ATXAGA, Bernardo

(Asteasu, 1951)

"Nací en Asteasu (Guipúzcoa) el 27 de julio de 1951, o eso es, al menos, lo que me aseguran personas de toda confianza. Fui bautizado en la iglesia de la localidad como "José", pues pensaban ellos, las personas de toda confianza, que los tiempos venideros iban a ser de mucho papeleo y que, a la hora de firmar, un nombre de muchas silabas sería un engorro. Me convertí así en José Irazu, y como tal anduve por colegios y universidades hasta que, en 1973, me licencie en Ciencias Económicas por la Universidad de Bilbao. Un año antes, en 1972, había tomado la rara decisión de inventarme un segundo nombre -algo más largo que el original: "Bernardo Atxaga"-, y de firmar con él una pequeña obra de teatro y un cuento.

Se dice de mí que siempre quise ser escritor, y que de esa voluntad llegaron todos los barros, tanto mi activismo literario -soy récord mundial en la especialidad CPP,"Conferencias en Pueblos Pequeños"- como mi actitud, quizás un poco ridícula, de escritor profesional. En realidad, recuerdo aquellos años, los setenta y los ochenta, como un desierto en el que era difícil encontrar una justificación al hecho de escribir en una lengua minoritaria y para una sociedad más favorable al panfleto que a la poesía. Si persistí en el empeño, ello se debió a que, a partir de la publicación de mis primeros libros (la novela Ziutateaz en 1976 y el poemario Etiopia en 1978) logré un centenar largo de lectores afines y el apoyo explícito de personas tan señaladas como el poeta Gabriel Aresti, el lingüista Luis Mitxelena, el gestor cultural Leopoldo Zugaza, el cantante Mikel Laboa o el novelista Anjel Lertxundi. Apoyo recibí también, y muchas cosas más -consejos, información, comentarios críticos- de mis compañeros de la revista Pott, en especial del escritor Jose Mª Iturralde y del músico Ruper Ordorika.

En 1988 publiqué el libro que me ha dado cierta fama, Obabakoak. Obtuve con él el Premio Nacional de Literatura, y además, gracias a las traducciones, una difusión que nunca había imaginado. Convertido ya en escritor bilingüe, escribí luego novelas como El hombre solo, Esos cielos y, recientemente, El hijo del acordeonista. Aparte, he firmado -siempre como "Bernardo Atxaga"- canciones, cuentos infantiles, relatos parateatrales, cuentos sueltos y poemas; un abigarrado conjunto de textos en los que no es difícil percibir la maniera de un escritor que, como diría un flamenco, logró atravesar el desierto de la única manera posible, tocando todos los palos y con un poco de ayuda".


(Atxaga, B., 2005, "Presentación al modo chesternoniano", in Olaziregi, M. (ed.), Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, Madrid.)


Mari Jose Olaziregi©

Bernardo Atxaga (seudónimo de Jose Irazu Garmendia) nació en Asteasu (Gipuzkoa) el 27 de julio de 1951. Seguramente, el deseo de emular a grandes autores de la literatura universal y la intención de esquivar la censura franquista fueron algunas de las razones que le llevaron a adoptar el seudónimo. Es licenciado en Económicas por la Universidad del País Vasco, miembro de la Euskaltzaindia-Real Academia de la Lengua Vasca y, ante todo, un apasionado de la literatura que ha demostrado que se puede ser genuinamente universal escribiendo en euskara.
Hablar de Atxaga hoy significa hablar del escritor en lengua vasca más traducido y premiado de todos los tiempos. El elenco de premios obtenidos incluye, entre otros, el Premio Euskadi (1989, 1997, 1999), el Premio Nacional de Narrativa (1989), el Premio Milepages (1991), el Premio Tres Coronas de los Pirineos Atlánticos (1995), el Premio Eusko Ikaskuntza-Vasco Universal (2002), el Premio Cesare Pavese de Poesía (2003), o el Premio de la Crítica Española (1978,1985,1988,1993,2003). En cualquier caso, suponemos que han sido los miles de lectores que Bernardo Atxaga tiene por todo el mundo, la buena acogida que ha tenido su obra, la que le ha llevado a estar incluido en programas universitarios internacionales o en listados de autores imprescindibles del siglo XXI, tales como el "21 Top Writers" propuesto por el periódico británico The Observer en 1999.
A lo largo de sus más de 30 años dedicados profesionalmente a la literatura, Bernardo Atxaga ha publicado libros de poesía (cf. Poemas & Híbridos, 1990), novelas, teatro, literatura infantil y juvenil, e incluso textos híbridos que gustan de jugar con las fronteras entre el ensayo y la ficción. Pero si hay algún libro que le ha hecho merecedor de elogios y galardones internacionales ése ha sido la colección de cuentos Obabakoak (1988). Traducido a 26 lenguas es, sin duda, el libro que convirtió a Atxaga el autor vasco más conocido fuera de nuestras fronteras, el más premiado. El paisaje afectivo de Obaba se describe como un infinito virtual donde la memoria del narrador va tejiendo un entramado sugerente de historias, historias que combinan la reflexión metanarrativa con estrategias de literatura fantástica. Para ello, el narrador de Obabakoak partía a un viaje intertextual que comenzaba con Las mil y una noches y terminaba con referencias a maestros de los siglos XIX y XX. Este homenaje literario se traduce en citas de cuentos (como el conocido El criado del rico mercader), en resúmenes (como los de los cuentos de Chejov, Waugh y Maupassant en Acerca de los cuentos), paráfrasis con transformaciones temático-formales (como Wei Lie Deshang), plagios (como en del cuento Torture par espérance de Villiers d?Isle Adam en Una grieta en la nieve helada), parodias, imitaciones y un largo etcétera. Por si estas referencias fueran pocas, títulos como Margarete y Heinrich, gemelos (cf. G. Trakl) o E. Werfell (cf. F. Werfel) nos hablan del sustrato expresionista de algunos cuentos del libro. Un viaje intertextual, en definitiva, que permitía al autor reflexionar en torno a las relaciones entre la literatura y la vida, o la lucha entre naturaleza y civilización.
Tras Obabakoak Atxaga ha publicado cuentos en diversas antologías colectivas, tales como Cuentos apátridas (Ediciones B, 1999), Relatos urbanos (Alfaguara, 1994), Una infancia de escritor (Edición de Mercedes Monmany. Xordica, 1997). También ha publicado libros en los que ha incluido su narrativa breve más reciente, tales como Un traductor a Paris i altres relats (catalán) (La Magrana, 1999) o Tres declaraciones (Fundación BBK, 1997). Alejado de la literatura fantástica, el autor se vale del humor e ironía para narrar unas historias en las que no renuncian al Atxaga más experimental y vanguardista.

Entre sus novelas destacaríamos Dos Hermanos (1985) (1995), una fábula moral sobre el sacrificio del inocente, y sus novelas realistas: El hombre solo (1993) (1994), Esos cielos (1995) y El hijo del acordeonista (2004). La primera de ellas, El hombre solo, ha sido traducida a 12 idiomas y galardonada con importantes premios tales como, el "Premio de la Crítica" en 1993, o el "Premio Euskadi de Plata" en 1994. También fue candidato, entre otros, al "Premio Aristeión" (1996) y al "International IMPAC Dublin Literary Award" en 1997. Tanto la crítica extranjera como la nacional fueron excelentes y subrayaron la calidad del texto. La novela puede ser considerada un thriller que narra la historia de Carlos, un ex miembro de E.T.A. que regenta un hotel junto a otros amigos y que un día decide esconder en su panadería a dos activistas de E.T.A. que días antes han cometido un atentado terrorista en Euskadi. El comportamiento de Carlos tendrá consecuencias terribles para el grupo. Pero El hombre solo cuenta ante todo la batalla interior que se libra dentro de Carlos, batalla que viene condicionada por su pérdida de ideales revolucionarios. Destacaríamos el tono lírico de la obra, su continuo recurso a imágenes y recuerdos, la utilización que se hace de espacios heterotópicos (el hotel), su excelente dosificación del suspense, o la amplia intertextualidad de conocidos autores marxistas.
Esos cielos (1995) es otro ejemplo de novela estructurada en torno a un personaje. La obra narra el viaje que realiza Irene en autobús desde que sale de la cárcel de Barcelona hasta que llega a Bilbao. La protagonista ha decidido reinsertarse y dejar la organización terrorista a la que pertenecía. El viaje entre Barcelona y Bilbao se convierte, de este modo, en un viaje interior de la protagonista. A través de los sueños y de los poemas que lleva en la maleta, Irene tratará de encontrar momentos de paz y hacer frente al futuro incierto que le espera en casa. Destacaríamos, de nuevo, la presencia de heterotopías en la novela, tales como la cárcel, el hotel, el autobús o el convento, o elementos que como el cielo sirven de forma recurrente para reflejar el interior atormentado de la protagonista.
El hijo del acordeonista (Alfaguara, 2004) es, sin duda, la novela más ambiciosa de Bernardo Atxaga. El rotundo éxito que ha tenido entre los miles de lectores vascos se ha visto confirmado por sus diez traducciones, o las críticas excelentes como la publicada en The Times Literary Supplement, donde se afirmaba que El hijo del acordeonista es la gran novela vasca de todos los tiempos. El protagonista de la novela, David, rememora desde su rancho californiano su infancia en Obaba, y el doloroso despertar ante el descubrimiento de los graves hechos acaecidos durante la Guerra Civil y posguerra. Pero esa Obaba que se nos perfila en la novela, ya no es un lugar donde suceden hechos fantásticos difíciles de explicar con la razón, sino una arcadia lejana, un pequeño locus amoenus donde habitan los felices campesinos a los que cantó Virgilio. Y es Virgilio, precisamente, el que también aquí guiará al narrador por los infiernos de su juventud. El bombardeo de Gernika, los terribles fusilamientos y desapariciones de la posguerra, o el estallido de la violencia terrorista en la década de los 60 planean sobre el cielo de Obaba. Y de nuevo, la restitución del pasado tiene una función ética en un texto de Atxaga, pues vuelve a recordarnos que la Historia es un discurso narrativo que ofrece una interpretación; una interpretación hecha, por supuesto, desde el lado de los vencedores. El lector vuelve a rendirse ante esa prosa de apariencia sencilla, donde el paisaje y los personajes vuelven a estar íntimamente ligados, o donde elementos repetitivos se tornan evidencias inquietantes de un peligro que acecha.
Y es que El hijo del acordeonista reclama una intensidad de lectura próxima a la del cuento chejoviano, y que sin duda tiene la virtud que Kafka reclamaba de los buenos libros: hace añicos ese mar helado que llevamos dentro. Historia y memoria, realidad y ficción, amor y muerte, son algunas de las dicotomías que subyacen a esta novela bien estructurada.


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© Foto: Basso Canarsa

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