URRETABIZKAIA, Arantxa:
El cuaderno rojo
Fragmento de la novela El cuaderno rojo, Ttarttalo, 2002. Traducción de Iñaki Iñurrieta. Publicado originalmente como Koaderno gorria, Erein, 1998
L marca una crucecita en el plano de Caracas, sobre el lugar I donde viven los niños. El barrio está hacia el sur, hacia el sudeste más exactamente, aunque el trayecto que ha debido recorrer hasta el hotel parecía darle a entender otra cosa.
Es tarde, hora de cenar, pero no tiene hambre. Se ha quitado los pantalones y sólo tiene puesta una camiseta. Se la quita también, después de comprobar si huele a sudor. En el armario, todavía están la blusa y la falda del primer día, nada más. Hace un amago de ir al baño pero al fin se tiende sobre la cama, tras comprobar que el cerrojo de la puerta está echado. Toma el cuaderno de la mesilla y, cuando lo coloca sobre su vientre desnudo, se da cuenta de que tiene húmeda la piel. Quita el cuaderno de allí y lo pone sobre las sábanas. Quisiera escribir, pero no tiene qué contar, como no sea que los niños han besado a su padre y que ha conseguido las señas. No le parece razón suficiente. Por un momento se le pasa por la cabeza que puede pedir ayuda en la dirección a la que envió la primera carta, estoy sola y lejos de casa, o algo por el estilo, pero ese pensamiento no cuaja. Se ha quedado allí, colgado del espeso aire de Caracas que parece hervir constantemente. Siempre ha sido habladora, o al menos eso le han dicho desde muy niña, y tendrían razón, pues en este momento ésa es precisamente su mayor necesidad, alguien con quien poder conversar.
Toma el cuaderno y empieza a leer de nuevo.
"Nos casamos el año que murió Franco, justo la semana siguiente. Vuestro padre quería vivir conmigo, quería formar una nueva familia, y se valió de vuestra abuela como excusa. Decía que la pobre no entendería que no nos casáramos; qué me importaba claudicar también en eso ante el Estado, casarse era como rellenar el impreso de solicitud del carnet de identidad. Bueno, a estas alturas sabéis de sobra cuán convincente puede llegar a ser vuestro padre, incluso cuando miente.
"Así pues, nos casamos a la semana de morir Franco, casi sin ceremonias. Yo tenía veintiocho años, y vuestro padre treinta. Nos fuimos a vivir a un barrio de San Sebastián, en una casa que yo tenía alquilada anteriormente. Vuestro padre era mecánico, yo profesora. Y hacía tiempo que ambos estábamos en la misma lucha contra la dictadura, por la libertad de nuestro pueblo.
"Fueron años felices, muy felices, y quizá me emborraché de aquel exceso de felicidad. Tenía prisa, ansia de vivir, como si cada día pudiera ser el último. Ahora me parece que más que vivir deprisa huía de algo, que temía la normalidad. Pero eso me lo parece ahora, cuando lo que deseo es precisamente una vida normal y corriente.
"El caso es que nos casamos y al mismo tiempo decidimos que era demasiado temprano para tener niños, que aquellos meses nos daban la oportunidad de cambiar la dirección de la historia, y eso era lo que tenía prioridad. No creáis, nuestras razones eran de peso, muy elaboradas, discutidas, no de esas que surgen del descuido o la dejadez.
"Pero al año de casarnos me quedé embarazada. Una mañana, camino del trabajo, me sentí mal. Pasarían un par de semanas antes de poder comprobar cuál era el origen de mi malestar, pero aquella mañana, en el baño, cuando mi cuerpo se esforzaba por arrojar incluso lo que no contenía, presentí que estaba embarazada. Eras tú, Miren, o la semilla de la semilla de lo que tú eres.
"Hasta que el médico confirmó mis sospechas no comenté nada a vuestro padre. Pensé que no le gustaban las sorpresas y que me atribuiría la responsabilidad de lo ocurrido, que no recibiría la noticia con alegría. En aquella época vuestro padre lo planificaba todo, trataba de controlar la locura que nos rodeaba haciendo planes, y si bien aquellos proyectos no cuajaban la mayoría de las veces, nunca cejaba en su empeño. Para cuando un proyecto se frustraba ya había pensado en otro nuevo, sin rendirse nunca.
"Recuerdo cuándo y dónde le dije que estaba embarazada. Estábamos a la espera de una reunión, a las puertas del ayuntamiento de San Sebastián. Un viento que era anuncio del invierno nos empujó hacia los soportales. Y allí, ateridos de frío, me dijo que no tenía buena cara. Se lo solté de sopetón, mientras, con la mano derecha dentro del bolso, estrujaba el papel que certificaba mi embarazo. Vuestro padre, tan pronto como oyó lo que le dije, me abrazó. Lo cuidaremos entre los dos, dijo mientras ponía sus dos manos en mi cintura por debajo de la gabardina, y que también su madre nos ayudaría. Si los dichos son ciertos, añadió a continuación, será niña, por eso tienes tan mala cara, cariño.
"Después, abrieron las puertas y comenzó la reunión. Pronto seremos una verdadera familia, me dijo aquella noche, de vuelta a casa. Pasaron los días, las semanas, el vientre se me empezó a hinchar, pero nuestra vida no cambió en lo fundamental. El trabajo, las reuniones y a dormir; de nuevo el trabajo, las reuniones y a dormir; y muy de vez en cuando, alguna cena entre amigos.
"Aparte de aquellas primeras semanas, tú, Miren, no me diste ningún trabajo durante todo el embarazo. Cuando todavía nadie sospechaba que estaba encinta si yo no lo decía, se acabaron los mareos matinales y en adelante te adueñaste de mi cuerpo en completa paz; eras tú quien gobernabas mis pechos, mi cintura, mi vientre, incluso la misma cara. Te fuiste haciendo de un modo natural, no encuentro una palabra más apropiada. Como las hayas que hay ante mi ventana, que para crecer no necesitan más que tiempo.
"Durante aquellos meses seguimos, pues, con el ritmo de siempre, quizá con más brío que nunca. Éramos dos, eso lo tuve claro desde el principio, pero nos apoyábamos mutuamente. A veces, en medio de una reunión o en la escuela, sentía una patada, siempre en la parte de arriba, pero normalmente te movías cuando estaba echada, como si no quisieras estorbar. Allí estabas, Miren, confortablemente dentro de mí, y en algunos momentos hasta me olvidaba de que estaba embarazada.
"Aquel fue el verano de la Marcha por la Libertad, y el último día faltaban dos meses para que nacieras. He olvidado qué hacíamos exactamente cuando la policía cargó contra nosotros, pero veo a la gente corriendo como en una película en blanco y negro, rodeada de la niebla sucia de los botes de humo, huyendo en todas direcciones, y yo cuesta abajo, sola, en una colina yerma que no conocía, sosteniendo mi vientre con manos y brazos, pero sin miedo, puedo decirlo, sin ningún miedo. Cuando el humo empezó a deshacerse me encontré con vuestro padre, y todavía no he olvidado aquel abrazo. Empezaste a patalear y llevé la mano de vuestro padre a mi vientre. Ya éramos tres.
"Las chicas dos, los chicos uno, dijo el médico cuando saliste de mi vientre, larga y fuerte, más de tres kilos y medio, sin nada de pelo. Hasta tu primer llanto fue elegante desde el primer instante. Tus ojos fueron azules desde el principio, y el pelo te creció castaño al poco tiempo.
L cierra el cuaderno, como si hubiera satisfecho su curiosidad. Estoy en tus manos, le había dicho la Madre, que decidiera ella si leía el cuaderno o no.
Antes de dormirse piensa que es tal vez debido a que han pasado tantos años desde que perdió a los niños que la madre haya equivocado la medida, que resulta excesivo, obsesivo, el amor que rezuma el cuaderno. Pero la idea no durará mucho tiempo. Inmediatamente se dirá a sí misma que ella no es juez, sino abogado de la Madre. Una persona cabal, recuerda, y al instante una voz cálida de hombre le dice que qué es eso de irse de vacaciones sola, a saber en qué lío te has metido. No le dijo a dónde ni a qué iba, por supuesto, pero por debajo de la ironía sintió tranquilidad, como si el hombre la protegiera. Imagina que de alguna manera le envía un mensaje, estoy en peligro en Caracas, por ejemplo, y que el hombre viene en su ayuda como Supermán.
Al día siguiente no se siente a gusto, si bien antes de abrir los ojos recuerda dónde está y cuál es su cometido. Los vestigios de una pesadilla que no consigue recordar no desaparecen cuando repasa el plan del día, por lo que se viste con la ropa del viaje y, sin desayunar, coge el coche, con el plano doblado sobre el asiento de al lado.
Son las diez de la mañana cuando aparece ante sus ojos la casa en la que viven los niños. Entra en el portal con la carpeta negra en las manos, y no ve ningún vigilante. Sin toparse con nadie, toma el ascensor tras cerciorarse del piso en el buzón. Octavo B. Tan pronto como se ve en el espejo, se le ocurre que debiera disfrazarse un poquito y, sin dudarlo, saca una goma negra del bolso. Para cuando llega al séptimo se harecogido el pelo completamente estirado en el cogote.
Tan pronto como sale del ascensor ve la puerta a su derecha, y al dar dos pasos en esa dirección oye ladrar al perro de los niños. La puerta del B está abierta, y en lugar de madera ve una reja metálica, desde la que le ladra un ratonero. Se le ocurre que quizá la casa está vacía, pero no, al otro lado de la reja distingue a la mujer que el día pasado conducía la vieja furgoneta, con el niño en brazos.
La mujer lleva el pelo despeinado, con el pañuelo que sujeta el moño medio suelto sobre la espalda, y se ha asustado al ver a L ante la puerta. 1 le dice que viene del ayuntamiento a hacerle unas preguntas, y ella le contesta que vuelva por la tarde, que su marido está trabajando y ella no puede contestar. Que vuelva por la tarde. El perro ha dejado de ladrar y el niño quiere bajar al suelo, pero la mujer no lo suelta. Vuelva por la tarde, repite, y 1 dibuja una son- risa que aun siendo falsa puede resultar creíble. Tras ese gesto le explica a la mujer que las preguntas son muy sencillas, que el objeto de la encuesta es conocer las necesidades del distrito. La mujer no le cierra la puerta, pero antes de contestar entorna los ojos de por sí pequeños hasta convertirlos en dos ranuras negras. La mujer le contesta que tiene tres hijos, la mayor de trece años, el de en medio de diez y el pequeño de casi dos. Sí, ella es nacida en Caracas y sus hijos también. Cuando le pregunta por su marido la mujer se asusta de nuevo, y vuelve a la cantinela del principio, mejor que hablara con él. Después, pone la mano en la puerta que permanece abierta y, disculpándose, le dice que va a cerrar.
L apenas tiene tiempo de darle las gracias, y le contesta alzando la voz que volverá por la tarde. Después, sin esperar al ascensor, comienza a bajar las escaleras, contagiada por el miedo de la mujer. Menos mal que no le ha pedido que se identifique como empleada municipal. Se tranquiliza cuando se encuentra de nuevo dentro del coche y, camino del hotel, piensa que quizá la Madre tenga razón, quizá le robaron realmente sus niños, y se sorprende de la duda que se manifiesta en ese pensamiento. Se sorprende primero, y luego se avergüenza. Y la vergüenza permanece durante horas, como adherida a su ánimo. Todavía sigue allí cuando, tras comer arroz en el chino, toma la dirección de la escuela. No es poco lo que ha conseguido, pero no lo ha planeado bien, y se ha arriesgado demasiado. Ahora la mujer la conoce y sabe que no es natural de allí, que habla como su marido, aunque lo del ayuntamiento se lo haya creído.
© El cuaderno rojo: Ttarttalo
© Koaderno gorria: Erein
