JIMENEZ, Edorta:
Voces de ballena

¡Ballena a la vista!

—¡Ballena a la vista! ¡Ballena a la vista! —daba voces el atalayero.

A sus gritos, los pescadores se despertaron de golpe, y es que aunque el puerto había estado tranquilo hasta entonces, la noticia del avistamiento trajo tal revuelo que hubiera levantado a un muerto de su tumba.

Estábamos tío Juan y yo en el muelle de Artza, calafateando el barco. Acababa de empezar el otoño y andábamos preparando cuanto necesitábamos para las últimas faenas del año en la mar. Pronto íbamos a empezar la pesca del besugo. Pero ante el aviso de que una ballena rondaba nuestra costa, los besugos fueron olvidados prontamente.

En un instante, toda la gente alrededor se afanaba en dar al mar una embarcación cercana a la nuestra. Tío Juan se les unió, aunque no se podía valer del brazo izquierdo.

—¡Venga, muchachos! —gritó tío Juan.

En una de éstas, fue la campana de la ermita la que tomó el relevo de los gritos del atalayero. Si para entonces alguien en el pueblo todavía no era sabedor de la aparición de la ballena, no creo que tardara mucho en enterarse.

Lo cierto es que también había repique de campanas en la ermita, en incendios o en premuras semejantes. Esta vez, sin embargo, la campana lanzaba al viento un sonido especial. Se me antojó oír en su canto algo como ¡ba-lle-na! ¡ba-lle-na! Por la forma del repique eché de ver que era Doro quien tocaba: un-dos-tres, ba-lle-na, un-dos-tres, ba-lle-na. ¡Cómo no lo iba a reconocer, si yo mismo fui quien le enseñara a Doro aquella forma especial de tocar la campanilla de la ermita!

—¡Chico, ve donde el atalayero y pregúntale en qué parte ha visto la ballena! —me ordenó tío Juan.

Poco me faltó para echar a correr descalzo; tenía el corazón a punto de estallar y de salírseme por la boca.

—¡Ponte los zapatos, hijo mío! —así me llamó entonces tío Juan: «hijo mío», y en eso le conocí estar fuera de sí-. Pregúntale también a Simón cuántas ballenas ha visto. Y te quiero aquí enseguida, como un rayo.

Salí a toda prisa cuesta arriba hacia la atalaya. Cuando ya no estuve a la vista de tío Juan, me quité las alpargatas. Llegaría más rápido descalzo que con ellas.

Camino de la atalaya, sin aliento y con el corazón batiéndome tremendamente el pecho, la imaginación se me llenó de imágenes y fantasías. Sentía en mi interior una confusión mayor aún que la que provoca entre la gente el toro de fuego por las fiestas de San Pedro. ¿Quién habría avistado primero la ballena, el propio atalayero o los frailes del convento? No tenía otra cuita que ésa.

Los frailes vivían en el convento de la isla y llevaban una vida muy dura. Sin embargo, allí, en Izaro, tenían una atalaya mejor que la del pueblo. A menudo, nos avisaban de lo que pasaba por la mar mediante alguna de las muchas artes de señales que conocían —y que quisiera creer que conocen todavía—. Los frailes hacían unas u otras señales según vieran a lo lejos en la mar una tormenta, o enemigos, o ballenas u otra cosa. Excuso decir que según fuera invierno o verano, usaban de un fuego o una bandera, pues en invierno, por ejemplo, el fuego es más fácil de ver que la bandera, mientras que en verano, cuando el bochorno pone como quien dice en llamas la atmósfera toda, mal podría ver nadie si hay fuegos por la isla.

Si eran los frailes los primeros que habían visto la ballena, habríamos de entregarles a ellos una buena porción de la caza. Lo peor, sin embargo, no sería el tamaño de su parte, sino que habría de dárseles los mejores huesos, y no se me escapa que con eso último que he dicho ha de maravillarse más de uno, poco práctico en las cosas de esta pesca.

Así pues, quisiera explicar que los huesos de ballena eran muy apreciados entre nosotros, pues servían para hacer multitud de cosas. Hasta el taburete que yo usaba de niño —y seguro estoy de que todavía estará en casa—, lo hizo y preparó para mí con hueso de ballena nada menos que aquel llamado Zurdo por mal nombre. Y es que aquel hombre fue, además de diestro pescador, hábil artesano; desde que murió mi padre solía quedarse a menudo junto a nuestra pobre puerta hablando con mi madre. Tenía fama de loco, cosa que me daba miedo. Podría contar mucho de lo que se decía sobre él, pero, para empezar por algún sitio, diré que Zurdo vivía en un desvancillo, como los gatos, y para seguir, que cuando la gente empezaba a hablar de él, contaba y no acababa. También le gustaba beber, dicen, para más inri. Parecía un pordiosero y llevaba trazas de insensato, cosas ambas que le perjudicaban. Solía estar en la miseria, aunque no siempre.

Una vez me encontré a Zurdo no ya junto a la puerta de mi casa, sino dentro, vestido muy elegante. Había vuelto yo de improviso del puerto a casa y me encontré con mi madre y aquel hombre en la cocina. Me chocó de ver no sólo a mi madre con las mejillas rojas y la voz temblona, sino también que aquel hombre siempre vagabundo y desaliñado estaba aquel día aseado y afeitado. Me iba a costar tiempo entender qué hacía allí aquel hombre con fama de loco, a solas con mi madre, aparentemente de palique y de visita.

—¡Cómo has crecido, chico! Este hombrecillo ya necesitará un taburete para él ¿no? —dijo Zurdo, y después, dirigiéndose a mi madre, añadió algo que me dejó boquiabierto-: Hasta pronto, Brígida.

¡Brígida! En casa nadie llamaba a mi madre por su nombre: todos, incluso tío Juan y Ébora misma, la llamábamos madre. Sentí en mi corazón un desasosiego nuevo. Pero no me duró mucho tiempo. Unos días más tarde Zurdo ya me tenía hecho el taburete, a mi tamaño, y con aquel regalo del artesano mi desasosiego desapareció completamente. Dicen que tan diestros artesanos como aquel Zurdo eran los frailes, pues si lo que llegaba a mis oídos era cierto, en el convento de Izaro, además de los taburetes, hasta las jambas de las puertas en los dormitorios y casi todos los muebles estaban hechos de hueso de ballena.

Por si acaso fueran ellos los que habían avistado la ballena, maldije a aquellos frailes. Después me puse contento al pensar que si era Simón el primero que la había visto, sería para nosotros toda entera. ¡Entera! Y en el esfuerzo de poner toda mi alma en aquel pensamiento que me contentaba tanto, resbalé, y di en el suelo de culo, y me hice daño.

Llegué cojeando a donde Simón. Entonces, me llevé la mano a las nalgas y hete aquí que descubro un enorme rasgón en mis pantalones. Menudo rapapolvo me iba a echar mi madre. Pero en fin, pronto tendría como para comprarme no sólo pantalones nuevos sino también una camisa y sombrero, gracias a la ballena. Había llegado, entonces, al cobertizo de Simón el atalayero, el rincón más misterioso del pueblo, para nosotros.

¡Qué suerte tenía de poder ver aquella especie de chabola tan de cerca! La parte de delante la tenía abierta y una mesita que hacía de puerta cerraba la entrada desde el suelo hasta media altura. A un lado de la chabola estaba la caldera, justo en el medio entre la barrica de la brea, y la leña. En dos montones separados había ramas de madroño y otras de laurel, que son muy buenas para hacer una humareda. Simón lo tenía todo preparado para las señales. Con unos catalejos no quitaba ojo a las vueltas y revueltas de la ballena.

Le teníamos miedo a aquel hombre, pues decía que si nos veía por allí nos había de capar. Aunque nosotros todavía no sabíamos qué era eso de capar, barruntábamos alguna barbaridad detrás de esa palabra. Visto casi ochenta años más tarde, me parece que Simón actuaba con prudencia, y es que no había mayor enemigo para su trabajo que nosotros los niños: éramos capaces de tocar, enredar y romper lo que fuera, hasta de pegar fuego a la chabola.

Simón era un gran conocedor de los vientos, sabía dónde tenía cada uno el nacedero, qué significaba cada escarcha; nada ignoraba de todo lo que hacía al tiempo. Todas las mañanas, antes de hacerse a la mar, los señeros de las chalupas y muchas veces también los maestres o los mismos armadores, venían hasta la atalaya a escuchar la opinión de Simón. Si Simón decía no embarcar, nadie salía ese día, es decir, se «guardaba casa»; si por el contrario decía de embarcar, todos salíamos a la mar. No era tarea menuda la suya. ¿Sería por eso que estaba siempre bronco como una tormenta? Por fortuna, aquel día cuando me acercaba a su chabola parecía contento.

Haber visto la ballena debió de cambiarle el humor a Simón, pues en vez de las asperezas habituales, fue con delicadeza cómo me ordenó entonces lo que debía hacer.

—Son dos: madre y cría, creo yo. Dile al tío que las he visto yo y no los frailes. Que los de Bermeo ya han salido para el otro lado de Izaro, y que los de más allá, los de Elanchobe, también las han visto, estoy seguro —por un instante una tormenta agitó las entrañas de Simón, y continuó ásperamente, maldiciendo-: ¡Esos malditos frailes han avisado a los vecinos esta vez!

Al escuchar las maldiciones de Simón me asusté de nuevo. El atalayero echaba fuego por aquellos ojos de alcatraz. Para nosotros, y quiero decir para los jóvenes de entonces, Simón era el hombre más admirable de aquel puerto. Hasta la gaviota yerra a veces cuando viendo el pez abajo se lanza en picado a buscarlo; mas nunca yerra el alcatraz. ¿O es que no vivíamos todos a merced de lo que vieran los agudos ojos del atalayero? Por eso, lo comparábamos con el alcatraz, el ave marina que demuestra mejor vista. Por aquel entonces a todos en el pueblo les teníamos puesto mote, todos los días nos metíamos en algún fregado nuevo, y todos los días discutíamos de lo mismo. Y nuestra discusión más repetida era la de quién mandaba sobre quién.

—Aquí manda el Preboste —recuerdo que decía todos los días Peru de Arena, cuando en primavera buscábamos por el puerto los pozos donde las ranas se escondían.

—¡Sí, hombre! —le solía contestar Sebastián tocayo mío, Sebas para distinguirlo, que estaba siempre de mal genio-. El Preboste ya podría cantar misa si no fuera por lo que le da la Cofradía.

—Pero a ver, infelices, ya me diréis qué pescado o qué narices le iba a dar el Mayordomo al Preboste si el atalayero no hubiera visto las ballenas —decía yo haciendo mías las palabras oídas de boca de mi tío, con la fe del niño que tiene prisa por crecer.

Nunca encontrábamos los pozos de las ranas, pero tampoco importaba demasiado. Queríamos crecer fuertes para dejarnos de aquellos menesteres y ser hombres. Por ese lado, casi todos queríamos ser Simón el atalayero, aunque aquellas maldiciones suyas fueran en contra de los terroríficos sermones que oíamos en la iglesia. Por otro lado, es cierto que el atalayero se me antojaba un gran pecador, pues todavía temía entonces a los supuestos castigos del infierno. Por fortuna, ese miedo se me ha ido con el tiempo: he vebido a entender que cualquier fe necesita del pecado, según explicaré más tarde. Pero entonces, todavía, al escuchar aquellas cosas se me hacía por adentro un nudo horroroso.

Puedo ver aún, tan claro y cierto como si estuviera vivo, el rostro de aquel hombrachón. Parecía que en cualquier momento fuera a echarse a volar como alcatraz, llegarse hasta el convento y acabar a picotazos con los frailes. Y sin embargo, pienso que si existiese realmente ese paraíso que todas las religiones nos prometen, allí ha de estar Simón.

Aquel día todos estábamos en deuda con el atalayero, deuda por cierto no pequeña, pues gracias a su vista teníamos cielo en casa para varios días. Habida cuenta de que los frailes de Izaro, cuando veían la ballena, solían hacer señas primero hacia Bermeo, y siendo ellos, como he dicho, los que más fácilmente y sin esfuerzo podían avistarla, casi se nos antojaba un milagro que fuera Simón el que las había divisado. Pero lo cierto es que no había tal milagro. Los frailes estarían todavía ocupados en sus rezos, pues era muy temprano, o tal vez las ballenas aparecieran por donde nadie se las esperaba.




©Jiménez, Edorta. Voces de ballena, Txalaparta, Tafalla, 1999

©Traducción: Mikel Iriarte