SAIZARBITORIA, Ramon:
La obsesión de Rossetti
Fragmento de la novela La obsesión de Rossetti. Traducción de F. Eguia Careaga. Publicado originalmente en euskara como Rossetti-ren obsesioa, Erein, 2001.

He vuelto a guardar el manuscrito en el sobre en el que ha llegado y me he quedado mirando por la ventana las olas grises y blancas que revientan contra un cielo casi negro. La visión de ese mar furioso y desolado bastaría para sentir la humedad mordiéndome los huesos, pero también el ambiente de la casa es desapacible y frío, debido a los días que ha estado deshabitada, y, por si fuera poco, no he logrado poner la calefacción en marcha. Pero, con todo, mi malestar nace de la convicción de que nunca más volveré a ver a Victoria.
«Ya nos veremos», ha dicho antes de irse. «Ya nos veremos», y, tras una breve pausa, ha añadido «algún día». No me ha dejado, pues, ningún resquicio de esperanza. Poco antes, he sido yo quien ha utilizado esa fórmula de despedida un poco estúpida: «Espero que volvamos a vernos». Y ella, en lugar de entenderlo como una pregunta y responder: «Cuando tú quieras» o «Llámame mañana» o, al menos, un indefinido «Cualquier día de éstos», que es lo que esperaba oír, ha repetido simplemente: «Ya nos veremos», y, todavía peor, añadiendo la coletilla «algún día». Eso sí, lo ha dicho con una voz muy dulce, lo que tampoco significa nada, porque Victoria no sabe hablar de otra manera, excepto para decir que Dante Gabriel Rossetti le parece un miserable.
Era evidente que pretendía eludir el compromiso de una cita o que, como mucho, dejaba en manos del azar la posibilidad de un encuentro. Por eso, cuando ha dicho lo de «Ya nos veremos... algún día», tampoco he sido capaz de responderle, como hubiera sido mi deseo, «Espero que sí» y «Podemos vemos mañana mismo si quieres». Y no lo he hecho por no ponerla inútilmente en un aprieto.
Sé que, si volviéramos a vemos algún día, podríamos tomar juntos un café o una cerveza y recordar nuestros paseos por Londres. Y, sinceramente, eso es casi lo peor: que ni tan siquiera parecía estar enfadada, herida u ofendida; es decir, que no le importo lo suficiente como para albergar hacia mí ningún resentimiento; la he defraudado, como otros muchos antes, supongo, y le ha dado, simplemente, pena.
Debo reconocer que, si bien el azar digamos que la mala suerte ha influido en el asunto, la responsabilidad de que nuestra incipiente pero hermosa relación se haya ido al traste es sobre todo mía. Ahora, demasiado tarde ya, cuando me consta que la he perdido para siempre, no tengo ninguna duda de que estoy loco por ella y sé que tampoco yo le era indiferente; de eso también estoy seguro. Es evidente que la tenía que haber hecho partícipe de mis sentimientos abiertamente: «Creo que estoy enamorado de ti, Victoria», debería haberle confesado, o «Estoy loco por ti, Victoria», con esas palabras; y ella, probablemente, me habría respondido que yo también le gustaba. No sé cómo lo habría expresado. «Yo también te quiero un poco», quizá, porque es una fórmula que las mujeres utilizan mucho para dar a entender que no les somos del todo indiferentes; y habríamos quedado en seguir viéndonos, y ahora, aunque estuviera mirando por la misma ventana, seguro que el mar de pizarra que arroja su ira de espuma contra un cielo plomizo me parecería un paisaje sublime, porque estaría citado con ella para cenar mañana, en un sitio agradable, en el Urepel probablemente, junto al río.
Claro que, ahora, a la vista de los resultados, es fácil deducir que cualquier decisión hubiera sido preferible a la que tomé. Pero, entonces, tenía tal miedo de decepcionarla, de dar un paso en falso, que traté de buscar una fórmula segura para seducirla, algo más contundente, y, sobre todo, más original, que recurrir al previsible «Creo que te quiero».
De hecho, mientras paseábamos por Londres, más de una vez estuve tentado de pararme, interrumpir la conversación y decírselo: «Victoria, creo que te quiero», pero temía que aquella revelación la alejase de mí, que se sintiese ofendida porque malinterpretara su actitud hacia mí, que, sin duda alguna, era amistosa. Porque si algo molesta profundamente a las mujeres es que los hombres tratemos de ir más allá de la relación de simple amistad, cuando ellas desean mantenerla en ese plano. Se sienten traicionadas, defraudadas quizá, al ver que no sabemos interpretar su afecto o su simpatía hacia nosotros y, por lo general, actuando así, no hacemos sino poner en peligro la amistad de la que queríamos trascender.
Por eso, no quise expresarle mis sentimientos abiertamente, porque temía violentar la incipiente relación que había logrado establecer con ella, todavía débil y superficial, por tanto; aunque ahora, claro, pienso que si me hubiera atrevido a decirle algo como «Creo que te quiero», en el peor de los casos se lo habría tomado a broma; que, como mucho, habría dicho risueña: «Cómo eres, fantaseas» o «No digas tonterías, no me conoces lo suficiente, no sabes cómo soy» o quizá algo más filosófico, en plan «No me quieres, quieres quererme», o algo así.
Ahora, ya digo, visto el resultado, es evidente que cualquier decisión hubiera sido mejor que la que finalmente adopté. Aunque, claro, tampoco me faltaron razones para hacer lo que hice. En primer lugar, pensé que, para quien posee unas dotes mínimas, el recurso a la escritura ofrece una serie de ventajas frente a la comunicación oral: por escrito uno puede permitirse ser más audaz quizá por eso, los escritores, en general, no suelen ser personas audaces, me parece a mí, porque se elude la presencia física del interlocutor y, sobre todo, porque permite escudarse en la ambigüedad del ejercicio literario; llegado el caso, siempre cabe argüir que lo escrito es pura ficción. En mi situación, además, el recurso a la escritura estaba plenamente justificado, a la vista del resultado obtenido en alguna experiencia anterior, y, en particular, del éxito indiscutible que obtuve con Eugenia, unos años antes, valiéndome de un texto de muy pocas líneas.
Y, claro, tras aquella experiencia que en su día me pareció tan exitosa, era lógico pensar que el texto que tan eficaz había sido con Eugenia podía darme los mismos resultados con Victoria, habida cuenta, además, de que tienen muchas cosas en común: su nivel social es parecido, ambas poseen una buena cultura, son inteligentes y, sobre todo, aprecian la literatura.
Pero tenía un problema: había olvidado casi por completo el contenido de la nota en cuestión y, por eso precisamente, acabé obsesionándome con ella. Se me metió en la cabeza que aquel texto, y sólo aquél ningún otro me servía, podía permitirme acceder al afecto de Victoria y ésa fue la razón de que me empeñara en recuperarlo a toda costa. Eso fue, poco más o menos, lo que pasó.
En realidad, todo el mundo se obsesiona al tratar de recordar algo que, indefectiblemente, se tiene en la punta de la lengua. Yo, desde luego, me encuentro muy a menudo en esa situación, y más desde que empecé a escribir en ordenador, porque, en esas operaciones inevitables de cortar y pegar textos, se me pierden con cierta facilidad; supongo que es algo que les sucede a las personas que, como yo, han llegado tarde a la electrónica. Y, en esas ocasiones, me suele ocurrir que el texto perdido aunque sólo sea una línea, una palabra, el simple encabezamiento de una carta me parece irreemplazable y le dedico horas a la imposible tarea de recuperarlo. Me obceco con que únicamente las palabras que he perdido y en la disposición precisa que tenían en la frase pueden formular mi pensamiento y, mientras no las recupero, no acierto a escribir otra cosa. En definitiva, me paso horas y días en el intento inútil de extraer el texto perdido de la máquina, llamando a todos los amigos que saben algo de informática, porque creo que no seré capaz de volver a escribir con total fidelidad puesto que ha de ser con total fidelidad la palabra, la línea, el párrafo o lo que sea que haya perdido.
Claro que, en el caso de la nota que le escribí a Eugenia y que quería volver a utilizar con Victoria, la nostalgia por la palabra perdida estaba plenamente justificada. Por un lado porque, como ya he dicho, era evidente el impacto que causó en Eugenia. Nada más recibirla, su actitud hacia mí cambió de forma radical y se hizo, como mínimo, apasionada. Y, como es natural, ese recuerdo estimulaba mi deseo de recuperarla, máxime teniendo en cuenta que, como la escribí a mano, ni tan siquiera tenía el recurso de distraer mi obsesión sentándome ante el ordenador y buscando el texto en las entrañas del disco duro.
Sedano un amigo psicoanalista de profesión, con el que he compartido algún proyecto literario dice que lo mío es una neurosis obsesiva. Según él, la neurosis obsesiva no es una condición con la que se nace, pero se desarrolla en fases muy tempranas. No tengo conciencia de haber sido uno de esos lascivos precoces, tipo el hombre de las ratas de Freud, que se masturban a los cuatro años, pero de lo que no cabe duda es y sé bien de lo que hablo de que la neurosis obsesiva, si ése es mi mal, no mejora con los años.
Yo recuerdo que antes tenía poco apego a las cosas que escribía. Es posible que de joven se tienda a ser más generoso en todo, pero, en el terreno creativo, esa disposición destaca todavía más, debido, con toda probabilidad, a que uno se siente como una fuente inagotable de ideas, y, ciertamente, los poemas, sobre todo, te brotan del corazón a borbotones, y no tienes problemas para dedicárselos por docenas a todas las chicas que te gustan.
También es cierto que, en la juventud, los criterios de calidad que se exige uno no son muy estrictos y que se tiene menos pudor, o más alegría, para el plagio, lo que, obviamente, favorece la producción. Por lo que sea, la cuestión es que me resulta difícil imaginarme a mí mismo de joven obsesionado por la pérdida de un verso, porque, con toda seguridad, hubiera escrito otro, tan bueno o tan malo como el anterior, sin pensármelo dos veces, o me las hubiera arreglado echando mano de una antología «He abierto una ventana al mar» es un verso que, en otro tiempo, utilizaba bastante como arranque en fin, cualquier cosa antes que complicarme la vida inútilmente. Eso es lo que tenía que haber hecho Rossetti, pero se obsesionó con recuperar sus poemas, que al pobre le debían de parecer sublimes, y, en cierta forma, eso mismo fue lo que me pasó a mí.
Era algo que a Victoria no le cabía en la cabeza: esa mezquindad de los creadores, esa tendencia a magnificar su trabajo; «Preferirían que se derrumbase una catedral gótica a que se perdiese una línea de su obra», recuerdo que comentó alguna vez. Aunque, normalmente, su hablar era suave, muy dulce, el tono devenía amargo cuando decía que Rossetti le parecía un miserable. Se lo oí varias veces y, desde luego, aseguraría que no bromeaba.
Yo no he sido siempre así; mi obra si es que puedo hablar de obra, porque, al margen de algún trabajo de encargo, no he publicado más que Adiós, desgracia, adiós, una novela de juventud cuyo título difícilmente puede ocultar las fuentes que la inspiraron, mi actividad literaria, quiero decir, nunca me ha obsesionado, ni he ido por ahí, como otra gente, tomando nota de mis ideas en servilletas de papel pensando que eran maravillosas.
© Rossetti-ren obsesioa: Erein
