ZABALA, Juan Luis:
Agur, Euzkadi
AL ATARDECER
          -¡La Ertzaintza! -Lauaxeta sintió surgir el grito desde lo más profundo de su ser, al contemplar sorprendido la rotulación del vehículo que se acercaba al banco en el que él se hallaba sentado.
          Nadie llegó a oír aquel grito. Lauaxeta miró a su alrededor y, en un ejercicio de autocontrol, guardó para sí los comentarios que aquella primera sorpresa le habían provocado: "¡El coche lleva pintada la palabra Ertzaintza, el nombre que nosotros pensamos para la policía vasca! ¡Incluso la matrícula es de la Ertzaintza, de nuestra policía! ¡Los nuestros, la Ertzaintza patrullando la calle! ¿Será que al final ganamos la guerra y ahora Euzkadi es libre?"
          Aunque no pronunció palabra, Lauaxeta continuó examinando atentamente el vehículo, por lo que el chofer le dirigió una recelosa mirada al pasar frente a él.
          El rótulo que lucía el coche de policía lo sorprendió más que su repentina e inesperada resurrección. Lauaxeta había muerto en 1937, recordaba al detalle el fusilamiento en el cementerio de Gasteiz, y ahora surgía repentinamente de la nada, una fuerza oculta lo había arrancado súbitamente de las tinieblas de la muerte para traerlo a la luz de la vida Acababa de resucitar sentado en el banco de una plaza, vestido con un elegante traje de antes de la guerra, con corbata y gafas, pero sin rastro de la barba que cubría su rostro cuando lo fusilaron; y no sabía dónde ni cuándo había resucitado, en qué ciudad ni en qué año, no sabía hasta cuándo y, sobre todo, no sabía para qué.
          En el fondo, todo aquello no le interesaba demasiado, lo que realmente preocupaba al recién resucitado Lauaxeta era la naturaleza del mundo que acababa de aparecer ante sus ojos, no su destino personal. A fin de cuentas, tenía perfectamente asumido que estaba muerto y, en aquel momento, tampoco sentía grandes preocupaciones religiosas. De hecho, después de muerto no había tenido ninguna prueba de la existencia de Dios y había pasado aquel lapso indefinido de tiempo sumido en una nada vacía y oscura; pero no necesitaba ninguna prueba para conservar, ahora que había resucitado, las mismas creencias que tan fervientemente mantuvo mientras estuvo en vida.
          Cuando el coche de la Ertzaintza desapareció de su campo de visión, miró a su alrededor: grandes edificios, tiendas, bares, gente que se movía de un lado a otro, coches sobre el asfalto? El extraño aspecto de los automóviles hizo pensar a Lauaxeta que tal vez se encontrara en el siglo XXI; el entorno, por su parte, le hacía recordar Gernika, aunque no sabía exactamente por qué. En ello pensaba cuando leyó "Limpiezas Gernika, S.L." en el lateral de una furgoneta blanca que pasó frente a él. Si se encontraba en Gernika, debían haber pasado muchos años desde el bombardeo que destruyó la villa.
          Se levantó del banco y se fue andando en la misma dirección por la que había desaparecido el coche de policía. Bruscamente, se topó con un cartel que decía "Ertzaintza". "Gernika-Lumo. Don Tello Kalea", rezaba la placa colocada en uno de los edificios del otro lado de la carretera, y algo más adelante reconoció el palacio Arriaga, uno de los pocos edificios de la villa que sobrevivió al bombardeo. Se hallaba ante la comisaría de la Ertzaintza de Gernika, cerca, por tanto, del lugar en el que lo arrestaron los fascistas. Lauaxeta recordó que en el momento en que sus captores le colocaron las esposas, las manos, pálidas, le temblaban como hojas, recordó que no pudo hacer nada para ocultar aquella vergonzosa muestra de miedo.
          La detención se produjo tres días después del bombardeo, el 29 de abril de 1937. Gernika estaba totalmente destruida, pero la iglesia de Santa María y la Casa de Juntas se mantuvieron en pie. ¿Permanecerían aún así? ¿Continuaría aún firme y erguido el árbol de Gernika? Lauaxeta sabía ya dónde estaba, sabía a dónde dirigirse; la iglesia de Santa María apareció rápidamente ante sus ojos y pronto llegó hasta la entrada de la Casa de Juntas. Le extrañó no encontrar vigilantes en la puerta, sin embargo, al entrar, pudo ver que dentro de una garita había un hombre sentado en una silla; seguramente sería un ertzaina, pues vestía el mismo uniforme que los policías que acaba de ver dentro del coche, jersey y boina rojos.
          A pesar de haber leído frases escritas en euskara tanto en el coche de la Ertzaintza como en las placas de las calles, dudó en qué idioma dirigirse al policía. "Venga, no seas cobarde", se dijo a sí mismo. "No te van a fusilar ahora por hablar en euskara. Sería un sinsentido haber resucitado para eso".
          -Buenos días nos dé Dios, señor ertzaina -dijo Lauaxeta en euskara.
          -Igualmente -respondió el policía desde la garita, desconcertado por la solemnidad de aquel extraño personaje encorbatado y con aire de despiste que tenía ante él.
          -Quisiera saber... esto... ¿Sería posible...?
          -Pase, hombre, pase tranquilo. La entrada es libre.
          - Muchas gracias, señor ertzaina, muchas gracias...
          El tronco reseco del llamado Árbol Viejo estaba expuesto en el jardín exterior, pero Lauaxeta no se detuvo a contemplarlo y, empujado por la curiosidad siguió hacia el interior. Tras cruzar, nervioso y azorado, la Sala de Juntas, apareció ante sus ojos el Árbol de Gernika, el roble vivo plantado en 1860, y ante él se detuvo un instante, emocionado.
          Comprobar que el roble se mantenía (usando las palabras del juramento del lehendakari Agirre) "en pie sobre la tierra vasca", sin embargo, no aclaró la doble pregunta que rondaba su mente desde el mismo momento en que resucitó y vio el coche de la Ertzaintza: ¿Será que al final ganamos la guerra y ahora Euzkadi es libre?". Buscando una respuesta a esa cuestión, se alejó del árbol y se dedicó a examinar los alrededores, caminando entre los turistas y visitantes que de tanto en tanto disparaban sus cámaras fotográficas. La posibilidad de hablar con alguien despertaba en él miedo y vergüenza, por lo que, nervioso, se sumergió en la lectura de los paneles informativos colocados en la llamada Sala de la Vidriera.
          En uno de ellos encontró la respuesta a parte de su pregunta. "Euskaldunen Herria / El País de los vascos" señalaba la cabecera del cartel. Los textos podían leerse, al igual que el título, en euskara y castellano. Lauaxeta leyó el texto en euskara: "Euskadi o Euskal Herria es el País de los Vascos. Un pueblo de raíces ancestrales con una cultura propia y un idioma propio, el euskara. Son siete territorios que actualmente están ubicados en tres unidades político-administrativas: La Comunidad Autónoma Vasca y la Comunidad Autonómica de Navarra se encuentran en el Estado Español; y la tercera, conocida como Iparralde, en el Departamento de los Pirineos Atlánticos del Estado Francés". En el apartado relativo al Parlamento Vasco el panel explicaba: "La Comunidad Autónoma Vasca cuenta con un Parlamento propio compuesto por un número igual de representantes de cada Territorio Histórico (25). De entre sus miembros es elegido el Lehendakari, quien preside el Gobierno Vasco que actúa en las competencias que le asigna el Estatuto de Autonomía de Gernika. Ambas instituciones -Parlamento y Gobierno vasco- tienen su sede oficial en Vitoria".
          En la Casa de Juntas no encontró ningún panel sobre la guerra que se desencadenó en julio de 1936, por lo que no podía saber cómo había acabado, pero, teniendo en cuenta lo visto durante la hora que llevaba allí, dedujo que la guerra la habían ganado sus compañeros y supuso que las fuerzas republicanas habían sabido finalmente hacer frente al ataque fascista. En caso contrario, difícilmente podría concebirse que tres de los territorios de Euzkadi fueran autónomos, que hubiera un Parlamento Vasco, un Gobierno Vasco, un Lehendakari... ¡Y ertzainas!
          Hubiera deseado una confirmación más categórica, pero al pasar ante el ertzaina de la garita de la entrada no se atrevió a preguntar, e imitando al resto de visitantes, salió de la Casa de Juntas sin saludarle.
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          Por la época en que resucitó Lauaxeta yo acababa de separarme de mi mujer y estaba sumido en el abatimiento. Sin Sorkunde, no era sino un viejo solitario de 40 años; estaba "crepuscular", como diría Lauaxeta; tenía "el corazón acribillado de nubes", como diría Iñigo Aranbarri.
          Para entonces, la idea de dejar el trabajo me rondaba ya la cabeza. Llevaba mucho tiempo como redactor de cultura de Euskaldunon Egunkaria, exactamente desde que se creó el periódico, y para entonces había perdido ya los alicientes y el interés de los inicios. Los artistas, escritores, músicos, actores, directores de cine y teatro, bertsolaris, bailarines etc. con los que tenía que tratar diariamente me tenían asqueado, hasta las mismísimas narices. La mayoría se sentía el ombligo del mundo y consideraba su obra un importante e indispensable monumento de la historia de la humanidad; los más humildes, por su parte, no eran sino pobres desgraciados o, de lo contrario, ambiciosos hipócritas dignos de compasión. Al menos así los veía yo, así me hacía verlos la rutina de tantos años. Quien no ha pasado por ello, no sabe realmente lo que es: un día tras otro, un año tras año, decenas, cientos, miles de libros y revistas, de pinturas, esculturas, instalaciones y performances, de canciones, discos y sinfonías, de actores, payasos y marionetas, de aurreskularis, bailarines y coreógrafos, de coplas y bertsos, de concursos literarios y campeonatos de bertsos, de antologías, nombramientos y homenajes, de funerales y aniversarios... Y todo eso, ¿para qué? ¡Para acabar con el último resquicio de interés o afición que pudiera quedarle a nadie! Al final, si he de ser sincero, lo único que verdaderamente despertaba mi curiosidad y mi interés - o mejor dicho, mi morbo- eran las polémicas y disputas más aceradas, pero la mayoría acababa también por repetirse cíclicamente, siguiendo siempre el mismo patrón, por lo que llegaban a resultar previsibles y aburridas.
          Además, en aquella época, tampoco tenía otras ilusiones fuera del trabajo, razón por la que continuaba atado a aquel cotidiano y trivial quehacer. Nací en Aizarnazabal, el más ignoto de los municipios del valle del Urola, pero me fui bastante joven a vivir a Tolosa al casarme con Sorkunde; sin embargo, cuando ella me dejó, alquilé un pequeño piso en Andoain, cerca del trabajo, en la misma calle en la que nació Martin Ugalde, escritor y Presidente de Honor de Euskaldunon Egunkaria: Kaleberri. Por aquel entonces, al volver a casa del trabajo lo primero que hacía todos los días era encender el televisor dispuesto a tragarme el más insulso de los concursos o el más aburrido de los partidos de fútbol. Solía comer un trozo de pizza, o un bocadillo que compraba en el bar de abajo, y en ocasiones, más que comer lo mordisqueaba, sin llegar a acabarlo, acompañado de una botella de vino. Después me sumergía en el sofá casi hasta hundirme y no me levantaba de allí hasta vaciar la botella.
          Sin duda ninguna, mi situación podía verse reflejada en aquellos bertsos de Manuel Lasarte: "A un casero solterón y bebedor a petición de su vecino". Con la concisión que exigen los bertsos improvisados, Lasarte retrataba a un despreocupado cuarentón incapaz de sentar cabeza. Un hombre dado a la bebida, afición que, según el autor, le venía de joven. Mi caso no era el de un bebedor empedernido como el de la copla, pero, por lo demás, las diferencias eran escasas.
          Aun así, los días de fiesta me gustaba ir al monte. De hecho, era la única actividad sensata a la que me dedicaba por aquel entonces.
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          Eran las once y media en el reloj de la iglesia de Santa María. Mientras recorría las calles de la villa, Lauaxeta tenía que hacer un gran esfuerzo para aceptar que se encontraba en Gernika. Lo que más lo intimidaba era caminar por entre aquellos edificios con aspecto de colmenas, pero también la velocidad de los coches le dio algún que otro susto.
          Al poco tiempo, la curiosidad lo hizo detenerse frente a una librería con el escaparate repleto de periódicos y revistas. Su mirada se detuvo en primer lugar en la cubierta de una ellas: la fotografía en colores de una rubia con el pecho desnudo ocupaba por completo la llamativa y turbadora portada. Cuando consiguió calmar un poco la agitación interior que le produjo la intensa visión, pasó a la lectura de los titulares de prensa. Saltaba de uno a otro de forma atolondrada, pues el nerviosismo no le permitía ni siquiera acabar las frases de los titulares principales. En medio de aquel revoltijo se fijó de repente en un periódico algo más delgado que los demás y con gran sorpresa comprobó que toda la primera plana ¡estaba escrita en euskara! Y... ¡caramba! ¡Era su fotografía la que aparecía en el extremo superior derecho de la página! "Hoy se cumplen 60 años del fusilamiento de Estepan Urkiaga 'Lauaxeta'", explicaba el titular junto a la imagen. "El poeta y periodista vizcaíno fue fusilado en Gasteiz, tras su detención en Gernika", podía leerse un poco más abajo, en letra más pequeña. Euskaldunon Egunkaria dedicaba a Lauaxeta, es decir, a él, un amplio reportaje de cinco páginas que comenzaba en la 23 y acababa en la 27. Estaban a 25 de junio de 1997. Hacía 60 años que lo fusilaron. Ahora ya lo sabía.
          Pasó fuera un largo rato y cuando, dominadas la agitación, el nerviosismo y la inquietud, consideró que estaba en condiciones de hablar, se decidió finalmente a entrar en el local.
          -Señorita, por favor, déme un ejemplar de Euskaldunon Egunkaria- pidió con voz tímida a la vendedora.
          -Son ciento veinticinco pesetas -dijo la muchacha, al tiempo que le tendía un ejemplar del diario.
          "¡Qué barbaridad, veinticinco duros!", se apuró Lauaxeta, aunque no dijo nada. ¿De dónde iba a sacar aquella fortuna? Hasta entonces ni siquiera había reparado en tal nimiedad, pero sin dinero iba a pasar más de un apuro. Metió las manos en los bolsillos y se dio cuenta de que en el derecho tenía algunas monedas y un montón de billetes. "Gracias, Dios mío, gracias."
© Zabala, Juan Luis. Agur, Euzkadi, Susa, 2000
© Traducción: Bego Montorio
