IGERABIDE, Juan Kruz:
Algunos poemas

Sonrisa

La sonrisa del hombre,
la sonrisa de la mujer,
un beso, y yo.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



La vida

Abrí los ojos:
Me inundó el calor
de dos soles rojos.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Congoja

Oculta tras las nubes
la Luna lloraba
sobre la Tierra.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Amanecer

Del horizonte viene un son:
Nace el alba
y su canción.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Como un botón

Nací como un botón
que asoma por el ojal:
Sonrisa lunar.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Una sonrisa

Canta un pétalo
en los labios del viento:
Baila el aliento.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Dolor

Mi hermana está
enferma, triste y sola:
La puerta llora.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Niño sin padres

Niño huérfano:
Fuerte sujeta
una hermosa kometa.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Ciudad cigarra

Calla cigarra:
Resquebrajas la luz,
la tarde clara.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Un nacimiento

Nace un niño:
La Tierra comienza
a girar para él.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Felicidad

Risas de niño:
de sus labios brotan
mariposas.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Recuerdos del pasado

Cumplo años hoy:
En mi ventana se posa
un viejo rayo de sol.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



El abuelo

Pone la radio
para no oír
el paso del tiempo.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



Fiesta nocturna

El niño quiere
seguir despierto:
Sus párpados aguantan
dos elefantes negros.

©Igerabide, Juan Kruz. Botoi bat bezala / Como un botón, Anaya-Haritza, 1999
©Traducción del autor



¿Qué quieres ver
cuando tu mano trata de apartar
la cortina de la lluvia?
Llueve sin tregua,
siempre igual;
lluvia sempiterna
que corre las cortinas
del tiempo que se escurre
siempre igual.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Los muertos por violencia

Los ojos de los muertos
con violencia
carecen de pupilas,
perforadas a bala.

Ahora las pupilas
son gotas de un
fuerte aguacero
que orada mi tejado.

Los ojos de los muertos
por violencia
carecen de pupilas,
perforadas gota a gota.

Y yo, con los dedos índices
clavados en mis pupilas.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Soneto del exiliado

De vuelta al hogar, el viento arrastra al exiliado
siempre un poco más allá.

Descanso son las penas del camino
para el que huye lejos de su casa;
los gritos de sus padres son espino
que no hiere su corazón de brasa.

Tras muchos años de vagar sin tino,
los recuerdos de su infancia repasa;
en tierras lejanas sueña un destino
que le permita hacer tabla rasa.

Una flor se cristaliza en sus ojos
como un diamante de brillo cálido,
esperanza de atardeceres rojos...

Regresa al hogar y se queda pálido:
sólo quedan unos cuantos rastrojos
y algún recuerdo borroso y escuálido.

Del exilio nunca se regresa.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Pestañeos1

En las montañas de Vizcaya
brotan heridas de las heridas.

Las madres recogen las últimas flores
de los prados y las aprietan contra su pecho;
ahora esperan con resignación a depositarlas
sobre el ataúd de alguno de sus hijos.

El viento sacude las ventanas,
el granizo percute insistentemente los cristales:
no os durmáis, no os durmáis,
se prohíbe dormir,
no os durmáis, no os quitéis la camisa.

La lluvia peina con sus pestañas
las montañas de Vizcaya, como siempre.

1. En el original Betilez es un juego de palabras que significa al mismo tiempo "pestañeos" y "siempre igual" (en dialecto vizcaíno). N.A.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



La casa de mi padre

Si me piden que derrame sangre
por un nombre,
me volveré mudo
y prescindiré de los nombres.

Para defender la casa de mi padre,
no derramaré una sola gota de sangre.

Dicen que ese extraño edificio hipotético
es la casa de mi padre.

Mi padre vive de alquiler.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



La alegría resulta sospechosa

El mundo se divide en dos:
de un lado están los que viven contentos;
de otro, los que se sienten desgraciados.

En dos se divide el mundo:
de un lado están los opresores,
de otro los oprimidos.

El mundo se divide en dos:
de un lado están los amantes de la justicia,
de otro los indolentes.

En dos se divide el mundo; es posible que cada una de las dos partes se divida en otras dos, y cada una de ellas en otras dos; es posible que cada uno de nosotros se divida en dos partes: unas veces está contento, otras veces un poco triste; algunas veces se siente oprimido por alguien, y sólo de vez en cuando -eso sí, sin darse cuenta- pone el pie sobre un semejante.

De todas maneras, está claro que
el mundo se divide en dos;
no hay la menor duda,
y es muy sospechoso vivir contento.

Llegará el día en que la tierre me nivele; o quizá se limiten a nivelar la tierra sobre mí. Entonces, una sonrisa sospechosa surcará mis labios, la última alegría petrificada.
Llueve en el cementerio. La fría lluvia nos iguala a todos.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



El hombre huérfano

Busco mi sombra en
la pintura de Van Gogh.

En una de sus cartas, confiesa el pintor que se le hace muy difícil retratar a los seres huérfanos de las calles. Acaso del hombre huérfano no puede pintarse más que un aliento, una duda; es difícil dibujar la palabra huérfana que asoma a duras penas a los labios. Van Gogh: ¿cómo podrías colorear esa nostalgia de alegría?

El cielo trata de tomar en brazos
el lago huérfano;
la montaña va y viene
tras una muralla de nubes;
los cisnes pisan fuerte el lago
para que la niebla no se lo lleve al cielo.

Van Gogh pinta el lago, las nubes
y la montaña movediza;
llueve sobre Van Gogh.
Viendo flotar los cisnes sobre el agua temblorosa,
¿a quién no se le estremece el alma?

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



La mirada de los niños

No hay caminos en el desierto;
el propio desierto es el camino.
Me quitaría la vida
si la mirada de los niños
no me hablara como me habla.
Si la nada desértica es la meta
de este camino qe humedece la lluvia,
si el camino mismo es la nada,
es preferible desintegrarse cuanto antes.

Sin embargo, veo en los diminutos charcos
del camino las miradas de los niños:
surgen de la nada,
no exigen nada,
no necesitan decir nada;
ahí están en los charcos diminutos
con una profundidad insondable.

La lluvia lo borra todo;
llena a rebosar y revienta las ánforas,
erosiona a los pueblos de piedra,
desviste de arena los desiertos más anchurosos,
convierte en sinrazón las maravillosas
puertas del vacío de los escultores insignes.

Pero ahí están en los charcos diminutos
las inabarcables miradas de los infantes.
Hace siglos que no
derramo una lágrima;
tienes que ser duro,
has de ser firme;
seca esas lágrimas
con la arena del desierto
antes de que asomen a tus ojos.

Hace siglos que no
derramo una lágrima;
veo las miradas de los niños
en los charcos de lluvia.
Mi corazón se pulveriza en arena;
en mi vientre de piedra reina el vacío;
y a pesar de todo, la mirada de los niños
estremece estas entrañas
vacías de sí mismas.

La lluvia se detiene por un instante
y pliega un oasis en mis ojos.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Anulado

Corre la tarde en pos de los colores;
los árboles, con sus vaivenes, me hipnotizan,
y un muro de piedra me observa con desdén.

El recuerdo de una amante desnuda
se resiste a encarnarse entre mis dedos.

Un moscón limita con su vuelo
el territorio de mi impotencia.
Esta tarde, el aire me borra del aire.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Necesito un martillo silencioso

Necesito un martillo silencioso
para demoler el mundo esta noche
sin que nadie se entere.

Quiero acabar con tanto retoque,
demolerlo todo y descubrir ese otro mundo
que se empeñan en ocultarme.

No hay tal martillo;
yo mismo soy un retoque.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



En una taza de café

Un cielo pintado de negro
se refleja en una taza
de café humeante;
cerca del borde, una nube
trata de formar un rostro.
Mi mano remueve el café
sin azúcar, cargado y amargo,
como tu rostro en mi recuerdo.
Bebo; me adhiero a los posos.
Donde tú estuviste a punto de encarnarte
queda sólo una cucharilla sucia.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Meditación metafísica en la ducha

Murmullos y risitas
en el grifo del baño
me llaman por mi
nombre de agua,
diseñan cientos de mares
resbaladizos sobre mi piel.
El instante corre por el desagüe,
el futuro es una toalla
y el pasado un rumor
de agua en las cañerías.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Meditación de la amistad

Dos soledades en una misma yunta,
aleros de tejados en las cejas...
y el acompasado caminar de la amistad.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



La sal de la juventud

Frío patatas que siempre corto en redondo,
rostros ondulados
dorándose sol estival y crepitando
con el canto de la cigarra.
Nieva en la calle;
las montañas se alejan con las nubes,
tronando al paso.

Una mano suave como el aceite
recorre mi cintura,
un cuerpo solapado a mi espalda,
unos pechos contra mis omoplatos,
un aliento en mi cuello.
Nieva, truena en la calle.
Tomo una patata ardiente entre mis dedos;
unos labios la reciben
justo a la altura de mis orejas.
"Un poco más de sal", pide
una voz nacida de anhelos de juventud.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Estás tan cerca

Recuerda este gesto mío
asido al estremecimiento de tu piel,
recuerda que no te pido
ningún abarzo de esqueletos,
recuerda este vaho en el cristal de tus gafas;
soy yo, envuelto en un gesto, y mi hálito.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Meditación de la vida

Un trazo de tinta negra
marca la ruta de la herida,
la grieta del dolor
que conecta con el submundo amargo.

Hay cartas que es mejor no abrir,
sino seguirlas enviando y reenviando
de buzón en buzón
sin destinatario ni remitente,
como algunos mensajes de la vida.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Utopías solidarias

Y vimos alzarse el polvo arrogante
creando su propio cielo en el cielo;
y no vimos nada más.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Meditación del amor

El amor que
quiere durar
ya es ceniza.
¿A qué esperas amate de
siempre te amaré
con tu presencia allí
en un futuro que no alcanzas?
Nace aquí, o revienta.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



El dedo en la llaga

Un dedo en la llaga más recóndita
donde la desnudez pertenece al olvido.
La uña rota que hurga más adentro
y el cuerpo que ya no es cuerpo
sino un gesto en el vacío.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



Un nombre para esto

Cerezas para dividir la sonrisa,
pájaro que puso un nido en el yogur
sobre los mares blancos;
la miel que resbala
como una frase sin pausa.

Se hace tarde,
hay que colgar la ropa,
la lavadora saca demasiado ruido,
el tráfico es un mar,
se ven las olas desde la ventana.

Quiero un nombre para esto.

Todos estamos despiertos
cuando las montañas se dan media vuelta
para seguir durmiendo la siesta matutina
sin ocuparse del oro
que mana desde el cielo.

Los humanos nos afanamos por el oro
en un trabaja que mata el hogar.

Quiero un nombre para todo esto.

©Igerabide, Juan Kruz. Martillo silencioso, Editatenea, 2003
©Traducción del autor



© Botoi bat bezala / Como un botón: Anaya-Haritza

© Martillo silencioso: Editatenea