ETXEBERRIA, Hasier:
Pasto de moscas

Al verla por primera vez en el despacho de Urrutikoetxea, Lupe Latasa le ha parecido una mujer tipo Musca aurea. No es para menos: se trata del paso intermedio entre Musca argentea y Musca albina. Vestida con mayor elegancia seguramente merecía más de lo que ahora aparentaba pero, en general, la indumentaria de oficina resta brillo a la mujer. También a Lupe Latasa. Lleva un vestido demasiado aséptico que, más que mostrar, tapa. De todos modos, Damián no suele otorgar grandes calificaciones al primer vistazo. Resulta chocante que, con una sola mirada, ella haya obtenido tan alta nota.

¿Es de recibo que compare a todas las mujeres que contemplo con una de las siete clases de moscas? Eterna necesidad de clasificarlo todo, piensa. Puede que sí.

La más hermosa, la mujer casi inexistente, es la Musca albina. De ahí para abajo, el resto: Musca aurea, Musca argentea, Musca domestica, Musca erratica y Musca alighieri. ¿Es legítima esa permanente tendencia a comparar, al primer vistazo, antes incluso de que pronuncien una palabra? No lo sé. Pero es así. Siempre me he comportado así. Automáticamente. Siempre encuadro a la mujer en uno de esos siete tipos de mosca.

Jaione fue al principio Musca aurea. Posteriormente, Musca argentea; luego descendió al nivel de Musca domestica. Hay mujeres que a primera vista merecen ser clasificadas en un tipo determinado pero, tras conocerlas, las desciendo de categoría. Como a Jaione.

Cuando ocurren esas transformaciones el hombre se halla ante la boca del averno. Y es que, a partir de la Musca erratica, la raya va desde el cielo hasta el infierno. Y entonces no hay nada que hacer. Entonces puede habitar el hombre prolongadamente un lugar sin paraíso, en la esperanza de que se le abra otro cielo.

Pero en el infierno, no. Una vez traspasada la línea del infierno, el hombre no será el que fue. Y es que no puede. Es en vano. Así son las cosas. Y así fue cuando el aislado mundo del golf descalabró de arriba a abajo la imagen de Jaione. Su casa, piensa Damián Arruti, más que la Felicidad, habría sido la Frontera del Infierno, así, con mayúsculas. Mierda. La Frontera del Infierno. Mierda La Felicidad.

No puedo más, admite al final. Conduce tú, le ha dicho a Lupe Latasa. Qué te pasa. Nada. No he dormido bien. Y ha orillado el coche en una parada de autobús. Tras ellos, el segundo vehículo de la Ertzaina.

Me revuelve las tripas, dice Damián, el mero hecho de pensar que tengo que bajar por ese agujero, y abre la ventanilla para tomar aliento. Tranquilo, será sencillo. Iré contigo. Cuál es el intermitente, pregunta Lupe Latasa, y no aguarda respuesta. Estate tranquilo, el descenso a la cueva no es peligroso.

Damián le muestra la primera hendidura. Eso tendría que estar oculto. Le ha delatado su debilidad a la mujer. Comienza a darle oportunidades de fuga a su presa, antes de cazarla. ¿Pretende, sinceramente, atrapar a Lupe Latasa? ¿No será sencillamente una pose eterna? ¿No será esa una de las peculiaridades que, como primate que es, posee el hombre?

Por qué está siempre encadenado el hombre a algo así. Tiene que atrapar a la mujer. Ha de comportarse como si pudiera dar caza a una hermosa mujer. Si desea ser hombre. Para poder ser hombre.

Qué categoría ocupa él a los ojos de Lupe Latasa. Es diferente antes y después de mostrar tan claramente que se ha venido abajo la clasificación merecida. O es que las mujeres no funcionan como los hombres. Aún no ha aprendido cómo lo hacen. Antes era más sencillo, piensa. En tiempos de sus padres bastaba con que el hombre fuera bueno y trabajador. Así se lo había transmitido su madre, que su padre era bueno y honesto. Que era un hombre bueno. Y que por eso se casó con él. Nunca le dijo que su padre fuera guapo. Jamás le dijo que fuera guapo su padre.

Pero las cosas han cambiado. Qué es lo que hacen ahora para elegir al hombre. A qué le concede valor la mujer de hoy. A los ojos. Al pecho. Al culo. A la boca. Es que eso se puede aprender, ni así vivas cien años. Es que acaso puede llegar el hombre a saber cómo ven las mujeres al macho.

Al final, Damián achaca ese aguacero de insustanciales ideas a la mezcla de café y dexidrina.


Hace frío en la morgue de Polloe. Claro, tiene que hacer frío en un sitio donde manipulan cadáveres casi congelados. Allí se hallaban el teniente Urrutikoetxea y el forense Larrañaga para cuando han llegado Damián, Lupe y los ertzainas que les acompañan. Damián ha tomado algo de aliento en el tramo que va desde el coche hasta la entrada al depósito. Pero de nuevo se angustia, al ser conducido por los pasillos. Saca su pañuelo, enjuga el sudor de su frente y a continuación se suena. En vano. No son los mocos sino algo muy diferente lo que le ahoga, lo que se le ha instalado entre el estómago y los pulmones, en un espacio que debería estar vacío. O es que la fuente de esa mala sangre que se me ha propagado por todo el cuerpo y me ha debilitado totalmente sólo está en mi cabeza, se pregunta.

Larrañaga tira hacia sí de un enorme cajón y extrae algo parecido a una camilla. Aparecen diversas partes de un cuerpo, que no llegan a conformar un cadáver femenino. Es una especie de puzzle de carne al que faltan piezas. O de carne y hueso, no, cómo se le llama al material muerto. Si fuera así, habría que llamarlo puzzle de carne y hueso, determina Damián. Carece de manos, de cabeza. El resto de las partes del cuerpo, juntas unas a otras sin posibilidad de unión. Jamás ha contemplado Damián algo tan opuesto a la unidad y totalidad.

Los ertzainas Mangas y Leniz miran el cadáver y apartan la vista inmediatamente. No pueden soportar el espectáculo. Mantienen fijos sus ojos en unos grandes carteles colgados de la pared. Los dirigen hacia aquellos ventanucos de allí arriba. Es evidente. También Urrutikoetxea ha apartado su mirada, tras manifestar que eso es cuanto hallamos en la cueva de Izarraitz. Qué os parece.

Lupe Latasa, Larrañaga y Damián Arruti, por su parte, se aproximan a aquellos despojos. Larrañaga entrega unos guantes de látex a los demás. Poca cosa he de añadir a lo que os he manifestado en Comisaría.

Damián Arruti ha buscado restos de semen de tres hombres, sin éxito. Dónde tenéis el microscopio. Y, añade, necesito muestras de cada una de esas partes.

Leniz y Mangas se acercan a Urrutikoetxea y le solicitan al oído permiso para esperar afuera. El jefe accede y salen ambos, pálidos.

Damián dice que es una pena. Que había que haberles avisado antes, antes de que se enfriasen aquellos despojos en el frigorífico y de que los insectos los abandonasen definitivamente. Antes de que se rompiese la evolución natural del cadáver. Que ahora se le complica la tarea. Que tendrá que ir más despacio. Que requerirá más tiempo para precisar la fecha de fallecimiento. O, al menos, para determinar si todos esos despojos fueron arrojados el mismo día. Que lo primero será analizar las condiciones de la cueva y, después, regresar al microscopio.

Larrañaga, sobre la mesa, comienza a conformar el puzzle de otra manera. Va colocando todas las partes boca abajo, para que se pueda ver el cuerpo de la mujer también por detrás. Antes quedaban a la vista su pecho y vientre, ahora sus glúteos y espalda. Y la cara posterior de sus muslos y pantorrillas.

Damián Arruti se fija en la marca hecha en la piel de uno de los brazos. En la parte posterior del brazo izquierdo, más próxima del codo que de la axila. Acerca la lupa y exclama pero cómo puede ser esto. No es posible. Que es imposible, una y otra vez. Inquieto. Da una apresurada vuelta a la mesa que contiene los restos. Observa de nuevo la piel del brazo izquierdo. No puede ser, repite por centésima vez. Es imposible, esto no es verdadero, exclama. Y maldice. Mierda puta, ha dicho en alto. Así es: mierda puta. Tal cual.

Qué sucede, pregunta Urrutikoetxea, y qué te pasa, los otros dos. Qué ocurre. Qué has visto.

Mirad eso, responde Arruti. Observadlo atentamente. Y todos miran más allá del vidrio de la lupa.

No vemos nada. Ahí no hay nada extraordinario.

Mirad bien, les ordena Arruti, observadlo bien.

En vano. Nadie ve nada.

Esa marca de ahí es sumamente curiosa, corta al final Damián Arruti. Extraña. Observa. La produce un minúsculo mosquito conocido como Phophyla bahii. La cicatriz siempre toma la misma apariencia, la de la canela-clavo utilizada en cocina. Del tamaño de una cabeza de cerilla. Es indeleble. Sin echar mano de la cirugía es imposible borrar su huella de la piel. Una vez que el mosquito pica, la herida se emponzoña. Y ésa es la marca que deja el insecto. Para siempre.

Yo no veo nada, responde Urrutikoetxea.

Sí, ya veo, dicen Lupe Latasa y Larrañaga. Es sumamente pequeña. Parece una rosa o una flor enana.

No, no tiene pinta de rosa. De especia. De clavo. Así se conoce en entomología.

Y qué, pregunta Urrutikoetxea.

Y qué, y qué, dices, replica Damián Arruti. Es muy extraño encontrar una marca así entre nosotros. Ese insecto sólo vive en la isla Itaparica, en Brasil, cerca del Salvador de Bahía. Sólo allí habita el mosquito Phophyla bahii, parasitando a un pequeño hongo. Jamás se ha hallado algo semejante en ninguna otra parte.

Y qué, de nuevo Urrutikoetxea.

Damián Arruti no responde. Jura y maldice.

Qué tienes, hombre, qué te ha ocurrido para que te pongas así, le inquiere Lupe Latasa.

Que qué tengo, tengo mierda puta, eso es lo que tengo. Hay que encontrar lo antes posible la cabeza y las manos. Vamos a la cueva.

Pero, qué es lo que te altera tanto, de nuevo Latasa. No podremos ir a la cueva hasta dentro de dos o tres días. Para eso es preciso tenerlo todo organizado.

Qué tiene eso de raro, pregunta Urrutikoetxea, sin comprender la excitación de Arruti.

Conocéis alguna mujer que tenga una cicatriz similar en el hombro, pregunta Damián. Habéis visto jamás una mujer que tenga una marca así, y responden todos que no, que jamás habían oído hablar de un insecto que dejara semejante cicatriz.

Pues yo, sí. Conozco una mujer que en alguna parte tiene una extraña cicatriz así. O que tenía, ignoro cómo se dice. Conozco a esa mujer que yace en la mesa. Mierda jodida.

Y, sacándose los guantes, Damián Arruti se abre paso entre los otros tres, hacia la puerta, en busca de resuello.


© Etxeberria, Hasier. Eulien bazka, Susa, 2003.