LIZARRALDE, Pello:
Un ange passe.

Fragmento del cuento «Un ange passe». In Olaziregi M.J., (ed.) 2005, Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, Madrid. Traducción de Ana Urrutia. Publicado originalmente en euskara como Un ange passe. Isilaldietan, Erein, 1998.


Estaban detenidos a medio kilómetro de la cima del puerto. Una treintena de vehículos en medio de la deslumbrante blancura de la llanura pelada, todos alineados en la misma dirección. Los que iban en dirección contraria se hallaban en la otra vertiente del puerto, cumpliendo las órdenes de los policías de boina roja.

A veces se podían percibir en los coches y camiones de los últimos puestos de la fila movimientos para intentar entrar en la no muy larga recta de la cima y recorrer los pocos metros que faltaban para superar la pendiente.

Kurt acababa de entrar en dicha recta y tenía todavía un trecho para avanzar. Pero el chófer del trailer que le precedía sacó el brazo y le indicó que parara. Kurt frenó con mucho cuidado y, al cabo de medio minuto, apagó el motor. Él también miró atrás y repitió la señal al trailer y a los tres coches que podía distinguir por el retrovisor. Suspiró y apoyó los brazos y la cabeza sobre el volante. Después se volvió hacia atrás y cogió el termo de encima de la cama. El trago de café no le sentó bien, le pareció tibio y amargo. Abrió la ventanilla y vació el termo. Los restos de café tiñeron la nieve y el hielo que había en el centro de la calzada.

A continuación, Kurt se puso las gafas de sol y abrió la puerta de la cabina. Antes de saltar buscó un trozo de asfalto limpio. Bajó hacia la izquierda y miró adelante.

—Ach, scheisse! —murmuró con los dientes apretados, y rompió un trozo de hielo sucio de un puntapié.

Habría unos doscientos metros hasta el trailer cruzado, y unos veinte chóferes en aquel espacio del carril izquierdo intentando llegar, con paso inseguro, hasta él. Los ojos de Kurt recorrieron, desde las más cercanas hasta las más lejanas, todas las oscuras figuras que avanzaban de uno en uno o, como máximo, de dos en dos.

Aunque no se notaba ningún movimiento, Kurt, al ver el humo que tapaba intermitentemente el trailer, se dio cuenta enseguida de que en aquel lugar las cosas no se habían calmado, y, con las manos en los bolsillos, él también se dirigió hacia allá.

Como había menos hielo, decidió caminar por la cuneta izquierda. Al volver la cabeza hacia uno y otro lado se detenía un instante. Entre los camiones que había a la derecha divisó un remolque de su país. De la blanca llanura del lado izquierdo le llegaba el silencio a oleadas. Junto a la cuneta, el matorral pelado y la luz de las gotas heladas en las ramitas.

Kurt se asomó al otro lado de la maleza para ver mejor las leves huellas de las aves. Respiró profundamente y miró al cielo antes de ponerse en marcha.

Cuando el olor a humo y los ruidos del motor fueron haciéndose más intensos, Kurt aminoró el ritmo de sus pasos y, una vez junto al camión, se colocó un poco más atrás de los allí reunidos. El trailer era inglés y los que intentaban ayudar e informar al chófer estaban al otro lado. Desde donde se hallaba Kurt podía divisar sus piernas. A veces gritaban, con un tono impregnado de nerviosismo.

Kurt advirtió que a pocos metros de él se encontraba su compatriota. Llevaba la bandera cosida en la manga de cuero. Era muy joven, se protegía la cabeza con un gorro de lana y mantenía muy abiertos sus claros ojos.

Algunos chóferes empezaron a retirarse. La voz de uno de ellos destacó por un momento:

—¿Para qué tendrá éste las cadenas?

—Con estos extranjeros no hay nada que hacer —continuó otro, sin poder contener la cólera—. Toda la noche ahí abajo esperando el momento de salir y nada más hacerlo? te encuentras con esto. ¡Hay que joderse!

En los viajes que había realizado hasta entonces, Kurt había aprendido lo suficiente como para entender el sentido de lo que acababa de oír. Se acercó a su compatriota y se presentó. Se dieron la mano y se pusieron a charlar, señalando a veces el hielo de debajo del trailer.

Al ver que tendrían para un par de horas, volvieron sobre sus pasos. Una vez que llegaron a la altura del remolque el joven chofer le dijo a Kurt que no tenía intención de salir de la cabina, que aprovecharía para dormir. Kurt se despidió y se dirigió hacia su camión. Todos los vehículos que estaban en la recta tenían el motor apagado. Del fondo de la llanura llegaban fuertes golpes de viento y sonidos oscuros.

Al llegar a su camión Kurt cogió las llaves y cerró la puerta. Se quedó un momento parado detrás del camión mirando la larga hilera de vehículos. Desde aquel inicio de la pendiente pudo contar quince.

—Oye, por favor —oyó nada más empezar a bajar.

Le hablaba desde el asiento del conductor. La muchacha morena del coche blanco tenía la ventanilla abierta hasta la mitad. La chica pelirroja que estaba a su lado también le estaba mirando. Kurt retrocedió.

—¿Se alargará lo de ahí arriba? —le preguntó la chica morena cuando se acercó—. ¿Cuánto tiempo? —dijo, completando la pregunta.

—Un par de horas —y Kurt movió la mano, haciendo un gesto para indicar "poco más o menos".

—Y que ha? —siguió la morena hasta que la de al lado interrumpió la pregunta diciendo "déjale en paz, ése no es de aquí".

La muchacha morena giró la cabeza y le dio las gracias. Sonrió con fatiga antes de cerrar la ventanilla. Kurt levantó la mano para despedirse.

Más abajo, varios coches tenían el motor encendido. En su interior los pasajeros llevaban puesta la zamarra. A pocos metros, en cuanto surgieron las hayas en el borde del camino, empezó a hacerse notar el viento del norte. Un lejano silbido en la espesura del valle sombrío.

—¡Chica, qué haces! ¡Ten cuidado! —oyó Kurt detrás de él.


© Un ange passe: Erein

© Pintxos: Lengua de Trapo