LINAZASORO, Karlos:
Un vagón en la llanura

(In Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, 2005. Traducción del autor)

Estaba ya en las cimas de la desesperación con el amigo Cioran, cuando ocurrió el accidente. Fue un estruendo obsceno, inenarrable. El vagón se arrugó como un acordeón, y las moscas dejaron de copular sobre la ventanilla. Sonó alguna alarma lejana, que tenía algo de militar o de inoportuna, no sé bien; abrí entonces los ojos, vacilante, empapado en un sudor que procedía seguramente de los sesos, y miré, con una mirada entre cenicienta y azul, el libro que se me había caído de las manos llenas de sangre, y es cierto que me alegré. Mas no duró mucho mi alegría; mi interlocutor –un anciano de pelo cano, hombros caídos y mirada nítida y transparente– yacía muerto en el suelo gris dos hileras más allá. Estaba muerto y sonreía áridamente. Sostenía unas lujosas gafas en la mano enorme, la derecha, pues era manco de brazo izquierdo, según él mismo me refirió minutos antes del percance. Justo, creo recordar que me lo dijo, cuando atravesábamos una mugrienta llanura, donde pudimos divisar bultos memorables y rostros alargados arando con desgana. Se lo hice notar y me dijo que callara, que era manco de brazo izquierdo, y que aquel hándicap lo traía por la calle de la amargura. Yo, que sólo se ver el lado bueno e incluso cómico de las cosas, le pregunté, no sin cierta sorna pero así y todo respetuosamente, que dónde paraba aquella calle, que yo era un pobre escritor de provincias. Se puso lívido y triste, y se peinó a raya con habilidad encomiable. Luego rompió a reír con todos los ojos y recuerdo que un momento hubo en el que todo el vagón se rió con su risa. Hace un instante como quien dice. ¿Y no fue tal vez aquella risa cruel y espasmódica la causante del accidente?

El anciano, obviamente, nunca respondió a mi pregunta. Después de la risa y la llanura, nos hicimos amigos. El tren traqueteaba violentamente, como si fuese un lagarto descompensado o roto, y el anciano –que por pudor u otra norma de conducta que no pude deducir, nunca me dijo su nombre– tuvo que sostenerse la dentadura varias veces en un lapso brevísimo de tiempo. A pesar de lo violento de la situación, ya digo, nos hicimos amigos. El trato fue entre los dos solemne, pues estábamos frente a frente, y me dijo que era maestro y viudo liberal. El calor era sofocante a aquella hora del mediodía, y le advertimos al interventor que el aire acondicionado no funcionaba correctamente, pero dando a entender también subrepticiamente que el aparato estaba apagado y que no había desde luego derecho a que aquello fuese así. El interventor nos picó por quinta vez los billetes y desapareció como un fantasma extraordinario. Comentamos brevemente aquella extraña desaparición; los dos, de seguro, pensamos lo mismo, pero nos abstuvimos de exteriorizarlo. El traqueteo cesó un punto, mas no el calor, y el anciano cayó en un profundo sopor. Se durmió con su sonrisa y su mano grande y su pantalón impecable, y yo saqué el libro de Cioran del bolsillo como con cierto fastidio y con las manos viscosas.

Media hora de lectura fue más que suficiente para encaramarme a las cimas de la desesperación. El terror me atenazaba. Vi dos moscas copulando contra el cristal, soezmente, sin amor. Miré por última vez a través de la ventanilla y alcancé a ver –aunque ya no lo recuerde– pájaros encendidos, flores de papel y algún ángel sobre los tilos demorados de la tierra. Y ya, el accidente. Un crujido partió la quietud de la tarde, el bochorno, la siesta leve, la lectura. Tal vez un encontronazo, un descarrilamiento, un despiste del que jamás se nos daría cuenta. Esto fue, en verdad, lo primero que pensé. Pero no; nada de esto había: ni encontronazo ni descarrilamiento ni despiste, aunque no me percaté de ello hasta más tarde. Al principio me pareció un accidente, obsceno e inenarrable. No se sabían los motivos, pero bien pudieran ser cualquiera de los tres que referí. En todo caso, no fue aquella mi primera preocupación después del suceso. Primero fue interesarme por el amigo anciano, al que encontré muerto dos hileras más allá, con una sonrisa árida en la boca de plata. Lo atraje hacia mí con virulencia, con vigor, queriendo pensar que sólo dormía, cuando comprobé, no sin sorpresa, que aquel cuerpo que yacía sin vida sobre el suelo gris del vagón, no era un hombre sino un muñeco de trapo, extraordinariamente bien hecho, eso sí, pero sin rastro de sangre en sus venas. Era sólo trapo y serrín, era todo mentira, y me dolió el alma y la blasfemia.

Aquella desagradable sorpresa hizo cambiar de raíz mi visión de los acontecimientos. Sentí de pronto un vacío negro en el estómago, un dolor secreto y espeso, y vomité un agua verde y pestilente sobre el cuerpo ingrato. Me puse en pie. Con cierta distancia, con calma manifiesta, miré a los demás pasajeros del vagón. Todos permanecían en sus sitios, sentados, egoístamente ajenos a lo que había sucedido. Encendí un pitillo y un ciego dijo: "Qué pasa. Qué es lo que pasa." Nadie respondió y el aire se volvió atroz. Fumé entre toses y ostentosos movimientos. Pensé que, si todos aquellos viajeros seguían allí sentados tranquilamente, ajenos y sonriendo sin dientes a todo y a nada, era porque en rigor no había habido accidente; y, si era verdad que algo había sucedido, no era como para calificarlo de tal, y mucho menos aún de obsceno e inenarrable, cosa que yo hice al principio, influenciado sin duda alguna por mis lecturas y empujado por mi facilidad para la hipérbole y la desmesura. Rememoré, pues, la escena con más frialdad, con el rigor de la distancia, y llegué a la conclusión de que me había excedido en mis juicios de valor, que no hubo tal estruendo ni tal obscenidad, sí desde luego aquel arrugamiento acordeonístico, pero precisamente acordeonístico, pues al instante el vagón volvió a su ser como empujado por un fuelle gigantesco e invisible, por lo que, salvo algún leve coscorrón o herida superficial, todo siguió como si nada hubiese pasado.

Pero era evidente que algo había pasado; no algo obsceno e inenarrable, pero sí, aunque leve en la forma, grave y hasta irremediable en el fondo. Todo parecía igual, pero todo había cambiado; era como el caudal de un río: siempre igual pero siempre diferente. Aventuré varias hipótesis, racionales, no desaforadas, que dieron como resultado un agrio sustantivo: complot. La palabra salió de mi boca y tomó cuerpo y se hinchó como un pecho materno. La pronuncié y luego ya no la pude capturar: era una paloma verde con voz de luna. Complot, repetí, masticando cada letra. Pero, por qué razón, me pregunté, por qué nosotros. No lo sabía, como tampoco podía saber qué objetivo se pretendía o quién era el que movía los hilos secretamente, o quiénes. Me hubiera gustado saberlo, claro, porque ha de conocerse el enemigo para mejor poder combatirlo, pero supe de inmediato que no lo sabría nunca. Irremediablemente nunca. De la misma manera que inexorablemente supe que aquello era un complot, maquinación o sabotaje, de consecuencias también irremediables. ¿Qué me inducía a pensar así? ¿Qué datos fehacientes tenía para afirmar semejante atrocidad?

Iba a explicármelo con gestos que me eran conocidos –con resignación nerviosa, pudiera decirse–, cuando sonó Schubert. Lo reconocí enseguida; una tristeza muy honda, sin adornos, me hizo saber que estaba solo. Me sobrepuse como pude a la impresión y me fijé en el ciego, en el niño que leía con su madre un cuento de hadas amarillas, en la pareja de jóvenes que se exoneraban de los fuegos más antiguos sin pudor, como las bestias de los bosques, sin miedo a buscarse los ojos en la madriguera o la maleza de la muerte. Ella le decía cómeme los labios, cómeme los labios, así, como una muñeca que repitiera una frase insulsa, sin emoción, y él, que era más joven que yo y también hermosamente calvo, se afanaba con ahínco en satisfacer el ruego de la amada, mirando de reojo a un grupo de jubilados tarjeta dorada que a su vez lo miraban de reojo, pensando sin duda alguna que ellos lo harían mucho mejor que aquel muchacho inexperto que comía unos labios equivocados y dulces y abiertos como pétalos. Y así pues dejó de sonar Schubert y dejé de mirar hacia afuera para mirarme hacia adentro; estaba solo y debía explicarme con total rigor cuáles eran las razones por las que mi boca pronunció la palabra complot, aquel horrible sustantivo que parecía escrito por una mano anónima y, sin embargo, tan cruel y cercana. Me senté; un avión perforó el cielo cárdeno y aquella fugaz visión hizo que me sintiera como un náufrago abandonado en medio de una isla desierta, aunque no sabría decir por qué. Encendí otro cigarrillo, y en aquel mismo instante el ciego repitió con voz áspera: "Qué pasa, qué es lo que pasa." Miré la leyenda de No fumadores que tenía sobre mí, y recogí la indirecta del ciego; me estaba prohibiendo fumar. Me hice el sueco, claro; es más, aprovechando el clima de recogimiento casi místico que reinaba en el vagón, resolví apagar la colilla en una de las manos del ciego, para que supiera quién mandaba allí; y así lo hice; él no se quejó un ápice, lo cual yo achaqué, bien a una forma de ser pusilánime, bien a una manera de demostrar sumisión hacia mí. Aunque bien pudiera ser que me las estuviera jugando con un asqueroso masoquista. ¿Y si así fuera? ¿Y si fuera un cerdo masoquista? No lo dudé dos veces; siempre he sido un hombre dinámico y resuelto: me quité el cinturón y le aticé entre treinta y cuarenta veces; sin saña pero con firmeza, en cabeza, tronco y extremidades. No se quejó ni una sola vez, no dijo esta boca es mía, y lo dejé por imposible, aunque sin dilucidar del todo si el ciego gozó o no con la azotaina, aspecto éste que, a fuer de ser sincero, me dejó bastante mal cuerpo.


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