uno de los puntos de inflexión en los que la literatura traducida cobró gran importancia y llegó a alcanzar posiciones centrales dentro de un sistema que había puesto de manifiesto sus debilidades.

La editorial bilbaína Gero-Mensajero, en la colección "Kimu", publicó una nueva versión de Gilen Tell, obras de Verne y Melville, y reediciones de las traducciones de Plazido Mujika Noni eta Mani y Mendiko Argia, que habían sido publicadas anteriormente en la colección Kuliska; Hordago también publicó un gran número de clásicos de la literatura juvenil en su colección "Tximista": Twain, Carroll, London, Stevenson, Scott, Salgari, Stowe, Baum, Longfellow... Y Elkar, en su "Itzul Saila", hizo lo propio, añadiendo a la lista anterior autores como Kipling, Rodari, Orwell, Goscinny, Härtling, Kästner, etc., llegando en más de una ocasión a repetirse algunos títulos en ambas colecciones. Se trataba, en líneas generales, de obras que se ajustaban a modelos fácilmente identificables por los lectores vascos, poco habituados a la lectura literaria: el género de narrativa de aventuras con sus diversas variantes, y narraciones cercanas a los cuentos populares, exentos (o despojados) de complejidades estructurales y narrativas.

Sin embargo, el aumento del número de traducciones no trajo consigo un aumento de la calidad de las mismas, sino más bien lo contrario: el aumento de la demanda de textos traducidos, junto con la relativa escasez de traductores cualificados, atrajo a una serie de traductores ocasionales procedentes principalmente del ámbito educativo (estudiantes de filología y periodismo, maestros...), quienes, en general, aportaron más voluntarismo que buenos textos. Como hemos demostrado en otros trabajos (López Gaseni, 2000), la gran mayoría de los textos fueron traducidos utilizando versiones en castellano como textos-puente, y muchos de ellos tienden a simplificar los aspectos estructurales y las complejidades sintácticas y retóricas. En el debe de los editores de la época hay que consignar la abundancia de erratas y la escasa información de las páginas de créditos: ausencia de los títulos y años de publicación originales, y, en ocasiones, incluso del nombre del traductor.

c) El sueño hecho realidad: veinte años que valen un siglo (1985-2005)

La labor de traducción sistemática de obras clásicas de la literatura universal, que otras literaturas minoritarias como la catalana ya habían realizado a lo largo de los primeros años del siglo XX, finalmente se pudo llevar a cabo en euskera en los últimos años de ese siglo, esencialmente por medio de dos ambiciosos proyectos de traducción: "Literatura Unibertsala" y "Pentsamenduaren Klasikoak".

El primero de ellos, un proyecto de traducción de 100 obras literarias clásicas, fue el resultado de un convenio entre el Gobierno Vasco y la asociación de traductores vascos EIZIE, que se empezó a materializar en 1990 con la publicación de los siete primeros títulos, y culminó en 2002. A partir de entonces, y a la vista de la gran rentabilidad cultural de la colección, se acordó darle continuidad mediante al menos 50 títulos más. Digamos, a modo de anécdota, que el primer título de la colección fue Gulliver-en bidaiak, de J. Swift, traducido por Iñaki Mendiguren, y el centésimo fue Hamlet, de W. Shakespeare, en traducción de Juan Garzia Garmendia. Entretanto, se ha publicado una larga lista de obras de autores rusos (Chejov, Tolstoi, Dostoievski, Gorki, Lermontov, Pushkin, Gogol, Turguéniev, Bulgakov), británicos (Shakespeare, Conrad, Kipling, Swift, Stevenson, Lawrence, Dickens, Sterne, Joyce, Defoe, Chesterton, Wells, Forster, Woolf, Austen, Mansfield), norteamericanos (Twain, Capote, Faulkner, Bierce, Steinbeck, Dos Passos, Poe, Bellow, Baldwin), franceses (Prévost, Camus, Flaubert, Montesquieu, Diderot, Ionesco, Duras, Queneau, Maupassant, Sand, Colette, Beauvoir, Sartre, Saint-Exupéry, Verne, Laclos, Balzac, Yourcenar, Schwob, Gide), italianos (Sciascia, Moravia, Lampedusa, Guareschi, Bassani, Pavese, Svevo), alemanes (Goethe Hesse, Grass, Von Chamisso, Mann, Von Kleist, Döblin, Musil), polacos (Iwaszkiewicz, Singer), portugueses (Eça de Queiroz, Saramago), checos (Hasek, Hrabal, Jan Neruda), sudamericanos (Cortázar, Borges, Fuentes, Rulfo), españoles (Valle-Inclán, Sánchez Ferlosio, Unamuno), y otros.

Como quiera que los proyectos de traducción fueron adjudicados por concurso, resulta interesante determinar la frecuencia de aparición de los traductores y sus lenguas de origen, tanto para constatar quiénes fueron los traductores más activos de este período, cuanto en la medida en que puede servir como indicio de calidad. Así, Xabier Mendiguren Bereziartu (alemán, ruso) y Koldo Biguri (italiano) figuran en primer lugar con siete traducciones cada uno, seguidos de Jose Morales Belda (ruso) y Antton Garikano (alemán, inglés, ruso) con seis cada uno; el siguiente es Juan Garzia (inglés, francés, castellano), con cinco. A continuación hay varios traductores con tres obras: Maria Garikano (inglés), Koro Navarro (inglés) y Juan Mari Mendizabal (inglés).

El segundo de los proyectos, "Pentsamenduaren Klasikoak", tenía un objetivo similar al primero, la traducción de cien títulos, pero en este caso pertenecientes al campo del pensamiento, incluyendo autores desde la antigua Grecia hasta la actualidad, y se inició en 1991 gracias a la iniciativa de varias entidades financieras junto con las Universidades del País Vasco y de Deusto. Los temas de las obras traducidas van desde la filosofía hasta la economía, pasando por la psicología, la lingüística, la antropología, la historia, la pedagogía o la teología, incluyendo a autores de la antigüedad greco-latina, como los presocráticos, Aristóteles, Platón, Heródoto, Séneca, Lucrecio, Tácito, Vitruvio; medievales, como San Agustín; renacentistas, como Moro, Erasmo, Montaigne o Francisco de Vitoria; pensadores racionalistas y empiristas, como Descartes, Spinoza, Leibniz, Hobbes, Locke, Berkeley, Hume; ilustrados, como Montesquieu, Voltaire, Kant; Beccaria o Rousseau; del siglo XIX, como Marx, Darwin, Schopenhauer, Kierkegaard, Mill, Tocqueville o Nietzsche; y autores del siglo XX, como Popper, Russell, Jung, Heidegger, Croce, Ortrega y Gasset, Piaget, Saussure, Lévi-Strauss, Chomsky, Foucault, Toynbee, Barthes o Bergson.

Haber atesorado en tan pocos años un patrimonio de tal calidad y dimensiones no ha pasado desapercibido en otras esferas de la creación literaria, especialmente entre los autores canonizados de este período, algunos de los cuales vienen reconociendo su deuda con el importante caudal de traducciones literarias. Entre ellos, es ya clásica la referencia a Anjel Lertxundi, defensor y practicante de la minuciosidad y el matiz en la creación literaria:

"El esfuerzo invertido en la traducción ha sido sin duda la noticia más significativa de la literatura vasca de los últimos años. La traducción construye lenguaje literario sin cesar, al tiempo que, por medio de la precisión, abre nuevos caminos hacia diferentes estilos, pues la diversidad no se puede sustentar sino en la precisión (...) Como he dicho en alguna ocasión, los autores somos traductores mentales (sobre todo quienes leemos en lenguas distintas de la vasca); sin embargo nadie nos exige precisión y coherencia entre lo que pensamos y lo que escribimos, porque nadie puede conocer las ideas que hemos barajado. Podemos hacer trampa, podemos evitar la dificultad y simplificar lo que en un principio fue concebido de forma más compleja; podemos tejer nuestra alfombra con esas simplificaciones, y luego pasear sobre ella con una elegancia impostada... El discurso que se esconde tras el llamado euskera fácil, que puede resultar legítimo desde el punto de vista de las estrategias sociolingüísticas, nos quiere imponer el atascamiento expresivo y la ceguera como único oficiante del altar de la literatura" (Lertxundi, 1993, in Torrealdai, 1997).

En dicho proceso de creación de lenguaje literario no hay que dejar pasar el hecho de que, además de la inestimable labor de los traductores propiamente dichos, un buen número de autores vascos se ha implicado, en un momento u otro de su trayectoria, en la traducción de algunos de sus autores predilectos, como una forma de reescritura en lengua vasca de sus obras de culto, aunque está por ver si sus propuestas llegarán tener la influencia que tuvieron la famosa traducción al francés de la obra de Poe, llevadas a cabo por Baudelaire, o la de los poemas de Heine al ruso, por el poeta Tiutchev.

Por ejemplo, Gabriel Aresti, Jon Juaristi y Joseba Sarrionandia reunieron en un mismo volumen sus versiones de la obra poética de T.S. Eliot (Eliot euskaraz, 1983); y el propio Sarrionandia tradujo The rime of the ancient mariner, de Coleridge (Marinel zaharraren balada, 1995), y una antología de poemas del poeta brasileño Manuel Bandeira (Antologia, 1999), tras haber publicado una selección de poemas de sus autores favoritos bajo un título tan revelador con Izkiriaturik aurkitu ditudan ene poemak (1985), y la obra dramática de Pessoa Marinela (1985).

Mikel Lasa tradujo a Rimbaud (Denboraldi bat infernuan, 1991; Poemak, 1993), a J. P. Sartre (Paretaren kontra, 1980), a Marcel Schwob (Mimoak, 1985) y a Alfonso Sastre (Bazterrean utzitako panpinaren ixtorioa, 1984).

Otro poeta, Koldo Izagirre, hizo lo propio varias obras de Castelao (Zirtzilak. Kristalezko begia, 1986), a Uxío Novoneyra (Bazterrak / Os Eidos, 1988), a Maiakovski (Poemak, 1993), a Salvat-Papasseit (Antologia, 1995) y a Victor Hugo (Idi orgaren karranka, 2002).

En el terreno de la narrativa, Joxe Austin Arrieta tradujo a Yourcenar (Hadrianoren oroitzapenak, 1985), a Jaume Fuster (Beirazko giltzak, 1997), a William Golding (Eulien ugazaba, 1990) y a Max Frisch (Homo Faber, 2001). Juan Kruz Igerabide versionó a Baudelaire (La Fanfarlo, 1991) y, junto con A. Lertxundi, a Apuleyo (Metamorfosiak edo urrezko astoa, 1996), además de ser autor de versiones de las Metamorfosis de Ovidio y de la Odisea, de Homero.

Hay otros muchos casos en los que resultaría difícil determinar si se trata de autores traductores o de traductores que con el tiempo han pasado a ser también autores, como Juan Garzia, Javi Cillero o Koldo Biguri.

Por lo demás, durante los primeros años de este período se iniciaron algunas colecciones literarias en las que se dio importancia a la traducción, entre ellas "Euskal literatura", inaugurada en 1983 por la editorial Elkar. Su primera traducción, Ipuin hautatuak de Mercè Rodoreda, se publicó un año más tarde, y pronto le seguirían obras de Pavese, Maupassant, Yourcenar, Böll, Laxalt, Gide, Bataille, Poe, Steinbeck, Apollinaire, Golding, Salinger, Dinesen, etc. En el contexto de esta colección, resultó novedosa la apertura de una "serie negra", que por primera vez apelaba a un tipo de lector de género en particular, con autores como James M. Cain, Jim Thompson, Graham Greene, Dashiell Hammett, Patricia Highmith, etc.

El género negro conoció una mayor especialización a partir de 1989 con el nacimiento de la editorial Igela, dirigida por el traductor Xabier Olarra, que desde entonces se dedicó casi por completo a la publicación de traducciones de obras de género negro y policíaco. En la misma se pueden encontrar obras de autores relacionados con el género como Doyle, London, James, McCoy, Scott Fitzgerald, Capote, Thompson, Himes, Cain, Ballinger, Chandler, Highsmith, Hammett, y otros. En los últimos años la editorial ha abierto su abanico de oferta, y al margen de la literatura de género ha comenzado a publicar obras de autores como Sándor Márai, Natalia Ginzburg, Alessandro Baricco, Joseph Roth, etc.

En 1991, la editorial Erein puso en marcha la colección "Bartleby", que ofrecía textos breves y atractivos que pretendían crear el hábito de lectura de traducciones. Se abrió precisamente con Bartleby izkribatzailea, de Melville, y durante tres años publicó una decena de títulos de autores como Rimbaud, Le Fanu, London, Baudelaire, Wilde, Hoffmann, Gogol, Dürrenmatt, Polidori o Twain.

Hoy día todas las editoriales incluyen en sus catálogos una determinada cuota de traducciones, aunque quizá sea Alberdania la empresa editorial que mejor ha sabido rodearse de un interesante grupo de traductores para entreverar en su catálogo autores como Carlo Levi, Agota Kristof, Stefan Zweig, Dylan Thomas, Günter Grass, etc.

Por otra parte, resulta reseñable el sorprendente dinamismo mostrado en lo referente a las traducciones por literaturas periféricas, como la literatura infantil y juvenil. En dicho sector se invierten las cifras habituales, y la literatura traducida supera los dos tercios de su producción total. Al ya de por sí importante número de traducciones publicadas por las empresas autóctonas, se ha venido a sumar la producción de otras editoriales llegadas principalmente del estado español durante los últimos quince años, las cuales han vertido a la lengua vasca las obras de su fondo editorial, tanto las de autores españoles como las traducidas al castellano desde otras lenguas.

De este modo, la literatura infantil y juvenil cuenta con un interesantísimo repertorio de obras representativas de todas las corrientes actuales del género, y la traducción y puesta en circulación de títulos que han alcanzado popularidad en otras lenguas es mucho más ágil que en la literatura de adultos. Han sido traducidos autores adscritos al realismo crítico, como Erich Kästner, Maria Gripe, Peter Härtling, Otfried Preussler, Reiner Zimnik o Henning Mankell; al realismo fantástico, como Gianni Rodari, Christine Nöstlinger, Astrid Lindgren, Roald Dahl; autores de literatura fantástica, como Michael Ende, Angela Sommer-Bodenburg, Dick King-Smith o J. K. Rowling; autores catalanes contemporáneos, como Joles Sennell, Gabriel Janer Manila, Josep Vallverdú, Joaquim Carbó, Mercè Canela o Gemma Lienas; autores gallegos, como Agustín Fernández Paz, Marilar Aleixandre, Xabier Docampo o Gloria Sánchez; autores que escriben en castellano, como Juan Farias, Seve Calleja o Elvira Lindo; autores del mundo árabe, como Rafik Schami, Mehdi Charef o Hiner Saleem...

Por último, hay que señalar que en la periferia del sistema literario vasco también hay parcelas que no han sido edificadas, ni siquiera con materiales traducidos. En el capítulo de las carencias hay que referirse a géneros periféricos cuya presencia es poco menos que anecdótica, como la literatura de ciencia ficción, la literatura romántica y erótica, el cómic para adultos o ese gran cajón de sastre que denominamos best-seller, conformado por todo tipo de intrigas de gran volumen en sus diferentes ciclos egipcio, medieval, contemporáneo, etc.



Bibliografía:

Even-Zohar, Itamar (1990) "Polysytem Studies", Poetics Today, 11, 1.

Gallego Roca, Miguel (1996) Traducción y literatura: los estudios literarios ante las obras traducidas. Madrid: Júcar.

López Gaseni, Jose Manuel (2000) Euskarara itzulitako haur eta gazte literatura: funtzioak, eraginak eta itzulpen-estrategiak. Bilbao: Universidad del País Vasco.

Mendiguren Bereziartu, Xabier (1995) Euskal itzulpenaren historia laburra. San Sebastián: Elkar.

Sarasola, Ibon (1982) Historia social de la literatura vasca. Madrid: Akal.

Torrealdai, Joan Mari (1997) Euskal kultura gaur. San Sebastián: Jakin.

Villasante, Luis (1979) Historia de la literatura vasca. Burgos: Aránzazu (2 ed.).


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