ELORRIAGA, Unai:
El pelo de Van't Hoff

(Alfaguara, 2003)

Tsaw latsaw

(...)

—Usted debe ser el del Ministerio. —Le dijo la mujer que le abrió la puerta. Era una mujer mayor, una mujer mayor estándar, y tenía flores azules en el vestido. Pero parecía que las flores se le estaban saliendo del vestido, que le subían hacia la cara y que le bajaban hacia los brazos. Aquella mujer parecía un dibujo mal hecho; un dibujo hecho a mordiscos, por un niño de cinco años, nervioso.

—¿Es usted Mercedes?

—No, su hermana. Venga conmigo —llevó a Matías a un salón de madera—, espere aquí un momento.

Matías quedó solo y la mujer cerró todas las puertas. Cuando se convenció de que estaba realmente solo, dejó la carpeta y el ordenador encima de un sofá y corrió hasta donde estaba la enciclopedia, sin perder medio segundo. Allí estaba, cómo no: Enciclopedia Universal / Tabucchi. Después de tanto buscar, después de oír tantas cosas sobre ella, estaba delante de la enciclopedia Tabucchi, podía incluso tocar la enciclopedia Tabucchi.

Le pareció curioso darse cuenta de que hasta entonces no había visto, físicamente, ninguna enciclopedia Tabucchi; ni siquiera en fotografías. Le parecía curioso, por ejemplo, no saber cuál era el color de la cubierta o no tener noticia de aquellas cinco barras antiestéticas que había justo debajo del nombre. Después de haber pasado tanto tiempo buscando la enciclopedia Tabucchi, después de haber hablado tanto sobre la enciclopedia Tabucchi.

Pensó todo eso mientras buscaba la letra g. El tomo de la letra g era el tomo que tenía Galilea-Göksu escrito en la cubierta. Ésa era la forma de ordenar la enciclopedia: todas las palabras que hay entre Galilea y Göksu estaban allí dentro, en aquel tomo. Después buscó la palabra que quería. Encontró la palabra y leyó un par de líneas, tres, cuatro como mucho. Volvió a dejar el tomo en la balda. Hizo lo mismo con la letra s: cogió el tomo Schaudinn-Tassos y, después de buscar la entrada que quería, empezó a leer.

En ese momento sintió que se abría una de las puertas del salón. Cerró a toda prisa la enciclopedia y quiso dejar el tomo en la balda antes de que entrase nadie, como si fuese un pecador o, dicho de otra manera, como si tuviese chicas desnudas en las manos y no la enciclopedia, de nombre Tabucchi y de apariencia antiestética.

—Siga... siga mirando... si quiere —le dijo la que debía de ser Mercedes.

—No. Mejor si empezamos ya —Matías señaló el reloj, como si el tiempo le preocupara de verdad.

Mercedes le ofreció una silla en una mesa casi redonda. Y allí se sentaron los dos, pero Matías se volvió a levantar enseguida. Dijo entonces:

—Si no le importa, voy a mirar, sí... una cosa... en la enciclopedia.

Fue hasta la balda y cogió el tomo v. Cogió el tomo Tizsa-Vardar. Y aunque ese tomo tenía más palabras t que palabras v, a él le interesaban las pocas palabras v de ese tomo. Pero la situación era pringosa: Mercedes sentada en una mesa, detrás de Matías, mirando a Matías, y Matías mirando la enciclopedia, buscando. Había que andar rápido. Hizo la misma operación que en los dos anteriores; es decir, buscó la palabra, leyó unas pocas líneas y volvió a dejar el tomo. Después se sentó en la mesa y dijo: Ya.

—Rápido estudia usted —dijo Mercedes. Y con esas palabras le quiso dar a entender a Matías que había hecho una cosa extraña con la enciclopedia, y que ella, Mercedes, se había dado cuenta, pero que no le iba a pedir explicaciones, y que poco le importaban a ella las rarezas de los demás, que suficiente tenía con las suyas, a su edad, y que, si quería, podía seguir haciendo rarezas así o incluso peores.

Matías intentó una excusa, pero una excusa sin sustancia. Y nada más salir de su boca, la excusa cayó encima de la mesa y explotó allí, y todos los trozos de excusa se desperdigaron por la sala, sin convencer a Mercedes y sin convencer a Matías.

Cuando estaba preparando la grabadora para empezar la entrevista, se dio cuenta Matías de que la hermana de Mercedes también estaba en la sala. En un sofá, a tres metros. Le pareció a Matías que para entonces tenía las flores del vestido totalmente desmadradas, y que algunas flores estaban ya colgándole de los codos y que otras flores le estaban comiendo la cara y se le estaban metiendo por la nariz. La hermana de Mercedes vio que Matías le estaba mirando y preguntó Me puedo quedar aquí, de la misma manera que habría preguntado un cristal. Sí, mujer, le contestó Matías, y luego dijo Cómo no, o algo parecido.

—Bueno, empezamos —dijo Matías, convencido de que iban a empezar. Encendió la grabadora.

—La cosa es... —explicó Mercedes— que nos llamaron del Ministerio, sí, y que nos hablaron de esto, pero la cosa es que no entendimos muy bien cómo era la cosa. No sabemos muy bien qué es lo que tenemos que hacer.

Matías ya se esperaba que hubiera gente que no entendiese el proyecto del Ministerio, claro; cómo iba a entender todo el mundo semejante proyecto. Y por eso se lo explicó a Mercedes con paciencia. Y por eso le dijo que el Ministerio estaba reuniendo biografías especiales. Pero le pareció que la palabra «biografía» se le haría extraña a Mercedes, y le dijo que el Ministerio estaba reuniendo las vidas especiales de la gente, por todas las regiones, y que ella, Mercedes, es posible que conociese alguna persona en el pueblo que hubiera tenido una vida diferente, una vida rara, y que era igual que esa persona estuviera muerta, que la cuestión era reunir vidas raras en la grabadora. Mercedes preguntó Para qué, convencida de que todas las cosas que hacía el Ministerio eran cosas prácticas. Que no estaba claro, dijo Matías, que podía ser para hacer un archivo, o para un libro, o para una colección de libros, pero que la cuestión era reunir biografías extrañas, en la grabadora.

Mercedes empezó a pensar y repasó las vidas de todas las personas que conocía. Pero todos eran tenderos, o trabajaban en hospitales o en oficinas, y pasaban muchas horas trabajando; pasaban al día diecisiete o dieciocho horas trabajando, porque las horas de trabajo son las de mayor calidad, pensaba Mercedes, y valen el doble que las demás. Y cuando salen de trabajar, pensaba Mercedes, esas personas se quedan derretidas en un sofá rojo o verde o azul, y no tienen tiempo para hacer rarezas.

Estaba claro que Mercedes no sabía qué contar en la grabadora y fue entonces cuando habló su hermana por ella. «Lo de los hermanos de la plaza igual», dijo la hermana. «Lo de los hermanos de la plaza. Sí», aceptó Mercedes. Y empezó a contar:

—El mayor era Pablo y el otro era... El ciego se llamaba Pablo, ¿verdad, Martina?

—Sí, Pablo y Mateo. El ciego Pablo y el otro Mateo. Mateo.

Matías veía de frente a Martina, pero Mercedes tenía a su hermana justo detrás, y cada vez que le quería preguntar algo se tenía que dar la vuelta, y lo mismo cuando quería escuchar la respuesta, y el cuerpo de Mercedes hacía ñaac cada vez que se volvía a mirar a su hermana. Matías se dio cuenta de que aquella situación era incómoda y de que la comunicación se estaba empezando a convertir en una chapuza, y estaba claro, además, que Martina tenía la cabeza mucho mejor que Mercedes y que vocalizaba con bastante más solvencia, las eses y las erres sobre todo. Por eso le pidió Matías a Martina que se sentase con ellos en la mesa, que le iba a grabar también a ella. Por eso y porque la grabadora estaba grabando todos los ñaac del cuerpo de Mercedes, cada vez que se daba la vuelta, y porque transcribir la cinta iba a ser una tortura importante.

«La cosa es», dijo Mercedes mientras Martina estaba llegando a la mesa, «que los hermanos de la plaza siempre andaban a vueltas con aquel juego, todos los días, en cualquier sitio; ¿cómo se llamaba el juego, Martina?». Martina dijo que no se acordaba del nombre, pero que era parecido al ajedrez; parecido pero mucho más complicado, que se lo había explicado Mateo un día. Y cada vez que Martina decía «Mateo», todos los dibujos que se le estaban desperdigando fuera del vestido le volvían a él, y Matías entendió que Mateo no era solamente Mateo para Martina, entendió que Mateo era bastante más cosas para Martina.

Después explicó Martina que el juego era muchísimo más complicado que el ajedrez; porque en el ajedrez siempre son los mismos movimientos, el caballo así, la torre así y la reina como quiere, pero en el juego de los hermanos las piezas siempre se movían diferente. Paró de hablar entonces Martina; miró al techo, se subió el calcetín izquierdo y siguió hablando. En el juego de los hermanos, dijo, hay que tener en cuenta la hora, las nubes y bastantes más cosas. A la hora de mover las piezas.

Teniendo como tenía la impresión de que estaba explicando el juego impresionantemente mal, Martina decidió dar una explicación más lenta, y dijo: «Quiero decir que la misma pieza se mueve diferente, por ejemplo, a las diez y cinco de la mañana o a las seis y veinte de la tarde, y que, aunque sea la misma hora, las piezas no se mueven igual con sol, o con viento, norte, o con otro viento, o con galerna». Acabó diciendo que tenía que tener una cabeza del diablo el que inventó ese juego y que los hermanos no tenían otra cosa en la cabeza.

«La cosa es», dijo Mercedes otra vez, «que se hacían campeonatos en el mundo. Todos los años. O campeonatos de Europa. Y se hacían en Francia o en Suiza o en Portugal. Y los hermanos siempre iban. Iban a ver, no a jugar». Martina dijo que también jugaban y que Pablo era bueno, muy bueno, pero que era ciego y que era Mateo el que le tenía que decir, en cada jugada, la temperatura, el viento, la hora... y qué pieza había movido el contrario; y los jueces no les dejaban participar en los campeonatos, porque eso sería jugar dos contra uno. Y por eso no jugaban en campeonatos, ni en los pequeños ni en los de Europa, pero ir, sí iban, todos los años, a ver.

—Todo el año ahorrando —dijo Mercedes—, sin otra preocupación. Cinco días allí y vuelta. Sin dinero.

Después contaron que un año tuvieron que gastar todo el dinero que tenían para el viaje antes de que llegase el campeonato. Que tuvieron que gastarlo en el hospital. A Mercedes se le ocurrió de repente que ese año podía ser «el año en el que Pablo se quedó ciego», pero Martina dijo que no, que Pablo se quedó ciego de niño, con siete años o con nueve años, que no estaba segura, pero que era un número impar, siete o nueve, de niño, que eso lo sabía seguro. Entonces las dos hermanas se pusieron de acuerdo en que tenía que haber otra razón, pero lo que estaba claro era que los hermanos de la plaza se habían quedado sin dinero para ir al campeonato.

—Lituania —dijo entonces Martina. Y teniendo en cuenta el tono en el que lo dijo, Matías habría podido pensar que «Lituania» era una palabra erótica, si no hubiera sabido, hacía años ya, que Lituania es un país; un país que en la mayoría de los mapas aparece al lado de Letonia.

Martina dijo que el campeonato se celebró en Lituania y que los hermanos no tenían dinero para ir, porque habían tenido que pagar el hospital o cualquier otra cosa, que eso era lo de menos. La cosa era que no tenían dinero para Lituania.

«Entonces empezaron a vender los colchones», dijo Mercedes, «de su casa. Para conseguir dinero, para el viaje. Después vendieron las sillas y dos alfombras». Pero tampoco eso fue suficiente, parece ser, para llegar a Lituania. Y:

—Al final vendieron la bañera. Su bañera. La de su casa de siempre.

Y consiguieron el dinero para ir pero no para volver, y la gente se empezó a preocupar y les preguntaba «¿Estamos locos, o qué?», o si no les preguntaba «Ir ya iréis, pero ¿venir?»; los hermanos decían que ya se buscarían la vida, más o menos, y que, si no volvían hoy, ya volverían mañana, que total.

Fue Martina la que acabó de contar, y contó que no habían vuelto todavía los hermanos y que eran ya treinta y siete años. Y meses. Pero que la bañera que habían vendido la compró su prima, la prima de Mercedes y de Martina, y que ella, Martina, iba mucho a casa de su prima, a mirar la bañera. Y que había sido una buena compra, porque era una bañera de primera, como las que se hacían antes, y que todavía, todavía, estaba como nueva.

Matías empezó a imaginar entonces. Imaginó a Mateo bebiendo en una fuente pública, en Lituania, solo. Imaginó a Mateo solo porque imaginó a Pablo muerto, cómo no. Un ciego, tantos años. Después les dijo a las hermanas que bien, que muy bien, que eso era exactamente lo que necesitaba, para la grabadora, para el proyecto. Mercedes se emocionó y preguntó a Matías si era suficiente con aquello o si tenían que contar algo más. Matías le dijo que sí, que era suficiente, pero que si se acordaban de alguna otra persona tampoco le iba a venir mal. A Mercedes no se le ocurrió nada como para contar en la grabadora y Martina no acababa de volver de Lituania.

Matías apagó la grabadora plict. Entonces empezó la despedida y las gracias y tres-cuatro besos y los saludos y No he puesto nada para beber y Tranquila, Puedo sacar algo ahora, No gracias no, Gracias, Hasta la próxima, Hasta otra, Hasta otra, Hasta otra, Sí.


Cuando salió a la escalera, a Matías le vinieron a la cabeza las escaleras de los médicos de cabecera. De hecho, son bastante diferentes las escaleras de los médicos de cabecera y las escaleras normales. Una de las características más elegantes de las escaleras de los médicos de cabecera suele ser, por ejemplo, que bajan la fiebre. Esto quiere decir que, al salir de la consulta del médico de cabecera, es en la escalera donde les baja la fiebre a los pacientes casi siempre, como si la escalera tuviera algún acuerdo con el departamento de Sanidad, del Gobierno. Y eso siempre es así. Claro que las escaleras de martina y Mercedes no tenían nada que ver con las escaleras de los médicos de cabecera, pero en las escaleras de Martina y Mercedes a Matías le vinieron a la cabeza, sin otra explicación, las escaleras de los médicos de cabecera.

Apareció en la escalera entonces una curiosa mosca. Una mosca ciega. Y Matías pensó que, seguramente, la mayoría de los médicos del mundo, por muchas cosas que hubieran estudiado, no habrían visto en su vida una mosca ciega. Y él estaba viendo una mosca ciega en aquel momento. Supo que era ciega porque no paraba de pegarse contra todas las paredes de la escalera —sin un criterio concreto— y porque de vez en cuando volaba por detrás de un cuadro que había en una de las paredes de la escalera. Y la razón definitiva: una de las veces que se posó en el suelo, Matías le puso la suela del zapato encima, amenazando con pisar, y la mosca ni se inmutó. Y todo el mundo sabe que las moscas son los seres más rápidos del universo, que es casi imposible coger una mosca. Y si no son los seres más rápidos del universo, sí de los más rápidos; es posible que los segundos o los terceros en la clasificación de los seres rápidos del universo. Pero la mosca de la escalera no se movió ni un milímetro cuando Matías le puso la suela encima; por eso pensó que debía de ser ciega. Pero también pensó que podía ser una mosca sin seriedad, una mosca contraria a las normas tradicionales de las moscas. O en contra de algo.

Aquella mañana hizo Matías otras dos grabaciones, y una de las cosas que grabó era interesante, pero las demás no tanto. Aun así, tendría que volver a escuchar todas las cintas en la pensión, por la tarde. Por si se podía aprovechar algo más. Transcribiría algunas cosas; otras ni loco. Se repitió esa frase cinco o seis veces. En el Ministerio le habían dicho que transcribiese todo. Todo. Pero no iba a transcribir todo. Eso le parecía perder el tiempo. Perder el tiempo. También esa última frase se la repitió cinco o seis veces. Perder el tiempo. Iba a transcribir las buenas. Las otras no.

También en las otras dos casas estaba la enciclopedia Tabucchi, cómo no. Y en las dos hizo Matías lo mismo que había hecho en la primera, en la de Martina y Mercedes: buscó las mismas palabras, leyó un poco y volvió a dejar los tomos en su sitio. En una casa lo hizo a escondidas; en la otra pidió permiso.

Después se volvió a meter en el viento. Y se le ocurrió que el viento, de no ser tan primario, podría estar, perfectamente, hecho de gomaespuma. O de cualquier otro material extravagante. El viento le dio unas ideas y le quitó otras. Le hizo pensar, por ejemplo, que en la pensión habría vainas para comer.


© El pelo de Van't Hoff: Alfaguara.