BORDA, Itxaro:
El reino de los cielos
Maiana Artoiz, la hermana pequeña de mi padre, llegó al apartamento que su hijo mayor Frantxua tenía en Baiona después de tomar el autobús en el cruce de Otsabide. La mujer estaba ya harta de las continuas peleas con su nuera; Marys no veía en ella sino defectos y errores, y en ocasiones también su hijo Jakes la reprendía, siguiendo los pasos de su esposa. Lo cierto es que Maiana jamás hubiera imaginado una vida como aquella, en su propia casa. Por la noche, al acostarse, se deshacía en lágrimas pensando en lo triste de su situación tras la muerte de su marido, aunque tampoco él la había tratado demasiado bien. Finalmente, una mañana, cuando se sentaron a la mesa de la cocina para desayunar, les anunció su gran decisión:
Me voy a vivir con Frantxua.
Por mí, como si quieres irte al infierno respondió Marys, soltando una insolente carcajada.
¡Al menos Frantxua me tratará como a una persona! suspiró, y se fue a dar de comer a las gallinas, pues ya se oía su cacareo en el suelo embarrado por la lluvia.
A partir de ese momento, Marys no volvió a dirigirle la palabra y Jakes rehuía su mirada. Así que, tras llamar por teléfono a Frantxua, Maiana pasó cinco o seis días preparando sus escasas pertenencias.
Tampoco Frantxua se entusiasmó con la idea de que su madre fuera a vivir con él. Recalcó que el apartamento era pequeño, que volvía cansado del trabajo y que necesitaba estar solo. Pero desde niño había demostrado tener buen corazón y, finalmente, no le quedó más remedio que ceder y aceptar la petición de su madre. Las dudas y vacilaciones de Frantxua despertaron en Mariana un profundo temor: ¿con quién iba a hablar, si nadie deseaba su compañía? ¿Tendría que acudir, como Janina la de Etxepare, a la residencia de ancianos de la capital del cantón? No sabía qué hacer, cómo actuar. Aún así, en el fondo de su alma resonaba el tibio sí de su hijo como una débil señal de amor. Aseguró a Frantxua que sería por poco tiempo, que no podía seguir viviendo de aquella manera, que su nuera la trataba mal y que pronto podría alquilar su propio apartamento en Bayona, porque en fondo le daba lo mismo la ciudad que el caserío, con tal de disfrutar de un poco de paz. Tras escuchar aquellas condiciones Frantxua accedió, repitiendo en voz alta que era una solución provisional.
La víspera de partir hacia Baiona, Maiana se acercó al apacible abrevadero que había cerca del caserío Iratzeta. Se sentó bajo un alto y verde roble, con su perro al lado, sofocada por el esfuerzo de la caminata. El pasado, esa turbia telaraña, se adueñó de su pensamiento y el recuerdo de sus cinco hijos sacudió su mente. Frantxua era el mayor, Jakes el segundo, y luego venían Anttoneta, Terexa y León. Excepto Jakes, todos habían volado fuera de Otsabide, Anttoneta a París, León y Frantxua a Baiona, al parecer tras recorrer toda Europa de trabajo en trabajo, y Terexa se fue a vivir a Marsella después de casarse con Mustafá. A pesar de haber acabado como funcionarios de nivel inferior, todos ellos tenían buenos oficios, y Maiana estaba convencida de que si los hubieran animado algo más hubieran podido conseguir una mejor situación. Pero en el caserío no había dinero y su marido odiaba a los que estudiaban. Frantxua, por ejemplo, tenía que soportar un buen sopapo cada vez que su padre lo encontraba con un libro en las manos, y después lo mandaba inmediatamente a abonar la tierra. Entonces el muchacho esparcía con rabia los montones de helecho y argoma mezclados con estiércol por los escarpados campos, repitiendo una y otra vez que estaba maldito. Todos salvo Frantxua habían tenido hijos, y Maiana contaba ya con ocho nietos a los que, en su opinión, veía demasiado poco. Había pasado muchas penas y esfuerzos para sacar adelante a sus hijos, pero concluyó que tenía una valiosa descendencia.
Maiana recordaba haber envuelto a Frantxua en un manto de cariño: no sabía por qué, pero siempre había imaginado que el primer fruto de su vientre sería una niña. Sin embargo, lo que surgió entre gritos, chillidos y sangre fue un machito con su pequeño pitilín. Su marido y sus suegros se alegraron al saber que el primer vástago de la familia era un varón. Incluso Peter, que vivía ya en los Estados Unidos, le envío aquel año una felicitación en la que añadía que no podría acudir al bautizo del niño, al que habían llamado Frantxua en recuerdo al hermano mayor de Maiana que perdió la vida en las trincheras de Verdún. La venida al mundo del futuro señor de la casa se celebró con la mayor de las alegrías, pero poco después el bebé enfermó de hepatitis, y la necesidad de cuidarlo con especial atención se impuso a todo lo demás. Lo llevaron a toda prisa al hospital de la capital en el dos caballos azul oscuro de Xarlestegi, el único en todo el pueblo que tenía un coche. En el robledal de Iratzeta, Maiana cerró los ojos: las lágrimas aún acudían a sus ojos al recordar las imágenes de aquellas noches en blanco con el niño en brazos, envuelto en mantas y pañales y debilitado por la enfermedad. No dejaba de pensar que Frantxua iba a morir y jamás consiguió desterrar aquella terrible duda de lo más profundo de su mente. Los hijos que vinieron después no tuvieron ningún problema de salud, nacieron y crecieron como flores, fuertes, vigorosos, aparentemente seguros del camino que debía tomar cada uno.
Ella y su difunto marido Jean solían mantener agrias discusiones sobre el futuro, especialmente por las noches, cuando, solos, se retiraban a dormir.
¡No podemos dejar que un afeminado como Frantxua gobierne la casa!
Aunque sea débil de salud, es un muchacho hábil y trabajador.
Tú siempre te pones de su parte. Tenemos dejar la casa en manos de un hombre de verdad.
Yo prefiero al dulce Frantxua antes que al violento Jakes.
¡Pues será Jakes, y punto!
El hombre interrumpía bruscamente la conversación de Maiana, y rendidos por el peso del silencio se acostaban dándose la espalda, como llevaban haciendo un cuarto de siglo. Jakes sería por tanto el dueño de Artoiz, y la mujer, resignada, murmuraba, que así sea. Pero lo cierto es que Frantxua era demasiado delicado para dedicarse a la agricultura, le gustaba estudiar y podía pasarse horas resolviendo problemas de aritmética. En ocasiones, cuando ya estaba decidido que Jakes se quedaría en el caserío y los demás saldrían fuera, Maiana ayudaba a Frantxua, con su sola presencia, mientras cosía o hacía punto, cuando él se enfrascaba en los deberes de la escuela, tras ordeñar las vacas y las ovejas. Se quedaba en un extremo de la mesa de la cocina hasta que se extinguía el fuego, preparando exposiciones o traducciones del latín, con voluminosos diccionarios a su lado. Al verlo así, Maiana recordaba a su hermano Gilen, sacerdote y dos años mayor que ella: cuando volvía del seminario a pasar las vacaciones repasaba en voz alta oraciones de latín y griego mientras los dos vigilaban el ganado a la orilla del río; tal vez fuera el sonido de aquellos idiomas muertos lo ella que buscaba a través de los estudios de Frantxua.
Cuando bajó del autobús en la cuesta de la catedral de San Andrés, fantaseaba con la idea de que Frantxua, al igual que Gilen, se haría sacerdote. Pero al acabar la escuela el muchacho no tomó el camino del seminario sino el de una fundición en la zona oeste de Baiona, para ocupar un empleo que consiguió gracias a un vecino del pueblo. Allí trabajaba desde entonces, en una inmensa fábrica a orillas del Adour, sin bien la plantilla iba reduciéndose con el paso del tiempo. Allí acudía todas las mañanas, para acabar el día asfixiado por el olor del hierro colado y abrumado por el retumbar de los grandes martillos. Eso era al menos lo que él le contaba, si bien algunas gentes malintencionadas, mirándola de reojo, le daban a entender que era muy otra la forma de vida de su hijo preferido. A pesar de todo, Frantxua era un buen hombre, aunque no se hubiera casado.
Sea como fuere, el conductor del autobús colocó en el suelo los bultos de la anciana y ella se dio cuenta de que allí terminaba su viaje. En sus sesenta años de vida tan sólo había ido cuatro veces a Baiona, y al ver las torres cuadradas de la catedral se sintió algo desorientada. Miró a un lado y a otro y se preguntó a sí misma:
¿Dónde está Frantxua? ¡Tenía que venir a buscarme y no aparece por ninguna parte!
Con una sonrisa maliciosa en los labios, el conductor le preguntó, como si hubiera adivinado sus pensamientos:
¿Sabe dónde vive?
Por supuesto que sí. Tengo su dirección apuntada en este papel.
Lo mejor es que vaya andando, no queda muy lejos de aquí.
El apartamento de Frantxua estaba en la calle de los Vascos. Maiana sujetaba firmemente el bolso, pues había oído decir que Baiona estaba llena de ladrones. Entró al corazón de la ciudad por la calle Pannecau; la gente hablaba a gritos, mezclando idiomas y gestos. Los coches hacían estremecerse los bordes de las aceras al pasar a gran velocidad. Maiana avanzaba con la mirada puesta en las maravillas que se exponían en los escaparates. Caminaba despacio, a riesgo de tropezar con la gente que no veía. Sabía que era un barrio de mala fama, se lo había contado su hermano mayor, puesto que cuando Gexan realizó su instrucción militar en el cuartel de Baiona, en 1944, los insensatos mandos del ejército los llevaban a los burdeles del Petit Bayonne para que los jóvenes campesinos se quitaran de encima el barro que aún traían y se civilizaran un poco:
Se llamaba Maialen... le explicaba su hermano, con una sonrisa pícara en la mirada. Me decía "ven aquí, chaval, que te voy a enseñar dónde meter esa tranca". En el local resplandecían luces rojas, azules y amarrillas, y nos dieron de beber en abundancia, tal vez porque nos dirigíamos a la guerra o a los campos de trabajo forzado. Maialen se me sentó en las rodillas y me metió la lengua en la boca, retorciéndola como si se tratara de una serpiente a la que le han dado un golpe con la azada. ¡En la vida había sentido algo así, Maiana! Según lo que decía el cura, me estaba convirtiendo en un pecador... ¡Aquello sí que era bueno! Entonces un hombre entró en el bar atropelladamente gritando que la radio de la Francia Libre había anunciado la llegada de los americanos para liberar Europa. Sin dudarlo un instante nuestro cabo suletino llamó a las tropas reservistas y volvimos a toda prisa al cuartel. Xarles no tuvo ni tiempo de subirse los pesados pantalones: ¡había que verlo! Cuando empezamos a caminar en la oscuridad por la calle Pannecau, oímos cómo las chicas reían a carcajadas.
Al pasar frente al Hotel Barmon, Maiana tuvo la seguridad de que había sido allí donde su hermano se encontró con aquella Maialen de quien después tantas veces hablaría. Entre tanto, un aroma a pan recién hecho le cosquilleó la nariz y sintió hambre: hacía ya bastante tiempo que había salido de Artoiz, sin desayunar. Cumplió su sueño de comprar un croasán; ¡en el caserío no había esas cosas! Señaló al dependiente lo que quería con el dedo y luego, en el puente Pannecau, mirando al río, apaciguada, devoró el dulce. Dos policías examinaron de arriba abajo a la mujer vestida de negro, como si en lugar de una persona se tratara de un extraterrestre. Entonces recordó el consejo que le había dado su padre:
¡Respeta a los curas y a los gendarmes!
Si padre respondía ella humildemente.
Allí estaba, cual témpano de hielo, ante los dos hombres armados, y valiéndose del escaso francés que sabía, se atrevió a decir:
Pardon, où se trouve la Rue des Basques?
Pourquoi devez-vous y aller?
Je vais chez mon fils...
Depéchez-vous ma p'tite dame: il y a une manifestation cet après-midi.
Vous traversez le pont et c'est la première à gauche! le explicó el segundo policía, que parecía más tranquilo que el primero.
Llegaría a la casa de su hijo antes del mediodía y podría pasaría la tarde en paz, lejos del alboroto de las calles ¿Qué estaría haciendo Frantxua?, le había prometido ir a esperarla y no aparecía. ¿Se habría olvidado?
Llegó al número 12 de la Calle de los Vascos. El portal estaba abierto y subió por unas crujientes escaleras de caracol hasta el quinto piso, donde se encontraba el apartamento de su hijo. En el descansillo del tercero se detuvo a punto de vomitar, mareada y pensando cómo diablos podía vivir la gente, incluso familias enteras, en aquellas conejeras con olor a viejo, a cerrado, a moho. No podía imaginarlo. Al llegar a la puerta de Frantxua estaba nuevamente a punto de echarse a llorar. Encontró un sobre colgando de la manilla: mamá, aquí tienes las llaves, pasa y haz como si estuvieras en tu casa, había escrito su hijo. Sintió que la invadía la tristeza: en Artoiz estaban impacientes por despedirla y en Bayona nadie la esperaba. Realmente nadie la quería. Su madre, Maider, no le dio el suficiente cariño por ser el sucio fruto de una violación, su marido la había utilizado como un trapo viejo y sus hijos no le demostraban afecto ni respeto: pensaba en el suicido como la forma de librarse de la pesada carga que era su vida. Pero tenía miedo de pecar y de tomar decisiones sin permiso de los demás. Marcharse de Artoiz era la única decisión que había tomado ella sola, por sí misma.
Dejó de lado aquellos oscuros pensamientos y se sentó en el sofá de lo que parecía ser la sala. No se atrevió a moverse de allí. Imaginó que su cuerpo se ponía rígido, en el umbral de la muerte. Una fotografía que había colocada sobre el armario atrajo su mirada: allí estaba Frantxua cuando tenía seis años, con el pelo negro y rizado, vestido de blanco y con bordados. Maiana recordaba perfectamente el día en que cogieron el autobús y fueron a la capital para hacer aquella fotografía de la que tanta dulzura emanaba. Realmente parecía una preciosa niña que llenaba de orgullo a su madre. Pero en aquel apartamento austeramente amueblado era consciente de que aquellos momentos habían acabado para siempre. Murmuró que los hijos eran ingratos y se quedó dormida.
El azul del cielo iba oscureciendo cuando Maiana oyó que alguien entraba en la casa. Frantxua encontró a su madre tumbada en el sofá. Se miraron uno al otro. Sorprendidos. Maiana se levantó e intercambiaron unos tímidos besos: ninguno de los dos sabía expresar el cariño.
© Borda, Itxaro. Zeruetako erresuma, Susa, 2005
© Traducción: Bego Montorio, Estibaliz Aizpuru
