AZURMENDI, Joxe:
Euskal Herria en crisis
Violencia y búsqueda de nuevos valores
¿Dónde se cita hoy, sobre todo, esa cuestión de los valores? Indudablemente, en lo que respecta a la violencia, supongo.
Los valores son importantes, pero... ¿para quién? Al parecer, para todos, porque todo el mundo anda con sus valores para acá y sus valores para allá. De todos modos, a decir verdad, ignoro para quién lo son. O, al menos, no estoy demasiado seguro. Por tanto he de confesar, para empezar, que incluso yo mismo me hallo bastante incómodo en estas aguas. No sé bien qué son los valores, de dónde provienen, hacia dónde se dirigen, ni por qué ni para qué son importantes. Casi nada tengo muy claro. Y hoy os voy a hablar desde esta incomodidad, desde mis dudas y mi inseguridad sobre este asunto.
A veces, cuando escucho ciertas exaltaciones de valores, tengo la sensación de que, bajo ese disfraz, se nos intenta colar la moral. Y me siento francamente molesto, comprobando que toda la operación no consiste sino en eso. Es que no se trata de cualquier moral, sino de una muy concreta. La sempiterna moral tradicional, ahora con otro collar. Tal vez un puro y renovado franquismo, sin más. En efecto, ya que, al parecer los jóvenes no se muestran dispuestos a escuchar nada sobre moral, se le llama valores: un "vivimos una aguda crisis de valores" es mucho menos desagradable de oír y más moderno que un "la moral está en crisis" de regusto eclesiástico. Así, pues, profiriendo frases como "se han perdido los valores" o "los jóvenes desconocen los valores", se lamentan algunos de que haya desaparecido aquel viejo orden "de siempre" que amarraba corto a la sociedad. Y con eso se pretende afirmar, fundamentalmente, que hay que disciplinar a los jóvenes con arreglo a la vieja escuela; y que ya es hora de instaurar severamente el orden en nuestras calles y aulas. Y eso está muy bien visto, depende de qué uso se haga de determinados valores: de la tolerancia, por ejemplo. (La tolerancia siempre ha sido el principio de salvaguarda de la diferencia y del "desorden": ahora se utiliza en defensa del orden, como si el orden no contara ya con suficiente defensa por estos andurriales).
Por otra parte, no cabe duda de que los valores han devenido importantes en la actual sociedad: pero aún más importantes (lo más importante, tal vez) parecen serlo para el Poder, sus sostenes y sus abogados. Lo cual resulta curioso. La crisis de valores y su reivindicación aparecen hoy más a menudo en el discurso político que en el filosófico o religioso. Sintomático, ¿no? Sintomático de muchas cosas. No voy a negar que eso sea síntoma de lo profundo de la crisis política que nos afecta. Pero también lo es de las encarnizadas tentativas actuales del Poder por penetrar hasta el fondo de las conciencias, apoderarse de ellas y manipularlas. Si bien ese afán del Estado por invadir las conciencias ha existido siempre, me atrevería a decir que en estos últimos tiempos aparece entre nosotros sin el menor resquicio de vergüenza, en nombre de una agresiva imposición de valores sanos y democráticos, utilizando para ello la colaboración de los media audio-visuales y las movilizaciones de masas.
El monstruo del relativismo
Ahora toca solidez en eso de los valores. Ése es el discurso oficial, el de todos los demócratas y el de todos los españoles "bien nacidos" -así lo afirma, en una tentativa de evaluación segura de su dudosa persona, la honesta gente demócrata que debe de considerar a los demás unos hijos de puta-. Nuestra bandera es, por encima de todo, ¡vivan los valores! Aquí no cabe ni no entender demasiado de estas cuestiones, ni preferir quedar al margen de santas cruzadas, ni albergar dudas. Únicamente se toleran seguridades absolutas y tabernarias. Joseba Zulaika, por ejemplo, realizó un estudio, pretendiendo considerar antropológicamente el fenómeno de la violencia vasca: en qué contextos sociales y culturales se daba, qué significado simbólico poseía, etc. Al trabajo investigativo de Zulaika se le podían hacer diversas críticas pero, en mi opinión, han escogido precisamente la imposible: que si supone un relativismo de los valores, que si no condena suficientemente la violencia... Considerarla antropológicamente, al parecer, es no considerarla. Y el quehacer de la investigación no es explicarla, sino condenarla.
Otro caso: alguien ha escrito que, a lo largo de la historia, todo sistema ha poseído una regulación de legitimación y deslegitimación de valores, incluidas la legitimación y deslegitimación de la violencia; y que esa regulación sólo es válida desde dentro del sistema y en coherencia con los presupuestos del sistema, ya que fuera del sistema todas las regulaciones tienen un valor relativo 1. (Por ejemplo, en el cristianismo sí pero en el paganismo, no; o, de otro modo, sí en el código moral del samurai del Japón pero no en el de un monje budista). Sinceramente, no sé si se podía haber dicho algo más elemental, ni siquiera algo más democrático o, si se prefiere, algo más "moderno" que eso. Pero a unos que se las dan de superdemócratas defensores de la democracia ahí no les queda más remedio o salida que leer la apología del fascismo y "planteamientos totalitarios de un ideólogo abertzale" (J. Juaristi) -de ese libro se podía haber escogido algo más indicado, si eso era lo que buscaban, pero esa es la frase que todos alegan- 2. Si antes un demócrata había afirmado que "le fanatisme parle basque", hoy tendremos que decir que "el fanatismo habla en lengua demócrata".
Me hallo bastante escéptico, por tanto, en mi papel de espectador de toda esta comedia de los valores. Y confieso, al mismo tiempo, que hoy sería importante llevar a cabo una reconsideración, más aún en Euskal Herria.
Lo que le vuelve a uno escéptico en ese debate de los valores no es sólo que públicamente se le exija a todo el mundo la marcialidad de los valores. Uno, desde luego, no puede comprender qué puede tener que ver más a favor de la violencia de ETA que en su contra el hecho de profesar hoy el relativismo de los valores.
Y tampoco se entiende lo opuesto, es decir, cómo ayer, a juicio de algunos de esos mismos autores (no hace mucho incluso los más "postmodernos" se alineaban en esa postura), se pretendía que el relativismo de los valores fuera válido precisamente contra aquella violencia. Parece que, en principio, la práctica y justificación de la violencia, contempladas desde la perspectiva histórica, pueden estar tan estrechamente ligadas con los valores absolutos como con los relativos. Y así sucede, dentro de la mayor racionalidad. Pero, por lo visto, algunos intelectuales que viven obsesionados con ETA piensan que, si ellos son relativistas, los de ETA necesariamente han de ser absolutistas; y cuando ellos son apóstoles de férreas, austeras y certeras morales, entienden que el relativismo de los valores equivale a la apología de ETA. Pero no tiene por qué ir uno de la mano de la otra, a no ser que nosotros, a priori, hayamos decidido que deba ser así. Al contrario, parece condición paradójica propia de épocas de profundas crisis el hecho de que, en teoría o intelectualmente, las dudas y la prudencia manden por igual en el espíritu y en la práctica y en la acción, sin embargo, la fortaleza y la firmeza. Aunque observamos que continuamente se tiende a mezclar ambas esferas. Se nos pretende hacer creer que un activista radical forzosamente tiene que ser un dogmático. Y no tiene por qué serlo. Tenemos a Descartes como maestro en el debate: intelectualmente hay que dudar absolutamente de todo, siempre; pero en la vida práctica no muestra la mínima indecisión, hasta el punto de considerar el arrepentimiento como algo inadmisible. La acción ha ser absolutamente sólida. La segunda norma de la "moral provisional" cartesiana prescribe, a la hora de la acción, para abandonar todo género de duda y actuar determinadamente: lo absoluto no es la razón favorable a lo acordado (dudosa, por lo tanto), sino la decisión de continuar firmemente por el camino elegido 3. No veo, por tanto, por qué se ha de identificar una acción radical con un pensamiento dogmático. De igual modo, aseverando que todos los valores son relativos, nadie afirma que cualquier cosa le dé igual, que todo es libre en el mundo, que le importa todo un pito y que viva la violencia 4. Algo así podrían pensar tal vez Sade, alegre, o Dostoievski, aterrado, pero no nosotros, a estas alturas 5. Ni, del mismo modo: si todo es relativo, es absurdo pelear, dejémonos de monsergas. En resumen: no tienen mucho que ver las opiniones y debates sobre el hecho de que los valores sean absolutos o relativos con el problema de la legitimación o deslegitimación de la violencia. (Sí, quizá, con el problema del espíritu o disposición a buscar soluciones al problema de la violencia. Es muy posible que, quien considera absolutos los valores, también estime parecidos los modos de solución). Entretanto, viendo dónde nos hallamos, ¡cómo no vamos a mostrarnos escépticos en lo relativo a valores, con tanto filósofo periodista y político charlatán profesor de moral, habitualmente malediciente!
En este asunto afloran múltiples razones a favor del escepticismo. Y una de ellas es la propia experiencia filosófica. Como estudiábamos en nuestro tiempo, todos aquellos sofistas insustanciales que enseñaban en Grecia el relativismo de todos los valores fueron vencidos por el bravo Platón. Él puso en su lugar, firme, a la Verdad eterna de siempre y al Bien último, verdaderos cimientos metafísicos de la cultura occidental y de la racionalidad científica. Posteriormente hemos debido aprender a no estar tan seguros ni de Platón ni del platonismo, y sigilosamente nos hemos despedido de la metafísica, de todas sus Ideas eternas y de su Bien absoluto. Aún así, en lo más hondo de mí ha quedado enquistado un gran recelo con respecto a los sofistas; y no precisamente hacia aquellos audaces y fenomenales sofistas de la Grecia clásica, sino hacia estas copias comerciales periodísticas de hoy, hacia esos sofistas posmodernos actuales; hacia esos para quienes todo valor es relativo, todo valor es igual. Que son muchos más numerosos de lo que suponemos. Y a menudo nos intentan hacer ver que la democracia está al ras de ese pensamiento. De la relatividad de todo valor los sofistas griegos deducían la importancia del discurso y de la retórica. (Tal como de la jerarquía esencial de los valores Platón dedujo la importancia de la lógica y de la metafísica). Para los sofistas lo decisivo no era quién tenía el mejor valor o la mejor verdad -ya que, "de por sí" no es uno mejor que otro-, sino quién poseía el mejor discurso para convencer lealmente a los demás. Por eso la ciencia más importante en la democracia era la retórica, la argumentación pública. Y para lograr eso peleó Platón en su Academia, enseñando dialéctica. Pero actualmente y con frecuencia se razona eso mismo de una manera en que jamás lo hubiera hecho un sofista griego 6.
1.Azurmendi, J. Demokratak eta biolentoak, Elkar, Donostia, 1997, pág. 27.
2.Martinez Gorriarán, C. "Los moralistas, los estúpidos y los asesinos", Diario Vasco, 31.01.1998; Mina, J. "Horóscopo vasco", El País, 08.02.1998; Unzueta, P. "Ámbito de decisión", El País, 12.02.1998; Juaristi, J. "La sublimación de la desdicha", Archipiélago, nº 32, 1998.
3.«Mi segunda máxima era tratar de ser lo más firme y resolutivo posible en mis acciones y escuchar, no obstante, las opiniones más dubitativas hasta que, una vez verificadas, me haya decidido de una vez por todas.» (DM, III Partie). «(...) En cuanto a los hábitos, a veces es necesario escuchar las opiniones reputadas como más inciertas, incluso si fueran incuestionables » (IV Partie).
4.Así interpretado, sí, es razonable (¡lo que no es razonable es pretender siempre entender así el relativismo!), porque el relativismo parece que se contradice en una la vieja objeción, al suponer que las afirmaciones "el relativismo es una teoría verdadera" y "el relativismo no es una teoría verdadera" sean ambas equivalentes y verdaderas.
5.Es decir, para nosotros, «el fracaso del raciocinio» tiene sustitutos («la ética del discurso », etc.), la consecuencia no es el vacuum moral.
6.Para un griego, incluso si es sofista, la primacía de la Naturaleza es incuestionable. La revolucionaria aportación de los sofistas consiste, precisamente, en la distinción Naturaleza/Ley, base fundamental de sus reflexiones. Para nosotros, por el contrario, ese fundamento ha perdido toda su importancia.
© Azurmendi, Joxe. Euskal Herria krisian [Euskal Herria en crisis], Elkar, Donostia, 1999
