MUJIKA IRAOLA, Inazio:
Como los ahogados a la superficie
Fragmento del cuento «Como los ahogados a la superficie». In Olaziregi, M.J. (ed.) 2005, Pintxos. Nuevos cuentos vascos, Lengua de Trapo, Madrid. Traducción de Jorge Giménez Bech. Publicado originalmente en euskara como «Itoak ur azalera bezala», in Iñaki Aldekoa (antología y prólogo), Euskal ipuinen antología bat, Alberdania, 1993.
Llegué a Austerlitz al anochecer, y, envuelto en la fragancia del verano, me adentré en el corazón de la ciudad paseando por la orilla izquierda del Sena. Entré en el Barrio Latino, boulevard Saint-Michel arriba, deteniéndome de tanto en tanto para depositar en el suelo los bultos que portaba y dar así un reposo a mis manos soltándolas un momento de las asas, antes de reanudar el penoso acarreo. Vi un rótulo azul en la pared con el nombre de la calle que llevaba anotado en un trozo de papel: rue Mouffetard. Era allí. Comprobé el número, y, sin pensarlo dos veces, pulsé el timbre de la pensión. Tras dar varias vueltas a la llave, me abrió la puerta una mujer aproximadamente de mi edad. Le pregunté si tenía habitación para mí. Me hizo pasar, y me obligó a sentarme presionando con su mano sobre mi hombro. Allí esperé a que me trajera la ficha de ingreso, que había ido a buscar en algún lugar del inetrior de la casa.
Varios gatos pululaban entre mesas y sillas. Eran gatos viejos, muchos de ellos con pelo ya escaso. Los había negros, canos, moteados, rubios. Como media docena, en total. Se aproximaban a mi silla y escapaban ariscos al menor gesto mío. Al lado de la ventana había una vitrina, y, en su interior, gatos disecados en diferentes posturas, detenidos allí, con la mirada fija para toda la eternidad.
La mujer regresó con un papel arrugado en la mano, pero volvió a desaparecer en busca de bolígrafo. Por fin, comencé a rellenarlo. El formulario no había sido renovado en muchos años, según atestiguaba el hecho de que en el lugar reservado a la fecha figuraba 194_. Taché el cuatro y escribí un seis sobre el papel amarillento, y acto seguido, un uno.
Acordamos rápidamente el precio, descolgó las llaves y me condujo a mi habitación. Abrió la puerta, y vi los muebles. No me sorprendió que fueran viejos, pero sí que todos ellos estuvieran cubiertos con amarillentas hojas de periódico. Todos, salvo una mecedora situada frente a la galería acristalada. La mujer me precedió, e inmediatamente comenzó a retirar con todo esmero los papeles que cubrían los muebles. Le dije que los recogería yo mismo. No me hizo caso. Alcé la voz para repetirle que lo dejara, que tenía ganas de estar sólo y tranquilo, porque acababa de hacer un largo viaje. Ella, sin embargo, no se detuvo hasta haber retirado todos los papeles. Los depositó, cuidadosamente apilados, sobre la pequeña balda inferior del armario, sin la menor arruga ni doblez.
Me tumbé sobre la cama. Me sorprendió que la dueña no me recitara una por una las normas de la casa, tal como es costumbre en otras pensiones, y se lo agradecí. Los objetos de la habitación estaba dispuestos en torno a la cama. Para empezar, la cama era doble, con su mesilla de noche provista de una lámpara vieja, coronada por una ajada pantalla muy torcida. Sobre la cama, el crucifijo, y en la pared de la izquierda, comido por el polvo y por la propia negrura del lienzo, el rostro de una muchacha gitana en un cuadro. En la misma pared se abría la galería acristalada, con la mecedora delante. Un armario ropero, la mesa de trabajo y su silla con respaldo.
La empresa me había enviado con la misión de elaborar un informe, primero a Lyon, y desde allí a París; debía observar el funcionamiento de empresas semejantes a la nuestra y dar cuenta de las modificaciones que merecieran ser operadas en la nuestra, y debía hacerlo de forma "concreta y precisa", tal como el patrón repetía a menudo. Tenía fresca aún la experiencia de Lyon, por lo que me convenía comenzar a dar forma cuanto antes a las notas que había tomado, de manera que advertí a la dueña de la pensión que tal vez el ruido de la máquina de escribir causara alguna molestia; ella, sin embargo, me respondió que, por ella, podía trabajar tranquilo.
Ni siquiera cené. Había comido en el tren un bocadillo con una Coca-Cola, y, fuera la bebida fría o el pan gomoso, lo cierto es que algo me había sentado mal. Al día siguiente, me levanté pronto, y comprobé que la sala de los gatos disecados, el recibidor de la víspera, se había convertido en salón de desayuno. Sentados en sillas de respaldo alto, dos hombres desayunaban sentados a una mesa en la que se alineaban cuatro tazones. La dueña me dio los buenos días con cordialidad, al tiempo que me señalaba mi tazón. Cuando me hube sentado, retiró de al lado de la taza una ficha amarilla con el número seis. El número de mi habitación. La silla contigua a la mía la ocupaba un hombre manco y calvo. De la destreza con que manejaba los cubiertos deduje que la amputación debía de ser ya muy antigua. Él mismo me lo aclaró, antes de cinco minutos: Gerard. Ancien combattant. Yo le sonreí, pero él no pareció entender mi sonrisa. Et vous?
Le dije que era viajante de comercio, lo cual me libraría, supuse, de dar explicaciones suplementarias. No obstante, ya antes de terminar el desayuno me vi obligado a inventar más detalles. No los recuerdo ahora. Le contaba mentira tras mentira, a medida que se me iban ocurriendo.
Una vez en la calle, decidí dedicar la mañana a pasear, con el pretexto de comprar folios, puesto que mi cita en la empresa que había ido a visitar era al día siguiente. Comí fuera, y, tras la infusión de menta que puso colofón a la comida, regresé a la pensión con el mazo de folios bajo el brazo. Me puse manos a la obra, pero pasé una hora entera ante el folio en blanco, incapaz de dar con el inicio adecuado para el informe referente a mi visita de Lyon. En éstas, y cuando apenas había comenzado por fin a redactar, la dueña entró en la habitación, con un vaso de agua en la mano izquierda y una bolsa negra de plástico en la derecha. No dijo nada, ni mucho menos pidió permiso. Se sentó en la mecedora, de costado a la luz exterior.
© Pintxos: Lengua de Trapo
© Euskal ipuinen antologia bat: Alberdania
