Siglos XVIII y XIX

© Prof. Emérito Jean Haritschelhar (Université Michel de Montaigne-Bordeaux 3)





Puente transfronterizo

Comenzaremos el repaso a la literatura vasca del siglo XVIII con Joanes Etcheberri (1668-1749), natural de Sara, Francia, y doctor en medicina. Realizó su labor profesional en el País Vasco peninsular, en ciudades como Vera (1713) y Fuenterrabía (1723) primero, para afincarse, posteriormente, en Azcoitia (1725-1749). Hizo imprimir en Bayona su Lau urdiri gomendiozco carta edo guthuna, en 1718, y solicitó ayuda financiera al Biltzar (Concejo) de Labort para la publicación de sus posteriores obras: Escuararen hatsapenac (Rudimentos o principios del vascuence) y un diccionario cuatrilingüe para aprender euskara, español, francés y latín, solicitud que le fue rechazada. Ésa es la causa de que su obra no fuera publicada hasta después de su muerte. Sabemos que mantuvo relaciones con algunos de los protagonistas del importante movimiento intelectual que surgió en Azcoitia en la segunda mitad del siglo XVIII.

El proyecto de Etcheberri fue esencialmente didáctico, como se puede ver en la edición crítica de sus obras preparada por el profesor de la Universidad del País Vasco, Gidor Bilbao Telletxea (tesis doctoral inédita, 2006). Se trata, sin duda, de un hombre del siglo XVIII, el Siglo de las Luces, es decir, un hombre que abogaba por la elevación del nivel de enseñanza y por la necesidad de educación. Fenelon y más tarde Jean-Jacques Rousseau en Francia, o Jovellanos en España, son un ejemplo de lo que decimos.

Etcheberri se preocupó, como su antecesor Axular, por el porvenir del euskara. Por eso quiso ensalzar la lengua y se convirtió en uno de sus apologistas. Fue consciente de que la burguesía utilizaba más la lengua francesa, pero optó por escribir en euskara y trató de concienciar a todos los vascos de la pureza, nobleza, y antigüedad de la misma. Etcheberri no dudó en criticar a los vascos que despreciaban su propia lengua y que, según él, merecían ser despreciados. Abogó por la educación de los jóvenes, y no dudó en dirigirse a ellos y a animarles a que estudiaran. En el Escual Herri eta Escualdun guztiei escuarazco hatsapenac latin icasteco (Rudimentos vascongados para aprender latín), la lengua de enseñanza es el vascuence. Se trata de una gramática en que se relaciona el vascuence con el latín, lengua del saber en aquella época. Por su parte, el diccionario cuatrilingüe, desdichadamente desaparecido, es el ejemplo de un hombre abierto a las demás lenguas y a culturas vecinas.

También tendríamos que recordar a Pierre d'Urte (1664??), autor de una gramática de 1712, pero que no se publicó hasta 1900. Por otro lado, en la misma línea que Etcheberri de Sara y con la misma preocupación didáctica, el notario de Halsou Martin de Harriet publicó en 1741, en Bayona, una gramática bilingüe en vascuence y francés para aquellos que quisieran aprender la lengua francesa.


En torno a Larramendi

Según Luis Michelena, «los comienzos de una literatura escrita de cierta calidad están unidos a este lado del Bidasoa a la brillante personalidad del Padre Manuel de Larramendi» (1960: 93). Efectivamente, el jesuita Manuel Larramendi (1690-1766) aparece como el faro de la lengua y cultura vascas en este siglo XVIII. A diferencia de las de Etcheberri de Sara, las obras de Larramendi fueron escritas en español, hecho que le permitió que fueran conocidas en toda la geografía española por las numerosas polémicas que suscitó. Como si sus destinos se cruzaran, es curioso constatar que Etcheberri vivió más de un cuarto de siglo en las provincias vasco-españolas, y que, en cambio, Larramendi, tuvo por lugar de residencia durante unos años Bayona, en la zona vascofrancesa. En esta ciudad ejerció de confesor de la reina Doña María Ana de Neoburgo.

Fue en Salamanca, ciudad en la que enseñó teología, donde Larramendi publicó la defensa y apología de la lengua vasca titulada: De la antigüedad y universalidad del Bascuence en España: de sus perfecciones y ventajas sobre otras muchas lenguas, demostración previa al Arte que se dará a luz desta lengua (1728). Afirma Larramendi, que el vascuence es la lengua más antigua de España, la lengua universal de los antiguos españoles, y que los vascos son los legítimos españoles, descendientes de los antiguos pobladores de España y de sus sucesores. Más tarde, en 1729, sale a la luz El imposible vencido. Arte de la lengua vascongada, texto anunciado en la publicación anterior. Se trata de la primera gramática vasca publicada y, por eso, tiene gran interés. Obra metódica, su objetivo fue el de dar a conocer la lengua vasca, en especial, a aquellos que la consideraban salvaje y rural, una lengua no culta. Larramendi describe la estructura de la lengua, las declinaciones, conjugaciones, su sintaxis, incluso su prosodia y aporta algunos ejemplos de poesía vasca. Fue en 1736 cuando publicó en Madrid su Discurso histórico sobre la antigua famosa Cantabria. Cuestión decidida si las provincias de Bizcaya, Guipuzcoa y Alaba estuvieron comprehendidas en la antigua Cantabria. En ella, incidió en la idea de que vascos son los descendientes de los primitivos pobladores de España. En cualquier caso, el Diccionario trilingüe del Castellano, Bascuence y Latín es, sin duda, su obra más relevante. Publicado en dos tomos, en San Sebastián, y financiado por la Diputación Provincial de Guipuzcoa, se trata del primer diccionario impreso, hecho que aumenta su valor. Aunque es cierto que, tal y como se comenta en el extenso prólogo de 220 paginas, el diccionario se redactó a partir del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, y que incluyó en él algunos términos de su propia invención y etimologías realmente curiosas, la verdad es que se trata de una obra que ha resultado de realmente influyente en escritores posteriores.

También tendríamos que mencionar la Corografía o descripción general de la muy noble y muy leal Provincia de Guipuzcoa, que quedó sin imprimir hasta que el Padre Fita la editó en Barcelona, en 1882. Larramendi nos ofrece en ella una visión muy amena y pintoresca de la provincia de Guipuzcoa del siglo XVIII. Se trata, pues, de una obra de etnografía interesante que precede a la de Iztueta.

Aunque el listado de textos que Larramendi escribió en lengua vasca sea reducido e incluya, entre otros, cartas, como la escrita al Padre Mendiburu que sirvió de prólogo a la primera edición de Jesusen Bihotzaren Devocioa (Devoción al corazón de Jesús) de éste, párrafos intercalados en el prólogo del Diccionario Trilingüe, un sermón panegírico en honor de San Agustín, un dictamen razonado contra el Padre Mendiburu... la verdad es que Larramendi ha quedado para sus contemporáneos como el gran defensor de la lengua vasca, un defensor que, sin duda, contribuyó a la valoración y al prestigio de ésta.

También es autor de una obra importante el Padre Agustín de Cardaberaz (1703-1770). Además de traducciones, y muchos libros piadosos, destaca, entre sus publicaciones, Eusqueraren Berri Onac eta ondo escribitceco, ondo iracurtceco, ondo itceguiteco erreglac, publicado en Pamplona, en 1761 (Las buenas noticias del vascuence y la reglas para escribir, leer y hablar bien). Calificado como Retórica Vascongada, está en la línea de lo escrito por Axular y por Etcheberri de Sara, y su finalidad es claramente didáctica.

El Padre Sebastián de Mendiburu (1708-1782), nacido en Oyarzun, entró en la compañía de Jesús en 1725 y se estableció en Pamplona; se sabe que predicaba en vascuence en la iglesia de San Cernín. Su obra mayúscula se titula: Jesusen Amore-Nequeei dagozten cenbait otoitz-gai (San Sebastián, 1759-1760) (Algunas meditaciones sobre el amor y los sufrimientos de Jesús), y salió a la luz en dos ediciones y formatos diferentes. Se trata, verdaderamente, de una obra de creación frente a un libro anterior del autor, traducción de una obra del Padre Croisset sobre la devoción al Corazón de Jesús.

El Filosofo huskaldunaren ekheia (La materia del filósofo vasco) (1785), del suletino Juseff Eguiateguy, fue parcialmente publicada por el académico Txomin Peillen, en 1984. Fue Eguiateguy maestro de escuela (errejent) y un hombre bastante erudito, a juzgar por las numerosas citas de textos en latín y en vasco. Además, conoció la obra del Padre Larramendi. Es la suya una obra moral en que se reflexiona sobre la virtud, la pobreza, o la educación de los niños, tema, como se sabe, muy del dieciocho. También plantea sus reflexiones en torno al casamiento, a las relaciones entre padres e hijos, a la muerte... Podríamos decir que nos encontramos ante un apologista, pues no duda en elogiar la lengua vasca, en ensalzar su antigüedad, y en afirmar que es obra de Dios. Incluso llega a afirmar que está orgulloso de ser vasco y que: «Si no fuera vasco quisiera serlo». Otros manuscritos suyos, conservados hoy en día en la Biblioteca Nacional de París, están sin publicar (cf. Aurélie Arcocha-Scarcia 2004).


Traducciones

A excepción de obras como el Gero (Después) de Axular, verdadero modelo de la prosa vasca, fue el género poético el que protagonizó la creación en euskara durante los siglos XVI y XVII. Resulta, por ello, importante el rol que las traducciones tuvieron para el desarrollo de la prosa en euskara y, en este sentido, los siglos XVII y XVIII tomaron el relevo de las traducciones tan acertadamente iniciadas en el siglo XVI con Leizarraga (El nuevo testamento, 1571).

El Kempis fue traducido al dialecto labortano por Miguel Chourio, natural de Ascain (Labort) y párroco de San Juan de Luz. La obra se publicó, tras la muerte de Chourio, bajo el título de: Jesus-Christoren Imitacionea (1720) (La imitación de Jesus Cristo). Las múltiples reediciones que tuvo esta obra dan muestra del éxito que tuvo. Por su parte, debemos a Martin Maister, párroco de Licq (Ligi en vasco), la traducción al suletino de la misma obra: Jesus-Kristen Imitacionia (1757).

Joanes de Haraneder (1669-?), hijo de una familia noble de San Juan de Luz, tradujo la Filotea de San Francisco de Sales (1749), obra ya traducida el siglo anterior por Sylvain Pouvreau y, en 1750, publicó el Gudu espirituala, traducción de la obra de Scopoli. Dejó también en manuscrito una traducción completa del Nuevo Testamento.

Bernardo Larreguy, por su parte, nos proporcionó la traducción al vasco de la Historia del Viejo y Nuevo Testamento, escrita en francés por M. de Royaumont. Se publicó en dos tomos (1775-1777).

Dos traducciones más completan el listado de las realizadas en la zona vascofrancesa. La primera de ellas se la debemos a Alejandro de Mihura (1725-?), de San Juan de Luz, quien, al igual que Haraneder y Larreguy, tradujo del francés la obra del jesuita Alejandro José d'Hérouville: La imitación de la Santísima Virgen compuesta sobre la Imitación de Cristo (1778). La segunda, una de las pocas escritas en dialecto bajo-navarro de Amikuze (País de Mixe), fue la realizada por el sacerdote López y corresponde a la traducción de la famosa obra: Práctica de la Perfección Cristiana, del Padre Alfonso Rodríguez, escrita en español en el siglo XVI.

La literatura catequística del País Vasco peninsular es también abundante y, a veces, de mala calidad, como por ejemplo, el catecismo de J. de Ochoa de Arín (1713) que, según el Padre Juan Mateo de Zabala, estaba «más recargado de barbarismos y de solecismos que de citas, a pesar de que éstas son muchísimas». Otros catecismos que se publicaron durante el siglo XVIII fueron, por ejemplo, el de Martín de Arzadun, en Vitoria (1731), el del jesuita Eleizalde (1735), o el de Juan de Irazusta, en Pamplona (1742). En 1747 fue publicada en Burgos una traducción del catecismo de Astete. También existe otra traducción del mismo catecismo realizada por Cardaberaz y publicada en San Sebastián, en 1760. Hay que recordar que también debemos a Cardaberaz la adaptación de una obra del jesuita Dutari, de título Christauaren Vicitza edo orretarako Vide erreza bere amabi Pausoaquin, publicada en San Sebastián, en 1744. De Xavier de Lariz tenemos una doctrina para jóvenes y adultos (Madrid, 1757), de Bartolomé Olaechea el Cristinauben dotrinia que, a partir de 1775, fecha de la primera edición, conoció varias. Finalmente, recordemos que el franciscano Fray Juan Antonio de Ubillos (1707-1789) tradujo el Catéchisme historique del abate Fleury, bajo el título de Cristau doctriñ berri-ecarlea (1785). Nota Luis Michelena que «este arreglo limpia y cuidadosamente escrito, cuyo lenguaje ha sido muy elogiado» (1960:102) fue empleado como texto en el Real Seminario de Vergara.

El impulso que las traducciones a la lengua vasca tuvieron durante el siglo XVIII tuvo su continuación durante el siglo XIX, sobre todo en textos religiosos, claro exponente de la dominación espiritual que tuvo la Iglesia Católica en la España de la época y en la Francia post-revolucionaria (Imperio, Restauración...). Es evidente que estos textos tienen su valor desde el punto de vista lingüístico por lo que aportaron a la creación de una lengua literaria. Pero también es cierto que, en mi opinión, no pueden ser considerados parte de la literatura vasca. En efecto, la literatura supone creación ¿Quién aceptaría que la traducción francesa del Quijote realizada por Oudin formara parte de la historia de la literatura francesa, o que la traducción al español de una obra de Molière o de Shakespeare entrara en la historia literaria española?


El teatro

Existe en Zuberoa un teatro popular al que denominamos pastorala, y cuyo origen desconocemos (Bernard Oyharçabal 1981 (1991). Según Georges Hérelle, los misterios religiosos de la Edad Media derivaron hacia un teatro rural que tuvo brotes, sobre todo, en Bretaña y en el País Vasco. Es curioso que, aunque geográficamente alejadas entre sí, fueran los mismos temas los que se desarrollaron en ambos lugares. Son unos 200 los manuscritos que quedan en las bibliotecas, y el que podemos considerar con certeza más antiguo es el de Sainte Elisabeth de Portugal, de 1750 (Bernard Oyharçabal 2004).

El siglo XVIII es, sin duda, el siglo en que se desarrolla la pastoral de Zuberoa. Hérelle nos proporciona una lista de unos diecisiete errejent, es decir, de directores de escena. Son los poseedores del manuscrito y quienes dirigen a los actores. Entre las distintas representaciones, figuran: Sainte Elisabeth de Portugal, Jean de Paris, Richard de Normandie, Clovis, Hélène de Constantinople, Oedipe, La Jérusalem délivrée, Saint Louis, Charlemagne et les douze pairs, es decir, un conjunto de piezas en las que se mezclan vidas de santos, de reyes o emperadores de la Edad Media francesa.

Podemos decir que la pastoral es un divertimento hecho para el pueblo rural vasco donde los actores masculinos ?porque no hay mezcla entre hombres y mujeres? son del mismo pueblo. Se desarrolla fuera, en un prado donde se ha edificado un escenario limitado en el fondo por unas sábanas. Los actores salen por tres puertas: la de los cristianos, que se distinguen en sus prendas por algo de color azul, la de los turcos, vestidos de rojo, el color del infierno, y la puerta central para los dignatarios de la iglesia y los ángeles. Esta configuración sugiere que, en sus primeros tiempos, la pastoral utilizaba temas religiosos, tanto del Antiguo, como del Nuevo Testamento. Junto a esos temas, las vidas de los santos constituían otra fuente de inspiración importante y se representaban el día de la fiesta del santo patrono del pueblo. La diversificación de temas fue manifiesta durante el siglo XVIII, y continuó en épocas posteriores. Hay que subrayar que es Zuberoa la que se ha especializado en este teatro rural que subsiste todavía hoy. En otros lugares, tales como, Bretaña, ha desaparecido por completo.

Por otro lado, no deberíamos olvidar que, junto a la pastoral o tragedia, existieron piezas cómicas o asto lasterrak (corrida de asnos) que se representaban de noche, especialmente, en Zuberoa. Servían de entremés cómico durante la representación de pastorales y se sabe que algunas de ellas como, por jemplo, Piarres eta Sabadina (Pedro y Sabadina), se representó en 1769. Otras, tales como, Juanic hobe eta Arlaita (Juanito el mejor y Arlaita) y Bala eta Billota, se representaron en 1788. Algunas de ellas llegaban a tener incluso más de 800 estrofas, otras, rondaban las 500. La Santa Iglesia prohibió estas piezas por su carácter pernicioso e inmoral.

Es en la segunda mitad del siglo XVIII cuando nace en Azcoitia, Guipúzcoa, la Sociedad de Amigos del País (1764). Antes de esta fecha, tertulias de café servían para reunir a los interesados, tertulias que para 1748 ya se habían convertido en Junta Académica. A pesar de que Etcheverri de Sara murió en 1749, podemos suponer que frecuentaba esos salones y tertulias, y que daba sus opiniones en ellas.

Se puede decir que "las luces" entran en el País Vasco peninsular a través de esa sociedad liderada por el Conde de Peñaflorida. Aunque el objetivo principal de la sociedad era el desarrollo de las ciencias y no el cultivo del vascuence, el Conde de Peñaflorida, Don Francisco Xavier María de Munibe e Idiaquez (1723-1785), compuso una ópera cómica con diálogos en castellano y cantos en vascuence: El borracho burlado, representado e impreso en Vergara, en el año 1764. Se trata de la primera ópera en el País Vasco, justo en el siglo que conoció la ascensión del género. También se le atribuyen a Munibe, quien utilizó el seudónimo de Sor María de la Misericordia, los Gabon sariac, villancicos que se cantaron en 1762, en la iglesia de Azcoitia.

Parece que el Conde de Peñaflorida tuvo un predecesor en la persona de Pedro Ignacio de Barrutia, autor del Acto para la Nochebuena que quedó inédito en su tiempo. Se trata de un acto breve en torno al nacimiento de Jesús y que, según Michelena, «no está muy lejos de ser una de las mejores piezas del teatro vasco, y sin duda lo es en su género» (1960:105). En efecto, se trata de una obra interesantísima en que se entrecruzan Belén y Mondragón de una manera muy hábil. Salvada casi milagrosamente, el Acto para la Nochebuena es un manuscrito, un únicum como lo es el libro de de Etxepare, de 1545.


La poesía

Como hemos visto, casi todos los autores del siglo XVIII fueron sacerdotes o religiosos de varias órdenes. Cultivaron, además de los géneros señalados, poesía religiosa. Tal es el caso del padre jesuita Agustín de Basterrechea (1700-1761), quien escribió poemas que tuvieron mucho éxito y que versaron sobre temas, tales como, los objetivos del ser humano, la penitencia, o la Pasión de Jesús Cristo. Otros como, J.B. Gámiz Ruiz de Oteo, o el más tardío Añibarro completan el elenco de autores.

En cuanto al País Vasco francés, mencionar que se publicaron: Othoitce eta Cantica Espiritualac Çubero Herrico, 1734 (Rezos y cánticos espirituales para el país de Zuberoa), en dialecto suletino, y Cantica espiritualac (Cánticos espirituales) (Bayona, 1763), en dialecto labortano. Ambos conocieron muchas ediciones y todavía hoy son cantados en las iglesias vascas. De Salvat Monho tenemos un conjunto de 34 cánticos espirituales, entre ellos, el famoso Oi Betleem, pero no se sabe si fueron compuestos a finales del XVIII, o a principios del XIX.

Se vive bajo la influencia francesa y, sobre todo, bajo la influencia de los aires o melodías venidos de Francia, como lo subraya el Padre Donostia, sabedor de que los bertsolaris (Improvisadores), sea cuando improvisan, sea cuando componen sus canciones, lo hacen ajustando sus versos al ritmo de una melodía conocida. Destacaríamos dos géneros del cancionero popular francés del siglo XVIII, "la brunette", en la primera parte del siglo, y "el romance", en la segunda, que tuvieron gran éxito por su tono sentimental. Se sabe que el cantor vasco Garat entonó canciones vascas como Aitarik ez dut (No tengo padre) o Mendian zoin den eder (Cuan hermoso en el monte) en la corte de María Antonieta, reina de Francia. Es, precisamente, esta misma vena poética y sentimental la que inundará la canción popular vasca que sigue la moda francesa. En ella, diálogos y quejas entre amantes se concretan a partir de la simbolización de la amada. Ésta puede ser una estrella, Izar, y así lo constató Agustín Chaho al afirmar que cualquier muchacha es la estrella de su novio en la poesía de los bardos. Pero la equivalencia estrella / mujer amada supone que de la misma manera que la estrella brilla, lejana en lo más alto del cielo, del mismo modo queda alejada la mujer amada que inspiró el amor. Se trata de una mujer lejana, insensible, inaccesible. La estrella es el símbolo del amor imposible.

En el caso de la mujer-flor (lilia o lore), lo etéreo de la estrella se ha convertido en algo más humano. Estamos ante el amor posible, y la belleza de la joven brilla con sus pétalos de colores cálidos. La sensualidad de la flor es accesible, pues está al alcance de la mano. El amante teme, a veces, coger la flor, otras, trata de tenerla cerca. Incluso hay algunas flores, tales como la rosa, que tienen espinas, para desgracia del hombre.

La mujer-paloma (urtzo) desarrolla el tema del vuelo gracioso del ave que cruza los Pirineos en otoño cuando sopla el viento del Sur. Pero el cazador está al acecho y tiende sus redes para apresarla. Vemos que el tema del seductor, del Tenorio, impregna todos estos motivos en los que se sugiere un claro dominio del hombre sobre la mujer: «El seductor es infaliblemente ya el milano de garras cortadoras, ya el cazador que tiende las redes, prepara las jaulas para encerrar a los más bonitos pájaros», dice Chaho. A veces la paloma se escapa de las redes y logra fugarse, como ocurre en la canción titulada: Urzo lüma gris gaxua (Pobre paloma de plumas grises).

La mujer-tórtola (urx'aphal) simboliza la chica seducida y abandonada después. El tema de la tórtola es conocido, tanto en la literatura española, como en la canción francesa. Recuérdese, por ejemplo, el romance antiguo de Fontefrida, donde la viuda guarda fidelidad a su marido difunto y rechaza a los galanes. En el cancionero vasco, Urx'aphala designa a la chica que perdió su virginidad, dicho con el eufemismo de que «le faltó la más bella pluma». Será este símbolo tradicional, precisamente, el que utilizará Pierre Topet Etxahun en 1806 para aludir a la amada que tuvo que abandonar por obedecer a sus padres.

La publicación en 1987 por Patricio Urkizu de un manuscrito de 1798 donado por Manu de la Sota al Museo Vasco de Bayona, permitió conocer mejor la poesía del siglo XVIII (cf. Urkizu, P. Bertso zahar eta berri zenbaiten bilduma (1798), Ayuntamiento de Durango). En él, encontramos Elogios a reyes, nobles y familias bien consideradas, y también composiciones que hablan de los peligros del mar y del viaje a "Ternua", Terranova, para pescar bacalao. Los poemas titulados: Partiada tristea Ternuara (Salida triste a Terranova), Itsasoco perillac (Los peligros del océano) y Ternuaco penac (Las penas de Terranova) son, efectivamente, testigo de la aventurada y peligrosa vida que llevaban los pescadores vascos. Es otro el registro que caracteriza a los elogios de Hendaya y del valle de Ossès (Ortzaize) (1766): es la vida ordinaria de los vascos del XVIII la que se canta en ellos.

También hay ejemplos de poesía satírica entre las composiciones dieciochescas. En Zuberoa, por ejemplo, fue famoso el bertsolari Beñat Mardo, por su desafío burlón a Museña y su divertida crítica de los cazadores que comen gato en vez de liebre (1793), canción que se le atribuye. Chaho le tiene por uno de los mejores improvisadores y añade que compuso cantidad de canciones, aunque la mayoría de ellas han desaparecido. Por su parte, Salvat Monho (1749-1821), clérigo que emigró a España durante la Revolución francesa, escribió, además de cantos religiosos, sátiras de la sociedad y algunos poemas de circunstancia claramente antirrevolucionarios. Su obra, sea la de índole religiosa, sea la profana, es un buen exponente de la influencia que la canción francesa y sus melodías tuvieron sobre la métrica vasca.


Siglo XIX: investigaciones lingüísticas y renacimiento cultural

Humboldt y la valoración de la lengua

Wilhelm von Humboldt, filólogo alemán (1767-1835), se estableció en París a partir de 1797, y realizó varios viajes al País Vasco, el primero, en 1799 y, en 1801, el segundo. Allí conoció a Juan Antonio Moguel y Pedro de Astarloa, quienes le iniciron en el estudio de la lengua vasca. Dice Farinelli que el vascuence le servía como fundamento de sus estudios. Con sus investigaciones de onomástica, apoyó las teorías de la antigüedad del euskara, primera lengua de la península, y llevó a su apogeo la teoría del vasco-iberismo. El fruto de sus investigaciones se propagó en Europa gracias a sus libros Berichtigungen (1817) y especialmente Prüfung (1821). Se puede afirmar que de la mano de Humboldt, el euskara sale al mundo tal y como lo deseaba D'Etchepare. Con él se inicia el período científico del estudio de la lengua.

En efecto, el siglo XIX fue el siglo de la reflexión sobre la lengua, el del comienzo de la lingüística comparada. En Francia, Lécluse publica, en 1826, su Disertación sobre la lengua vasca y su Manual de la lengua vasca. Jean-Pierre Darrigol, superior del seminario mayor de Bayona, obtuvo el premio Volney, en 1829, con su Disertación crítica y apologética sobre la lengua vasca. Por su parte, Antoine d'Abbadie y Agustín Chaho publicaron, en 1836, sus Études grammaticales sur la langue euskarienne, con dedicatoria a los vascos de las siete provincias. Ese mismo año, Chaho envió una carta a Xavier Raymond a propósito de las analogías entre la lengua vasca y el sánscrito.

Entre los investigadores del euskara, merece una mención especial el Príncipe Luis Luciano Bonaparte (1813-1891), hijo de Luciano, hermano del emperador Napoleón. Fue el iniciador y promotor de la dialectología vasca. Estableció una red de colaboradores en las siete provincias de Euskal Herria y financió la publicación de los textos que le proporcionaron sus colaboradores. Recodaremos entre éstos últimos, a Emmanuel Inchauspe, Salaberry, Fray José Antonio Uriarte, Bruno Echenique y, sobre todo, la traducción de la Biblia que realizó el capitán Jean Duvoisin. Las aportaciones más importantes de Bonaparte fueron: Le verbe basque en tableaux y el mapa de los ocho dialectos vascos que confeccionó a raíz de sus estudios sobre el verbo (1863-1869). Mantuvo polémicas con Van Eys, quien publicó su gramática de la lengua vasca en Amsterdam (1865), y con otros estudiosos del Euskara como, por ejemplo, Charencey, Vinson, Hovelacque, o el húngaro Ribary.

Un siglo, en definitiva, que conoció una vitalidad sin precedentes en la investigación de la lengua vasca, investigación liderada sobre todo por extranjeros, mejor formados en sus universidades que los propios vascos. Habrá que esperar a la llegada de las gramáticas, la suletina de Geze (1873) y la de los cuatro dialectos literarios de Arturo Campión (1884), para que también los vascos realicen aportaciones relevantes. Por último, no podemos dejar de recordar a Hugo Schuchardt (1842-1928), quien se instaló en Sara, en 1886, para aprender euskara y publicó sus obras en el siglo XX.

Paralelamente al estudio de la lengua, se impulsó la compilación del tesaurus de la poesía popular vasca y se realizaron muchos cancioneros, como el de Chaho y el de Duvoisin, que han permanecido manuscritos. Otros, en cambio, tuvieron más fortuna y pudieron ser publicados. Destacaremos entre estos últimos a: Le Pays Basque, sa population, sa langue, ses moeurs, sa littérature et sa musique, de Francisque Michel, catedrático de la Universidad de Burdeos (1857); la Colección de aires vascongados para canto y piano, de Santesteban (1864); los Souvenirs des Pyrénées, douze airs basques, de la suletina Madame de la Villehelio (1869); los Cinquante chants pyrénéens, de Lamazou (1869), publicación que recoge unos cuantos cantos vascos; los Chants populaires du Pays Basque (1870), importante colección de cantos donde se incluye el famoso Bereterretchen khantorea (la canción de Bereterretche, del siglo XV), o el no menos famoso Cancionero (1877-1878) del prematuramente fallecido José Manterola. Esta labor de recogida continuará en el siglo XX.

Como recopilador de leyendas vascas, Jean-François Cerquand, que fue inspector de la Academia en Pau, publicó Légendes et récits populaires du Pays Basque, de 1875 a 1882. Por su parte, el eclesiástico y vascólogo inglés Wentworth Webster publicó, en 1879, su Basque Legends collected chiefly in the Labourd, y en 1883, en un artículo del Boletín de la Real Academia de la Historia, desenmascaró a Garay de Monglave y Louis Duhalde del apócrifo canto de Altabiskar (1834). Analizó las pastorales vascas en el congreso de la tradición vasca de 1897. Por último, es de 1853 el trabajo etnológico Le folklore du Pays Basque, de Julien Vinson.

La antropología física, ciencia nueva del XIX, tuvo su exponente vasco en los trabajos de Broca y su Mémoire sur les crânes des Basques de Saint-Jean-de-Luz, publicado en 1868. Vemos, en suma, que el siglo XIX tuvo una importancia relevante en la investigación de la lingüística, literatura y la etnología vascas.

Romanticismo

Movimiento literario nacido en Alemania en el último cuarto del siglo XVIII, se extendió posteriormente a Inglaterra y a Francia. Podríamos decir que se opuso al clasicismo reinante en el siglo XVIII y que supuso, más que una ruptura, una apertura a todas las manifestaciones del alma humana. En Inglaterra, los románticos se vieron atraídos por la Edad Media, las leyendas célticas, la naturaleza, el exotismo, lo fantástico y lo sobrenatural. En Francia, el siglo XIX se mostrará fecundo y con claro predominio de lo sentimental frente a lo racional del siglo precedente.

El romanticismo plantea una nueva visión del mundo, un modo de existir y de pensar nuevo. Un claro sentido de la individualidad, de lo relativo, de la supremacía del sueño, de la imaginación. Su entrada en España y el País Vasco fue más tardía. Señalaremos, a continuación, algunas de las figuras poéticas que destacan durante las décadas de 1820-1830.

Comenzaremos con Pierre Topet-Etxahun (1786-1862), nacido en Barcus, Zuberoa. Fue poeta e improvisador, e hizo suyas las técnicas del cancionero popular vasco. Etxahun fue testigo de su tiempo y de todos los pequeños acontecimientos de los pueblos de Zuberoa, fueran bodas (Sohütako ezteietan), homenajes a políticos (Musde Chaho, Musde Renaud) y jueces que pudo conocer (Musde Deffis, Musde Clérisse). Son conocidas sus críticas a los sacerdotes de Barcus (Barkoxeko eliza) o de Esquiula (Musde Tiraz), a las chicas del barrio de Gaztelondo, de quienes comenta que se paseaban de noche, caían enfermas y sanaban a los nueve meses. También fue testigo de los crímenes que se produjeron en Garindein (Amodio gati) o en Arrokiaga (Hegilus). Estamos, por tanto, ante un cronista del pueblo, cronista que hiere a unos, hace reír a otros, personaje, en definitiva, dotado de las cualidades de un poeta, admirado por unos, temido por la mayoría.

Etxahun habría tenido el mismo destino que muchos de los improvisadores vascos, el del olvido, si no fuera por la biografía que tuvo. Segundo hijo de una familia numerosa, sus padres le nombraron heredero, pero un amor de juventud hizo que se enfrentara a ellos. Tuvo un hijo con la criada de la casa y sus padres le obligaron a abandonarla y, más tarde, a casarse con una chica del barrio de Gaztelondo. De esta separación nace el primer llanto de la tórtola (urtxaphal), la chica abandonada que dialoga duramente con el poeta que le asegura que la quiere y la querrá siempre: "Oi ene traidoria zer düzü erraiten / Elhe faltsü erraitez etzireia asetzen? / Ene flakü izanez zira prebalitzen / Hortarik ageri'zü nunko seme ziren" (¡Oh! traidor, ¿qué dices? / ¿No estás harto de falsas palabras? / Te aprovechas de mi debilidad / Así muestras a qué familia perteneces). El tono que muestra la composición, la referencia a un "yo" y a sus sentimientos, lo aleja, sin duda, de lo que se conocía en la canción tradicional. Estamos ante un ser que ama profundamente, pero que está atrapado por la sociedad de la época que no admite las uniones desacertadas.

Tras casarse en 1808, el matrimonio vivió con los padres en la finca Etxahunia y tuvo varios hijos. Cuando murió su madre, Etxahun tuvo que enfrentarse a su padre y hermanos por cuestiones de herencia. Después de un altercado con un hombre con el que tenía una deuda, Etxahun fue encarcelado y condenado a dos años de cárcel, en 1824. Al volver de la cárcel, en 1826, se encontró un hogar destruido, una esposa que tenía por amante a uno de sus vecinos, y algunas de sus tierras vendidas. Fue acusado de haber herido de bala a un amigo que creyó era amante de su esposa, y de haber incendiado un granero que pertenecía a su enemigo. Etxahun, reunido con otros pastores en los montes de Zuberoa, cuenta su desgracia y compone la siguiente canción:

Ene izterbegia bahin emaztoa
Herrestarazi gabe nik nian flakia.
Bestek eraman derik hik behar kolpia
Bena kubera dirok orano hartzia

(Enemigo mío tenías mujer / Sin manchar la tan flaca mía. / Otro recibió el golpe que tenías que recibir / Pero puedes todavía cobrar lo debido).

Aunque la canción precedente fue utilizada como prueba de la culpabilidad de Etxahun, la verdad es que salió sin cargos por no haberse podido demostrar que hubiera estado en posesión de un arma. Tras estos acontecimientos, el poeta marchó de peregrino a Roma, Loreto y otros santuarios de Italia. A su regreso, trató de recuperar sus tierras pero parece que no muy acertadamente, pues fue acusado de falsificación de escritura pública (1841). Condenado a dos años de cárcel (1846-1848), su regreso a casa vino marcado por el abandono de los suyos y por la perdida de todos sus bienes. Etxahun acabó sus días solo, casi como un mendigo, peregrinando de un pueblo a otro, hasta que su hijo mayor decidió acogerle en su casa natal de Etxahunia, donde falleció, en 1862. Todo este periplo vital se refleja, además de en Urxaphala, donde nos habla de su amor de juventud, en cuatro grandes canciones líricas.

La primera de ellas, Mündian malerusik (1827), es un verdadero grito de rabia de 18 estrofas. Las dos primeras estrofas nos muestran a un "yo" desgraciado, comparable a los animales del desierto que huyen por temor a la gente, lleno de celos frente a su esposa. Las siguientes estrofas revelan su rabia hacia su enemigo y amante de su esposa. Sigue el modelo de la canción tradicional en el uso que hace del diálogo con su mujer, diálogo que revela las consecuencias de sus errores. El tío de su esposa, el cura Haritchabalet, se torna, a continuación, en objetivo de sus críticas y el poema sugiere que éste, al igual que la esposa del poeta, tiene hijos ilegítimos. La nómina de acusaciones se completa con la que dirige a su propio padre, a quien acusa de haberse enriquecido mientras él estaba ausente. Por último, el poeta afirma haber dicho la verdad, y ya en la última estrofa se nos dice que está en las montañas, alejado de Barcus, donde quieren encarcelarle. Como vemos, el poema de 1827 ya revela una predominancia del "yo", del individuo que grita su dolor, manifestación típicamente romántica.

Bi berset dolorusik fue escrita por Etxahun antes de marcharse a Roma, en 1831, y es testimonio, ante sus paisanos, de los duros cinco últimos años que ha pasado. En 22 estrofas de cinco versos con un ritmo particular de dos hemistiquios iguales (7+7), cuenta el juicio al que fue sometido, y anuncia que quiere cumplir la promesa que hizo a Dios cuando estaba en la cárcel. Aunque revela un deseo cristiano de perdonar a sus enemigos, no actúa como tal cuando se refiere a los suyos, a quienes no perdona hasta que le devuelvan los bienes que le han quitado. Pide al amante de su mujer que deje a ésta, a ella, que tome el buen camino, y pone en manos del notario Alkhat los intereses de sus hijos, a quien solicita que actúe de tutor de los mismos. Pide al Espíritu Santo que proteja sus hijos huérfanos y, en el último adiós, saluda a la gente de Barcus y a toda su familia, pensando que un día volverán a reunirse en el valle de Josafat, paraíso eterno. Estamos, por lo tanto, ante un yo dolido y cristiano, un yo persuadido de que está llevando la cruz de los hijos de Dios.

Tres años más tarde, al regreso de su peregrinaje, Etxahun tiene ya fama de poeta e improvisador, y sus poemas, en especial, Mündian malerusik y Bi berset dolorusik, son conocidos y cantados. Esta fama llega a los oídos del fiscal real, el señor Clérisse, quien quiere mostrar a su invitado parisino Legouvé que la ola romántica ha llegado al País Vasco. Clérisse pide a Etxahun que componga un poema que cuente su vida, a lo que Etxahun accede escribiendo un poema de 49 estrofas, de corte tradicional (cinco versos, de ritmo 7 + 6), cada una de las cuales corresponde a un año de vida. En realidad, los acontecimientos más importantes son narrados en varias estrofas, y el autor se detiene en el relato de sus desdichas, en especial, de las malas relaciones con su familia, tal y como se ve en esta terrible estrofa dirigida a su madre: "Amak idor bihotza bai eta titia" ( Mi madre tan seca de corazón como de pecho).

Hay que esperar a la salida de la cárcel en 1848 para que Etxahun componga su último poema autobiográfico: Ahaide delezius huntan. Escrito en una melodía especial que él mismo llama "deliciosa", está compuesta por estrofas de cuatro versos de ritmo amplio, con dos hemistiquios de 9 y 8 sílabas. Toda clase de sentimientos se atropellan en este último testamento: la maldición de la casa del padrino que le desheredó, Topetia de Gaztelondo, y la rabia contra su padre, su hermano, su hijo, su nuera y su esposa. Vuelven a aparecer, en las últimas estrofas, sentimientos cristianos, en especial, en la despedida a sus hijos, y particularmente, a su hija casada en la casa Oholegi de Barcus. Se encomienda al Señor de los cielos, verdadero ser doliente, y sin nada para subsistir, vagabundea de pueblo en pueblo, y emprende una nueva peregrinación. En la última estrofa, dice que deja sus canciones al pueblo de Zuberoa para que las cante en su recuerdo:

Khantore hoiek huntü
nütin Ünhürritzeko olhetan
Errumarat juiten nizala
erraiten beitüt hoietan
Maleruski hil banendi bidaje
lazgarri hortan
Ziberuan khanta-itzazie ene
orhitzapenetan.

(He compuesto esos versos en los pastos de Unhurritze / En que anuncio mi salida para Roma / Si, por desdicha, muriese en / este penoso viaje / Cantadlos en Zuberoa, / recordándome).

La lectura de los cuatro poemas analizados nos revela que estamos ante un romántico, seguramente, el primero del País Vasco, un romántico en su forma de vivir y de expresar el dolor. Un romántico que, sin duda, no supo que lo fuera.

Así lo consideró al menos, como un romántico, el poeta alemán Albert von Chamisso, descendiente de protestantes franceses exiliados después de la revocación del edicto de Nantes en 1685. Un artículo publicado en el Mémorial Béarnais de Pau y posteriormente en La Gazette des Tribunaux de París, le puso sobre la pista de Etxahun. Chamisso percibe en la crónica del periodista bearnés una descripción romántica de Etxahun (mala vestimenta, mirada fulminante, voz temblorosa), y el título del artículo habla de un asesinato por error, lo que sugiere una fatalidad. Además, el texto proporciona a Chamisso la traducción de varias estrofas del poema Mündian malerusik, lo que le permite conocer la poesía de Etxahun. Chamisso no se resiste a componer un poema titulado Des Basken Etchehon's Klage, publicado en 1831. Etxahun es para Chamisso un héroe romántico. Descrito como un asesino, es víctima de un apasionado amor. Su rival, Heguiaphal, aparece como un Tenorio cínico, deus ex machina de esta tragedia, un sinvergüenza. El odio y el ansia de venganza dominan a Etxahun, no es más que un juguete en manos de fuerzas infernales, un personaje de tragedia romántica. El desafío que lanza en la última estrofa a Heguiaphal es revelador en este sentido: «Una fuerza me atrae hacia la hondonada, hacia el valle en que nací. Veremos cuál de nosotros será un banquete para los buitres del cielo». Poco le importó a Chamisso que el poeta vasco fuera exculpado en el juicio. Para su poema era necesario que el héroe vasco fuera el asesino, una víctima de sus pasiones -la venganza y la rabia- y, sobre todo, una víctima de la fatalidad.

La segunda figura del romanticismo vasco es la de Jean-Baptiste Camoussarry (1815-1842). Nació en Ciboure, cerca de San Juan de Luz, y quedó huérfano de padre a los pocos años. Realizó estudios eclesiásticos en Larressore y fue nombrado vicario en San Juan Pie de Puerto, donde estuvo algunos años antes de volver a casa, donde murió a los 27 años de tuberculosis, ese "mal de pecho" tan común en el siglo XIX. Sacerdote, Camoussarry sabía latín y la impronta de su educación en humanidades fue palpable en poemas como Melibe y Koridon, de 1834. También encontramos entre sus poemas algunos de tema religioso, fieles a la férrea ideología católica de la época (cf. Mendekoia, Basa koplakari), o poesías dedicadas a personajes como Zumalakarregi o el general Harispe. En cualquier caso, es la temática romántica la que destaca en su producción poética. En efecto, Camoussarry se sabía un hombre enfermo y, por ello, ese "yo" que era consciente de una muerte próxima se erigió en el centro de su obra. En Menditik nola doa (Cómo va desde el monte), por ejemplo, el poeta realiza una descripción cuasi macabra de su muerte. En otros poemas, tales como, Ene liraren auhenak (El llanto de mi lira), el poeta pide a lira que le ayude a expresar los sentimientos de su corazón dolido. La secuencia de imágenes es realmente reveladora en este poema: el barco se está hundiendo antes de llegar al puerto; crece el árbol que está a orillas del riachuelo y comienza a perder sus hojas; en el cielo vuela una paloma que el milano va a apresar; al niño le separan de su madre, cae enfermo y se muere. Además, cada secuencia viene coronada por el lamento: «Yo soy el barco, el árbol, la paloma, el niño que más tarde en el cielo está esperando a su madre». Estamos en el reino de la muerte. Para el profesor Jean-Baptiste Orpustan (1996, Précis....), Camoussary, quien pudo haber captado el ambiente de la época a través de sus lecturas, fue el más romántico entre los románticos vascos.

José María Iparraguirre nació en 1820, cinco años después de Camoussarry, en el pueblo de Villareal de Urrechu, Gipuzkoa. Comenzó sus estudios en Vitoria, y los continuó en el Colegio Real de San Isidro en Madrid. A los 14 años se fugó del colegio y se alistó en las tropas carlistas. Herido, fue destinado a la escolta de Carlos V. Después del convenio de Vergara, se marchó a Francia y a Italia, donde hizo gala de su magnífica voz, siempre acompañado de su guitarra. Se trata, seguramente, del primer poeta vasco que creó el texto y la música de sus composiciones y que, además, las interpretó. Se aleja en esto de los improvisadores vascos que utilizaban melodías tradicionales.

Fue en 1853 cuando cantó en el café San Luis de Madrid el Gernikako arbola (El árbol de Guernica). El éxito que obtuvo con él forzó su destierro a tierras sudamericanas, exilio que plasmó en composiciones llenas de nostalgia hacia el País Vasco, tales como, Adio Euskalerria (Adiós, País Vasco). Una vez terminada la segunda guerra carlista, Iparraguirre no dudó en abandonar a su familia en Uruguay y regresar al País Vasco. Acude a los Juegos Florales de d'Abbadie en Elizondo (1879) y, dos años más tarde, muere alabado por unos, cuestionado por otros.

Su romántica andadura por Europa y América le valió el calificativo de arlote, vagabundo. Pero no se trata de un romántico cualquiera, sino de un romántico político. Se sabe que se alistó en las filas carlistas, que se exilió voluntariamente y que, partidario de los fueros, cantó a la vez a su patria vasca y a la libertad. El Gernikako arbola simboliza la preocupación patriótica de Iparraguirre. El árbol mítico, al pie del cual los reyes de España juraban mantener los fueros, adquiere un valor añadido tras la primera guerra carlista. Se trata de una composición que consta de doce estrofas y tres movimientos poéticos, cada uno de los cuales culmina con un rezo. En el primero, se presenta el roble bedeinkatua, maitatua, saindua (bendito, amado, santo), términos religiosos todos. Además, se dice que el roble vasco da su fruto al mundo: «eman ta zabal zazu munduan frutua», aportación de los vascos al universo entero. El árbol símbolo de vida, lo es también de la vida del pueblo vasco. Por eso no tiene que morir para que los vascos puedan vivir en paz: "pakean bizi dedin euskaldun jendea". Iparraguirre dirige su oración a Dios, suplicándole que de larga vida al roble.

El segundo movimiento es más político, ya que alude a las fuerzas, anónimas, que acechan a los vascos. Dialoga después con el árbol, quien establece el lazo entre el cielo y la tierra. Replica el árbol y pide que se rece a Dios para que promueva una paz total (ahora y siempre): "pake emateko orain eta beti".

El tercer movimiento parece ser un añadido más tardío, ya que no aporta nada nuevo. La última estrofa es también una oración, pero esta vez a la Virgen. No olvidemos que el dogma de la Inmaculada Concepción data de 1854, y que entre 1854 y 1858, época en que se embarca para Uruguay, Iparraguirre ha podido sucumbir a la Mariología y añadir estas cuatro últimas estrofas. Estamos, en definitiva, ante un compositor que tuvo un éxito importante en su día y que hoy todavía sigue siendo muy popular. Canciones como Ume eder bat (Un niño bello), Nere maitearentzat (Para mi amada), o Nere andrea (Mi mujer) siguen vivas en la memoria colectiva. Otras, tales como Ara nun diran (Mira dónde están) conocieron versiones diferentes según la época.

Casi opuesto a Iparraguirre, sobre todo, en el aspecto físico, fue Indalecio Bizcarrondo Bilintx (1831-1876). Aparece como un romántico tardío que cantó el amor no correspondido en composiciones tales como Pozez ta bildurrak (Con alegría y de miedo), mientras que en otras tales como, por ejemplo, Juramento (El juramento), el poeta obtiene la felicidad deseada. Vivió en San Sebastián y vino a ser como la gaceta humorística de la villa con canciones como la dedicada a la vida del famélico caballo del barrendero Jose Mari (Zaldi baten bizitza), o Potajiarena (Lo del potaje), donde se burla del atracón de comida que se da un cura en una taberna. Sentimental y humorista, murió cuando una granada carlista entró en su habitación y le destrozó las dos piernas. Tenía apenas 45 años.


Preocupaciones pedagógicas: la fábula

Aunque la fábula es un género conocido desde la antigüedad, tuvo su época de gloria en la Francia del siglo XVII con La Fontaine, y en el siglo XVIII con Florian. También es en el siglo XVIII cuando, de la mano de Tomás de Iriarte (Fábulas literarias, 1782) y de Félix María de Samaniego (Fábulas morales, 1781-1784), tuvo su momento de apogeo en España. Es también en aquella época cuando aparece el género en el País Vasco, de la mano del sacerdote Juan Antonio Moguel. Éste incluyó dos de sus fábulas en Peru Abarka (1802).

Otro sacerdote, Agustín Pascual de Iturriaga, publicó en 1842 sus Fábulas y otras composiciones en verso vascongado. Se trata, en realidad, de la traducción al guipuzcoano de 55 fábulas de Samaniego. De ellas se sirvió para impartir sus clases. En cuanto a las fábulas que escribiera Mateo Zabala, señalar que fueron publicadas con posterioridad a su muerte, en 1840. Por último, mencionar a José Antonio Uriarte, cuyas fábulas recogió Manterola en su Cancionero, o Eusebio María Azkue, quien nos dejó algunas fábulas entre sus composiciones poéticas.

El maestro suletino Jean-Baptiste Archu (1811-1881) dio inicio a la tradición fabulística del País Vasco continental. Autor de una gramática bilingüe para niños, tradujo a D?Echepare y a Oihenart del euskara al francés, y canciones patrióticas del francés al dialecto suletino. En 1848, publicó La Fontainaren alegia berheziak, neurthitzez franzesetik uskarara itzuliak (Fábulas selectas de La Fontaine traducidas en verso del francés al euskara). Se trata más de una adaptación que de una traducción, y el hecho de que el libro ofrezca ambos textos, el original francés y la traducción al euskara, promovió la enseñanza de ambas lenguas.

Unos años más tarde, en 1852, el sacerdote Leonce Goyetche (1791-?) publicó sus Fableac edo aleguiac Lafontenetaric berechiz hartuac, eta Goyetche apheçac franxesetic escoarara berxutan itçuliac (Fábulas tomadas de La Fontaine, traducidas del francés al vasco por el abad Goyetche). El libro es un conjunto de 150 fábulas en dialecto labortano, y que vino a añadirse a las versiones guipuzcoanas de Iturriaga y la suletina de Archu. Es de señalar que el sacerdote Goyetche decidió no traducir algunas de las fábulas de La Fontaine por considerarlas demasiado licenciosas.

Es al final del siglo XIX cuando el sacerdote y poeta Gratien Adema Zalduby (1828-1907) publica unas 18 fábulas bajo el seudónimo de Artzain beltza (El pastor negro). Se trata de fábulas-canciones, género utilizado por los poetas-improvisadores Oxalde y Dibarrart en los Juegos florales de Antoine d'Abbadie.


Los Juegos florales de Antoine d'Abbadie

Antoine d'Abbadie (1810-1897), hijo de un exiliado durante la Revolución francesa y de una rica irlandesa, se instaló en Urrugne, Labort, tras los viajes de exploración que realizó con su hermano Arnaud. Fue un mecenas de la pelota vasca en los años 1851 y 1852. En 1853, continuó apoyando la pelota vasca y, además, organizó por vez primera un concurso de poesía con la colaboración de personalidades vascas del País Vasco continental, personalidades que conformaron el jurado del concurso. Así nacieron los Juegos Florales vascos. Podía participar en ellos cualquier vasco de ambos lados de la frontera, y el premio que se decidió para el primer certamen fue el de una onza de oro y una makila.

Las quejas y penurias de los vascos que emigraban a Montevideo conformaron el tema elegido para el certamen poético de 1853. Se trataba, sin duda, de un tema y una problemática de gran actualidad en la época ya que, desde los años 1830, la emigración a Uruguay constituyó una realidad inevitable para muchos vascos continentales, así como para los habitantes del Bearn. Los temas que propuso el jurado para los siguientes certámenes fueron: "Elogio de la agricultura y de la vida aldeana" (1854), "La mujer bebedora" (1855), y "La fiesta del santo patrón de los pueblos" (1852). Vemos, por tanto, que se trata de temas que reflejan las inquietudes y la realidad de la época.

La importancia del caserío como centro de la vida económica y social se traducía en los certámenes en el elogio que se realizaba de la vida campesina. Dicho elogio conllevaba también el tratar de impedir que los hijos abandonaran el país y en evitar que huyeran a la ciudad o al extranjero. En cambio, mucho más curioso resulta el tema de la mujer bebedora. No cabe duda de que pudo favorecer la tendencia a la sátira entre los improvisadores o bertsolaris y que el jurado pudo haberlo propuesto por lo que suponía de llamativo. En cuanto al tema propuesto en 1856, el de las fiestas del pueblo, elogiar las fiestas era poner de relieve las virtudes de los vascos a través de los bailes típicos, los cantos tradicionales, la pelota, la celebración del santo patrono del pueblo que se hacía los domingos y la fiesta profana que se desarrollaba los días siguientes. Es una determinada imagen del País Vasco la que va perfilándose en estas fiestas, una imagen conformada por un pueblo profundamente cristiano, apegado a la religión católica, que vive en las aldeas, formado por familias numerosas, un pueblo, sin duda, trabajador y un país, una tierra, idílicos. Ésta fue, precisamente, la imagen que un poeta de la época, Jean-Baptiste Elissamburu (1828-1891), natural de Sara, Labort, plasmó en su obra. Firmó con seudónimos por su condición de militar. Fueron precisamente sus temas románticos, como el del joven en el lecho de muerte (cf. Camoussarry) o el diálogo de amor entre la mariposa y la flor, los que le valieron varios premios en los certámenes. Algunos de sus poemas-canciones son recordados y cantados todavía. Entre éstos, recordaremos a Nere etxea (Mi casa), clara evocación de la finca vasca erigida sobre una colina, de blanca fachada, rodeada por cuatro robles, próxima a una fuente, verdadero remanso de paz y de felicidad. Sus habitantes conforman una familia aldeana compuesta por el matrimonio y dos hijos, moradores de un país idílico, y símbolo de una familia unida. El hijo tendrá las mismas cualidades que el padre: será trabajador, y la hija las mismas que su madre: una buena ama de casa. Modelo de mujer vasca que también vislumbraremos en otro poema: Maria. Parecida a una muñeca por su gracia y su soltura, reina en casa, contribuye a los ingresos del hogar vendiendo productos y los domingos acude a misa engalanada con sus mejores vestidos. Al final del poema, el poeta no duda en exclamar: "Errege balin banintz, zer erregina!" (¡Si fuera rey, qué reina!). En 1871, Elissamburu es hecho prisionero de guerra y un poema, Xori berriketaria, sirve para plasmar su nostalgia de la tierra natal, una tierra donde se respetan las viejas costumbres y su orden ético.

Durante más de veinte años, los Juegos florales se celebraron en Urruña primero, Sara después, y una única vez en Saint-Palais (Baja Navarra), en 1877. Entre los poetas que destacaron entonces, además de Jean-Baptiste Elissamburu, recordaremos al Doctor Larralde, médico de San Juan de Luz, descendente de una familia de bertsolaris. Su tío fue el autor del conocido Galerianoaren kantua (El canto del presidiario). Larralde obtuvo el premio en 1856, y lo recibió de la mano del Príncipe Luis Luciano Bonaparte, quien acudió invitado por d'Abbadie. También resultó ganador en 1859 con Lo, lo ene maitea (Duérmete cariño), y en 1864 con Mutil zaharra (El solterón).

También merece ser recordado el sacerdote Martín Hiribarren (1810-1866), natural de Ascain, versificador prolijo, tal y como lo atestigua su poema Eskaldunac (Los vascos) (1855), de unos 5000 versos. Según Michelena «(Eskaldunac) no es una pieza épica y mucho menos una epopeya sino una relación amena y familiar de cosas y personas llena de detalles y de datos interesantes» (1960:130). Publicó también Montebideoco berriac (Las noticias de Montevideo) y Eskaraz eguia (La verdad en vascuence). Dejó sin publicar muchas obras como una gramática, proverbios, una historia del Imperio, sermones, un diccionario, etc. También mencionaremos, en esta primera época de los Juegos Florales que va desde 1853 hasta 1878, tres poetas que destacarán más tarde: los bertsolaris Oxalde y Dibarrart, y el conocido escritor y sacerdote Gratien Adema-Zalduby, contemporáneo de Jean-Baptiste Elissamburu.

El final de la segunda guerra carlista en 1876 y la consiguiente abolición de los fueros en la Euskadi peninsular, tuvo un impacto importante en la vida socio-cultural vasca. Un año más tarde, en 1877, surgió en Pamplona la Asociación Euskara con Arturo Campión (1854-1937) al frente y Antoine d'Abbadie como miembro de honor. También es en aquella época cuando surge la Revista Euskara aunque duró poco (1878-1883).

Antoine d'Abbadie cuenta con el beneplácito de Arturo Campión y la Asociación Euskara cuando escoge el pueblo de Elizondo, Navarra, para la celebración de los primeros Juegos Florales en la zona peninsular. La decisión de Antoine d'Abbadie de alternar la celebración de los Juegos florales a ambos lados de la frontera tiene una importancia vital pues supuso el establecimiento de unos lazos casi inexistentes entre las provincias vascas de España y las de Francia. Las fiestas de Elizondo tuvieron un éxito enorme, éxito al que contribuyó la presencia de José María Iparraguirre, muy aplaudido por todos. Los poetas podían escoger entre un tema propuesto: Euskaldunen gauzik maiteena (La cosa más amada por los vascos) y un tema libre. El euskara se erige en el elemento más amado y se puede decir que, a partir de esta fecha de 1879, el tema de la lengua, poco empleado hasta entonces, será uno de los temas centrales hasta el final del siglo. Felipe Arrese Beitia (1841-1906), con su poema: Ama euskeriari azken agurra (El último adiós a la madre euskara), gana el certamen de Elizondo. En estilo elegíaco, el poeta llora la pérdida de la lengua vernácula, el euskara, y la invasión del castellano, metaforizado como un gusano que roe el árbol vasco. Arrese Beitia resulta de nuevo ganador en el certamen que se celebra al año siguiente en Mauleón, Francia. Pero el poema que resulta vencedor, Bizi da ama Euskera (Vive la madre Euskera), lleva en aquel caso un mensaje optimista sobre la supervivencia de la lengua. En una visión celestial, el poema nos presenta a Tubal, padre de todos los vascos, anunciando que, entre todos los cantos que se cantan en el paraíso, el euskara es el más claro, el más limpio. El poeta llama a la unidad de todos los vascos.

El tema de la lengua vasca, la preocupación por su situación y supervivencia, protagoniza, por tanto, las composiciones que se presentan en los Juegos Florales durante la década de 1880. Así lo demuestran, además de los ejemplos mencionados, el Iltzen bazaigu Ama Euskera, euskaldunek illak gera (Si se nos muere el euskera los vascos estamos perdidos) de Antonio Arzak, que resulta ganadora en Irún, en 1881, las composiciones de Claudio Otaegui, quien imagina un pueblo vasco unido, Martín de Hasparren, quien aborda el problema de la transmisión, o Felipe Casal, quien con su Gure euskara maita dezagun (Amamos a nuestro euskara) gana los Juegos florales de Mauleón en 1890. Suponemos también que es en esta época cuando surge el conocido canto en labortano: "Haurrak ikas-azue euskaraz mintzatzen / Ongi pilotan eta oneski dantzatzen" (Niños, aprended a hablar vasco/ jugar bien a pelota y a bailar con honestidad).

Fue una época en la que se multiplicaron manifestaciones culturales parecidas a los juegos florales, manifestaciones que inician los poetas de la zona peninsular y a los que se adhieren los de la zona vasco-francesa. Fiestas y certámenes que se celebran en lugares como San Sebastián, Begoña, Irún, Vera, Oyarzun, Bilbao, vienen a añadirse a las impulsadas por Antoine d'Abbadie. Se abordan temas históricos o etnográficos en prosa, tales como el estudio histórico-crítico de "La Constitución e importancia de las Cortes de Navarra", en 1880, en el certamen de Vera; por su parte, la mejor descripción de bailes vascos recibe la medalla de oro en San Sebastián, en 1880. Unos años más tarde, en 1883, también en San Sebastián, Arturo Campión obtuvo la corona de plata con la leyenda titulada Okendoren eriotza (La muerte de Oquendo). Lengua, historia, y etnografía, fueron elementos que alimentaron la toma de conciencia de la identidad vasca.

El furor patriótico se fue incrementando en la década siguiente, la de los años 1890. Pasamos del Iruac bat (Los tres son uno), lema de los Caballeritos de Azcoitia en el siglo XVIII, al Laurak bat, presente en los diez artículos publicados en el Semanario Católico Vasco Navarro en 1867, al que también aludía Iparraguirre en el Gernikako arbola ya en 1853. Claudio Otaegui, en 1881, obtiene en Irún la medalla de plata con su poema: Elkar gaitezen denok Napar-Euskaldunak (Reunamos todos, navarros y vascos). Tampoco olvida, en su composición, a las provincias vasco-francesas. Esta línea reivindicativa continua con la poesía de Martín Hazpandarra y su 8Eskuara eta Eskual Herria maita* (Amemos al euskara y a Euskal Herria). Reúne en él las provincias vasco-francesas, y tres de las provincias de la zona española: Álava queda excluida por no ser vascoparlante.

Creemos que el lema unionista Zazpiak bat, "las siete provincias forman una nación", surge durante los Juegos florales que se celebran en Iurreta. Los sonetos que allí se presentan, tales como, Ama Euskarari-Akrostikoa (A la madre euskara-Acróstico), y el poema acróstico: Zazpiak beti bat (Las siete siempre uno), marcan la unión entre las 7 provincias vascas. Esta actitud reivindicativa a favor de un País Vasco integrado por las siete provincias vascas conoce su momento culminante en agosto de 1892, cuando Antoine d'Abbadie, que cuenta con 82 años y acaba de ser elegido presidente de la Academia de Ciencias de Francia, es homenajeado por la ciudad de San Juan de Luz. Acuden a este acto ciudadanos de toda Euskal Herria que quieren honrar al Sr. D'Abbadie, a quien denominan Euskaldunen Aita (Padre de los vascos). Todos los actos que incluyen el homenaje en San Juan de Luz (la misa, las calles adornadas de banderines...) se impregnan del lema Zazpiak bat. «Queridos compatriotas, unid vuestras voces a la mía ya débil y gritemos todos juntos Zazpiak bat», son las palabras de d'Abbadie al clausurar el banquete. Recordaremos, también, que el conocido poema de Adema-Zalduby, cuya sexta estrofa decía: «Labort, Baja Navarra, Zuberoa, somos tres en Francia, Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra, cuatro en España», estuvo muy presente durante las celebraciones. Otro poema de Adema-Zalduby será, precisamente, el que se repetirá durante el certamen de Azpeitia, en 1893. Nos referimos al poema: Gauden euskaldun (Quedemos vascos). En él, el País Vasco queda simbolizado por un roble de siete ramas. Este poema sufrirá algún cambio en 1894, durante las fiestas vascas organizadas por la Reina Natalia de Serbia y Antoine d'Abbadie. El estribillo que se añade tras cada una de las estrofas dice así: "*Zazpi Euskal-herriek bat egin dezagun / Guziak beti beti, gauden gu euskaldun8" (Qué las siete provincias hagamos la unidad / Todos, siempre, siempre quedemos vascos). Como vemos, el camino estaba ideológicamente trillado para el nacimiento del partido nacionalista vasco de la mano de los hermanos Arana Goiri (1895).


Narrativa en el siglo XIX

En nuestra opinión, el vasco se expresa más fácilmente en poesía cantada que en prosa. Entre la prosa religiosa de esta época, destacaremos la figura de Fray Bartolomé de Santa Teresa (1768-1835). Publica en 1816 Euscal Errijetaco olgueeta ta dantzeen gatz-ozpinduba (Sal avinagrada, medida de las danzas y diversiones de los pueblos vascos), y critica en él los bailes por el daño moral que proporcionan, aunque, según él, éstos resulten preferibles a otro tipo de actividades en lugares retirados. También ve la luz en 1816 Ikasquisunac, lecciones de moral para el pueblo. Por su parte, Ignacio de Lardizabal (1806-1855), sacerdote, confecciona al final de su vida una historia del Antiguo y Nuevo Testamento, obra muy leída en este siglo XIX.

En 1809, es decir, cinco años después de su fallecimiento, se publica la gran obra de Martín Duhalde (1753-1804) Meditazioneac gei premiatsuen gainean (Meditaciones sobre las materias fundamentales), que fueron denominadas: Meditacione handiak (Meditaciones mayores), un conjunto de 51 meditaciones escritas en un labortano muy clásico.

Juan Bautista Aguirre (1742-1823), guipuzcoano, es autor del exitoso Eracusaldiac (Pláticas), tratado sobre la confesión y la comunión. De la misma época data el ensayo Sayaquera, explicación de la doctrina cristiana de José Ignacio Guerrico (1740-1824). Un vizcaíno, Fray Pedro Antonio de Añibarro (1748-1830), fue el autor de muchos libros de piedad y "traductor" al vizcaíno del Gero de Axular, a quién censuró, hecho que nos da una idea clara de lo que fue este siglo XIX en materia religiosa y de la ideología eclesiástica.

Joaquín Lizarraga (1748-1835), llamado Lizarraga de Elcano, tiene una obra interesante en alto navarro meridional. Sus sermones se publicaron en 1844 y sus poesías en 1868. Juan José Moguel, sobrino de Juan Antonio Moguel (1781-1849), diserta también sobre la confesión y la comunión y su Baserritar nequezaleentzaco escolia (Escuela para campesinos) idealiza la vida en el campo como modelo para todos los cristianos vascos. El padre Uriarte (1812-1869), colaborador vizcaíno del Príncipe Bonaparte en su proyecto dialectológico, publica, en 1850, Marijaren illa edo Maijatzeco illa (El mes de María o el mes de mayo), compuesto de meditaciones sobre las verdades de la fe. También fue colaborador de Bonaparte, el suletino Manuel Inchauspe (1815-1902), quien también fue vicario general de la diócesis de Bayona. Publicó Jincouac guiçonarequin eguin patoac (Alianzas que ha hecho Dios con el hombre) en 1851, y reeditó el Güero de Axular en 1864, bastante remodelado y a veces censurado, como lo había hecho Añibarro.

El padre Basilio Joannateguy (1837-1921), benedictino, es autor de Ehun bat sainduen bicitcea (Vida de unos cien santos), publicado en 1876 y de la vida de San Benito (1887). También dirigió Fedearen propagacioneco-urtecaria (Anales de la propagación de la fe) a partir de 1897. Francisco Lapitz (1832-1905), sacerdote, con Bi saindu heskualdunen bizia (Vida de dos santos vascos) marca el arraigamiento de la fe cristiana en el País Vasco con los dos santos Iñigo de Loyola y Francisco Javier (1867). Jean-Pierre Arbelbide (1841-1905), canónigo de la catedral de Bayona, es autor de tres obras de devoción: Bokazione edo Jainkoaren Legea (La vocación o llamada de Dios) en 1888, Erlisionea, Eskual Herriari dohazkon egiarik beharrenak (La religión, las verdades más necesarias que atañen a Eskual Herria) en 1890, e Igandea edo Jaunaren Eguna (El domingo o día del Señor) en 1895.

Fray Inocencius o Michel Elissamburu (1826-1895), primo de Jean-Baptiste Elissamburu, merece una mención especial. Autor de una vida de San Juan Bautista de La Salle (1891) y de Lehenagoko eskualdunak zer ziren (Qué fueron los antiguos vascos) en 1889, entra en la polémica que surge en el País Vasco continental tras las leyes de enseñanza laica (1881) y escribe Zer izan diren eta zer diren oraino Franmazonak munduan (Qué han sido y qué son todavía los masones en el mundo) contra los masones en 1890. Ejemplo, éste último, de la ideología derechista francesa antimasón y antisemita de finales del XIX y principios del XX, especialmente con "l'affaire Dreyfus".

La prosa profana ocupa al lado de la religiosa un área menos importante, pero existe. A principios del siglo XIX, Juan Antonio Moguel (1745-1804) acaba de escribir su Peru Abarka dos años antes de su muerte, en 1804. Nació en Eibar en 1745 y pasó la mayor parte de su vida como sacerdote en Marquina. Traductor de los Pensamientos de Pascal, muestra su espíritu abierto al acoger generosamente sacerdotes franceses durante la Revolución francesa. Tiene escritas varias obras religiosas, pero su obra maestra es: Peru Abarca, catedrático de la lengua bascongada en la Universidad de Basarte o diálogos entre un Rústico solitario bascongado y un Barbero callejero llamado Maisu Juan, que no se publicó hasta 1881. Escrita en forma de diálogo, se trata de una proto-novela vasca donde se alaba la vida del campo, alabanza que perdurará durante todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX, a pesar de la manifiesta industrialización del País Vasco.

Su sobrina Vicenta Antonia Moguel (1782-1854) es la autora de Ipui onac (Cuentos nuevos) escritos en guipuzcoano (cf. Etxaniz, Xabier: Cap. ?Literatura Infantil y Juvenil?).

Juan Ignacio de Iztueta (1767-1845), de vida agitada por su afición a las danzas, publicó, en 1824, su Guipuzcoaco dantza gogoangarrien condaira (Historia de las más memorables danzas de Guipúzcoa), atractiva descripción de los bailes guipuzcoanos, y compuso también una historia de Guipúzcoa Guipuzcoaco provinciaren condaira edo historia publicada en 1847, tras su muerte. Esta labor de etnógrafo es digna de interés.

En el País Vasco continental, el capitán Jean Duvoisin (1810-1891), colaborador del Príncipe Bonaparte y traductor de la Biblia, es autor de Laborantzako liburua (Libro de la agricultura), diálogo entre un padre e hijo sobre la agricultura, publicado en 1858. Algunos críticos han visto en Atheka gaitzeko oiharzunac de Juan Bautista Dasconaguerre (1844-1927) los comienzos de la novela vasca (1870). Sin embargo, no se trataba más que de la traducción en euskara de su obra Les échos du Pas de Roland (1866). Al poeta Jean-Baptiste Elissamburu (1828-1891) debemos su Piarres Adame, relato breve dialogado entre el viejo Piarres y el joven Pello, durante su caminata entre Sara y Ascain.

El verdadero creador de la novela vasca, muy tardía en verdad, es Domingo de Aguirre (1864-1920), sacerdote y capellán de las Carmelitas de Zumaya. Auñemendiko Lorea (La flor de los Pirineos), publicado en 1898, es una novela histórica que narra la vida de Santa Riktrudis, discípula de San Amando. Autor reconocido de novelas costumbristas, publicó obras influyentes como Kresala8 (Salitre, 1906) y Garoa* (Helecho, 1912) (Cf. Olaziregi, M.J.: "Narrativa vasca del siglo XX").

La prosa vasca tendrá en el siglo XIX un soporte nuevo: el periódico. El primer intento lo tenemos en Ariel, periódico creado por Agustin Chaho, en 1844. El primer número salió íntegramente en euskara, pero los consecutivos lo hicieron en francés. La presencia del euskara se limitó a la inclusión de canciones vascas extraídas de su Cancionero.

Entre los almanaques, destacar el primero que ve la luz: Escualdun laborarien adiskidea (El amigo del labrador vasco) del abate Etcheverry, que se publicó anualmente de 1848 hasta 1914. En Guipúzcoa, aparece el Almanaque bilingüe, a partir de 1878, mientras que, algunos años más tarde, los suletinos tendrán el suyo con Almanaka üskara (El almanaque vasco) de Iribarne, que salió por primera vez en 1887.

Un buen exponente de la renovación y dinamización cultural que se dio en el País Vasco peninsular tras la segunda guerra carlista lo tenemos en la abundancia de revistas que se crearon. José Manterola fundó la revista bilingüe: Euskal-Erria (País Vasco) (1880-1918). En ella escribieron, los poetas Antonio Arzak (1855-1904), Francisco López Alen (1866-1910) y Ramón Artola (1831-1906), participantes todos de los Juegos florales de Antoine d'Abbadie. En el País Vasco francés, aparece, en 1886, creado por Berdoly con fines políticos, el periódico bilingüe Le Réveil basque, donde colaboró Jean-Baptiste Elissamburu. A este semanario republicano replicó Louis Etcheverry con la creación, el año siguiente (1887), de Escualduna (El vasco), órgano de la derecha en un momento de gran contienda electoral. Es un semanario bilingüe que, poco a poco, gracias a su director Jean Hiriart-Urruty (1859-1915) se va euskaldunizando.

El teatro vasco conoce un resurgir interesante durante el siglo XIX. Zuberoa continuará con su tradición de las pastorales, cuyos temas irán cambiando gracias a la inclusión, en ellos, de temas históricos. Pero el resurgir del teatro dramático tendrá su exponente más relevante en autores y obras de la Euskadi peninsular, con autores como Marcelino Soroa (1848-1902). Exiliado a Ziburu por haber escrito versos satíricos contra el rey Amadeo de Saboya, escribió una opereta titulada Iriyarena (De la ciudad) en español y que incluía extractos en vascuence, y fue representada en Ziburu, en 1876 y después en San Sebastián, en 1878. Sus obras posteriores, están escritas en Euskara: Antton Caicu (Antón el bobo) (1882), adaptación de la Farce de Maître Pathelin: Au da Ostatuba (Vaya una ospedería) (1884) y Alcate Berriya (El nuevo alcalde) (1885). José Artola, Victoriano Iraola y otros rondan la obra de Soroa. Este teatro popular tiene un éxito enorme en San Sebastián que viene a ser la cuna del teatro vasco en aquella época.

En también durante aquellos años cuando se desarrolla la ópera vasca con Pudente, de Serafín Baroja, padre del novelista Pío Baroja, con música de Santesteban (1885). A Raimundo Sarriegui debemos las composiciones Aita Pello y Luchi (1895). El Siglo termina con el famoso Txanton Piperri (1899), de Buenaventura Zapirain.

Vemos, por tanto, que la literatura vasca tuvo un desarrollo considerable durante todo el siglo XIX, en especial, en la segunda mitad del siglo. Los Juegos Florales permitieron el desarrollo de la poesía vasca, y el renacimiento cultural que se dio en el último cuarto de siglo, permitió el desarrollo de la prosa, en especial, de la novela. El periodismo, género surgido en este siglo, el teatro, la ópera... son los otros géneros que coexisten en este dinámico siglo.

El anhelo de unificación cultural tendrá su exponente en el famoso Zazpiak bat y el Congreso de la Tradición Vasca de San Juan de Luz (1897). Pero dicha unificación, en especial, la unificación ortográfica, será imposible tras los fracasos de los Congresos de Hendaya (1901) y de Fuenterrabía (1902). El surgimiento de dos asociaciones distintas, Euskaltzaleen Biltzarra (Reunión de amigos del Euskara) en el país vasco-francés y Euskal Esnalea (El despertar vasco) en la zona peninsular son muestra del peso cultural que, además del peso político, tiene la frontera.