LERTXUNDI, Anjel:
La felicidad perfecta
Fragmento de la novela La felicidad perfecta, Alberdania, Irun, 2006. Traducido del vasco por Jorge Giménez Bech. Publicado originalmente como Zorion perfektua, Alberdania, 2002.
Enciendo el flexo y lo oriento hacia el atril. La luz, en su camino, ilumina las fotos viejas colgadas encima del piano mi padre las llama "el panteón familiar". La luz, por fin, se posa sobre el atril, donde reposa la partitura de Scènes d'enfants de Schumann.
Desde que llegué a casa, aquella era mi primera oportunidad de estar sola. Había esperado ese momento durante toda la cena: necesitaba aislarme para ordenar mis pensamientos. Pero la ira me nublaba la mente, me impedía el sosiego. Estaba encendida, sí, pero no porque mi padre me hubiera llevado la contraria en lo de los estudios. Estaba enfadada conmigo misma, me sentía sucia, porque había actuado conforme al más despiadado de los cálculos: para salirme con la mía en el asunto del conservatorio, había tratado de aprovecharme del ambiente emotivo creado en torno a un asesinato.
Había dicho lo que pensaba, sí, pero ¿a qué precio?
Controlando a duras penas la rabia, empiezo a tocar el piano. Unas escalas a gran velocidad, para desentumecer los dedos. Mi cuerpo, al moverse, proyecta sombras sobre el negro del piano, sobre las viejas fotos colgadas encima de él, sobre el blanco de la pared.
Ataco Bonheur parfait. A borbotones, dando salida al enojo interior, sin cuidar lo más mínimo el equilibrio en la relación entre ambas manos. Concluida la pieza, miro el reloj: cincuenta y dos segundos. La versión de la pianista Maria-João Pires modelo que seguimos en la academia dura un minuto y siete segundos. Le he sacado quince segundos, ¡en una pieza que dura poco más de un minuto!
Pongo en marcha el metrónomo y tomo aire para serenarme. Hago crujir los nudillos. Cierro los ojos, y ataco los pianissimo iniciales, con toda la conciencia puesta en cada movimiento de los dedos: quiero que cada mano trabaje como es debido. Salgo bien parada de la transición que hace pasar el protagonismo desde la mano derecha a la mano izquierda, también me sale con toda nitidez el inmediato cambio de tono, y, tras el fragmento en que las notas avanzan al trote, concluyo la pieza con el temple requerido por los últimos compases. Un minuto y cinco segundos. ¡Muy cerca del modelo, y sin graves errores! Acometo la pieza por tercera vez, ahora sin metrónomo.
El resultado fue parecido al anterior, un par de segundos arriba o abajo. Estaba perpleja, ¡podía proclamarme en estado de bonheur parfait!: conservo con toda precisión en mi memoria la felicidad de aquel momento. Desde que empecé a tocar el piano, aquél ha sido el momento más importante, porque entonces comprendí, en la práctica, no en teoría, el verdadero sentido de la metáfora que la profesora empleaba tan a menudo: "La técnica y el talento son como dos amantes". Hacía crujir los nudillos antes de proseguir su discurso: "El resultado artístico depende de la relación que se establezca entre una y otro". Pero, por lo que a mí respecta, la metáfora de los amantes dejó de ser, el día del asesinato, una mera frase: como en una experiencia carnal, sentí que técnica y talento se unían en mis dedos.
Le llegó el turno a Histoire bizarre, otra pieza, más trotona ésta, de Scènes d'enfants. Mis dedos evolucionaban sobre el teclado de forma completamente natural: técnica y talento formaban pareja de baile. Me asaltó un pensamiento que posteriormente he rememorado con frecuencia. El piano es un animal, un bello perro de pelo suave. Yo lo acaricio; le lanzo un palo al aire, para que corra; y el perro, de un salto, lo atrapa en su boca. Luego se sienta sobre sus patas traseras, y, agradecido, mueve la cola a un lado, al otro lado; a un lado, al otro lado, como un metrónomo.
Desde aquel día, si me noto nerviosa cuando me dispongo a dar un concierto, miro al piano como si lo que tengo frente a mí fuera un perro: hablamos; lo acaricio; pulso las teclas a ritmo de paseo, à promener, à promener, y salimos a caminar juntos.
Pasé muchos años sin contar a nadie aquellas ocurrencias mías. Quebré la norma tras dar un concierto en un pequeño teatro de Bilbao. Fue en vísperas de la ruptura con mi pareja. El concierto me había salido bien, y estaba contenta. Bebimos champán en el bar del hotel, y, una vez en la habitación, y con intención de atenuar la frialdad que reinaba entre nosotros, le conté lo del piano y el perro. Le dije que aquel día el piano se me había portado una vez más como un perro fiel. Y él, con una risotada grosera, me respondió: Cuando tocas mal una nota, ¿qué hace tu perro?, ¿ladra, muerde o se caga?
¡Mierda!, me maldije a mí misma, por intentar arreglar algo que no tenía remedio.
Y, mira por dónde, alguien entra en el cuarto del piano y, tras colocarse detrás de mí, posa sus manos sobre mis hombros. Mi madre, por la presión de los dedos. Acabo Histoire bizarre y, sin apenas pausa, ataco una vez más Bonheur parfait, para no perder la concentración y también para disimular la conmoción que me ha producido el gesto de mi madre.
Al acabar la pieza, miro el reloj. Un minuto y trece segundos. Ahora me ha quedado más lenta que el modelo; pero estoy satisfecha.
Mi madre, casi en un susurro, me dice:
¿No era ésa la pieza que tanto te costaba? Pues te ha salido muy bien. De verdad.
Giro los ojos para agradecerle el comentario, y veo a mi padre en la puerta. La sonrisa que me dirige revela que lo que acaba de ver en la televisión lo ha tranquilizado:
Han dicho que no ha habido testigos. El caso es que tú no has aparecido, y eso es lo más importante. No te molestará nadie.
Las palabras de mi padre han cortado la magia del momento. Con todo, le dirijo una sonrisa cómplice, y abro otra partitura. Mi madre toma una de las fotografías del "panteón familiar" y, con el borde del delantal, se pone a limpiar el marco y el cristal de rastros de polvo que sólo ella ve. Repite la operación con el resto de las fotografías, una por una. Luego, mira a mi padre y sale con él hacia la cocina. Los oigo hablar. La pieza que toco es sencilla, y no necesito pisar el pedal de la sordina para oír su conversación.
No han dicho nada especial. Que estaba divorciado. Y que si andaba trapicheando explica mi padre. Pero las imágenes eran posteriores al asesinato, de cuando metían el cadáver en la caja. En cualquier caso, posteriores a que nuestra hija se marchara de allí. Así que podemos estar tranquilos, porque nadie sabe nada.
La gente siempre sabe le corta mi madre.
¿Crees que, de haber sabido algo, los de la televisión se habrían quedado con los brazos cruzados? ¿Que no aprovecharían la ocasión de enredar por ahí?
No oigo la respuesta de mi madre. Sí, en cambio, la continuación de mi padre:
Buena es esa gentuza. Sin pelos en la lengua, y muy de izquierdas, cómo no, pero luego, si perjudican a alguien, te dirán y engola la voz, como un imitador: nosotros somos la garantía del derecho a la información.
Mi padre no para de hablar, ahora con la boca llena. Estará comiendo un trozo de queso, a juzgar por la protesta que oigo:
Eh, deja, que voy a tomar el último traguito.
Mi padre cumplía el mismo ritual después de casi todas las cenas: cuando mi madre iba a retirar el vino, él, con el pretexto de ayudar a pasar al queso, le pedía un último trago, con atenuante incluida, porque siempre decía traguito.
Políticos, periodistas, vaya gentuza. ¡A cuánto desgraciado damos de comer! ¿Y esos otros que creen que van a salvar al mundo? Mi madre le dice que baje la voz, pero en vano. ¡Qué crueldad! ¡Hay que matar a alguien delante de una cría!
La cría soy yo. Y los crueles, los asesinos.
Pero ya se habían producido atentados antes de que yo fuera testigo del asesinato, y mi padre nunca había empleado palabras como crueldad. Eso sí, apenas diez minutos antes se había referido al muerto, y con toda tranquilidad, como un tipo cruel. Cuántas veces le habré oído expresiones como "¡Algo habrá hecho!". Y yo siempre había aceptado sin más esas expresiones. ¿Entonces? Ocurría que yo era ahora la razón de que mi padre calificara a los asesinos, por primera vez en su vida, de crueles.
Hace ahora ocho meses, uno de los días que pasé en el hospital cuidando a mi padre, la televisión interrumpió la programación y dio la noticia de un atentado. Permanecimos un buen rato en silencio. De pronto, mi padre exclamó "¡Cuánto tiempo así! Pasamos mucho miedo por ti, pendientes de los líos en que podías andar metida". A continuación, hizo un breve discurso contra el odio, con voz cansina. Ya tenía el cáncer muy extendido. "El odio es como el fuego me dijo, cuanto más quema, más combustible precisa". Le hablé del día en que, en la cocina de casa, le oí llamar crueles a los asesinos. Él no lo recordaba, pero, avergonzado de que aquella fuera la primera vez en que había hecho explícito su horror ante la violencia, me respondió con la gravedad de quien está dictando testamento: "Utilizamos las palabras para construir nuestro pequeño mundo, y las moldeamos a nuestra conveniencia, sin pararnos a pensar si pisoteamos o no el mundo de los demás".
