ZABALETA, Patxi:
Ukoreka
Kexuri
Tenía Beñat unos trece años cuando lo llevaron al caserío Kexuri, de Guntza. Era un chaval enjuto y larguirucho, con unas negras greñas que le caían en cascada hasta taparle la frente y el borde de ambas orejas. Sus vivos ojos siempre sonreían tras aquella cortina.
Lo sacaron de una inclusa de Guipúzcoa para llevarlo al caserío de aquella pequeña aldea de Navarra, donde viviría con su nueva familia. Para siempre. El pueblo, del valle de Araiz, se llamaba Guntza; el caserío, Kexuri. Hasta Guntza llegó Beñat en autobús con Erramun, su padrastro y propietario de Kexuri.
-En adelante, llámame padre -le dijo, cuando ambos se sentaron en el autobús.
-Sí -respondió el chico.
No hablaban mucho. Era la primera vez que Beñat iba en autobús. Miraba hacia los lados y le parecía que todo, árboles, paredes y zarzas, pasaba a una velocidad endiablada. Observó a los demás pasajeros y, al comprobar que nadie temía, determinó que no había de qué asustarse.
Tenía Beñat unas largas y fuertes manos, demasiado grandes para un chico de su edad, llevaba las uñas sucias y mostraba un incipiente mostacho. Sus dientes eran casi perfectos, pero asomaba alguna oquedad entre ellos. El hecho de que no pronunciara la erre le daba un aire infantil a su conversación. Pero era alto, casi de la talla de Erramun, y espigado. Parecía que le sobraba ropa por todas partes. Vestía un enorme chaquetón de dobladillos deshilachados: era evidente que ni era nuevo ni había sido confeccionado a medida para él. La blanca camisa le tapaba desde el cuello hasta las muñecas. Completaban su atuendo un pantalón azul de basto tejido y las abarcas de cuero cuyas cintas ceñían unos calcetines de lana que recogían el pantalón.
Era la primera vez que salía de la inclusa y la primera que se le entregaba una vestimenta así. Todo era absolutamente nuevo para Beñat que, aun sin proponérselo, permanecía sonriente.
-No mires por la ventana, que te vas a marear -le dijo Erramun. -Mira hacia adentro y piensa en otra cosa.
-Sí, padre -y, por primera vez, le llamó padre.
Erramun le miró, pero nada dijo. Ambos iban en el mismo asiento del autobús, el chaval en el lado de la ventanilla, y cada cual llevaba su fardel en el regazo. En aquel único fardel cabía todo cuanto Beñat traía de la inclusa.
-¡Recoge tus cosas! -le ordenó Fray Martín. -Jamás volverás aquí.
Y Beñat se percató de que nada tenía que recoger. Suyos eran los árboles, el gato, el perrito de la puerta, Zizto, y otros bienes semejantes. ¿Qué más poseía? Le ordenaron que dejase allí incluso el delantal que llevaba puesto y que buscase un trozo de tela para apañar el fardel. ¿Qué podría meter allí? Salió a la huerta y recogió un poco de hojarasca y aquel canto redondeado que desde siempre conocía y que haría el hatillo algo más pesado. También tomó un palo, de espino, para amarrar el fardel y llevarlo al hombro.
Aquel día Erramun iba vestido exactamente igual que la otra vez que le había ido a visitar con su mujer. Llevaba sobre los hombros una capa rematada por una capucha que reposaba en su espalda, cubriendo una camisa blanca abotonada. Una faja de paño negro ceñía su pantalón gris con raya, bajo el cual, al sentarse, asomaban unas largas botas de cuero, abrochadas a lo largo de la pantorrilla.
La semana anterior habían estado en la inclusa Erramun y su mujer, María, con el propósito de conocer a Beñat. Erramun observó los brazos y manos del mozo; Beñat se percató de que también le miraban sus piernas. María a ratos sonreía, a ratos sollozaba. Erramun era enjuto, pero su mujer gordinflona, con unas piernas que parecían infladas, como odres.
Fray Martín, el de la inclusa, les dijo que lo mejor que podían hacer era llevárselo cuanto antes, tanto para hacer un hueco en la institución como para que el muchacho se fuera haciendo a la familia. Después Fray Martín miró a Beñat y añadió:
-Es que, además, se está haciendo demasiado grande como para permanecer aquí encerrado para siempre.
Fray Martín había sorprendido recientemente a Beñat y otros dos chicos subidos a la pared de la huerta, mirando a la calle. Eso les hacía acreedores de un severísimo castigo pero, como al día siguiente iban a venir Erramun y María, nada les ocurrió; un coscorrón a cada uno al bajar del muro y asunto liquidado.
Hasta que fue con Erramun, Beñat no había salido de la inclusa ni una sola vez. Había vivido siempre allí dentro, desde que lo abandonaron en el torno, tal como sucedía con los demás niños. Odiaba a todas aquellas personas, paredes y comidas. Salvo a algún chico, Tomas, Lalo? y a Fray Martín, y a algún que otro trabajador?
Un delantal era todo su atuendo. Y el camastro donde dormía, un montón de hierba seca y farfolla de maíz, apiladas entre dos troncos, y un cubrecamas. En las largas noches de invierno los chicos buscaban refugio en el calor humano.
También había en la inclusa un establo con numerosas vacas, gallinas, patos, cobayas y cerdos. ¿Cuántos había? Mientras el autobús avanzaba, Beñat contaba, uno a uno, los cerdos y vacas del establo de la inclusa. Los recordaba todos. Recordaba que le enseñaron a ayudar en los trabajos de la cuadra y las travesuras que hacían Tomás y él cuando se quedaban solos allí. Y se echó a reír.
-¿De qué te ríes? -le preguntó Erramun, y de nuevo advirtió que iba en el autobús.
-Cosas de la inclusa. Deseo guardarlas en la memoria. Me gusta aprender cosas y recordarlas.
El chico afirmaba todo eso porque era la verdad pero, también, con el ánimo de hacer caso y contentar a su padrastro. Para que supiera que aquel mozo que se llevaba ansiaba aprender. Erramun le repuso ásperamente:
-A veces es mejor olvidar las cosas... Ya te dijimos que hay otro chico en casa, ¿no?
Beñat nunca había oído eso. Al contrario, lo que le dijeron es que los niños que tuvieron se les habían ido muriendo uno tras otro y que necesitaban alguien que les sucediera y que por eso habían acudido a la inclusa. Además, María afirmó que fue el cura quien les ayudó a buscar una inclusa de Gipuzkoa para que el chico supiera euskera, ya que en las de Pamplona no se les enseñaba sino español. Otro chico. De cualquier manera, eso no era una mala noticia, ya que Beñat siempre se llevaba bien con los compañeros.
-Yo no había entendido eso -respondió Beñat.
-Es mayor que tú, tiene un par de años más; unos quince. Es un buen chico...
Tampoco a Erramun le resultaba sencillo concluir aquella necesaria declaración; pero era preciso continuar y confesarlo todo. Mientras pensaba cómo decidir tales cuestiones, Beñat le sorprendió:
-Sabrá leer y escribir, ¿no? ¿Cómo se llama?
-Se llama Kote, Kote Mandazen. Nos apellidamos Mandazen y así te apellidarás tú también en lo sucesivo. Pero no es un chico como los demás. Kote es paralítico.
Erramun no vio la expresión, triste y nerviosa, de Beñat. Los paralíticos le provocaban más miedo que pena; jamás había visto un paralítico y por eso le suscitaba curiosidad pero también cierto temor. Pero Erramun miraba hacia el otro lado, pronto vencería su resquicio de vergüenza y no parecía que nadie en el entorno iba a escuchar la conversación.
-¿Paralítico? -alzó la voz Beñat.
-¡Calla, calla! -Erramun no añadió palabra. Beñat no podía ver su expresión, ya que continuaba con el rostro girado al lado opuesto.
Entonces decidió Beñat continuar mirando por la ventanilla y recordar lo que había dejado atrás. Recordaba a Fray Martín y el resto de frailes, siete en total. Y los lugares: el establo, la huerta, la clase y la iglesia. Y la biblioteca, su escondrijo predilecto, donde jamás le habían encontrado. A pesar de que allí se había pasado tardes enteras. Y el cura, siempre enfadado, siempre regañándole. Y el cocinero, aquel rechoncho Fermín, siempre entre fogones, que luego adelgazó hasta morir, según dijeron en misa. Y las cuatro monjas que trabajaban en la cocina y Mikaela, la señora que traía la leche, y aquel loco vecino de Karlos. Iba recordando a cada uno e intentando evocar sus vestidos.
El chaquetón era de cuero, tenía bolsillos: cinco, al menos. Comenzó a introducir las manos en ellos, uno por uno. El autobús pegó un brusco frenazo y se oyó algún grito.
-¿Qué andas, por qué no paras? -inquirió Erramun.
-Estoy mirando y rebuscando en los bolsillos del chaquetón. Es que es la primera vez que visto una ropa así.
-Ya, ya se te nota. Pero aquí estate quieto.
En el bolsillo que quedaba sobre el pecho había una estampa. De un cura. A su lado tenía un perro, o un lobo Y Beñat leyó el texto inferior: -San fran-cis-co-de-a-si-ss.
-Entonces, ¿sabes leer? -le preguntó Erramun. Ahora le miraba a la cara.
-Sí. Nos han enseñado. Pero aquí, en el autobús, no es fácil.
-Le has de enseñar a Kote cuanto puedas. Es que el desdichado no puede ir a la escuela.
-Sí, sí. Hemos de comportarnos como hermanos... -e iba repitiendo lo escuchado en la inclusa de Fraisoro.
Continuaba contemplando la estampa. La introdujo de nuevo en su bolsillo. Y advirtió que existía otro bolsillo en la parte interior, y que allí había algo. ¡Cinco onzas de oro, vive Dios! Eso no podía ser casualidad. Alguien se lo había introducido a posta. Y no podía ser otro que Fray Martín. Pero no lo iba a ver jamás y eso le produjo una tremenda desazón; notó que la garganta y la mejilla se le humedecían. El escalofrío le hizo temblar, lo conmocionó.
-Erramun, padre, tengo cinco monedas aquí, parecen de oro.
-¡Cállate! -el padrastro puso su mano sobre las monedas que le mostraba el chaval, para ocultarlas. Añadió en voz baja: -Son onzas. De oro. ¿Quién te las ha dado?
-Me las han puesto aquí, en el bolsillo interior. Fray Martín me entregó estas ropas, habrá sido él. ¿Quién más podía ser?
-Calla, no digas nada de esto a nadie. Será mejor que guarde yo las onzas de oro? las monedas, para que no las pierdas. -Se las arrebató y, extrayendo de su faja un pañuelo, las guardó allí, junto con oras monedas que traía.
-¿Es que tienen mucho valor?
-¡Que te calles, te he dicho! Mira bien, a ver si hay algo en los otros bolsillos.
Nada había en los restantes bolsillos del chaquetón. Pero el dinero había puesto nervioso a Erramun. Beñat observó que el dinero altera a todos los adultos.
©Zabaleta, Patxi. Ukoreka, Txalaparta, Tafalla, 1994.
