ALONSO, Jon:
Objetivo Camembert

Los preparativos

(...)

A las nueve y cuarto estaba ya en el coche. Esperaba llegar sin problemas en cuatro horas, pero no quería ser impuntual ni andar con prisas; no quería pisarle demasiado al Golf, pues para entonces tenía ya acumuladas unas cuantas multas por exceso de velocidad. Estaban todas recurridas y jamás había pagado ninguna, es cierto; pero aun así, siempre es un engorro algo enojoso que te denuncien.

A las dos menos veinte de la tarde el coche estaba en el garaje del hotel, mi equipaje en la habitación, y yo recién sentado en la cafetería del Habana. Quería un martini con sifón y una gota de ginebra, lo cual trasladé al camarero empleando cuidadosamente la palabra "soda", que en determinados lugares es la única manera de tomarse un martini con sifón sin que te miren de arriba abajo. Aquel cuarto de hora me vendría bien para habituarme a aquella atmósfera, para tranquilizarme y ordenar las ideas tras cuatro horas de viaje. ¡Y un pimiento! Para cuando el camarero me trajo la bebida y los inevitables cacahuetes, una zarpa se depositaba en mi hombro. Era Imanol, que, precavido, también había preferido llegar temprano al lugar de la cita. Antes de que Imanol y yo hubiéramos terminado de intercambiar los saludos de rigor, fueron llegando las demás personas convocadas a aquel encuentro.

El primero fue un hombre de pelo blanco de unos cuarenta años, "el señor Fuentes, contratista", según la presentación de Imanol. Para qué negarlo, Imanol y yo nos conocemos bien, hemos desarrollado una suerte de código particular, así que la gesticulación que empleó al presentarlo, así como algunas significativas expresiones que vertió en las palabras con que lo hizo, me hicieron llegar un determinado mensaje. Aún bajo la influencia de Argensola, interpreté el mensaje que me enviaba Imanol bastante a mi manera: "Éste, ni se llama Fuentes ni es contratista". De acuerdo, pensé. A saber quién es el tal Fuentes. En situaciones como ésta es bastante habitual que uno, o vario, o todos los presentes utilicen identidades falsas, así que lo único realmente reseñable era que Imanol había tenido el detalle de hacérmelo saber. Sin embargo, Imanol también me había dejado muy claro que quería que yo tratara al tal Fuentes de manera amable y educada. ¿Quieres beber algo más?, le pregunté yo entonces como si nada, para hacerle ver que había captado el mensaje. No, no, así está bien, me respondió él, con una expresión que quería decir, conforme. Por su parte, al tal Fuentes nuestro jueguecito le daba exactamente igual. Fuera quien fuera, actuaba con seguridad, sin vistos de preocupación. Sus modales eran educados y afables, se veía que era persona desenvuelta, acostumbrada a hacer que los demás se sintieran cómodos. Tenía escuela. Cuidado, pensé, éste no es trigo limpio, éste es más escurridizo que una anguila. Esta sensación particular se agudizaba porque me daba la impresión de haber visto ya en alguna otra parte al canoso Fuentes. Y la verdad es que no conozco muchos contratistas. No por nada, sino porque no es mi especialidad.

Fuentes me hizo una pregunta que me sorprendió, ¿sabe francés?, inquirió. La verdad es que, entonces, mucho no sabía; y cuando empecé a decir algo, tras calcular cuál sería el modo más adecuado de explicar, de forma breve y concisa cuál era mi nivel, aparecieron los otros dos invitados. Un hombre alto y delgado con los cuarenta ya bien cumplidos y una mujer rubia, en torno a la treintena, con todo el aspecto de quien recién llega de rodar con Belmondo una película sobre la resistencia; sólo le faltaban la bicicleta y la característica boinita ladeada con que se suelen adornar todas las chicas que trabajan para la resistencia, al menos en las películas. Demonios, esto se está poniendo interesante, pensé. Monsieur Carreaux, Madame Lasalle, me hicieron saber. Intercambiamos unos torpes saludos, Carreaux me estrechó la mano y todos nos excusamos por no conocer el idioma de los demás, ellos en un precario español e Imanol y yo en putapénico francés. La joven sacudió la cabeza, y eso fue todo. Vamos a comer, dijo alguien.

Fue Fuentes quien llevó el hilo de la conversación. Se expresaba en francés bastante mejor que yo, y no digamos que Imanol, y además, era evidente que su papel de conductor estaba ya pactado de antemano. Represento los intereses del señor Carreaux y la señora Lasalle, dijo, o algo parecido. La mujer, es decir, Lasalle, hablaba algo de español. Fuentes fue rápidamente al grano.

¿Conoce usted al pintor francés Henri Tolouse-Lautrec? Esa fue la pregunta que me lanzó.


Primeras noticias del Camembert

Durante la comida fue Fuentes quien más habló. Imanol no dijo casi nada. Enseguida sospeché que su único cometido había sido precisamente llevarme hasta aquella mesa. Según me dijeron, Carreaux, Yves Carreaux, era coleccionista de arte, y también marchante, tenía una galería en París. Margot Lasalle era su secretaria. Carreaux no hablaba casi español, y cuando tenía que decir algo se dirigía a Lasalle o a Fuentes, sobre todo a Lasalle, y luego ellos me lo transmitían a mí. A pesar de que mi competencia en francés es limitada, sobre todo en lo tocante a la expresión oral, al menos era suficiente para entenderle sin necesidad de traducciones.

La cuestión era que Carreaux quería información sobre un cuadro determinado y preciso de Tolouse-Lautrec, el conocido con el nombre de Naturaleza muerta, con un plato de Camembert, un vaso y un cuchillo. Al parecer el cuadro tenía una historia muy particular, y por si fuera poco, había desaparecido. Es decir, había desaparecido si es que el pintor había llegado alguna vez a pintarlo. ¿Cómo?, pregunté, extrañado. En principio, aquel embrollo parecía bastante complicado. Y sobre todo, por encima de mis posibilidades. Si no me equivoco, les dije, quien mejor podría responderles a lo que solicitan sería algún experto que conozca en profundidad la obra de Lautrec. Y seguro que hay muchos a lo largo y ancho del mundo. Se miraron unos a otros sin decir nada, al principio. Seguramente, sí... pero era un tema delicado. ¿Delicado? ¿Hasta qué punto delicado? El asunto era que Carreaux creía saber dónde estaba el cuadro. Comuníqueselo a las autoridades, hágaselo saber a la dirección del Museo de Albi, respondí yo. Sí, continuó él, pero ¿es auténtico el cuadro? Es decir, ¿no se trata de una falsificación? ¿Habrá expertos que puedan certificar la autenticidad de la obra de Lautrec, no?, insistí.

En ese punto intervino Fuentes. Con un discurso ajustado y un estilo y una elegancia que yo jamás conseguiría, me hizo saber que el señor Carreaux podría tener, de forma totalmente legítima, claro está, intereses económicos en aquel descubrimiento, y que la defensa de tales intereses exigía, por su parte, la obtención de determinadas informaciones así como una absoluta discreción. La información estaba garantizada en caso de recurrir a expertos, o de acudir a aquellas personas a las que, por su dedicación, cabía considerar como los guardianes de la memoria del pintor; pero no la discreción. Y justamente eso, que la noticia no se difundiera, podría resultar enormemente perjudicial para los intereses económicos absolutamente respetables del señor Carreaux.

No es que me pareciera ni bien ni mal. Es que la mentira era demasiado evidente. Así que entonces yo les planteé la única duda que podía poner sobre la mesa sin herir susceptibilidades, perfectamente razonable y muy evidente, por lo demás: ¿Acaso no había en toda Francia, con todo lo grande que es, nadie capaz de hacer lo que me pedían? Para ese momento Imanol me había lanzado varias miradas de advertencia en las que se leía sin asomo de duda que si pudiera me estrangularía con sus propias manos.

Fue entonces cuando intervino Margot Lasalle. Suave, lentamente, con un marcado acento francés, confundiendo deliciosamente los artículos y los géneros. Tal vez el señor Enekoitz Ramírez estaba demasiado ocupado. Tal vez por eso no quería aceptar el trabajo que le ofrecían. Tal vez el señor Ramírez no había comprendido bien qué era lo que se esperaba de él. Sería ella, Margot, la que se ocuparía de las relaciones y los contactos entre Yves Carreaux y yo, pues no convenía que nadie nos relacionara. Ella sería el contacto. Me miró de frente y un destello de incitación, de desafío, de burla brilló en sus ojos. Un destello que rápidamente hizo desaparecer, aunque durara lo suficiente para que yo lo captara. ¿Mediría siempre así de bien sus manifestaciones?

De acuerdo, dije, después de carraspear un poco. Pero que quede claro que yo soy un profesional serio; cumpliré lo que hemos acordado y espero un trato recíproco de su parte. Si no, nuestra relación quedará inmediatamente disuelta.

Finalizada la reunión, Imanol y yo nos sentamos en el bar del hotel, con sendos maltas en la mano. Joder, por un momento he creído que te ibas a rajar, pedazo de lerdo, me dijo Imanol, si llegas a decir que no, te dejo seco allí mismo, cacho cabrón. En qué historia me has metido, pregunté. Tranquilo, hombre, Fuentes es un punto interesantísimo, es de fiar, hay mucho que ganar con Fuentes. Pero en qué líos andan metidos, volví a preguntar. Ni puta idea, fue la respuesta.

Así son las cosas en nuestro negocio, en ocasiones. Resulta que el cabrón de Imanol no sabía nada. Los franceses habían buscado a Fuentes, Fuentes a Imanol, e Imanol, que seguramente le debería algo -por lo menos favores, seguro-, me había liado a mí. Y el muy perro de él encima lo admitía sin rubor, admitía que no sabía qué se traían entre manos, que no tenía ni puta idea. Menudo viaje tiene la tal Margot, ¿eh?, me dijo Imanol, para animarme, supongo. ¡Secretaria, tú, secretaria! Por lo menos no ha dicho que era su sobrina. No te quejarás, ahora ya tienes compañía.

Podía intuir cuáles eran los planes de Imanol a partir de ese momento, y también que la única razón por la que hubieran podido interesarme habría sido sacarle más información. Pero esa razón quedaba invalidada precisamente por el hecho de que él no sabía nada. Así que, antes de que aquello se complicara, le dije que pensaba ir al Bernabeu y luego a dormir. A Imanol no le gusta nada el fútbol; estoy seguro de que a pesar de haber estado mil veces en Madrid ni siquiera conoce el estadio. Era un procedimiento para quitármelo de encima. Y una leche. ¿Oye -me dijo-, tienes habitación aquí? Yo también. De acuerdo. Te acompaño al fútbol. No lo vas a creer, he estado mil veces en Madrid y todavía no he pisado el Bernabeu.

A veces pasan cosas así, mala suerte. Ya que era seguro que tendría que aguantar a Imanol durante algunas horas, al menos intentaría sacarle información. Por mucho que dijera que no sabía nada, algo, lo que se dice algo tenía que saber. Así que empecé a preguntar. Quién es Fuentes, cuál es su verdadero nombre, quiénes son los franceses, qué quieren en realidad. ¿Tú crees que es normal que alguien me mande a Francia haciéndome pasar por un becario? ¿Qué, tengo que meter la pistola en la maleta, o no? Imanol aguantó el bombardeo con una carcajada. Coño, ¿una pistola? ¿Cuál, la del munipa? ¿Todavía la guardas? No, hombre, no; no hace falta que lleves pistola, Fuentes me ha jurado que el asunto no es como para llevar pistola, ya te irán poniendo al tanto los franceses poco a poco, ya verás, yo no sé nada pero me fío, parece que es una historia delicada así que por ahora haz lo que te digan. ¿Qué pasa? No te has creído nada, ¿verdad?

A partir de aquel momento no conseguí sacarle gran cosa. Ni siquiera quién era realmente el tal Fuentes. ¿Me tomas por gilipollas? No, claro que no me he creído nada. Yo tampoco, me confesó al final Imanol, pero qué quieres que te diga, así es la vida: sin ir más lejos, fíjate en ese reloj que llevas en la muñeca y que tan orgulloso enseñas. En la plaza de Callao cualquier moro te vende uno por mil pelas; ese reloj ni es de oro, ni es un Rolex. Y si me apuras, ni siquiera es un reloj.

Coño, Imanol, exclamé, ¿también tú lees a Argensola? No lo entendió, claro. ¿Qué?, preguntó. Que a ver si tú también te has dado cuenta de que es falso. Pues claro, por supuesto. Entonces vámonos para el Bernabeu.


© Alonso, Jon. Objetivo Camembert, Tarttalo, 2004

© Traducción: Bego Montorio